PROF. IDALIA CORNIELES
BLOOGER DE Idalia
Cornieles
dlcornieles@gmail.com
}
https://orcid.org/0009-0006-8391-7632
Una
Escuela de Educación en el contexto venezolano actual, marcado por desafíos
sistémicos y una realidad social compleja, debe equilibrar la rigurosidad
académica con una profunda responsabilidad ética y social. Desde una
perspectiva situada, especialmente considerando tu trayectoria en la Escuela de
Educación de la Universidad Central de Venezuela ,el rol de estas instituciones
hoy puede sintetizarse en los siguientes pilares estratégicos:
Ante
la fragmentación del conocimiento y la desarticulación institucional, la
Escuela debe promover la noción de aula no como un espacio estático, sino como
un hervidero de interacciones. El objetivo es rescatar la vitalidad del
encuentro educativo, donde la docencia compartida y la interdisciplinariedad
permitan enfrentar problemas complejos más allá de las disciplinas
tradicionales. Existe un vacío crítico en el acompañamiento a adolescentes
(13-17 años). La Escuela de Educación debe ser el centro de generación de
políticas de trayectoria educativa. Su deber es visibilizar estas etapas
mediante:
- Investigación diagnóstica: Crear sistemas de seguimiento que eviten la desescolarización y el
abandono.
- Intervención temprana: Aplicar la investigación para garantizar que los sujetos no
desaparezcan del radar institucional.
La
integración de herramientas como el origami para el pensamiento
lógico-geométrico o la aplicación de conceptos de termodinámica y
sistemas disipativos a la pedagogía no son solo ejercicios teóricos; son
estrategias para transformar la enseñanza en contextos de precariedad. El
"papel" debe ser la democratización de la innovación: hacer que la
educación de calidad no dependa de recursos materiales excesivos, sino de la
potencia de la estructura pedagógica y el desarrollo del pensamiento crítico.
En
un entorno donde el financiamiento y la infraestructura son desafíos
constantes, el rol de la Escuela de Educación es convertirse en un espacio
de resiliencia profesional. Esto implica:
- Formación docente humanista: Fomentar una visión de la educación como un derecho humano
irrenunciable y un servicio público que trasciende la política partidista.
- Gestión del saber: Utilizar plataformas como el repositorio Saber UCV y redes
internacionales (ORCID) para mantener la soberanía del conocimiento y la
continuidad de la investigación en Venezuela, vinculando la academia con
las necesidades reales de las comunidades.
El
momento actual exige romper con el aislamiento del docente. La Escuela debe
fomentar la Docencia Compartida, donde la suma de saberes (educación,
salud, ciencias sociales) permita un abordaje integral de los problemas del
sistema educativo, garantizando que la escuela sea, efectivamente, un espacio
de equidad y no solo de instrucción.
La
misión de una Escuela de Educación en el contexto venezolano actual puede
entenderse como un esfuerzo colectivo orientado a la reinvención del hecho
educativo. Más que dictar cátedra sobre cómo debe ser el proceso, el desafío
central radica en posicionar a la escuela como un espacio de continuidad y
encuentro, capaz de adaptarse a las realidades dinámicas de la sociedad sin
perder su esencia formadora.
En
este sentido, el propósito fundamental de estas instituciones podría trazarse a
través de tres ejes transversales:
En
un escenario donde el conocimiento tiende a fragmentarse, el rol de la academia
es promover la interacción constante. Se busca que el aula se transforme en un
espacio vivo —un "hervidero"— donde las disciplinas no funcionen como
compartimentos estancos, sino que se nutran mutuamente. Esta visión permite que
tanto docentes como estudiantes aborden los problemas educativos no solo como
retos pedagógicos, sino como fenómenos complejos que requieren soluciones
integrales, vinculando la teoría con la realidad cotidiana de las comunidades.
Un
punto de reflexión necesario es la atención a los periodos de mayor
vulnerabilidad institucional, particularmente en la etapa de la adolescencia.
El objetivo de una Escuela de Educación moderna debería ser garantizar la continuidad
del sujeto en el sistema. Esto implica pasar de una pedagogía centrada
únicamente en el programa curricular a una centrada en el acompañamiento, donde
la investigación permita identificar y reducir los vacíos de atención que,
muchas veces, provocan que los estudiantes pierdan su conexión con la
institución.
La
capacidad de transformar la enseñanza no debe quedar supeditada exclusivamente
a la disponibilidad de recursos materiales. Desde una perspectiva más amplia,
la labor docente se fortalece al integrar herramientas didácticas creativas —ya
sea a través de la geometría, el pensamiento lógico o nuevos enfoques
sistémicos— que permitan dinamizar el aprendizaje con los medios disponibles.
La meta es que la innovación se convierta en una práctica cotidiana, donde el
docente actúe como un facilitador que integra distintas áreas del saber para
construir un aprendizaje significativo y resistente al paso del tiempo.
Finalmente,
el fortalecimiento de la educación depende de la capacidad de superar el
trabajo aislado. Al fomentar esquemas de docencia compartida, las
instituciones pueden ofrecer una visión más rica y heterogénea del saber. Al
colaborar entre colegas y con otras áreas del conocimiento, se construye una
comunidad académica más sólida, capaz de documentar sus procesos, proteger su
acervo intelectual y proyectar su labor hacia el futuro de manera sostenible y
abierta.
En
esencia, el propósito de una Escuela de Educación en este momento no es imponer
un modelo único, sino actuar como un catalizador que permite que la pedagogía
fluya, se adapte y sostenga el vínculo humano necesario para el crecimiento del
país.
Desde
una perspectiva más abierta y
colaborativa, hay que considerar espacios
para el diálogo entre la experiencia docente
acumulada y las nuevas propuestas de investigación en los próximos años es
necesario plantearse que
La interdisciplinariedad trasciende la simple suma de
disciplinas para constituirse como una transformación profunda en la manera de
abordar los problemas, exigiendo ante todo una actitud dialógica y una apertura
mental fundamentada en la humildad epistemológica, la cual permite reconocer
que ninguna disciplina posee la verdad absoluta y que otros marcos teóricos
aportan soluciones complementarias indispensables. Este proceso requiere la
capacidad de desaprender, estando siempre dispuestos a cuestionar dogmas o
metodologías tradicionales cuando estos se convierten en límites para la
comprensión de fenómenos complejos. Paralelamente, el dominio de competencias
comunicativas se vuelve esencial para superar la fragmentación técnica, lo que
implica una constante traducción conceptual capaz de explicar realidades
complejas sin recurrir a una jerga impenetrable, apoyada siempre en una escucha
activa que trasciende el simple turno de palabra para enfocarse en la
integración de aportes ajenos hacia una síntesis superior. Esta visión debe
nutrirse de un pensamiento sistémico que, tal como ocurre en la aplicación de
la termodinámica y la física cuántica a la pedagogía, permita entender los
fenómenos educativos no como procesos lineales, sino como estructuras
disipativas donde el Hervidero Pedagógico es el resultado de interacciones
constantes, obligando al investigador a gestionar la incertidumbre y a navegar
con soltura en espacios sin respuestas únicas ni soluciones predecibles. Esta
dinámica se materializa a través de una capacidad de colaboración efectiva en
equipos heterogéneos, donde se valora la diversidad de perfiles y se busca
deliberadamente la sinergia, logrando que el resultado colectivo sea
cualitativamente mayor que la suma de los esfuerzos individuales, como se
evidencia en el trabajo coordinado dentro del proyecto SISTEI. Finalmente, todo
este despliegue debe estar cimentado en una ética y responsabilidad social
inquebrantables, especialmente al abordar problemáticas como la invisibilidad
institucional de los jóvenes; la investigación interdisciplinaria no puede
permitirse quedar confinada en la teoría, sino que debe mantener un compromiso
firme con la transformación real del entorno, asegurando que, al cruzar las
fronteras entre saberes, la integridad de los sujetos y la responsabilidad
social permanezcan siempre como el eje central de cualquier propuesta.
Afrontar
las nuevas exigencias educativas requiere, en efecto, superar la fragmentación
del conocimiento y la gestión aislada. Para transformar una ciudad en un
ecosistema de aprendizaje integral, las instituciones formadoras y los
investigadores deben transitar hacia una metodología de acción colectiva.
Aquí
presento una propuesta articulada bajo la visión de la Pedagogía de la
Continuidad y el concepto del Hervidero Pedagógico, integrando la
docencia compartida y la interdisciplinariedad:
1. Desinstitucionalización del
conocimiento (Hacia el Hervidero)
Las
instituciones deben dejar de ser recintos cerrados para convertirse en nodos de
una red.
- Aulas abiertas: Fomentar que los espacios de formación trasciendan el aula física.
La ciudad misma debe ser el laboratorio donde los estudiantes de educación
y los investigadores observen, analicen y propongan soluciones a las
dinámicas sociales reales.
- Estructuras disipativas en el currículo: Al igual que en la termodinámica, el sistema educativo debe ser
capaz de intercambiar energía (información, experiencias, crisis sociales)
con su entorno para mantenerse vivo. Esto implica currículos flexibles que
se ajusten a las realidades locales en tiempo real, no años después.
2. Implementación de la Docencia
Compartida y el Trabajo Interdisciplinario
La
fragmentación es el principal obstáculo para la innovación.
- Redes de investigadores-docentes: Establecer programas donde el investigador no esté aislado en la
teoría, sino que colabore directamente con el docente de aula para
prototipar herramientas (como el uso del origami en geometría para el
pensamiento lógico) y medir su impacto inmediatamente.
- Sistemas de seguimiento integral (SISTEI): La ciudad educadora necesita trazabilidad. Implementar sistemas
como el SISTEI permite observar la trayectoria educativa y de salud de los
jóvenes (especialmente aquellos en el rango de invisibilidad de los 13 a
17 años), garantizando que no se pierdan en la transición entre niveles
educativos.
3. La Ciudad como Entorno de
Aprendizaje Significativo
Para
mejorar la "ciudad educativa", se requiere una política de
co-responsabilidad:
- Mesas de diálogo permanente: Crear espacios donde el gremio docente, investigadores de la UCV,
autoridades locales y familias diseñen planes de desarrollo educativo
basados en datos locales y no solo en directrices centralizadas.
- Investigación aplicada al territorio: Priorizar investigaciones que den respuesta a los problemas
inmediatos de la ciudad (exclusión, deserción, desarticulación social),
convirtiendo la tesis y el artículo académico en un plan de acción
para la comunidad.
4. Estrategia de Formación
Docente Continua
- Hacia un perfil docente-investigador: La formación ya no puede limitarse a la técnica pedagógica. Debe
incluir competencias en análisis sistémico, pensamiento crítico
(integrando nociones de física cuántica para entender la incertidumbre del
aula) y gestión de proyectos.
- Reconocimiento de trayectorias: Aprovechar las redes de investigadores y alumni (como los activos
en el repositorio Saber UCV) para mentorías entre pares, donde los
docentes con más trayectoria acompañen a las nuevas generaciones en la
resolución de problemas reales dentro del "hervidero" escolar.
La
mejora de una ciudad educativa no depende de la suma de sus partes, sino de la
calidad de sus interacciones. Si logramos que las instituciones formadoras
actúen como "puntos de ebullición" donde convergen la investigación,
la práctica docente y la realidad social, dejaremos de ver al estudiante como
un sujeto pasivo para verlo como el nodo principal de un sistema inteligente y
adaptativo.
La integración de las escuelas formadoras de docentes con la realidad del
aula en los niveles de primaria y secundaria debe dejar de entenderse como una
visita episódica o teórica para convertirse en un ecosistema de colaboración
simbiótica donde la formación inicial se nutra de la complejidad del entorno
escolar y, a su vez, la escuela se beneficie de la mirada fresca y la
investigación académica de los futuros educadores. Para que esta articulación
arroje frutos significativos, es indispensable establecer comunidades de
aprendizaje profesional donde el estudiante en formación no sea un observador
pasivo, sino un co-docente que se sumerge en la planificación, la ejecución y,
sobre todo, la evaluación reflexiva de las estrategias didácticas junto al
docente titular. Este proceso debe iniciarse desde los primeros años de la carrera
mediante prácticas de inmersión temprana que rompan la barrera entre el aula
universitaria y el centro educativo, permitiendo que el docente en formación
experimente los desafíos de la gestión emocional, la diversidad del alumnado y
la adaptación curricular en tiempo real. La clave del éxito radica en la
mentoría compartida, donde las instituciones formadoras y los centros
educativos actúen como un solo cuerpo que acompaña el desarrollo profesional
mediante el análisis riguroso de la práctica, utilizando bitácoras de
reflexión, observación entre pares y estudios de caso que conecten la teoría
pedagógica con la resolución de problemas concretos en el salón de clases.
Además, es fundamental integrar proyectos de investigación-acción que obliguen
a los estudiantes universitarios a diseñar soluciones ante necesidades reales
detectadas en el aula, transformando su paso por la escuela en una oportunidad
para innovar, probar metodologías activas y evaluar resultados con rigor, lo
que convierte a la práctica docente en un espacio de producción de conocimiento
útil para el sistema educativo en su conjunto. Esta sinergia debe formalizarse
mediante convenios de largo aliento que fomenten la rotación de docentes
titulares hacia las universidades para compartir su experiencia y,
recíprocamente, la presencia de investigadores universitarios en las escuelas
para asesorar procesos de mejora escolar, garantizando así un flujo constante
de saberes que dignifique la profesión y asegure que cada hora de formación sea
una inversión directa en la calidad del aprendizaje de niños y adolescentes,
desdibujando las fronteras institucionales para enAl reflexionar sobre la
integración entre teoría y práctica, especialmente bajo la visión de la Pedagogía
de la Continuidad y el concepto del Hervidero Pedagógico, el aspecto
que considero fundamental y de mayor complejidad es la superación de la
fragmentación del conocimiento en la acción docente cotidiana.
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