miércoles, 3 de junio de 2026

 

           

PROF. IDALIA CORNIELES

BLOOGER DE Idalia Cornieles

dlcornieles@gmail.com

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https://orcid.org/0009-0006-8391-7632

 

 

Una Escuela de Educación en el contexto venezolano actual, marcado por desafíos sistémicos y una realidad social compleja, debe equilibrar la rigurosidad académica con una profunda responsabilidad ética y social. Desde una perspectiva situada, especialmente considerando tu trayectoria en la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela ,el rol de estas instituciones hoy puede sintetizarse en los siguientes pilares estratégicos:

Ante la fragmentación del conocimiento y la desarticulación institucional, la Escuela debe promover la noción de aula no como un espacio estático, sino como un hervidero de interacciones. El objetivo es rescatar la vitalidad del encuentro educativo, donde la docencia compartida y la interdisciplinariedad permitan enfrentar problemas complejos más allá de las disciplinas tradicionales. Existe un vacío crítico en el acompañamiento a adolescentes (13-17 años). La Escuela de Educación debe ser el centro de generación de políticas de trayectoria educativa. Su deber es visibilizar estas etapas mediante:

  • Investigación diagnóstica: Crear sistemas de seguimiento que eviten la desescolarización y el abandono.
  • Intervención temprana: Aplicar la investigación para garantizar que los sujetos no desaparezcan del radar institucional.

La integración de herramientas como el origami para el pensamiento lógico-geométrico o la aplicación de conceptos de termodinámica y sistemas disipativos a la pedagogía no son solo ejercicios teóricos; son estrategias para transformar la enseñanza en contextos de precariedad. El "papel" debe ser la democratización de la innovación: hacer que la educación de calidad no dependa de recursos materiales excesivos, sino de la potencia de la estructura pedagógica y el desarrollo del pensamiento crítico.

En un entorno donde el financiamiento y la infraestructura son desafíos constantes, el rol de la Escuela de Educación es convertirse en un espacio de resiliencia profesional. Esto implica:

  • Formación docente humanista: Fomentar una visión de la educación como un derecho humano irrenunciable y un servicio público que trasciende la política partidista.
  • Gestión del saber: Utilizar plataformas como el repositorio Saber UCV y redes internacionales (ORCID) para mantener la soberanía del conocimiento y la continuidad de la investigación en Venezuela, vinculando la academia con las necesidades reales de las comunidades.

El momento actual exige romper con el aislamiento del docente. La Escuela debe fomentar la Docencia Compartida, donde la suma de saberes (educación, salud, ciencias sociales) permita un abordaje integral de los problemas del sistema educativo, garantizando que la escuela sea, efectivamente, un espacio de equidad y no solo de instrucción.

La misión de una Escuela de Educación en el contexto venezolano actual puede entenderse como un esfuerzo colectivo orientado a la reinvención del hecho educativo. Más que dictar cátedra sobre cómo debe ser el proceso, el desafío central radica en posicionar a la escuela como un espacio de continuidad y encuentro, capaz de adaptarse a las realidades dinámicas de la sociedad sin perder su esencia formadora.

En este sentido, el propósito fundamental de estas instituciones podría trazarse a través de tres ejes transversales:

En un escenario donde el conocimiento tiende a fragmentarse, el rol de la academia es promover la interacción constante. Se busca que el aula se transforme en un espacio vivo —un "hervidero"— donde las disciplinas no funcionen como compartimentos estancos, sino que se nutran mutuamente. Esta visión permite que tanto docentes como estudiantes aborden los problemas educativos no solo como retos pedagógicos, sino como fenómenos complejos que requieren soluciones integrales, vinculando la teoría con la realidad cotidiana de las comunidades.

Un punto de reflexión necesario es la atención a los periodos de mayor vulnerabilidad institucional, particularmente en la etapa de la adolescencia. El objetivo de una Escuela de Educación moderna debería ser garantizar la continuidad del sujeto en el sistema. Esto implica pasar de una pedagogía centrada únicamente en el programa curricular a una centrada en el acompañamiento, donde la investigación permita identificar y reducir los vacíos de atención que, muchas veces, provocan que los estudiantes pierdan su conexión con la institución.

La capacidad de transformar la enseñanza no debe quedar supeditada exclusivamente a la disponibilidad de recursos materiales. Desde una perspectiva más amplia, la labor docente se fortalece al integrar herramientas didácticas creativas —ya sea a través de la geometría, el pensamiento lógico o nuevos enfoques sistémicos— que permitan dinamizar el aprendizaje con los medios disponibles. La meta es que la innovación se convierta en una práctica cotidiana, donde el docente actúe como un facilitador que integra distintas áreas del saber para construir un aprendizaje significativo y resistente al paso del tiempo.

Finalmente, el fortalecimiento de la educación depende de la capacidad de superar el trabajo aislado. Al fomentar esquemas de docencia compartida, las instituciones pueden ofrecer una visión más rica y heterogénea del saber. Al colaborar entre colegas y con otras áreas del conocimiento, se construye una comunidad académica más sólida, capaz de documentar sus procesos, proteger su acervo intelectual y proyectar su labor hacia el futuro de manera sostenible y abierta.

En esencia, el propósito de una Escuela de Educación en este momento no es imponer un modelo único, sino actuar como un catalizador que permite que la pedagogía fluya, se adapte y sostenga el vínculo humano necesario para el crecimiento del país.

Desde una  perspectiva más abierta y colaborativa, hay que considerar  espacios para   el diálogo entre la experiencia docente acumulada y las nuevas propuestas de investigación en los próximos años es necesario plantearse   que

La interdisciplinariedad trasciende la simple suma de disciplinas para constituirse como una transformación profunda en la manera de abordar los problemas, exigiendo ante todo una actitud dialógica y una apertura mental fundamentada en la humildad epistemológica, la cual permite reconocer que ninguna disciplina posee la verdad absoluta y que otros marcos teóricos aportan soluciones complementarias indispensables. Este proceso requiere la capacidad de desaprender, estando siempre dispuestos a cuestionar dogmas o metodologías tradicionales cuando estos se convierten en límites para la comprensión de fenómenos complejos. Paralelamente, el dominio de competencias comunicativas se vuelve esencial para superar la fragmentación técnica, lo que implica una constante traducción conceptual capaz de explicar realidades complejas sin recurrir a una jerga impenetrable, apoyada siempre en una escucha activa que trasciende el simple turno de palabra para enfocarse en la integración de aportes ajenos hacia una síntesis superior. Esta visión debe nutrirse de un pensamiento sistémico que, tal como ocurre en la aplicación de la termodinámica y la física cuántica a la pedagogía, permita entender los fenómenos educativos no como procesos lineales, sino como estructuras disipativas donde el Hervidero Pedagógico es el resultado de interacciones constantes, obligando al investigador a gestionar la incertidumbre y a navegar con soltura en espacios sin respuestas únicas ni soluciones predecibles. Esta dinámica se materializa a través de una capacidad de colaboración efectiva en equipos heterogéneos, donde se valora la diversidad de perfiles y se busca deliberadamente la sinergia, logrando que el resultado colectivo sea cualitativamente mayor que la suma de los esfuerzos individuales, como se evidencia en el trabajo coordinado dentro del proyecto SISTEI. Finalmente, todo este despliegue debe estar cimentado en una ética y responsabilidad social inquebrantables, especialmente al abordar problemáticas como la invisibilidad institucional de los jóvenes; la investigación interdisciplinaria no puede permitirse quedar confinada en la teoría, sino que debe mantener un compromiso firme con la transformación real del entorno, asegurando que, al cruzar las fronteras entre saberes, la integridad de los sujetos y la responsabilidad social permanezcan siempre como el eje central de cualquier propuesta.

Afrontar las nuevas exigencias educativas requiere, en efecto, superar la fragmentación del conocimiento y la gestión aislada. Para transformar una ciudad en un ecosistema de aprendizaje integral, las instituciones formadoras y los investigadores deben transitar hacia una metodología de acción colectiva.

Aquí presento una propuesta articulada bajo la visión de la Pedagogía de la Continuidad y el concepto del Hervidero Pedagógico, integrando la docencia compartida y la interdisciplinariedad:

1. Desinstitucionalización del conocimiento (Hacia el Hervidero)

Las instituciones deben dejar de ser recintos cerrados para convertirse en nodos de una red.

  • Aulas abiertas: Fomentar que los espacios de formación trasciendan el aula física. La ciudad misma debe ser el laboratorio donde los estudiantes de educación y los investigadores observen, analicen y propongan soluciones a las dinámicas sociales reales.
  • Estructuras disipativas en el currículo: Al igual que en la termodinámica, el sistema educativo debe ser capaz de intercambiar energía (información, experiencias, crisis sociales) con su entorno para mantenerse vivo. Esto implica currículos flexibles que se ajusten a las realidades locales en tiempo real, no años después.

2. Implementación de la Docencia Compartida y el Trabajo Interdisciplinario

La fragmentación es el principal obstáculo para la innovación.

  • Redes de investigadores-docentes: Establecer programas donde el investigador no esté aislado en la teoría, sino que colabore directamente con el docente de aula para prototipar herramientas (como el uso del origami en geometría para el pensamiento lógico) y medir su impacto inmediatamente.
  • Sistemas de seguimiento integral (SISTEI): La ciudad educadora necesita trazabilidad. Implementar sistemas como el SISTEI permite observar la trayectoria educativa y de salud de los jóvenes (especialmente aquellos en el rango de invisibilidad de los 13 a 17 años), garantizando que no se pierdan en la transición entre niveles educativos.

3. La Ciudad como Entorno de Aprendizaje Significativo

Para mejorar la "ciudad educativa", se requiere una política de co-responsabilidad:

  • Mesas de diálogo permanente: Crear espacios donde el gremio docente, investigadores de la UCV, autoridades locales y familias diseñen planes de desarrollo educativo basados en datos locales y no solo en directrices centralizadas.
  • Investigación aplicada al territorio: Priorizar investigaciones que den respuesta a los problemas inmediatos de la ciudad (exclusión, deserción, desarticulación social), convirtiendo la tesis y el artículo académico en un plan de acción para la comunidad.

4. Estrategia de Formación Docente Continua

  • Hacia un perfil docente-investigador: La formación ya no puede limitarse a la técnica pedagógica. Debe incluir competencias en análisis sistémico, pensamiento crítico (integrando nociones de física cuántica para entender la incertidumbre del aula) y gestión de proyectos.
  • Reconocimiento de trayectorias: Aprovechar las redes de investigadores y alumni (como los activos en el repositorio Saber UCV) para mentorías entre pares, donde los docentes con más trayectoria acompañen a las nuevas generaciones en la resolución de problemas reales dentro del "hervidero" escolar.

La mejora de una ciudad educativa no depende de la suma de sus partes, sino de la calidad de sus interacciones. Si logramos que las instituciones formadoras actúen como "puntos de ebullición" donde convergen la investigación, la práctica docente y la realidad social, dejaremos de ver al estudiante como un sujeto pasivo para verlo como el nodo principal de un sistema inteligente y adaptativo.

La integración de las escuelas formadoras de docentes con la realidad del aula en los niveles de primaria y secundaria debe dejar de entenderse como una visita episódica o teórica para convertirse en un ecosistema de colaboración simbiótica donde la formación inicial se nutra de la complejidad del entorno escolar y, a su vez, la escuela se beneficie de la mirada fresca y la investigación académica de los futuros educadores. Para que esta articulación arroje frutos significativos, es indispensable establecer comunidades de aprendizaje profesional donde el estudiante en formación no sea un observador pasivo, sino un co-docente que se sumerge en la planificación, la ejecución y, sobre todo, la evaluación reflexiva de las estrategias didácticas junto al docente titular. Este proceso debe iniciarse desde los primeros años de la carrera mediante prácticas de inmersión temprana que rompan la barrera entre el aula universitaria y el centro educativo, permitiendo que el docente en formación experimente los desafíos de la gestión emocional, la diversidad del alumnado y la adaptación curricular en tiempo real. La clave del éxito radica en la mentoría compartida, donde las instituciones formadoras y los centros educativos actúen como un solo cuerpo que acompaña el desarrollo profesional mediante el análisis riguroso de la práctica, utilizando bitácoras de reflexión, observación entre pares y estudios de caso que conecten la teoría pedagógica con la resolución de problemas concretos en el salón de clases. Además, es fundamental integrar proyectos de investigación-acción que obliguen a los estudiantes universitarios a diseñar soluciones ante necesidades reales detectadas en el aula, transformando su paso por la escuela en una oportunidad para innovar, probar metodologías activas y evaluar resultados con rigor, lo que convierte a la práctica docente en un espacio de producción de conocimiento útil para el sistema educativo en su conjunto. Esta sinergia debe formalizarse mediante convenios de largo aliento que fomenten la rotación de docentes titulares hacia las universidades para compartir su experiencia y, recíprocamente, la presencia de investigadores universitarios en las escuelas para asesorar procesos de mejora escolar, garantizando así un flujo constante de saberes que dignifique la profesión y asegure que cada hora de formación sea una inversión directa en la calidad del aprendizaje de niños y adolescentes, desdibujando las fronteras institucionales para enAl reflexionar sobre la integración entre teoría y práctica, especialmente bajo la visión de la Pedagogía de la Continuidad y el concepto del Hervidero Pedagógico, el aspecto que considero fundamental y de mayor complejidad es la superación de la fragmentación del conocimiento en la acción docente cotidiana.

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