miércoles, 25 de marzo de 2026

 Del pupitre al territorio: La ecología de saberes como soberanía pedagógica

Resumen
El presente artículo analiza la crisis estructural de la escuela primaria contemporánea, entendida no solo como un recinto arquitectónico, sino como un aparato de captura heredero de la modernidad industrial y el pensamiento eurocéntrico. A través de una perspectiva genealógica fundamentada en los planteamientos de Foucault, Varela y Andrés Lasheras, se examina cómo el pupitre, la fragmentación del saber en parcelas y la evaluación punitiva han configurado una "arquitectura de la domesticación" que anula la subjetividad del niño. Frente a esta inercia, se propone la categoría del "Hervidero Pedagógico" y la "Escuela de la Soberanía" como rutas de descolonización educativa. Inspirada en la Educación Social de Simón Rodríguez y las pedagogías decoloniales de Walsh y Dussel, la propuesta aboga por un tránsito epistémico: del pupitre al territorio, de la obediencia al autogobierno y de la instrucción a la formación integral. Se concluye que la transformación educativa en el contexto actual exige romper los muros simbólicos del aula para dar paso a una ecología de saberes que dignifique tanto al niño como al docente, convirtiendo la escuela en el epicentro de la soberanía cognitiva y el Buen Vivir.
Palabras clave: Aparato de captura, Hervidero pedagógico, Soberanía cognitiva, Simón Rodríguez, Autogobierno escolar, Descolonialidad.
Abstract
This article analyzes the structural crisis of the contemporary primary school, understood not merely as an architectural enclosure but as a capture apparatus inherited from industrial modernity and Eurocentric thought. Through a genealogical perspective based on the approaches of Foucault, Varela, and Andrés Lasheras, it examines how the school desk, the fragmentation of knowledge into plots, and punitive evaluation have configured an "architecture of domestication" that nullifies the child's subjectivity. Faced with this inertia, the categories of the "Pedagogical Swarm" (Hervidero) and the "School of Sovereignty" are proposed as routes for educational decolonization. Inspired by Simón Rodríguez's Social Education and the decolonial pedagogies of Walsh and Dussel, the proposal advocates for an epistemic transition: from the desk to the territory, from obedience to self-government, and from instruction to integral formation. It is concluded that educational transformation in the current context requires breaking the symbolic walls of the classroom to give way to an ecology of knowledge that dignifies both the child and the teacher, turning the school into the epicenter of cognitive sovereignty and "Buen Vivir" (Good Living).
Keywords: Capture apparatus, Pedagogical swarm, Cognitive sovereignty, Simón Rodríguez, School self-government, Decoloniality.
Planteamiento
En nuestro concepto trabajar este planteamiento implica concebir la escuela no como un simple recinto arquitectónico, como un edificio con salones destinados a las diversas actividades escolares, sino como un proceso histórico de tensión dialéctica entre el control y la libertad. Desde una perspectiva genealógica, y basados en los análisis de Michel Foucault (2002) y Julia Varela (1991), la escuela primaria, elemental o básica, como queramos llamarla, se erigió esencialmente como un aparato de captura diseñado para moldear la subjetividad moderna bajo tres ejes determinantes. En primer lugar, operó mediante el disciplinamiento del cuerpo, donde el pupitre funcionó como una "cámara" mínima que garantizaba la inmovilidad y la docilidad, transformando la energía vital en fuerza de trabajo controlable. Muchas veces el alumno erigió el lugar donde quería sentarse, pero otras, el maestro lo impuso, como puesto fijo. En mi carácter de docente, la primera vez que formalmente atendí un salón de clases, impuse el puesto fijo, como una forma de disciplinar a un grupo de alumnos, casi mi edad, que carecían de todo sentido del respeto hacia ellos mismos. Si ello se convierte en una práctica negamos al niño, a su libre desarrollo, lo atamos a un pupitre.
En segundo lugar, se configuró como un mecanismo para homogeneizar el pensamiento, imponiendo una identidad nacional única que buscaba anular las particularidades locales y territoriales en favor de una narrativa estatal uniforme. Una clase igual para todos, se ayuda al que no entiende, pero no hay variación en la forma de transmitir el mensaje pedagógico. El docente prepara la clase y así es ejecutada. El alumno aprende o aprende, y si no a repetir el grado, o a pasar por asistencia.
En tercer lugar, la institución se enfocó en instruir para la utilidad, configurando una pedagogía que separó drásticamente el "saber" del "hacer". Este modelo no buscaba la emancipación intelectual, sino la formación de operarios eficientes, capaces de descifrar órdenes, respetar jerarquías y cumplir horarios estrictos, consolidando así una estructura social donde el conocimiento queda supeditado a la productividad del sistema.
La escuela como aparato de captura, tuvo mecanismos históricos de control que se manifestaron en la cotidianidad del aula, transformando al niño en un objeto de estudio y vigilancia. "La disciplina organiza un espacio analítico [...] El espacio de las instituciones disciplinarias es a la vez mixto y artificial. Es el espacio de la clausura, pero también de la subdivisión." (Foucault, 2002, p. 145). Y Varela plantea
"La escuela primaria se constituyó como un espacio de moralización de las masas, donde el maestro, más que un transmisor de cultura, funcionaba como un oficial de la higiene y el orden social." (Varela & Alvarez-Uria, 1991, p. 52).
Andrés Lasheras (2004) sobre la Ilustración y el sujeto moderno con la visión de la escuela como aparato de captura, concibe la escuela no como un simple edificio, sino como un proceso histórico de tensión dialéctica entre el control y la libertad. Desde una perspectiva genealógica, la escuela primaria se erigió como un aparato de captura diseñado para moldear la subjetividad bajo parámetros de utilidad y disciplina. Como señala Andrés Lasheras (2004), este fenómeno es hijo de la Ilustración, un periodo donde la sociedad, al buscar una nueva identidad, deja de ver al individuo como un ser terminado para entenderlo como un "individuo por hacer" (p. 40). En este contexto, la escuela surge para disciplinar el cuerpo, utilizando el pupitre como una celda de inmovilidad; para homogeneizar el pensamiento, borrando las diferencias territoriales en favor de una identidad nacional única; y para instruir para la utilidad, separando drásticamente el "saber" del "hacer". Esta transformación convirtió una práctica educativa anteriormente "rutinaria y realizada por maestros incultos" en una disciplina de una "trascendencia social incalculable" (Andrés Lasheras, 2004, p. 40), donde el objetivo final era la creación del ciudadano frente al súbdito. Así, la escuela elemental se consolidó como una maquinaria de saber-poder que, bajo la promesa de civilizar, garantizó la formación de operarios dóciles capaces de cumplir horarios y descifrar órdenes, asegurando que el sujeto moderno fuera, ante todo, un engranaje funcional al sistema productivo.
Visto de esta manera la escuela no solo encierra, sino que cuadricula. Cada niño tiene un lugar asignado (el pupitre) que permite al docente una vigilancia jerárquica constante y evitar las coaliciones, los juegos y el "hervidero" espontáneo. La soledad en medio de la multitud garantiza que el niño sea visto, pero que no vea ni interactúe con sus pares de forma soberana Inclusive a través del horario mosaico la fragmentación del tiempo en horas exactas, marcada por campanas o timbres, emula la línea de montaje de la fábrica y establece ritmos biológicos y mentales artificiales. Se estima horas para cada disciplina: matemática. Lengua, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales, deporte, educación física, música, laboratorio biblioteca, religión, entre otras.
El niño aprende que su actividad escolar termina cuando suena el timbre, supeditando su curiosidad al cronograma institucional. Sumemos la creación de manuales y libros de texto estandarizados extrae el saber del mundo real y lo convierte en un "objeto" consumible. Las llamadas enciclopedias, que “todo lo traen servido” .El conocimiento que no está en el programa o en la enciclopedia no existe. Esto genera la tabula rasa donde el docente deposita información, desconectando al niño de su territorio y de su propia experiencia vital. Y a través de la calificación y el reporte de conducta, se establece qué es un "buen alumno" (dócil) y un "mal alumno" (rebelde) el niño termina por interiorizar la mirada del maestro, ajustando su cuerpo y sus palabras para encajar en el molde de la normalidad eurocéntrica. Planteamos entonces que la escuela es un espacio de contradicciones y se encuentra atrapada entre dos siglos.
Ello permite formular la siguiente interrogante
¿Es la Escuela Primaria Hoy: Una Institución en Crisis, o en decadencia?
En la actualidad, la escuela primaria se manifiesta como un escenario de profundas contradicciones, atrapada en una inercia estructural que colisiona con las demandas de la sociedad contemporánea. No solo está en crisis la institución como todo lo que incluye el personal involucrado en ello. Supervisores, directivos, maestros, secretarios, padres, obreros, representantes, comunidad en general. Esta institución mantiene, en su núcleo, la herencia del siglo XIX, donde el pupitre, la evaluación punitiva y la fragmentación del conocimiento en "parcelas" o asignaturas aisladas siguen siendo los pilares de la instrucción. Y lo más grave, no es una condición de la escuela primaria, sino de todo el sistema educativo.
Esta estructura mantiene, en su núcleo, la herencia del siglo XIX, donde el pupitre, la evaluación punitiva y la fragmentación del conocimiento en "parcelas" o asignaturas aisladas siguen siendo los pilares de la instrucción. Lo que Andrés Lasheras describe como la transición hacia una práctica de control social terminó por cristalizar en una rigidez que atraviesa hoy todo el sistema educativo. En el bachillerato, esta herencia se traduce en un currículo de materias atomizadas, donde la física no dialoga con la historia ni la literatura con la biología, impidiendo que el estudiante construya una visión de totalidad. Esta arquitectura pedagógica reproduce lo que Varela y Álvarez-Uría (1991) denominan la "codificación de los saberes escolares", transformando la curiosidad en una mecánica de cumplimiento de tareas. Al llegar a la educación superior, la situación se vuelve paradójica: si bien en los marcos de fundamentación de las carreras se exalta la interdisciplinariedad como una competencia vital, en la práctica docente esta brilla por su ausencia. La universidad opera bajo la lógica de la "parcela" académica, donde facultades e institutos funcionan como feudos cerrados. Esta ausencia de transversalidad no es una omisión accidental, sino la culminación de un sistema que, siguiendo la lógica de la utilidad industrial, prefiere al experto funcional y compartimentado antes que al ciudadano capaz de articular un pensamiento integrador y transformador sobre su realidad. Como señala Foucault (20.02), esta distribución espacial y administrativa no es ingenua; responde a una "localización elemental o división en compartimentos" (p. 147) diseñada para garantizar una vigilancia global y detallada, transformando el aula en un dispositivo de normalización que aún hoy se resiste a desaparecer.
El pensamiento de Simón Rodríguez surge no solo como una alternativa pedagógica, sino como una ruptura política radical a través de su concepto de Educación Social. Para Rodríguez, la escuela no debía ser un instrumento de "captura" o de formación de operarios dóciles, sino el espacio de fundación de la República. Como bien señala en su obra, "instruir no es educar", denunciando así que la acumulación de conocimientos en "parcelas" aisladas —lo que hoy vemos en el bachillerato y la universidad— es insuficiente para formar ciudadanos.
Su propuesta de Educación Social rompe con la estructura de la escuela tradicional al proponer una integración orgánica entre el pensar y el hacer, entre la academia y el taller. Mientras que la maquinaria escolar descrita por Varela y Álvarez-Uría (1991) busca la homogeneización y la utilidad técnica, Rodríguez aboga por una educación que reconozca la interdependencia de los saberes: "entre la escuela y el taller no debe haber separación". En su visión, la interdisciplinariedad que hoy "brilla por su ausencia" en los marcos universitarios era, para él, la base misma del aprendizaje; el estudiante no debía ser un receptor de datos inconexos, sino un sujeto capaz de comprender la totalidad de su contexto para transformarlo.
Por lo tanto, la Educación Social de Rodríguez se presenta como la antítesis de la "parcela" académica. Es una invitación a derribar los muros de los feudos universitarios y los horarios fragmentados del bachillerato para dar paso a una formación donde el conocimiento se construye en comunidad y para el beneficio común. Al rescatar esta visión, se propone una pedagogía de la resistencia que, en lugar de fabricar individuos funcionales al sistema de mercado, cultive seres sociales capaces de articular la razón con la técnica y la libertad con la responsabilidad colectiva.
Frente a esta inercia, la escuela intenta responder a los desafíos del siglo XXI, tales como la diversidad y el auge tecnológico, pero a menudo lo hace de manera puramente cosmética. La introducción de herramientas digitales en un entorno arquitectónicamente rígido, decadente y sin recursos no altera la lógica del encierro. Varela y Alvarez-Uria (1991) advierten que este "aislamiento de la infancia" en espacios especializados de visibilidad constante (p. 52) impide que la tecnología sea una herramienta de liberación, convirtiéndola, por el contrario, en un nuevo mecanismo de control dentro de la misma estructura de la tabula rasa. Se evidencia así un simulacro de modernización que no cuestiona la base disciplinaria de la institución. Se trabaja con instrumentos y tecnologías para los cuales los docentes no han sido preparados, y menos con posibilidad de tener y dominar instrumentos modernos de tecnologías. La escuela carece de ellos y por consiguiente el maestro y el hogar menos lo pueden tener.
Finalmente, la escuela de hoy se presenta como un "hervidero" contenido. La realidad social —la crisis, las tensiones del barrio y la efervescencia de la calle— penetra los muros escolares a la fuerza, rompiendo la pretendida asepsia del aula. Sin embargo, la estructura institucional reacciona intentando "enfriar" ese hervor mediante la burocracia y el control punitivo. Esta tensión refleja lo que Dussel (2016) denomina la "clausura del saber" de la modernidad eurocéntrica (p. 92), que niega la exterioridad y lo que sucede en el territorio. El problema radica en que, al intentar contener la potencia vital de lo que surge en la comunidad, la escuela desaprovecha la oportunidad de transformarse en una auténtica ecología de saberes, persistiendo en ser un aparato de captura que posterga la soberanía pedagógica del estudiante.
La Escuela de la Soberanía: Hacia una Metamorfosis Epistémica y Política
La transformación de la institución escolar no debe ser entendida como un simple ajuste tecnológico o una modernización de fachada, sino como una mutación epistémica y política profunda que rompa con el dispositivo de captura heredado de la modernidad. Siguiendo las huellas de Enrique Dussel, Catherine Walsh y la experiencia acumulada en el territorio, la escuela debe transitar hacia un modelo de soberanía cognitiva que se fundamente en cuatro dimensiones disruptivas. En primer lugar, es imperativo el tránsito de la instrucción a la educación, asumiendo este binomio como inseparable. (Cornieles 2026) .Esto implica superar la simple transmisión de datos para alcanzar una formación integral; no se trata de "llenar el envase" bajo la lógica de la tabula rasa, sino de encender el fuego del pensamiento crítico que permita al estudiante reconocerse como sujeto histórico. En segundo lugar, la propuesta exige un desplazamiento del pupitre al territorio, promoviendo lo que Bonaventura de Sousa Santos (2010) denomina una ecología de saberes. La escuela debe derribar sus muros simbólicos para que el conocimiento académico dialogue de forma horizontal con el saber popular, convirtiendo la calle, la vereda y el barrio en el texto principal de aprendizaje. La ciudad pase a ser una ciudad pedagógica y no una utopía.
Estos cambios son el paso de la obediencia al autogobierno escolar , donde el aula se transforma en una "Micro-República". En este espacio, la asamblea no es una actividad extra o periférica, sino el corazón mismo del currículo; es allí donde el niño aprende a ser soberano, a deliberar y a construir comunidad desde la práctica política cotidiana. Es allí donde el niño aprende a ser ciudadano. No es una escuela primaria plena de asignaturas que a veces le cusan cansancio y fastidio. Un modelo que rompe con la "escuela-cuartel" para dar paso a una escuela de vida. En este espacio, el niño deja de ser un número en una lista o un cuerpo invisible en un pupitre para convertirse en el protagonista de su propio proceso de formación. Esta transformación debe conducirnos hacia una institución donde el respeto, la dignidad del niño y la valoración del docente sean el fundamento de cada jornada. La escuela de la soberanía no es un búnker de contenidos aislados, sino un espacio donde el niño deja de ser invisible para ser reconocido en su totalidad. Se trata de una enseñanza para el Buen Vivir, donde el estudiante aprende a conducirse con integridad en la calle, en la casa, en el juego y en el deporte, entendiendo que la ética no es una asignatura, sino una práctica cotidiana. En lugar de una formación que genera cansancio y fastidio, se propone un entorno donde el niño disfrute su niñez mientras se enamora de la complejidad y la sencillez de la vida, de las ciencias y del arte. Al superar la evaluación punitiva y la fragmentación del saber, logramos que el estudiante, en lugar de odiar lo que estudia, desarrolle un deseo genuino de seguir aprendiendo. Es una escuela que cultiva el respeto profundo hacia sus semejantes, hacia sus pares y hacia sus maestros, no por imposición o temor, sino por el reconocimiento mutuo de su dignidad. Como plantea Walsh (2013) en sus pedagogías insurgentes, el aprendizaje debe ser un acto de "re-existencia", donde el conocimiento se adquiere con alegría y sentido, preparando al ser humano para habitar el mundo con responsabilidad, curiosidad y amor por el saber.
Finalmente, la propuesta aboga por una transición de la parcela a la interdisciplinariedad, rompiendo las divisiones artificiales entre matemáticas, lengua y arte. Un ejemplo tangible de esta integración es el uso del origami como estrategia pedagógica, donde la geometría se vuelve arte, el arte se transforma en motricidad y la motricidad se decodifica en pensamiento lógico-matemático.
En conclusión, la escuela primaria del futuro no puede seguir siendo el búnker de la modernidad industrial. Debe transformarse en un hervidero pedagógico donde la transformación exija pasar de un espacio que "domestica" cuerpos a un espacio que "libera" conciencias a través del autogobierno. Solo mediante esta ruptura con la arquitectura de la domesticación, la escuela dejará de ser una institución de encierro para convertirse en el epicentro de la soberanía cognitiva y ciudadana, permitiendo que la potencia vital del territorio sature y dé sentido al hecho educativo.
Referencias Bibliográficas
Andrés Lasheras, J. (2004). La educación en la Ilustración [Documento de trabajo]. (pp. 35-40).
Ariès, P. (1987). El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Taurus. (Obra original publicada en 1960).
De Sousa Santos, B. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Ediciones Trilce.
Dussel, E. (2016). Filosofías del Sur: Descolonización y transmodernidad. Akal.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Rodríguez, S. (2001). Sociedades Americanas. Biblioteca Ayacucho.
Varela, J., y Álvarez-Uría, F. (1991). Arqueología de la escuela. Ediciones de la Piqueta.
Walsh, C. (2013). Pedagogías decoloniales: Prácticas insurgentes de resistir, (re)existir y (re)vivir. Abya-Yala.

sábado, 21 de marzo de 2026

 

Prof. Idalia Cornieles D.UCV

De la Tabula Rasa a la Acción Comunicativa: El Autogobierno como Praxis Emancipadora en el Hervidero Pedagógico.

En el presente texto se analiza la transición ontológica y epistemológica entre la pedagogía tradicional de corte mecanicista y la propuesta democrática de la Escuela Nueva. En un primer momento, se examinan las raíces del autoritarismo escolar sustentado en la concepción de John Locke sobre la tabula rasa, la cual reduce al estudiante a un sujeto pasivo justificación de  una disciplina coercitiva basada en el reforzamiento negativo y la "anatomía política del detalle" (Foucault). A través del análisis de prácticas punitivas como el dictado extenuante, se caracteriza la "educación bancaria" (Freire) como un proceso de adiestramiento que anula el deseo de aprender en favor de la mecanización motriz. Frente a este modelo, se antepuso el autogobierno escolar no como un recurso administrativo, sino como una estructura de resistencia y libertad. Apoyándose en el pensamiento de pedagogos como Rousseau, Dewey y Freinet, y en experiencias venezolanas vanguardistas como las de Belén San Juan, y el pensamiento pedagógico de  Prieto Figueroa, se fundamentó este estudio, sobre  la autonomía estudiantil a través de la Teoría de la Acción Comunicativa de Jürgen Habermas. Como conclusión se asume  que el aula, concebida como una "esfera pública micro", debe transitar del poder burocrático hacia un poder comunicativo, donde el consenso y la "fuerza del mejor argumento" conviertan la convivencia escolar en un laboratorio de ética deliberativa y soberanía intelectual.

Palabras clave: Autogobierno escolar, Acción comunicativa, Pedagogía crítica, Escuela Nueva, Educación bancaria, Soberanía pedagógica

 

La idea del autogobierno escolar no surge como un simple recurso administrativo, sino como una profunda respuesta filosófica e ideológica a la educación autoritaria tradicional. Sus raíces se encuentran en la convicción de que la democracia no puede enseñarse mediante el discurso teórico, sino que debe vivirse como una práctica cotidiana dentro de la institución educativa. Para comprender el origen de la pedagogía tradicional y su enfoque coercitivo, es necesario analizar las raíces filosóficas y psicológicas que sustentaron la visión del niño como un recipiente vacío y la disciplina como un ejercicio de dolor.

1. El Niño como "Tabula Rasa"

La base epistemológica de este modelo reside en el concepto de la Tabula Rasa, popularizado por John Locke (1690) en su Ensayo sobre el entendimiento humano. Locke sostenía que la mente del niño, al nacer, es como un papel en blanco o una pizarra limpia (del latín tabula rasa) carente de ideas innatas. Bajo esta premisa, el maestro adquiere un poder absoluto, pues es quien posee el saber y tiene la responsabilidad de "llenar" ese vacío. Esta visión reduce al estudiante a un sujeto pasivo, cuya única función es la recepción y el almacenamiento de información externa.

2. El Autoritarismo y la Disciplina Coercitiva Ese es un ejemplo clásico y contundente de lo que en pedagogía y sociología de la educación se denomina Pedagogía Tradicional Mecanicista o, en términos más críticos, Educación Bancaria. La visión del estudiante como una "tabula rasa" encuentra su ejecución más severa en métodos de enseñanza basados en la repetición extenuante y la vigilancia punitiva. Un ejemplo emblemático de esta práctica es la dinámica del dictado donde el docente, tras la finalización del ejercicio, delega la corrección entre los pares bajo la premisa de una infalibilidad absoluta. En este escenario, el maestro transcribe el "texto correcto" en la pizarra no como una referencia de aprendizaje, sino como un molde inflexible. Cualquier desviación, por mínima que sea, es tratada como una falta que debe ser borrada mediante la repetición infinita del texto "hasta que no quede ningún error".

Este procedimiento constituye una manifestación física de la "educación bancaria" denunciada por Paulo Freire (1970). Aquí, el conocimiento no es un proceso de construcción de sentido, sino un depósito de información que el alumno debe devolver intacto. El error no se habita como una oportunidad pedagógica, sino que se castiga como un defecto de almacenamiento. Como analiza Michel Foucault (1975) en Vigilar y castigar, estas prácticas implementan una "anatomía política del detalle", donde el cuerpo y el tiempo del niño son sometidos a una microfísica del poder.

La manipulación del tiempo escolar en esta dinámica es reveladora: al condicionar la hora de salida (las 5:30 PM para quienes logran la exactitud frente a las 6 PM para quienes yerran), el docente transforma el tiempo de vida en una herramienta de coacción. Esta estrategia logra convencer incluso al entorno familiar, bajo la idea de que el agotamiento es el precio necesario para la corrección ortográfica. Sin embargo, desde la perspectiva de la Escuela Nueva, este método no es educación, sino adiestramiento. Al despojar al lenguaje de su función comunicativa y reducirlo a una tarea motriz punitiva, se genera una aversión profunda hacia el saber, sustituyendo el deseo de aprender por el miedo al encierro.

Este método específico puede identificarse bajo los siguientes conceptos técnicos:

1. Pedagogía de la Enmienda y el Castigo Productivo

Este enfoque se basa en la premisa de que el error es una falta que debe ser "borrada" a través de la repetición. No se busca que el niño comprenda la estructura de la palabra, sino que mecanice el movimiento y la forma. Como señala Foucault (1975) en Vigilar y castigar, este es un ejercicio de "normalización", donde el tiempo escolar se utiliza como una herramienta de presión: quien no se ajusta a la norma (la ortografía perfecta), es "sancionado" con la pérdida de su tiempo libre (salir más tarde).

2. Educación Bancaria (Paulo Freire)

Desde la perspectiva de Paulo Freire (1970), este es un caso puro de concepción bancaria de la educación. El maestro "deposita" un texto correcto en los alumnos y estos deben devolverlo intacto. No hay espacio para la reflexión, la creatividad o el aprendizaje significativo; el alumno es un recipiente que debe ser llenado con la "verdad" del maestro, y cualquier desviación se considera un defecto de almacenamiento que debe corregirse mediante la repetición extenuante.

3. Conductismo Radical: Refuerzo Negativo y Condicionamiento

Psicológicamente, este método utiliza el refuerzo negativo (Skinner, 1953). Salir temprano (4:30 PM) funciona como una "recompensa" por la exactitud, mientras que quedarse hasta las 5:45 PM es la consecuencia negativa del error. Esto genera una motivación basada en la evitación del castigo y no en el interés por el saber. Los padres, bajo esta lógica, son convencidos de que la "letra con sangre entra" (o en este caso, con cansancio y repetición), confundiendo el adiestramiento ortográfico con la formación integral.

4. La "Mecanización" del Aprendizaje

Bajo la óptica de la Escuela Nueva, esto se denomina aprendizaje memorístico-mecánico. Autores como Dewey (1916) criticarían este sistema argumentando que mata el interés natural del niño. Al obligar a repetir un texto "hasta que no quede ningún error", se despoja al lenguaje de su función comunicativa y se le convierte en una tarea motriz vacía de sentido. Aversión a la escritura: El niño termina asociando el acto de escribir con el encierro y la fatiga.

  • : Se premia la falta de errores sobre la generación de ideas.
  • Se valida el autoritarismo: Los padres y alumnos aceptan que el control del tiempo y el cuerpo es una vía legítima para el "perfeccionamiento" humano.

5. La Crítica desde la Escuela Nueva

 

El modelo de la pedagogía tradicional, caracterizado por una disciplina coercitiva y la anulación de la subjetividad, comenzó a ser desplazado por el movimiento de la Escuela Nueva a principios del siglo XX. Autores fundamentales como John Dewey (1916) criticaron la visión de la educación como una "preparación" impuesta desde fuera, argumentando que el niño ya es un ser completo con intereses propios. En su obra Democracia y Educación, Dewey sostiene que si la educación es vida, esta debe poseer su propio carácter desde el principio (p. 63), denunciando que ignorar la psicología del desarrollo convierte el aprendizaje en un proceso alienante. En sintonía con esto, Célestin Freinet (1964) advirtió en sus técnicas de la escuela moderna que el autoritarismo escolar no forma ciudadanos, sino súbditos (pp. 12-15), perpetuando estructuras de dominación a través de la sumisión. Asumimos esta generalización necesaria para adentrarnos en la problemática del autogobierno escolar.

El origen moderno de esta autonomía se articula con el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau, quien en Emilio, o De la educación (1762) sentó las bases de la independencia infantil al proponer que el niño debe ser guiado por la "necesidad de las cosas" y no por la voluntad caprichosa del adulto (ed. 2011, pp. 92-95). No obstante, es con la Escuela Nueva donde el autogobierno se formaliza como estructura. Para Dewey (1916), la escuela debe ser una "comunidad embrionaria" (pp. 22-26) donde los estudiantes participen en la toma de decisiones, pues solo a través de la experiencia directa se desarrolla el juicio crítico necesario para la vida democrática. Este giro ideológico rompe la verticalidad pedagógica y desplaza la soberanía del maestro hacia la colectividad.

A nivel internacional, esta implementación encontró su máxima expresión en la "asamblea de clase" de Freinet (1964), concebida como el órgano soberano donde los niños organizan su trabajo y resuelven conflictos (pp. 35-48). Para el pedagogo francés, el autogobierno es una herramienta de emancipación que transforma la disciplina impuesta en una disciplina consentida y funcional. Este camino hacia la libertad radical fue profundizado por Alexander Neill (1960) en Summerhill, donde postulaba que la felicidad se alcanza solo si el niño posee el mismo poder de voto que el adulto en las asambleas (pp. 54-57). En una línea complementaria, aunque enfocada en la cohesión social, Anton Makárenko (1935) utilizó en su Poema pedagógico el autogobierno no solo como libertad individual, sino como una forma de responsabilidad compartida donde el "consejo de comandantes" formaba la conciencia del ciudadano comprometido (ed. 1977, pp. 210-225).

La Escuela como Comunidad Discursiva

El autogobierno escolar, lejos de ser una simple estructura administrativa de participación, se podía fundamentar en lo que Habermas (1987) define como acción comunicativa. En este sentido, el reglamento de convivencia no debe imponerse como un imperativo burocrático, sino que debe emerger de una "situación ideal de habla" (p. 143), donde tanto estudiantes como docentes reconozcan recíprocamente sus pretensiones de validez. Bajo este enfoque, el autogobierno se convierte en el mecanismo para evitar la "colonización del mundo de la vida" escolar por parte de lógicas puramente instrumentales o autoritarias. Como señala Habermas en Facticidad y Validez:"La legitimidad de las normas depende del asentimiento de todos los que puedan verse afectados por ellas, en tanto que participantes en discursos racionales" (Habermas, 1998, p. 172).

Al aplicar este principio al ámbito educativo, el autogobierno escolar se valida como un ejercicio de democracia deliberativa. Aquí, el consenso alcanzado en las asambleas o consejos escolares no es una simple suma de votos, sino el resultado de un proceso de entendimiento mutuo donde el único poder legítimo es el "fuerza del mejor argumento". De este modo, la escuela deja de ser un espacio de instrucción vertical para transformarse en una esfera pública donde el estudiante se constituye como un sujeto político capaz de autorregularse, de participar y considerar importante dicha participación.

El pilar fundamental se halla en la distinción que hace Habermas entre la acción estratégica (orientada al éxito individual) y la acción comunicativa (orientada al entendimiento). En el contexto escolar, el autogobierno se activa cuando los actores —estudiantes, docentes y directivos— buscan coordinar sus planes de acción mediante el acuerdo. Como señala Habermas:

"La acción comunicativa se basa en el proceso cooperativo de interpretación en el que los participantes se refieren simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo" (Habermas, Teoría de la acción comunicativa, 1981).

Bajo esta premisa, el autogobierno escolar se convierte en una praxis donde la validez de las normas de convivencia no emana de la autoridad del director, sino del reconocimiento intersubjetivo de las pretensiones de validez (verdad, rectitud y veracidad) que se ponen en juego en las asambleas y consejos. Donde el cuerpo directivo y los docentes constituyen el Poder Moral.

La Escuela como Esfera Pública y Espacio Deliberativo

Habermas propone que la legitimidad política depende de un proceso de formación de la voluntad que sea deliberativo. Al trasladar esto al autogobierno escolar, la institución se transforma en una "esfera pública micro". Aquí, el concepto de política deliberativa es clave para entender que el autogobierno requiere condiciones procedimentales que garanticen que todos los interesados tengan voz. Al respecto, el autor sostiene: "El procedimiento democrático debe crear una conexión comunicativa entre la formación de la voluntad política y la movilización de contra-poderes sociales, de modo que el poder administrativo sea transformado en poder comunicativo" (Habermas, Facticidad y Validez, 1992).

En la escuela, esto implica que las decisiones tomadas en los órganos de autogobierno (como el consejo estudiantil) deben ser el resultado de un debate libre de coacción, donde prevalezca el "fuerza del mejor argumento" y no la presión de las calificaciones o la disciplina punitiva.

Finalmente, se puede concluir  que el autogobierno es el laboratorio para la ética del discurso. Para Habermas, una norma solo es válida si todos los que pueden verse afectados por ella pueden aceptar las consecuencias de su cumplimiento general. En el autogobierno escolar, esto fomenta la autonomía moral de los estudiantes, pues pasan de ser receptores de reglas a ser legisladores de su propia convivencia. El principio fundamental que respalda esta idea es:

"Únicamente pueden pretender validez aquellas normas que pudiesen contar con el asentimiento de todos los afectados en cuanto participantes en un discurso práctico" (Habermas, Conciencia moral y acción comunicativa, 1983).

En resumen, los soportes de Habermas permiten ver el autogobierno escolar no como un simulacro de votación, sino como un ejercicio de racionalidad comunicativa que busca democratizar la escuela mediante el diálogo, transformando el poder burocrático en una voluntad común construida colectivamente. Estos principios  fueron  desarrollados  y practicados en la Escuela Nacional América de Catia, fundamentalmente y el Instituto de Educación Integral fundado por Belén San Juan.. Lamentamos  no conocer la experiencia de la experimental Venezuela  y la de otras  instituciones

Referencias Bibliográficas

Dewey, J. (1995). Democracia y educación: Una introducción a la filosofía de la educación. Ediciones Morata. (Obra original publicada en 1916).

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975).

Freinet, C. (1972). Las técnicas de la escuela moderna. Siglo XX. (Obra original publicada en 1964).

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1970).

Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa, I: Racionalidad de la acción y racionalización social. Taurus. (Obra original publicada en 1981).

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jueves, 19 de marzo de 2026

 

CAPITULO III

INTERACCIÓN ENTRE EL DOCENTE Y SUS COMPAÑEROS, UN SEGUNDO NIVEL  DEL HERVIDERO

La relación con los colegas es un arma de doble filo. Se aprecian momentos de profunda soledad profesional[FG1] , donde el aula se convierte en una "isla". Por otro lado, el maestro se ve impelido a desarrollar experiencias de innovación colectivas donde el intercambio de saberes permita transformar la práctica pedagógica. El incidente crítico surge cuando el "celo profesional" o el miedo a la crítica impiden compartir fracasos y éxitos; la sala de profesores puede ser un espacio de desahogo o un lugar donde la apatía "enfría" la motivación. No obstante, al preguntar a algunos maestros sobre el particular, no está funcionando la  reunión de maestros, como fuente   de planificación del trabajo escolar.

Para integrar la soledad del docente como un continuo pedagógico, debemos entenderla no como un estado estático de aislamiento, sino como un proceso que oscila entre la clausura administrativa y la potencia creativa. En este flujo, el profesor transita desde la soledad impuesta por la estructura escolar hasta la soledad necesaria para la reflexión profunda sobre su propia práctica.

La Soledad del Docente: Un Continuo entre el Aislamiento y la Autonomía

El ejercicio docente se manifiesta como un continuo que atraviesa diversas dimensiones de la soledad. En un extremo, hallamos la soledad celular, definida por la estructura física y organizativa de la escuela. Como señala Lortie (1975), el profesorado suele trabajar en una suerte de "caja de huevos", donde el aislamiento dentro del aula impide el intercambio genuino de saberes y experiencias con sus pares. Esta fragmentación convierte al docente en un ejecutor solitario de normativas, muchas veces desconectado de una comunidad de aprendizaje real.

A medida que avanzamos en este continuo, la soledad se transforma ante la crisis del sistema. Cuando el docente se enfrenta a la falta de recursos, a la ausencia de colegas por vacantes no cubiertas o a la imposición de promociones automáticas, surge una soledad de gestión. Aquí, el profesor se vuelve el único responsable de la "prosecución escolar", debiendo tomar decisiones éticas y pedagógicas en un vacío institucional que, paradójicamente, le exige resultados cuantitativos sobre procesos cualitativos. Sin embargo, el continuo alcanza su punto más alto cuando la soledad se convierte en un espacio de investigación. Para que el aula sea un verdadero "hervidero" de saberes, el docente debe habitar una soledad reflexiva que le permita observar su práctica. Según Stenhouse (1987), el profesor no debe ser un simple instructor, sino un investigador en el aula que, en su diálogo interno y solitario con la realidad del estudiante, reconstruye el currículo. En este sentido, la soledad ya no es una carencia, sino la condición de posibilidad para la autonomía profesional.

Este enfoque permite ver la soledad no como un enemigo a vencer, sino como un territorio que debe ser conquistado por el docente para recuperar su voz propia frente a la marea de la burocracia educativa. Ahora bien, la vitalidad del aula,  entendida como ese "hervidero" de subjetividades en constante autoorganización enfrenta hoy un proceso de erosión que trasciende lo pedagógico para convertirse en una crisis ontológica. Esta fragilidad se manifiesta, en primera instancia, a través de la "soledad del aula", un fenómeno donde el docente, a pesar de estar rodeado de alumnos, habita un aislamiento profesional profundo. Según Neto (2015) y la perspectiva de Space39A (2023), este aislamiento no es solo una falta de contacto físico, sino una carencia de redes colaborativas que validen la praxis, convirtiendo la enseñanza en un acto solitario de supervivencia frente a la incertidumbre.

La crisis ontológica en este  caso, no se refiere a una simple falla de métodos o de recursos, sino a una fractura en el ser mismo del docente y del estudiante. Es una crisis de identidad y de sentido: surge cuando el "yo" que enseña y el "yo" que aprende ya no encuentran una razón de ser en la estructura tradicional. En la modernidad líquida, el aula deja de ser un espacio de revelación para convertirse en un espacio de tránsito.

La educación contemporánea atraviesa una fractura ontológica profunda donde el ser docente experimenta una despersonalización crítica. Esta crisis de esencia ocurre cuando la labor pedagógica, originalmente un acto de creación e investigación intelectual, se ve reducida a una función técnica y administrativa. Al quedar atrapado en el engranaje burocrático de las métricas y los formatos, el docente pierde su autonomía, enfrentándose a un vacío existencial donde el propósito vital de transformar al otro desaparece. Este fenómeno se enmarca en lo que el sociólogo Zygmunt Bauman denomina modernidad líquida, una era caracterizada por la precariedad de las estructuras y la disolución de los compromisos a largo plazo. En este escenario, lo que antes era sólido y estable —la familia, el trabajo, la escuela— se ha vuelto fluido, mudable y, a menudo, descartable.

Bajo esta marea de inmediatez, el alumno  habita el aula desde una invisibilidad multidimensional. Su ser, compuesto por angustias, contextos sociales y deseos profundos, no es "visto" por un sistema que prioriza la estandarización. Esta falta de reconocimiento ontológico genera una resistencia que el mundo adulto suele etiquetar erróneamente como apatía; sin embargo, no es más que una defensa ante un espacio que no lo valida como sujeto histórico. El joven se encuentra con un "Yo" líquido, una identidad flexible que debe cambiar constantemente para adaptarse a los estímulos digitales, careciendo de referentes sólidos donde anclarse. Así, la educación deja de ser un cuerpo de conocimientos duraderos para convertirse en un proceso efímero, donde la información caduca con la misma rapidez con la que se consume.

Esta crisis se puede comprender mejor a través del quiebre de la dualidad pedagógica, una metáfora inspirada en la física cuántica. El estudiante es, simultáneamente, materia (su presencia física en el pupitre, su asistencia) y onda (su potencial creativo, su pensamiento expansivo y la entropía de su aprendizaje). El sistema educativo tradicional comete el error de atender exclusivamente a la materia, ignorando la naturaleza ondulatoria y vibrante del desarrollo humano. Cuando la escuela solo se enfoca en el examen y el cumplimiento administrativo, rompe la armonía del ser y reduce la relación educativa a una simple "conexión" superficial, similar a la de las redes sociales, en lugar de construir un vínculo profundo y ético.

Ante este panorama, surge la lucha por el "hervidero". Superar la liquidez implica transitar hacia una pedagogía del ser, donde el docente recupera su esencia mediante la reflexión crítica y la producción intelectual. El aula debe transformarse en un estado de ebullición, un espacio de energía donde el conocimiento no solo se transmita, sino que transforme la realidad. La tarea docente consiste, por tanto, en romper la fragilidad de las relaciones humanas actuales para generar un encuentro real. Solo a través de este compromiso con el saber y con el "otro" es posible devolver la solidez al acto de educar, permitiendo que tanto el maestro como el alumno emerjan de la invisibilidad y reclamen su lugar como sujetos activos en un mundo en constante cambio.

La estructura escolar tradicional ha encapsulado al maestro, limitando las oportunidades para un aprendizaje entre pares que permita transformar el agotamiento en innovación colectiva. Muchas veces fue un acompañamiento,  una forma de discusión entre pares a  través   de los   consejos o reuniones de maestros, miles de circunstancias lo han impedido. En los últimos tiempos en Venezuela fueron las pandemias, luego las dificultades económicas de los docentes, que redujeron la asistencia a clases de los maestros  niños, por cuestiones económicas, encarecimiento del pasaje, alimentación ,la "desalarización" extrema ha forzado a los académicos a una diversificación de actividades que pone en riesgo la columna vertebral del sistema educativo (El Carabobeño, 2024; El Clarín, 2024 En Venezuela esta tendencia alcanza niveles críticos de "vulnerabilidad biológica", donde el docente debe priorizar la subsistencia sobre la planificación pedagógica. La crisis ontológica de la educación contemporánea se manifiesta como una fractura en el tejido mismo del "ser" educativo, donde el aula, despojada de su naturaleza como hervidero de subjetividades en constante autoorganización (Cornieles, 2023), degenera en un vacío existencial y administrativo. Esta crisis no es meramente técnica o presupuestaria; es una erosión de los fundamentos que dan sentido a la presencia del sujeto en el espacio escolar. Se produce, en primer lugar, una desnaturalización del ser-docente, cuya esencia reside en la mediación pedagógica y el acompañamiento crítico. Al imponerse normativas de promoción automática o soluciones burocráticas ante la falta de profesores, la figura del maestro es desplazada por un algoritmo o un promedio aritmético, convirtiendo su ausencia en una política de Estado y su identidad en una pieza prescindible de la maquinaria institucional.

Este quiebre se extiende hacia la subjetividad del estudiante, quien se ve obligado a habitar un simulacro de realidad. Cuando el sistema valida un saber no acontecido mediante una nota impuesta, rompe el principio ontológico de causalidad y de verdad; el joven ya no "es" a través del conocimiento, sino que simplemente "está" en un registro estadístico. Esta dinámica transforma el aula en lo que podríamos denominar un no-lugar, un espacio de tránsito donde no ocurre el encuentro dialógico ni la transformación humana, sino la mera gestión de la prosecución. La vitalidad, que según la teoría del hervor requiere de la tensión y la interacción de fuerzas, se disipa en un estado de entropía máxima, donde la institución educativa sobrevive como un cadáver burocrático, perdiendo su potencia como ecosistema vital y su propósito histórico de formar seres libres y conscientes.

La consecuencia más alarmante de este escenario es el quiebre del estatus docente como referente de movilidad social, lo que se traduce en un vaciamiento de las instituciones formadoras. Cifras recientes indican que la matrícula en carreras de educación en el país ha sufrido una caída estrepitosa, alcanzando hasta un 76% de disminución en la última década (El Nacional, 2025). En instituciones como la UPEL, la escasez de generación de relevo es dramática en áreas críticas como matemáticas, física y química, donde el número de egresados es insuficiente para cubrir un déficit nacional que los gremios estiman en más de 250,000 docentes (Provea, 2025; Epsir, 2025). Este vacío generacional sugiere que el "hervidero" corre el riesgo de extinguirse si no se recupera la autoridad social del maestro, quien hoy se enfrenta a la paradoja de ser el pilar de la sociedad mientras vive en la periferia del reconocimiento económico.

En conclusión, habitar el aula bajo el paradigma de la complejidad implica reconocer que el docente no solo lucha contra la "soledad del aula", sino contra un sistema que invisibiliza su crisis. La reconstrucción de la educación venezolana requiere pasar de la "estética del maquillaje" administrativo a una verdadera política del cuidado docente, donde el encuentro entre subjetividades vuelva a ser el centro de la esperanza nacional. El docente ha perdido sus servicios médicos,  su capacidad de ahorro entre otras cosas.

La soledad del aula se manifiesta como un fenómeno complejo donde el espacio físico, diseñado para el encuentro, se transforma paradójicamente en un escenario de aislamiento multidimensional. Este problema no radica únicamente en la ausencia de otros, sino en la ruptura del vínculo pedagógico, donde el docente se encuentra confinado a una soledad institucional y curricular, mientras el estudiante habita una soledad de invisibilidad. Esta desconexión convierte el acto educativo en una rutina mecánica de transmisión de información, vaciando de sentido la experiencia de aprendizaje y dejando al educador como un náufrago en un mar de rostros presentes pero distantes.

Frente a este aislamiento, la lucha del docente se erige como un acto de resistencia ética y creativa. El educador no solo combate la apatía externa, sino también su propia alienación, buscando transformar el aula en un espacio de vida —un verdadero "hervidero"— donde la palabra recupere su poder transformador. Esta lucha implica una reconceptualización del oficio, pasando de ser un instructor que cumple metas administrativas a un investigador autónomo que observa, reflexiona y actúa sobre su realidad. El docente lucha por integrar la sensibilidad, el arte y la cultura en la práctica cotidiana, utilizando herramientas como la narrativa o la lúdica para derribar los muros de la indiferencia y reconstruir la comunidad educativa desde la autenticidad del ser.

En el hervidero pedagógico la interacción entre compañeros no ocurre de forma lineal ni burocrática sino que se manifiesta como un entrelazamiento de saberes y energías que transforman el ambiente escolar. Un ejemplo claro es la planificación compartida no como el llenado de un formulario sino como una asamblea de ideas donde un docente de ciencias y uno de literatura encuentran un lenguaje común para abordar un fenómeno social permitiendo que sus disciplinas se hibriden en beneficio del estudiante. También se observa en el acompañamiento solidario frente a la contradicción normativa cuando los maestros se reúnen en los pasillos o en la sala de profesores para intercambiar testimonios sobre lo que realmente funciona en el aula validando mutuamente sus juicios profesionales por encima de las exigencias técnicas. Otra forma de interacción vital es la observación de pares desde la admiración y no desde la supervisión donde un docente entra al aula de otro para aprender de su gesto de su palabra o de su manejo del conflicto volcánico convirtiendo la práctica diaria en una investigación-acción colectiva. Asimismo el intercambio de recursos y estrategias situadas actúa como una transferencia de energía constante donde se comparten desde materiales didácticos creados en la carencia hasta métodos de lectura de la mirada del alumno fortaleciendo una red de resistencia ética. Estas interacciones crean una inteligencia colectiva que permite a los docentes recuperar su autonomía y sentirse parte de un cuerpo intelectual soberano que sostiene la esperanza educativa incluso cuando las directrices oficiales parecen ignorar la realidad del aula.

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Stenhouse, L. (1987). La investigación como base de la enseñanza. Ediciones Morata.


 

 

CAPITULO IV

INTERACCIÓN MAESTRO- ALUMNO: TERCER NIVEL

 

Este Nivel es el núcleo de la praxis pedagógica . A diferencia de los anteriores, aquí la realidad es transparente. Es el espacio donde se negocia el poder, el interés y el afecto. Siguiendo a Paulo Freire (1997), transitamos hacia una educación dialógica: la "pedagogía de la escucha", donde el maestro construye conocimiento con el alumno. No obstante el Aula como Campo de Fuerzas resulta fundamental en Pierre Bourdieu y Michel Foucault. Para Bourdieu, el aula constituye un campo donde se dirimen tensiones entre el capital cultural del docente  y el habitus del estudiante; la transparencia de la realidad en este Nivel permite que la autoridad pedagógica no sea una imposición arbitraria, sino un reconocimiento mutuo. Por su parte, Foucault nos recuerda que el poder es una red capilar que atraviesa todo el cuerpo social; en la praxis educativa, esto se traduce en una microfísica donde el afecto y el interés no son ajenos a la norma, sino elementos que circulan y se transforman, aunque estos autores provienen de escuelas distintas, convergen en la "Naturaleza Multidimensional del Aula". Al considerar  la Complejidad (Morin), permitimos  integrar estas "islas de conocimiento" sin que se contradigan. Con la "pedagogía de la escucha", el docente renuncia a la posición de vigilancia jerárquica para habilitar una subjetividad compartida. La comprensión del aula como un sistema vivo exige trascender la visión técnica de la enseñanza para reconocerla, en términos de Pierre Bourdieu, como un campo de fuerzas donde los actores ponen en juego su capital cultural y simbólico. En este sentido, el aula no es un espacio neutro, sino un territorio donde la autoridad pedagógica puede actuar como un mecanismo de reproducción de lo arbitrario cultural (Bourdieu y Passeron, 1977, p. 103), a menos que el docente-investigador asuma su rol como un agente capaz de subvertir estas estructuras de poder. Esta dinámica se profundiza al aplicar el principio hologrammático de Edgar Morin, (1990, p. 107). Bajo esta lógica, aula/hervidero deja de ser una unidad aislada para convertirse en un microcosmos donde se reflejan y operan todas las tensiones, crisis y potencialidades de la sociedad , en este caso la venezolana;  un holograma social donde lo macro se manifiesta en la singularidad del encuentro educativo. Es precisamente en esta intersección donde el concepto de "hervidero pedagógico" cobra su mayor potencia teórica: un campo de lucha por el capital simbólico que, al ser abordado desde la complejidad, permite que la incertidumbre y el desorden se transformen en una fuente de auto-organización y autonomía para el docente. Así, el docente investigador no solo observa el fenómeno, sino que interviene en él, reconociendo que cada acción en  aula/hervidero |tiene el potencial de resonar en la totalidad del sistema educativo, convirtiendo la práctica cotidiana en un ejercicio ético de transformación y resistencia ante a la fragmentación del saber.

El maestro no encuentra "alumnos estándar", sino historias de vida atravesadas por fracturas que desafían la pedagogía tradicional, donde el   aula/hervidero actúa como  un sistema termodinámico social de alta entropía, donde la incertidumbre de las subjetividades (trauma, neurodiversidad, etc. ) se convierte en la energía necesaria para la auto-organización docente. Esto vincula posiblemente  la física cuántica/entropía con la pedagogía, dándole un peso científico que no puede descartar como "simple poesía".

En la cotidianidad escolar, la irrupción de problemas psicológicos y sociales actúa como un ruido constante que desestabiliza la instrucción técnica. El niño maltratado, por ejemplo, no solo porta huellas físicas, sino que habita un estado de alerta permanente que bloquea sus procesos ejecutivos. Como bien señala Cyrulnik (2002/2013), en sus  estudios sobre la resiliencia, el aula puede ser un "tutor de resiliencia", pero solo si el maestro comprende que la apatía o la agresión del estudiante son, en realidad, mecanismos de defensa ante un entorno hostil. Aquí, la gestión de la transferencia se vuelve vital: el docente debe evitar reaccionar al síntoma (la conducta disruptiva) para atender la causa (el trauma), transformando el espacio educativo en un refugio de seguridad afectiva. Este texto amalgama la teoría de la modernidad líquida, la crisis ontológica y el hervidero, visibilizando los rostros más vulnerables del sistema escolar.

 

La crisis del ser docente y la despersonalización del alumno no ocurren en un vacío, sino en un tejido social profundamente desgarrado. En la modernidad líquida, la educación se enfrenta al desafío de recibir sujetos cuya existencia está marcada por la itinerancia y el desamparo, realidades que la escuela suele omitir al reducir el proceso de enseñanza a una mera administración de contenidos. La invisibilidad multidimensional (Díaz, 2026b) se manifiesta con crudeza en aquellos niños y adolescentes que habitan el aula pero cuyas historias de vida son ignoradas por el sistema.

Hablamos de los niños de la calle que, en un acto de resistencia heroica, logran asistir a la escuela buscando un fragmento de solidez en medio de la intemperie. Para ellos, la escuela no es solo un lugar de aprendizaje, sino un refugio contra la desolación. Sin embargo, el sistema a menudo los percibe como entes disruptivos, ignorando la angustia del ser (Heidegger, 2009) que cargan al no poseer un anclaje familiar estable. A este escenario se suman los niños institucionalizados en internados, víctimas colaterales de una justicia que juzga a sus padres y los condena a ellos a una soledad administrativa. En estos casos, el aula corre el riesgo de convertirse en un "no-lugar" (Augé, 2000), un espacio de anonimato donde el niño está presente como "materia", pero su "onda" —sus sueños, miedos y contexto judicial— permanece silenciada.

La problemática se extiende a los niños huérfanos, trabajadores o abandonados; a aquellos cuyas madres, en la lucha por la supervivencia, laboran en oficios nocturnos, dejando al infante en una deriva de cuidados; y a los niños enfermos que asisten al aula sin atención médica, cargando con el dolor físico como una barrera invisible. Como bien se ha señalado, reconocer estas realidades no implica desconocer la existencia de hogares bien constituidos, sino denunciar que el sistema educativo no puede seguir siendo ciego ante la herida social. El error de la escuela tradicional es tratar estos casos como simples "problemas de aprendizaje", cuando en realidad son crisis de reconocimiento humano.

Superar esta alienación exige que el aula sea, efectivamente, un hervidero (Díaz, 2026a). Esta pedagogía del hervor propone que el docente recupere su rol como investigador y guía intelectual para transformar ese estado de ebullición social en energía transformadora. No se trata de convertir al maestro en un asistente social, sino en un profesional con la autonomía necesaria (Giroux, 1990) para que la producción de textos y el conocimiento sirvan como herramientas de subjetivación. Solo al romper la liquidez de los vínculos superficiales y construir un vínculo sólido y ético, la escuela podrá validar al adolescente como un sujeto histórico, devolviéndole la palabra a quien la calle, la orfandad o la justicia han intentado silenciar.

A esta realidad se suma el desafío de la neurodiversidad, específicamente con la presencia de niños en el Espectro Autista (TEA). Bajo la lógica de una educación situada, el autismo no debe verse como una patología que "interrumpe" la clase, sino como una forma distinta de procesar la realidad que exige una reconfiguración del entorno. Aplicando los principios del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), el maestro investigador diseña apoyos visuales y rutinas predecibles que no solo benefician al niño con TEA, sino que estabilizan la carga cognitiva de todo el grupo. El aula se convierte así en un campo de experimentación donde la diferencia es la norma y no la excepción. Los problemas es una respuesta funcional y reversible al entorno, no una carencia biológica, frecuentemente exacerbados por la desnutrición y la precariedad económica mencionadas anteriormente . El niño a veces llega al aula con un capital cultural (Bourdieu) drásticamente alejado de las exigencias del grado, se siente un extranjero en su propia lengua. La falta de bases en lectoescritura o lógica matemática no es una incapacidad intrínseca, sino el resultado de una brecha social que la escuela, a menudo, profundiza mediante la estandarización. Para el docente-investigador, integrar a estos niños implica una pedagogía del acompañamiento. Esto significa:

Diagnóstico Holístico: Reconocer que un trastorno de aprendizaje puede estar enmascarando un problema de visión, una crisis de identidad o un entorno de violencia doméstica .Implica el andamiaje para que el niño maltratado o el estudiante con dificultades de aprendizaje recupere la confianza en su capacidad de conocer. De la misma  forma  Integrar los códigos del entorno social del niño como puentes hacia el conocimiento académico, evitando que la escuela sea percibida como un espacio de juzgamiento. En última instancia, el maestro que opera en este hervidero comprende que su labor es una forma de clínica pedagógica. No busca uniformar a los estudiantes, sino armonizar sus disonancias. Al reconocer al niño autista, al maltratado y al que lucha con el rezago académico como sujetos de derecho, el docente transforma la resistencia en resiliencia y la incertidumbre en una ética de la hospitalidad, donde el aula es, finalmente, el lugar donde todos tienen derecho a existir y aprender.

No obstante el Aula como Campo de Fuerzas resulta fundamental en Pierre Bourdieu y Michel Foucault. Para Bourdieu, el aula constituye un campo donde se dirimen tensiones entre el capital cultural del docente  y el habitus del estudiante; la transparencia de la realidad en este nivel permite que la autoridad pedagógica no sea una imposición arbitraria, sino un reconocimiento mutuo. Por su parte, Foucault nos recuerda que el poder es una red capilar que atraviesa todo el cuerpo social; en la praxis educativa, esto se traduce en una microfísica donde el afecto y el interés no son ajenos a la norma, sino elementos que circulan y se transforman. Al integrar la "pedagogía de la escucha", el docente renuncia a la posición de vigilancia jerárquica para habilitar una subjetividad compartida. La comprensión del aula como un sistema vivo exige trascender la visión técnica de la enseñanza para reconocerla, en términos de Pierre Bourdieu, como un campo de fuerzas donde los actores ponen en juego su capital cultural y simbólico. En este sentido, el aula no es un espacio neutro, sino un territorio donde la autoridad pedagógica puede actuar como un mecanismo de reproducción de lo arbitrario cultural (Bourdieu y Passeron, 1977, p. 103), a menos que el docente-investigador asuma su rol como un agente capaz de subvertir estas estructuras de poder. Esta dinámica se profundiza al aplicar el principio hologrammático de Edgar Morin, (Morin, 1990, p. 107). Bajo esta lógica, el aula deja de ser una unidad aislada para convertirse en un microcosmos donde se reflejan y operan todas las tensiones, crisis y potencialidades de la sociedad,  y en el caso concreto  de la  venezolana; es un holograma social donde lo macro se manifiesta en la singularidad del encuentro educativo. Es precisamente en esta intersección donde el concepto de "hervidero pedagógico" cobra su mayor potencia teórica: el aula es un campo de lucha por el capital simbólico que, al ser abordado desde la complejidad, permite que la incertidumbre y el desorden se transformen en una fuente de auto-organización y autonomía para el docente. Así, el investigador en situación no solo observa el fenómeno, sino que interviene en él, reconociendo que cada acción en este hervidero tiene el potencial de resonar en la totalidad del sistema educativo, convirtiendo la práctica cotidiana en un ejercicio ético de transformación y resistencia frente a la fragmentación del saber. Este nivel es el núcleo de la praxis. A diferencia de los anteriores, aquí la realidad es transparente. Es el espacio donde se negocia el poder, el interés y el afecto. Siguiendo a Paulo Freire (1997), transitamos hacia una educación dialógica: la "pedagogía de la escucha", donde el maestro construye conocimiento con el alumno.

Cuadro 1. Elementos de la Praxis en el Nivel 3

Dimensión

Enfoque Tradicional

Enfoque en el "Hervidero"

El Alumno

Receptor de información.

Sujeto activo de su aprendizaje.

El Maestro

Poseedor de la verdad absoluta.

Mediador y facilitador de procesos.

El Contenido

Programa rígido y descontextualizado.

Conocimiento vinculado a la realidad.

El Error

Motivo de castigo o tacha.

Oportunidad de reflexión y mejora.

Fuente: Cornieles (2026).

Fuente. Cornieles 2026

No se trata de sobrecargar al docente con funciones que no le corresponden, sino de elevar la ambición institucional del sistema. La propuesta es trascender la escuela como un simple depósito de personas para convertirla en un espacio de dignidad, donde la arquitectura y los recursos actúen como un soporte material para la expansión del ser.

Una visión de la "Escuela Deseable" conectándola con la necesidad de superar la precariedad de la modernidad líquida, el  Soporte Material de la Dignidad Humana

Para que el aula se convierta efectivamente en un hervidero pedagógico, la ambición del sistema educativo debe ir más allá de la reforma curricular; debe apuntar a la creación de un entorno que valide la existencia del niño en su sentido más amplio. No se pretende convertir al docente en un "todero" que asuma carencias ajenas, sino en un intelectual que opere dentro de un verdadero centro educacional: un espacio que, por su propia infraestructura y oferta cultural, sea un sitio de deseo y pertenencia.

Que frente a la desidia de espacios sombríos y pupitres deteriorados, la escuela debe ofrecer aulas ventiladas y bien iluminadas. Esta no es una demanda estética, sino ontológica. Un espacio digno le dice al niño —especialmente al que viene de la calle o de la precariedad del internado— que él es importante. El entorno físico es la primera señal de que el sistema lo "ve". En términos de Heidegger (2009), es proporcionar un "morar" seguro donde el ser-en-el-mundo pueda desarrollarse sin la opresión de la carencia material.

Entender  la Escuela como Ecosistema Cultural  total  dotado a con laboratorios, bibliotecas, comedores y áreas de formación integral (música, teatro, manualidades, deportes y educación física) rompe con la educación líquida que solo busca la eficiencia administrativa. Los Laboratorios y Biblioteca  son  los espacios de la curiosidad y la investigación, donde el docente y el alumno ejercen su autonomía como creadores de conocimiento (Stenhouse, 1987).

El Comedor: Es el lugar donde se garantiza el derecho fundamental a la nutrición, permitiendo que la "materia" (el cuerpo) esté en condiciones de convertirse en "onda" (pensamiento y creatividad).

Las Artes y el Deporte: El teatro, la música y la educación física no son accesorios; son lenguajes que permiten al adolescente salir de su invisibilidad multidimensional. A través del cuerpo y el arte, el joven que se siente perdido en la "fluidez" social encuentra una forma de expresión sólida y trascendente. Esta adición es el pilar que cierra el círculo de la atención integral. No puede existir un "hervidero" de conocimiento si el soporte biológico del estudiante —su salud— está en precariedad. La escuela debe ser el primer frente de salud pública para garantizar que la "materia" (el cuerpo del niño) no sea un impedimento para la "onda" (su aprendizaje).

En la visión de una escuela deseable, la salud no puede ser un elemento externo o una responsabilidad delegada exclusivamente a las familias, muchas de las cuales —como se ha expuesto— viven en contextos de vulnerabilidad extrema. Un verdadero centro educacional debe contar con servicios médicos y odontológicos permanentes que garanticen la integridad física del escolar. como Precondición del Ser

Si entendemos al estudiante como una dualidad de materia y onda, es imperativo reconocer que un niño con dolor dental, problemas de visión no diagnosticados o desnutrición, no puede alcanzar el estado de "ebullición" creativa que propone la pedagogía del hervor. La presencia de un médico y un odontólogo en la escuela transforma la institución en un espacio de cuidado real, donde la invisibilidad multidimensional se combate también desde el diagnóstico temprano. El niño deja de ser un número en una lista para ser un sujeto cuya salud importa al Estado y a la comunidad educativa. . Prevención y Dignidad: Más allá de la Emergencia

Servicio Odontológico: El cuidado de la salud bucal es, en muchos casos, el gran olvidado de las políticas sociales. Una escuela que ofrece atención odontológica dignifica la sonrisa y la autoestima del adolescente, factores clave para su integración social.

Servicio Médico y Nutricional: Vinculado estrechamente al comedor escolar, el seguimiento médico permite detectar patologías que a menudo se confunden con apatía o falta de inteligencia. Atender la salud en el plantel es asegurar que el aula sea un sitio de vida y no de padecimiento silencioso.

Esta propuesta refuerza la idea de que el docente no es  todero, sino un individuo   que garantizar salud, alimentación, artes y deportes en un mismo recinto, y convertir la escuela en el centro de gravedad de la comunidad. Es aquí donde la educación recupera su sentido ético: una institución sólida que abraza la complejidad del ser y proporciona las condiciones materiales para que el niño pueda, finalmente, ser "visto" y atendido en su totalidad.

De esta manera, la escuela deja de ser un lugar de paso para convertirse en el sitio deseable por excelencia: aquel donde el niño sabe que su cuerpo será cuidado, su hambre saciada y su intelecto desafiado.

Esta escuela ambiciosa es la respuesta política a la despersonalización porque cuando la institución garantiza la integralidad de sus procesos el docente deja de ser un gestor de crisis para transformarse en un guía dentro de un ecosistema de posibilidades. La lucha por el hervidero es en esencia la lucha por una escuela que no solo instruya sino que cultive y que no se limite a recibir al niño sino que lo atienda en la totalidad de su ser histórico y social. Al transformar la escuela en un sitio deseable combatimos la apatía y la resistencia devolviendo a la educación su poder de transformación real a través de un compromiso ético que reconoce la complejidad de cada vida que habita el aula. En este espacio vibrante la labor del maestro se dignifica al trascender la instrucción mecánica permitiéndole habitar los intersticios de la práctica para crear un tejido de significados que responda con justicia a la realidad de sus estudiantes. Es en esta escuela donde el saber situado y la autonomía docente se convierten en los motores de una pedagogía de la posibilidad que no se rinde ante la burocracia sino que florece en la riqueza del encuentro humano y el reconocimiento del otro.

 

 

 

Referencias Bibliográficas

Augé, M. (2000). Los no lugares: Pasos hacia una antropología de la sobremodernidad. Gedisa.

Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.

Cornieles, I. (2026a). ¿Es el aula de clases, metafóricamente, un hervidero? [Manuscrito en preparación]. Universidad Central de Venezuela.

Cyrulnik, B. (2002). Los patitos feos: La resiliencia y la metamorfosis del alma. Gedisa.

Cyrulnik, B. (2013). La maravilla del dolor: El sentido de la resiliencia. Granica.}

Cornieles, I. (2026b). La invisibilidad multidimensional del adolescente venezolano [Proyecto de investigación]. Universidad Central de Venezuela.

Giroux, H. A. (1990). Los profesores como intelectuales: Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje. Paidós.

Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo. Trotta.

Rodríguez, N. (2011). La educación que tenemos, la educación que queremos. Universidad Central de Venezuela, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico.

Stenhouse, L. (1987). La investigación como base de la enseñanza. Ediciones Morata.

 


 

 

CAPITULO V

INTERACCIÓN ALUMNO/ALUMNO. CUARTO NIVEL

Ocurre "de tú a tú".  La subjetividad colectiva.

Entender el salón de clases como un espacio vivo requiere ir más allá de lo evidente, no hay en nuestro concepto una  distribución física azarosa; es la geografía de la invisibilidad. Los alumnos proyectan sus necesidades ontológicas y sociales en el espacio que ocupan.

Autores como Tardif (2004) y Márquez y Díaz (2020)plantean que  sobre la red sociológica existen    elementos "no visibles" que están presentes en esa distribución: que solo registra la presencia física de los cuerpos. La distribución de los alumnos en el aula no es azarosa; constituye una verdadera geografía de la invisibilidad donde los sujetos proyectan sus necesidades ontológicas, sociales y afectivas en el espacio que habitan. Como plantean Tardif (2004) y Márquez y Díaz (2020), el aula es una red sociológica donde el frente, el fondo y los umbrales de las puertas narran historias que el sistema administrativo se niega a leer. En el frente, se establece a menudo "el pacto" o la zona de seguridad; allí se ubica el alumno que busca desesperadamente ser visto para compensar la invisibilidad que padece en su entorno familiar, o aquel que utiliza la cercanía del docente como un muro de contención ante el caos ruidoso de su contexto, a fin de poder asimilar al máximo sus clase. Generalmente son los  mejores alumnos.

Por el contrario, el fondo del salón se erige como el territorio de la resistencia o la "onda" libre. Inspirada en la dualidad de la física cuántica, esta zona permite que la identidad se expanda fuera del control normativo del sistema. Para el adolescente que sufre maltrato o que habita la precariedad de la calle, el fondo es un anonimato protector, un espacio de vigilancia silenciosa donde puede procesar su angustia sin ser interrogado. O   quienes se ubican cerca de la puerta, habitando el umbral de la fuga: sujetos cuya presencia física (materia) puede estar  en el pupitre, pero cuya mente se encuentra en el exterior debido a la urgencia de libertad o a las cargas de un trabajo infantil que los obliga a estar siempre listos para partir. En el centro, el "hervidero" se manifiesta en su máxima expresión a través de la autoorganización y las alianzas entre pares, desafiando la verticalidad del docente mediante una distribución lateral de la información.

Sin embargo, esta dinámica está atravesada por elementos "no visibles" que la burocracia escolar ignora sistemáticamente, convirtiendo el aula en un espacio de exclusión. La carga térmica y lumínica, por ejemplo, no es un detalle técnico, sino una barrera de dignidad material; un niño en un rincón oscuro o mal ventilado no padece un déficit de atención, sino una agresión física que agota su ser. A esto se suma la "falla geológica" de las tensiones sociales y el silencio ensordecedor del hambre y la enfermedad, donde el alumno busca apoyo en las paredes no por apatía, sino por un ahorro crítico de energía vital.

Superar esta realidad implica transitar del aula-depósito al hervidero pedagógico consciente. Esta transformación no surge espontáneamente, sino de una ambición institucional que convierta la escuela en un sitio deseable. El docente, actuando como un investigador de la micropolítica escolar (Ball, 1989), debe contar con el respaldo de un sistema que garantice servicios médicos y odontológicos permanentes dentro del plantel. Solo cuando el pupitre sea un objeto deseable y el espacio ofrezca laboratorios, bibliotecas, comedores, enseñanza musical y artes, la geografía de la invisibilidad podrá transformarse en una topografía del reconocimiento. Al atender la salud y el bienestar material del estudiante, la escuela deja de ser un "no-lugar" de tránsito anónimo para convertirse en un verdadero centro educacional donde el vínculo ocurre "de tú a tú" y la subjetividad colectiva permite que cada niño, sin importar su ubicación física, sea plenamente atendido en su más amplio sentido humano.

 Aquí se gestan amistades, pero también dinámicas de poder (sobrenombres, burlas, exclusión). Perrenoud (2006) describe el "oficio del alumno": aprender a sobrevivir al sistema y protegerse de la autoridad. El uso del sobrenombre es una forma de "marcar territorio" en un sistema que los invisibiliza. Fragua la subjetividad colectiva que da vida al aula más allá de la instrucción formal. En este espacio de horizontalidad absoluta, el estudiante despliega lo que Philippe Perrenoud define como el "oficio del alumno", un conjunto de estrategias de supervivencia y resistencia mediante las cuales aprende a protegerse de la mirada fiscalizadora de la autoridad y a navegar los códigos invisibles del sistema (Perrenoud, 2006). Esta dinámica se manifiesta con fuerza en el uso del sobrenombre y la marcación de territorio simbólico; no como simples actos de indisciplina, sino como mecanismos de autoafirmación frente a una institución que a menudo tiende a la Invisibilización del ser. Es aquí, en el flujo de liderazgos informales y códigos de silencio, donde el sistema educativo revela su naturaleza compleja: el grupo se autoorganiza creando lealtades que actúan como un escudo protector, pero que también pueden derivar en procesos de exclusión social y bloqueos emocionales si el sistema pierde su equilibrio. Por tanto, el aprendizaje colaborativo que emerge de forma espontánea entre pares no es solo un acelerador de la comprensión cognitiva, sino la expresión más pura de una inteligencia colectiva que demanda ser reconocida. Para el docente-investigador, comprender este nivel de interacción implica transitar hacia una ética del cuidado, donde la intervención no busca sofocar el hervor de las relaciones entre iguales, sino orientar esa energía hacia el reconocimiento del otro. Al validar estas subjetividades, el hervidero deja de ser un espacio de conflicto potencial para transformarse en un ecosistema de cuidado mutuo, donde la lealtad grupal evoluciona hacia una responsabilidad compartida por el bienestar y el crecimiento del prójimo.  Elementos representativos de esta relación.

 

 

 

 

Cuadro 2. Elementos de Observación entre Pares

Elemento

Manifestación

Impacto

Liderazgos Informales

Alumnos que dictan la conducta.

Aliados o saboteadores.

Códigos de Silencio

Lealtad grupal ante incidentes.

Protegen identidad grupal.

Exclusión Social

Estudiantes que trabajan solos.

Bloqueos emocionales.

Aprender Colaborativo

Intercambio espontáneo de dudas.

Acelera la comprensión.

Fuente: Cornieles (2026).

 

En conclusión, la interacción entre los alumnos dentro del hervidero del aula se manifiesta como una red de tensiones y afectos donde el aprendizaje ocurre de forma horizontal mediante el conflicto y la colaboración espontánea. Un ejemplo contundente es el momento en que un estudiante explica a otro un concepto complejo utilizando sus propios códigos lingüísticos y metáforas territoriales logrando una traducción que el discurso técnico del docente a veces no alcanza. En estos intercambios se producen negociaciones de poder y gestos de solidaridad profunda donde los niños aprenden a leer las emociones del par antes que las letras del libro convirtiendo el salón en un laboratorio vivo de convivencia y resistencia social. Para que el docente pueda orquestar esta energía volcánica es imperativo que trascienda las paredes de la institución y se sumerja en la cartografía vital de sus estudiantes mediante la visita a sus hogares. Al entrar en el espacio doméstico el maestro deja de ser una figura de autoridad distante para comprender las dinámicas del sustento la carencia y los lenguajes del afecto que moldean la subjetividad del niño. Conocer sus redes de socialización en el barrio o en la comunidad permite al docente identificar los saberes previos y las heridas que cada alumno carga en su mochila invisible dotándolo de herramientas para transformar el paquete rígido del currículo en un tejido de significados que realmente responda a su ser histórico. Esta inmersión en la realidad del otro es lo que permite pasar de una instrucción mecánica a una pedagogía de la presencia donde el maestro actúa como un guía que sabe exactamente qué cuerdas tocar para encender el asombro. Solo a través de este conocimiento situado el docente puede validar el testimonio de sus estudiantes y construir una escuela que sea un sitio deseable un refugio de posibilidades que combata la apatía con la fuerza del reconocimiento mutuo.

Referencias Bibliográficas

Ball, S. J. (1989). La micropolítica de la escuela: Hacia una teoría de la organización escolar. Paidós.

Cornieles, I. (2026). ¿Es el aula de clase, metafóricamente, un hervidero? [Manuscrito no publicado]. Escuela de Educación, Universidad Central de Venezuela.

Márquez, R., y Díaz, J. (2020). Sociología del espacio escolar: Geografías de la interacción en el aula. Editorial Universitaria.

Perrenoud, P. (2006). El oficio de alumno y el sentido del trabajo escolar. Popular.

Tardif, M. (2004). Los saberes del docente y su desarrollo profesional. Narcea Ediciones.