jueves, 19 de marzo de 2026

 

CAPITULO III

INTERACCIÓN ENTRE EL DOCENTE Y SUS COMPAÑEROS, UN SEGUNDO NIVEL  DEL HERVIDERO

La relación con los colegas es un arma de doble filo. Se aprecian momentos de profunda soledad profesional[FG1] , donde el aula se convierte en una "isla". Por otro lado, el maestro se ve impelido a desarrollar experiencias de innovación colectivas donde el intercambio de saberes permita transformar la práctica pedagógica. El incidente crítico surge cuando el "celo profesional" o el miedo a la crítica impiden compartir fracasos y éxitos; la sala de profesores puede ser un espacio de desahogo o un lugar donde la apatía "enfría" la motivación. No obstante, al preguntar a algunos maestros sobre el particular, no está funcionando la  reunión de maestros, como fuente   de planificación del trabajo escolar.

Para integrar la soledad del docente como un continuo pedagógico, debemos entenderla no como un estado estático de aislamiento, sino como un proceso que oscila entre la clausura administrativa y la potencia creativa. En este flujo, el profesor transita desde la soledad impuesta por la estructura escolar hasta la soledad necesaria para la reflexión profunda sobre su propia práctica.

La Soledad del Docente: Un Continuo entre el Aislamiento y la Autonomía

El ejercicio docente se manifiesta como un continuo que atraviesa diversas dimensiones de la soledad. En un extremo, hallamos la soledad celular, definida por la estructura física y organizativa de la escuela. Como señala Lortie (1975), el profesorado suele trabajar en una suerte de "caja de huevos", donde el aislamiento dentro del aula impide el intercambio genuino de saberes y experiencias con sus pares. Esta fragmentación convierte al docente en un ejecutor solitario de normativas, muchas veces desconectado de una comunidad de aprendizaje real.

A medida que avanzamos en este continuo, la soledad se transforma ante la crisis del sistema. Cuando el docente se enfrenta a la falta de recursos, a la ausencia de colegas por vacantes no cubiertas o a la imposición de promociones automáticas, surge una soledad de gestión. Aquí, el profesor se vuelve el único responsable de la "prosecución escolar", debiendo tomar decisiones éticas y pedagógicas en un vacío institucional que, paradójicamente, le exige resultados cuantitativos sobre procesos cualitativos. Sin embargo, el continuo alcanza su punto más alto cuando la soledad se convierte en un espacio de investigación. Para que el aula sea un verdadero "hervidero" de saberes, el docente debe habitar una soledad reflexiva que le permita observar su práctica. Según Stenhouse (1987), el profesor no debe ser un simple instructor, sino un investigador en el aula que, en su diálogo interno y solitario con la realidad del estudiante, reconstruye el currículo. En este sentido, la soledad ya no es una carencia, sino la condición de posibilidad para la autonomía profesional.

Este enfoque permite ver la soledad no como un enemigo a vencer, sino como un territorio que debe ser conquistado por el docente para recuperar su voz propia frente a la marea de la burocracia educativa. Ahora bien, la vitalidad del aula,  entendida como ese "hervidero" de subjetividades en constante autoorganización enfrenta hoy un proceso de erosión que trasciende lo pedagógico para convertirse en una crisis ontológica. Esta fragilidad se manifiesta, en primera instancia, a través de la "soledad del aula", un fenómeno donde el docente, a pesar de estar rodeado de alumnos, habita un aislamiento profesional profundo. Según Neto (2015) y la perspectiva de Space39A (2023), este aislamiento no es solo una falta de contacto físico, sino una carencia de redes colaborativas que validen la praxis, convirtiendo la enseñanza en un acto solitario de supervivencia frente a la incertidumbre.

La crisis ontológica en este  caso, no se refiere a una simple falla de métodos o de recursos, sino a una fractura en el ser mismo del docente y del estudiante. Es una crisis de identidad y de sentido: surge cuando el "yo" que enseña y el "yo" que aprende ya no encuentran una razón de ser en la estructura tradicional. En la modernidad líquida, el aula deja de ser un espacio de revelación para convertirse en un espacio de tránsito.

La educación contemporánea atraviesa una fractura ontológica profunda donde el ser docente experimenta una despersonalización crítica. Esta crisis de esencia ocurre cuando la labor pedagógica, originalmente un acto de creación e investigación intelectual, se ve reducida a una función técnica y administrativa. Al quedar atrapado en el engranaje burocrático de las métricas y los formatos, el docente pierde su autonomía, enfrentándose a un vacío existencial donde el propósito vital de transformar al otro desaparece. Este fenómeno se enmarca en lo que el sociólogo Zygmunt Bauman denomina modernidad líquida, una era caracterizada por la precariedad de las estructuras y la disolución de los compromisos a largo plazo. En este escenario, lo que antes era sólido y estable —la familia, el trabajo, la escuela— se ha vuelto fluido, mudable y, a menudo, descartable.

Bajo esta marea de inmediatez, el alumno  habita el aula desde una invisibilidad multidimensional. Su ser, compuesto por angustias, contextos sociales y deseos profundos, no es "visto" por un sistema que prioriza la estandarización. Esta falta de reconocimiento ontológico genera una resistencia que el mundo adulto suele etiquetar erróneamente como apatía; sin embargo, no es más que una defensa ante un espacio que no lo valida como sujeto histórico. El joven se encuentra con un "Yo" líquido, una identidad flexible que debe cambiar constantemente para adaptarse a los estímulos digitales, careciendo de referentes sólidos donde anclarse. Así, la educación deja de ser un cuerpo de conocimientos duraderos para convertirse en un proceso efímero, donde la información caduca con la misma rapidez con la que se consume.

Esta crisis se puede comprender mejor a través del quiebre de la dualidad pedagógica, una metáfora inspirada en la física cuántica. El estudiante es, simultáneamente, materia (su presencia física en el pupitre, su asistencia) y onda (su potencial creativo, su pensamiento expansivo y la entropía de su aprendizaje). El sistema educativo tradicional comete el error de atender exclusivamente a la materia, ignorando la naturaleza ondulatoria y vibrante del desarrollo humano. Cuando la escuela solo se enfoca en el examen y el cumplimiento administrativo, rompe la armonía del ser y reduce la relación educativa a una simple "conexión" superficial, similar a la de las redes sociales, en lugar de construir un vínculo profundo y ético.

Ante este panorama, surge la lucha por el "hervidero". Superar la liquidez implica transitar hacia una pedagogía del ser, donde el docente recupera su esencia mediante la reflexión crítica y la producción intelectual. El aula debe transformarse en un estado de ebullición, un espacio de energía donde el conocimiento no solo se transmita, sino que transforme la realidad. La tarea docente consiste, por tanto, en romper la fragilidad de las relaciones humanas actuales para generar un encuentro real. Solo a través de este compromiso con el saber y con el "otro" es posible devolver la solidez al acto de educar, permitiendo que tanto el maestro como el alumno emerjan de la invisibilidad y reclamen su lugar como sujetos activos en un mundo en constante cambio.

La estructura escolar tradicional ha encapsulado al maestro, limitando las oportunidades para un aprendizaje entre pares que permita transformar el agotamiento en innovación colectiva. Muchas veces fue un acompañamiento,  una forma de discusión entre pares a  través   de los   consejos o reuniones de maestros, miles de circunstancias lo han impedido. En los últimos tiempos en Venezuela fueron las pandemias, luego las dificultades económicas de los docentes, que redujeron la asistencia a clases de los maestros  niños, por cuestiones económicas, encarecimiento del pasaje, alimentación ,la "desalarización" extrema ha forzado a los académicos a una diversificación de actividades que pone en riesgo la columna vertebral del sistema educativo (El Carabobeño, 2024; El Clarín, 2024 En Venezuela esta tendencia alcanza niveles críticos de "vulnerabilidad biológica", donde el docente debe priorizar la subsistencia sobre la planificación pedagógica. La crisis ontológica de la educación contemporánea se manifiesta como una fractura en el tejido mismo del "ser" educativo, donde el aula, despojada de su naturaleza como hervidero de subjetividades en constante autoorganización (Cornieles, 2023), degenera en un vacío existencial y administrativo. Esta crisis no es meramente técnica o presupuestaria; es una erosión de los fundamentos que dan sentido a la presencia del sujeto en el espacio escolar. Se produce, en primer lugar, una desnaturalización del ser-docente, cuya esencia reside en la mediación pedagógica y el acompañamiento crítico. Al imponerse normativas de promoción automática o soluciones burocráticas ante la falta de profesores, la figura del maestro es desplazada por un algoritmo o un promedio aritmético, convirtiendo su ausencia en una política de Estado y su identidad en una pieza prescindible de la maquinaria institucional.

Este quiebre se extiende hacia la subjetividad del estudiante, quien se ve obligado a habitar un simulacro de realidad. Cuando el sistema valida un saber no acontecido mediante una nota impuesta, rompe el principio ontológico de causalidad y de verdad; el joven ya no "es" a través del conocimiento, sino que simplemente "está" en un registro estadístico. Esta dinámica transforma el aula en lo que podríamos denominar un no-lugar, un espacio de tránsito donde no ocurre el encuentro dialógico ni la transformación humana, sino la mera gestión de la prosecución. La vitalidad, que según la teoría del hervor requiere de la tensión y la interacción de fuerzas, se disipa en un estado de entropía máxima, donde la institución educativa sobrevive como un cadáver burocrático, perdiendo su potencia como ecosistema vital y su propósito histórico de formar seres libres y conscientes.

La consecuencia más alarmante de este escenario es el quiebre del estatus docente como referente de movilidad social, lo que se traduce en un vaciamiento de las instituciones formadoras. Cifras recientes indican que la matrícula en carreras de educación en el país ha sufrido una caída estrepitosa, alcanzando hasta un 76% de disminución en la última década (El Nacional, 2025). En instituciones como la UPEL, la escasez de generación de relevo es dramática en áreas críticas como matemáticas, física y química, donde el número de egresados es insuficiente para cubrir un déficit nacional que los gremios estiman en más de 250,000 docentes (Provea, 2025; Epsir, 2025). Este vacío generacional sugiere que el "hervidero" corre el riesgo de extinguirse si no se recupera la autoridad social del maestro, quien hoy se enfrenta a la paradoja de ser el pilar de la sociedad mientras vive en la periferia del reconocimiento económico.

En conclusión, habitar el aula bajo el paradigma de la complejidad implica reconocer que el docente no solo lucha contra la "soledad del aula", sino contra un sistema que invisibiliza su crisis. La reconstrucción de la educación venezolana requiere pasar de la "estética del maquillaje" administrativo a una verdadera política del cuidado docente, donde el encuentro entre subjetividades vuelva a ser el centro de la esperanza nacional. El docente ha perdido sus servicios médicos,  su capacidad de ahorro entre otras cosas.

La soledad del aula se manifiesta como un fenómeno complejo donde el espacio físico, diseñado para el encuentro, se transforma paradójicamente en un escenario de aislamiento multidimensional. Este problema no radica únicamente en la ausencia de otros, sino en la ruptura del vínculo pedagógico, donde el docente se encuentra confinado a una soledad institucional y curricular, mientras el estudiante habita una soledad de invisibilidad. Esta desconexión convierte el acto educativo en una rutina mecánica de transmisión de información, vaciando de sentido la experiencia de aprendizaje y dejando al educador como un náufrago en un mar de rostros presentes pero distantes.

Frente a este aislamiento, la lucha del docente se erige como un acto de resistencia ética y creativa. El educador no solo combate la apatía externa, sino también su propia alienación, buscando transformar el aula en un espacio de vida —un verdadero "hervidero"— donde la palabra recupere su poder transformador. Esta lucha implica una reconceptualización del oficio, pasando de ser un instructor que cumple metas administrativas a un investigador autónomo que observa, reflexiona y actúa sobre su realidad. El docente lucha por integrar la sensibilidad, el arte y la cultura en la práctica cotidiana, utilizando herramientas como la narrativa o la lúdica para derribar los muros de la indiferencia y reconstruir la comunidad educativa desde la autenticidad del ser.

En el hervidero pedagógico la interacción entre compañeros no ocurre de forma lineal ni burocrática sino que se manifiesta como un entrelazamiento de saberes y energías que transforman el ambiente escolar. Un ejemplo claro es la planificación compartida no como el llenado de un formulario sino como una asamblea de ideas donde un docente de ciencias y uno de literatura encuentran un lenguaje común para abordar un fenómeno social permitiendo que sus disciplinas se hibriden en beneficio del estudiante. También se observa en el acompañamiento solidario frente a la contradicción normativa cuando los maestros se reúnen en los pasillos o en la sala de profesores para intercambiar testimonios sobre lo que realmente funciona en el aula validando mutuamente sus juicios profesionales por encima de las exigencias técnicas. Otra forma de interacción vital es la observación de pares desde la admiración y no desde la supervisión donde un docente entra al aula de otro para aprender de su gesto de su palabra o de su manejo del conflicto volcánico convirtiendo la práctica diaria en una investigación-acción colectiva. Asimismo el intercambio de recursos y estrategias situadas actúa como una transferencia de energía constante donde se comparten desde materiales didácticos creados en la carencia hasta métodos de lectura de la mirada del alumno fortaleciendo una red de resistencia ética. Estas interacciones crean una inteligencia colectiva que permite a los docentes recuperar su autonomía y sentirse parte de un cuerpo intelectual soberano que sostiene la esperanza educativa incluso cuando las directrices oficiales parecen ignorar la realidad del aula.

Referencias Bibliográficas

Augé, M. (2000). Los no lugares: Pasos hacia una antropología de la sobremodernidad. Gedisa.

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Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.

Cornieles, I. (2023). La pedagogía del hervor: Entre la subjetividad y la autoorganización. [Marco teórico].

Díaz, I. C. C. (2026a). ¿Es el aula de clases, metafóricamente, un hervidero? [Manuscrito en preparación]. Universidad Central de Venezuela.

Díaz, I. C. C. (2026b). La invisibilidad multidimensional del adolescente venezolano [Proyecto de investigación]. Universidad Central de Venezuela.

Freire, P. (2012). Cartas a quien pretende enseñar. Siglo XXI Editores.

Giroux, H. A. (1990). Los profesores como intelectuales: Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje. Paidós.

Hargreaves, A. (2005). Profesorado, cultura y postmodernidad: Cambian los tiempos, cambia el profesorado. Ediciones Morata.

Heidegger, M. (2001). Ser y tiempo. Fondo de Cultura Económica.

Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo. Trotta.

Lacueva, A. (2015). Ciencia y tecnología en la escuela: ¿Por qué y para qué? Editorial Laboratorio Educativo.

Lacueva, A., y Díaz, I. C. C. (s. f.). La enseñanza de las ciencias naturales a través de la producción de textos. CDCH-UCV.

Larrosa, J. (2020). El profesor como artesano: Sobre el oficio de enseñar. Noveduc.

Lortie, D. C. (1975). Schoolteacher: A sociological study [Maestro de escuela: Un estudio sociológico]. University of Chicago Press.

Pérez Gómez, A. I. (2017). La pedagogía en la era digital: Desafíos y oportunidades. Octaedro.

Rodríguez, N. (2011). La educación que tenemos, la educación que queremos. Universidad Central de Venezuela, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico.

Stenhouse, L. (1987). La investigación como base de la enseñanza. Ediciones Morata.


 

 

CAPITULO IV

INTERACCIÓN MAESTRO- ALUMNO: TERCER NIVEL

 

Este Nivel es el núcleo de la praxis pedagógica . A diferencia de los anteriores, aquí la realidad es transparente. Es el espacio donde se negocia el poder, el interés y el afecto. Siguiendo a Paulo Freire (1997), transitamos hacia una educación dialógica: la "pedagogía de la escucha", donde el maestro construye conocimiento con el alumno. No obstante el Aula como Campo de Fuerzas resulta fundamental en Pierre Bourdieu y Michel Foucault. Para Bourdieu, el aula constituye un campo donde se dirimen tensiones entre el capital cultural del docente  y el habitus del estudiante; la transparencia de la realidad en este Nivel permite que la autoridad pedagógica no sea una imposición arbitraria, sino un reconocimiento mutuo. Por su parte, Foucault nos recuerda que el poder es una red capilar que atraviesa todo el cuerpo social; en la praxis educativa, esto se traduce en una microfísica donde el afecto y el interés no son ajenos a la norma, sino elementos que circulan y se transforman, aunque estos autores provienen de escuelas distintas, convergen en la "Naturaleza Multidimensional del Aula". Al considerar  la Complejidad (Morin), permitimos  integrar estas "islas de conocimiento" sin que se contradigan. Con la "pedagogía de la escucha", el docente renuncia a la posición de vigilancia jerárquica para habilitar una subjetividad compartida. La comprensión del aula como un sistema vivo exige trascender la visión técnica de la enseñanza para reconocerla, en términos de Pierre Bourdieu, como un campo de fuerzas donde los actores ponen en juego su capital cultural y simbólico. En este sentido, el aula no es un espacio neutro, sino un territorio donde la autoridad pedagógica puede actuar como un mecanismo de reproducción de lo arbitrario cultural (Bourdieu y Passeron, 1977, p. 103), a menos que el docente-investigador asuma su rol como un agente capaz de subvertir estas estructuras de poder. Esta dinámica se profundiza al aplicar el principio hologrammático de Edgar Morin, (1990, p. 107). Bajo esta lógica, aula/hervidero deja de ser una unidad aislada para convertirse en un microcosmos donde se reflejan y operan todas las tensiones, crisis y potencialidades de la sociedad , en este caso la venezolana;  un holograma social donde lo macro se manifiesta en la singularidad del encuentro educativo. Es precisamente en esta intersección donde el concepto de "hervidero pedagógico" cobra su mayor potencia teórica: un campo de lucha por el capital simbólico que, al ser abordado desde la complejidad, permite que la incertidumbre y el desorden se transformen en una fuente de auto-organización y autonomía para el docente. Así, el docente investigador no solo observa el fenómeno, sino que interviene en él, reconociendo que cada acción en  aula/hervidero |tiene el potencial de resonar en la totalidad del sistema educativo, convirtiendo la práctica cotidiana en un ejercicio ético de transformación y resistencia ante a la fragmentación del saber.

El maestro no encuentra "alumnos estándar", sino historias de vida atravesadas por fracturas que desafían la pedagogía tradicional, donde el   aula/hervidero actúa como  un sistema termodinámico social de alta entropía, donde la incertidumbre de las subjetividades (trauma, neurodiversidad, etc. ) se convierte en la energía necesaria para la auto-organización docente. Esto vincula posiblemente  la física cuántica/entropía con la pedagogía, dándole un peso científico que no puede descartar como "simple poesía".

En la cotidianidad escolar, la irrupción de problemas psicológicos y sociales actúa como un ruido constante que desestabiliza la instrucción técnica. El niño maltratado, por ejemplo, no solo porta huellas físicas, sino que habita un estado de alerta permanente que bloquea sus procesos ejecutivos. Como bien señala Cyrulnik (2002/2013), en sus  estudios sobre la resiliencia, el aula puede ser un "tutor de resiliencia", pero solo si el maestro comprende que la apatía o la agresión del estudiante son, en realidad, mecanismos de defensa ante un entorno hostil. Aquí, la gestión de la transferencia se vuelve vital: el docente debe evitar reaccionar al síntoma (la conducta disruptiva) para atender la causa (el trauma), transformando el espacio educativo en un refugio de seguridad afectiva. Este texto amalgama la teoría de la modernidad líquida, la crisis ontológica y el hervidero, visibilizando los rostros más vulnerables del sistema escolar.

 

La crisis del ser docente y la despersonalización del alumno no ocurren en un vacío, sino en un tejido social profundamente desgarrado. En la modernidad líquida, la educación se enfrenta al desafío de recibir sujetos cuya existencia está marcada por la itinerancia y el desamparo, realidades que la escuela suele omitir al reducir el proceso de enseñanza a una mera administración de contenidos. La invisibilidad multidimensional (Díaz, 2026b) se manifiesta con crudeza en aquellos niños y adolescentes que habitan el aula pero cuyas historias de vida son ignoradas por el sistema.

Hablamos de los niños de la calle que, en un acto de resistencia heroica, logran asistir a la escuela buscando un fragmento de solidez en medio de la intemperie. Para ellos, la escuela no es solo un lugar de aprendizaje, sino un refugio contra la desolación. Sin embargo, el sistema a menudo los percibe como entes disruptivos, ignorando la angustia del ser (Heidegger, 2009) que cargan al no poseer un anclaje familiar estable. A este escenario se suman los niños institucionalizados en internados, víctimas colaterales de una justicia que juzga a sus padres y los condena a ellos a una soledad administrativa. En estos casos, el aula corre el riesgo de convertirse en un "no-lugar" (Augé, 2000), un espacio de anonimato donde el niño está presente como "materia", pero su "onda" —sus sueños, miedos y contexto judicial— permanece silenciada.

La problemática se extiende a los niños huérfanos, trabajadores o abandonados; a aquellos cuyas madres, en la lucha por la supervivencia, laboran en oficios nocturnos, dejando al infante en una deriva de cuidados; y a los niños enfermos que asisten al aula sin atención médica, cargando con el dolor físico como una barrera invisible. Como bien se ha señalado, reconocer estas realidades no implica desconocer la existencia de hogares bien constituidos, sino denunciar que el sistema educativo no puede seguir siendo ciego ante la herida social. El error de la escuela tradicional es tratar estos casos como simples "problemas de aprendizaje", cuando en realidad son crisis de reconocimiento humano.

Superar esta alienación exige que el aula sea, efectivamente, un hervidero (Díaz, 2026a). Esta pedagogía del hervor propone que el docente recupere su rol como investigador y guía intelectual para transformar ese estado de ebullición social en energía transformadora. No se trata de convertir al maestro en un asistente social, sino en un profesional con la autonomía necesaria (Giroux, 1990) para que la producción de textos y el conocimiento sirvan como herramientas de subjetivación. Solo al romper la liquidez de los vínculos superficiales y construir un vínculo sólido y ético, la escuela podrá validar al adolescente como un sujeto histórico, devolviéndole la palabra a quien la calle, la orfandad o la justicia han intentado silenciar.

A esta realidad se suma el desafío de la neurodiversidad, específicamente con la presencia de niños en el Espectro Autista (TEA). Bajo la lógica de una educación situada, el autismo no debe verse como una patología que "interrumpe" la clase, sino como una forma distinta de procesar la realidad que exige una reconfiguración del entorno. Aplicando los principios del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), el maestro investigador diseña apoyos visuales y rutinas predecibles que no solo benefician al niño con TEA, sino que estabilizan la carga cognitiva de todo el grupo. El aula se convierte así en un campo de experimentación donde la diferencia es la norma y no la excepción. Los problemas es una respuesta funcional y reversible al entorno, no una carencia biológica, frecuentemente exacerbados por la desnutrición y la precariedad económica mencionadas anteriormente . El niño a veces llega al aula con un capital cultural (Bourdieu) drásticamente alejado de las exigencias del grado, se siente un extranjero en su propia lengua. La falta de bases en lectoescritura o lógica matemática no es una incapacidad intrínseca, sino el resultado de una brecha social que la escuela, a menudo, profundiza mediante la estandarización. Para el docente-investigador, integrar a estos niños implica una pedagogía del acompañamiento. Esto significa:

Diagnóstico Holístico: Reconocer que un trastorno de aprendizaje puede estar enmascarando un problema de visión, una crisis de identidad o un entorno de violencia doméstica .Implica el andamiaje para que el niño maltratado o el estudiante con dificultades de aprendizaje recupere la confianza en su capacidad de conocer. De la misma  forma  Integrar los códigos del entorno social del niño como puentes hacia el conocimiento académico, evitando que la escuela sea percibida como un espacio de juzgamiento. En última instancia, el maestro que opera en este hervidero comprende que su labor es una forma de clínica pedagógica. No busca uniformar a los estudiantes, sino armonizar sus disonancias. Al reconocer al niño autista, al maltratado y al que lucha con el rezago académico como sujetos de derecho, el docente transforma la resistencia en resiliencia y la incertidumbre en una ética de la hospitalidad, donde el aula es, finalmente, el lugar donde todos tienen derecho a existir y aprender.

No obstante el Aula como Campo de Fuerzas resulta fundamental en Pierre Bourdieu y Michel Foucault. Para Bourdieu, el aula constituye un campo donde se dirimen tensiones entre el capital cultural del docente  y el habitus del estudiante; la transparencia de la realidad en este nivel permite que la autoridad pedagógica no sea una imposición arbitraria, sino un reconocimiento mutuo. Por su parte, Foucault nos recuerda que el poder es una red capilar que atraviesa todo el cuerpo social; en la praxis educativa, esto se traduce en una microfísica donde el afecto y el interés no son ajenos a la norma, sino elementos que circulan y se transforman. Al integrar la "pedagogía de la escucha", el docente renuncia a la posición de vigilancia jerárquica para habilitar una subjetividad compartida. La comprensión del aula como un sistema vivo exige trascender la visión técnica de la enseñanza para reconocerla, en términos de Pierre Bourdieu, como un campo de fuerzas donde los actores ponen en juego su capital cultural y simbólico. En este sentido, el aula no es un espacio neutro, sino un territorio donde la autoridad pedagógica puede actuar como un mecanismo de reproducción de lo arbitrario cultural (Bourdieu y Passeron, 1977, p. 103), a menos que el docente-investigador asuma su rol como un agente capaz de subvertir estas estructuras de poder. Esta dinámica se profundiza al aplicar el principio hologrammático de Edgar Morin, (Morin, 1990, p. 107). Bajo esta lógica, el aula deja de ser una unidad aislada para convertirse en un microcosmos donde se reflejan y operan todas las tensiones, crisis y potencialidades de la sociedad,  y en el caso concreto  de la  venezolana; es un holograma social donde lo macro se manifiesta en la singularidad del encuentro educativo. Es precisamente en esta intersección donde el concepto de "hervidero pedagógico" cobra su mayor potencia teórica: el aula es un campo de lucha por el capital simbólico que, al ser abordado desde la complejidad, permite que la incertidumbre y el desorden se transformen en una fuente de auto-organización y autonomía para el docente. Así, el investigador en situación no solo observa el fenómeno, sino que interviene en él, reconociendo que cada acción en este hervidero tiene el potencial de resonar en la totalidad del sistema educativo, convirtiendo la práctica cotidiana en un ejercicio ético de transformación y resistencia frente a la fragmentación del saber. Este nivel es el núcleo de la praxis. A diferencia de los anteriores, aquí la realidad es transparente. Es el espacio donde se negocia el poder, el interés y el afecto. Siguiendo a Paulo Freire (1997), transitamos hacia una educación dialógica: la "pedagogía de la escucha", donde el maestro construye conocimiento con el alumno.

Cuadro 1. Elementos de la Praxis en el Nivel 3

Dimensión

Enfoque Tradicional

Enfoque en el "Hervidero"

El Alumno

Receptor de información.

Sujeto activo de su aprendizaje.

El Maestro

Poseedor de la verdad absoluta.

Mediador y facilitador de procesos.

El Contenido

Programa rígido y descontextualizado.

Conocimiento vinculado a la realidad.

El Error

Motivo de castigo o tacha.

Oportunidad de reflexión y mejora.

Fuente: Cornieles (2026).

Fuente. Cornieles 2026

No se trata de sobrecargar al docente con funciones que no le corresponden, sino de elevar la ambición institucional del sistema. La propuesta es trascender la escuela como un simple depósito de personas para convertirla en un espacio de dignidad, donde la arquitectura y los recursos actúen como un soporte material para la expansión del ser.

Una visión de la "Escuela Deseable" conectándola con la necesidad de superar la precariedad de la modernidad líquida, el  Soporte Material de la Dignidad Humana

Para que el aula se convierta efectivamente en un hervidero pedagógico, la ambición del sistema educativo debe ir más allá de la reforma curricular; debe apuntar a la creación de un entorno que valide la existencia del niño en su sentido más amplio. No se pretende convertir al docente en un "todero" que asuma carencias ajenas, sino en un intelectual que opere dentro de un verdadero centro educacional: un espacio que, por su propia infraestructura y oferta cultural, sea un sitio de deseo y pertenencia.

Que frente a la desidia de espacios sombríos y pupitres deteriorados, la escuela debe ofrecer aulas ventiladas y bien iluminadas. Esta no es una demanda estética, sino ontológica. Un espacio digno le dice al niño —especialmente al que viene de la calle o de la precariedad del internado— que él es importante. El entorno físico es la primera señal de que el sistema lo "ve". En términos de Heidegger (2009), es proporcionar un "morar" seguro donde el ser-en-el-mundo pueda desarrollarse sin la opresión de la carencia material.

Entender  la Escuela como Ecosistema Cultural  total  dotado a con laboratorios, bibliotecas, comedores y áreas de formación integral (música, teatro, manualidades, deportes y educación física) rompe con la educación líquida que solo busca la eficiencia administrativa. Los Laboratorios y Biblioteca  son  los espacios de la curiosidad y la investigación, donde el docente y el alumno ejercen su autonomía como creadores de conocimiento (Stenhouse, 1987).

El Comedor: Es el lugar donde se garantiza el derecho fundamental a la nutrición, permitiendo que la "materia" (el cuerpo) esté en condiciones de convertirse en "onda" (pensamiento y creatividad).

Las Artes y el Deporte: El teatro, la música y la educación física no son accesorios; son lenguajes que permiten al adolescente salir de su invisibilidad multidimensional. A través del cuerpo y el arte, el joven que se siente perdido en la "fluidez" social encuentra una forma de expresión sólida y trascendente. Esta adición es el pilar que cierra el círculo de la atención integral. No puede existir un "hervidero" de conocimiento si el soporte biológico del estudiante —su salud— está en precariedad. La escuela debe ser el primer frente de salud pública para garantizar que la "materia" (el cuerpo del niño) no sea un impedimento para la "onda" (su aprendizaje).

En la visión de una escuela deseable, la salud no puede ser un elemento externo o una responsabilidad delegada exclusivamente a las familias, muchas de las cuales —como se ha expuesto— viven en contextos de vulnerabilidad extrema. Un verdadero centro educacional debe contar con servicios médicos y odontológicos permanentes que garanticen la integridad física del escolar. como Precondición del Ser

Si entendemos al estudiante como una dualidad de materia y onda, es imperativo reconocer que un niño con dolor dental, problemas de visión no diagnosticados o desnutrición, no puede alcanzar el estado de "ebullición" creativa que propone la pedagogía del hervor. La presencia de un médico y un odontólogo en la escuela transforma la institución en un espacio de cuidado real, donde la invisibilidad multidimensional se combate también desde el diagnóstico temprano. El niño deja de ser un número en una lista para ser un sujeto cuya salud importa al Estado y a la comunidad educativa. . Prevención y Dignidad: Más allá de la Emergencia

Servicio Odontológico: El cuidado de la salud bucal es, en muchos casos, el gran olvidado de las políticas sociales. Una escuela que ofrece atención odontológica dignifica la sonrisa y la autoestima del adolescente, factores clave para su integración social.

Servicio Médico y Nutricional: Vinculado estrechamente al comedor escolar, el seguimiento médico permite detectar patologías que a menudo se confunden con apatía o falta de inteligencia. Atender la salud en el plantel es asegurar que el aula sea un sitio de vida y no de padecimiento silencioso.

Esta propuesta refuerza la idea de que el docente no es  todero, sino un individuo   que garantizar salud, alimentación, artes y deportes en un mismo recinto, y convertir la escuela en el centro de gravedad de la comunidad. Es aquí donde la educación recupera su sentido ético: una institución sólida que abraza la complejidad del ser y proporciona las condiciones materiales para que el niño pueda, finalmente, ser "visto" y atendido en su totalidad.

De esta manera, la escuela deja de ser un lugar de paso para convertirse en el sitio deseable por excelencia: aquel donde el niño sabe que su cuerpo será cuidado, su hambre saciada y su intelecto desafiado.

Esta escuela ambiciosa es la respuesta política a la despersonalización porque cuando la institución garantiza la integralidad de sus procesos el docente deja de ser un gestor de crisis para transformarse en un guía dentro de un ecosistema de posibilidades. La lucha por el hervidero es en esencia la lucha por una escuela que no solo instruya sino que cultive y que no se limite a recibir al niño sino que lo atienda en la totalidad de su ser histórico y social. Al transformar la escuela en un sitio deseable combatimos la apatía y la resistencia devolviendo a la educación su poder de transformación real a través de un compromiso ético que reconoce la complejidad de cada vida que habita el aula. En este espacio vibrante la labor del maestro se dignifica al trascender la instrucción mecánica permitiéndole habitar los intersticios de la práctica para crear un tejido de significados que responda con justicia a la realidad de sus estudiantes. Es en esta escuela donde el saber situado y la autonomía docente se convierten en los motores de una pedagogía de la posibilidad que no se rinde ante la burocracia sino que florece en la riqueza del encuentro humano y el reconocimiento del otro.

 

 

 

Referencias Bibliográficas

Augé, M. (2000). Los no lugares: Pasos hacia una antropología de la sobremodernidad. Gedisa.

Bauman, Z. (2007). Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa.

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Cornieles, I. (2026b). La invisibilidad multidimensional del adolescente venezolano [Proyecto de investigación]. Universidad Central de Venezuela.

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Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo. Trotta.

Rodríguez, N. (2011). La educación que tenemos, la educación que queremos. Universidad Central de Venezuela, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico.

Stenhouse, L. (1987). La investigación como base de la enseñanza. Ediciones Morata.

 


 

 

CAPITULO V

INTERACCIÓN ALUMNO/ALUMNO. CUARTO NIVEL

Ocurre "de tú a tú".  La subjetividad colectiva.

Entender el salón de clases como un espacio vivo requiere ir más allá de lo evidente, no hay en nuestro concepto una  distribución física azarosa; es la geografía de la invisibilidad. Los alumnos proyectan sus necesidades ontológicas y sociales en el espacio que ocupan.

Autores como Tardif (2004) y Márquez y Díaz (2020)plantean que  sobre la red sociológica existen    elementos "no visibles" que están presentes en esa distribución: que solo registra la presencia física de los cuerpos. La distribución de los alumnos en el aula no es azarosa; constituye una verdadera geografía de la invisibilidad donde los sujetos proyectan sus necesidades ontológicas, sociales y afectivas en el espacio que habitan. Como plantean Tardif (2004) y Márquez y Díaz (2020), el aula es una red sociológica donde el frente, el fondo y los umbrales de las puertas narran historias que el sistema administrativo se niega a leer. En el frente, se establece a menudo "el pacto" o la zona de seguridad; allí se ubica el alumno que busca desesperadamente ser visto para compensar la invisibilidad que padece en su entorno familiar, o aquel que utiliza la cercanía del docente como un muro de contención ante el caos ruidoso de su contexto, a fin de poder asimilar al máximo sus clase. Generalmente son los  mejores alumnos.

Por el contrario, el fondo del salón se erige como el territorio de la resistencia o la "onda" libre. Inspirada en la dualidad de la física cuántica, esta zona permite que la identidad se expanda fuera del control normativo del sistema. Para el adolescente que sufre maltrato o que habita la precariedad de la calle, el fondo es un anonimato protector, un espacio de vigilancia silenciosa donde puede procesar su angustia sin ser interrogado. O   quienes se ubican cerca de la puerta, habitando el umbral de la fuga: sujetos cuya presencia física (materia) puede estar  en el pupitre, pero cuya mente se encuentra en el exterior debido a la urgencia de libertad o a las cargas de un trabajo infantil que los obliga a estar siempre listos para partir. En el centro, el "hervidero" se manifiesta en su máxima expresión a través de la autoorganización y las alianzas entre pares, desafiando la verticalidad del docente mediante una distribución lateral de la información.

Sin embargo, esta dinámica está atravesada por elementos "no visibles" que la burocracia escolar ignora sistemáticamente, convirtiendo el aula en un espacio de exclusión. La carga térmica y lumínica, por ejemplo, no es un detalle técnico, sino una barrera de dignidad material; un niño en un rincón oscuro o mal ventilado no padece un déficit de atención, sino una agresión física que agota su ser. A esto se suma la "falla geológica" de las tensiones sociales y el silencio ensordecedor del hambre y la enfermedad, donde el alumno busca apoyo en las paredes no por apatía, sino por un ahorro crítico de energía vital.

Superar esta realidad implica transitar del aula-depósito al hervidero pedagógico consciente. Esta transformación no surge espontáneamente, sino de una ambición institucional que convierta la escuela en un sitio deseable. El docente, actuando como un investigador de la micropolítica escolar (Ball, 1989), debe contar con el respaldo de un sistema que garantice servicios médicos y odontológicos permanentes dentro del plantel. Solo cuando el pupitre sea un objeto deseable y el espacio ofrezca laboratorios, bibliotecas, comedores, enseñanza musical y artes, la geografía de la invisibilidad podrá transformarse en una topografía del reconocimiento. Al atender la salud y el bienestar material del estudiante, la escuela deja de ser un "no-lugar" de tránsito anónimo para convertirse en un verdadero centro educacional donde el vínculo ocurre "de tú a tú" y la subjetividad colectiva permite que cada niño, sin importar su ubicación física, sea plenamente atendido en su más amplio sentido humano.

 Aquí se gestan amistades, pero también dinámicas de poder (sobrenombres, burlas, exclusión). Perrenoud (2006) describe el "oficio del alumno": aprender a sobrevivir al sistema y protegerse de la autoridad. El uso del sobrenombre es una forma de "marcar territorio" en un sistema que los invisibiliza. Fragua la subjetividad colectiva que da vida al aula más allá de la instrucción formal. En este espacio de horizontalidad absoluta, el estudiante despliega lo que Philippe Perrenoud define como el "oficio del alumno", un conjunto de estrategias de supervivencia y resistencia mediante las cuales aprende a protegerse de la mirada fiscalizadora de la autoridad y a navegar los códigos invisibles del sistema (Perrenoud, 2006). Esta dinámica se manifiesta con fuerza en el uso del sobrenombre y la marcación de territorio simbólico; no como simples actos de indisciplina, sino como mecanismos de autoafirmación frente a una institución que a menudo tiende a la Invisibilización del ser. Es aquí, en el flujo de liderazgos informales y códigos de silencio, donde el sistema educativo revela su naturaleza compleja: el grupo se autoorganiza creando lealtades que actúan como un escudo protector, pero que también pueden derivar en procesos de exclusión social y bloqueos emocionales si el sistema pierde su equilibrio. Por tanto, el aprendizaje colaborativo que emerge de forma espontánea entre pares no es solo un acelerador de la comprensión cognitiva, sino la expresión más pura de una inteligencia colectiva que demanda ser reconocida. Para el docente-investigador, comprender este nivel de interacción implica transitar hacia una ética del cuidado, donde la intervención no busca sofocar el hervor de las relaciones entre iguales, sino orientar esa energía hacia el reconocimiento del otro. Al validar estas subjetividades, el hervidero deja de ser un espacio de conflicto potencial para transformarse en un ecosistema de cuidado mutuo, donde la lealtad grupal evoluciona hacia una responsabilidad compartida por el bienestar y el crecimiento del prójimo.  Elementos representativos de esta relación.

 

 

 

 

Cuadro 2. Elementos de Observación entre Pares

Elemento

Manifestación

Impacto

Liderazgos Informales

Alumnos que dictan la conducta.

Aliados o saboteadores.

Códigos de Silencio

Lealtad grupal ante incidentes.

Protegen identidad grupal.

Exclusión Social

Estudiantes que trabajan solos.

Bloqueos emocionales.

Aprender Colaborativo

Intercambio espontáneo de dudas.

Acelera la comprensión.

Fuente: Cornieles (2026).

 

En conclusión, la interacción entre los alumnos dentro del hervidero del aula se manifiesta como una red de tensiones y afectos donde el aprendizaje ocurre de forma horizontal mediante el conflicto y la colaboración espontánea. Un ejemplo contundente es el momento en que un estudiante explica a otro un concepto complejo utilizando sus propios códigos lingüísticos y metáforas territoriales logrando una traducción que el discurso técnico del docente a veces no alcanza. En estos intercambios se producen negociaciones de poder y gestos de solidaridad profunda donde los niños aprenden a leer las emociones del par antes que las letras del libro convirtiendo el salón en un laboratorio vivo de convivencia y resistencia social. Para que el docente pueda orquestar esta energía volcánica es imperativo que trascienda las paredes de la institución y se sumerja en la cartografía vital de sus estudiantes mediante la visita a sus hogares. Al entrar en el espacio doméstico el maestro deja de ser una figura de autoridad distante para comprender las dinámicas del sustento la carencia y los lenguajes del afecto que moldean la subjetividad del niño. Conocer sus redes de socialización en el barrio o en la comunidad permite al docente identificar los saberes previos y las heridas que cada alumno carga en su mochila invisible dotándolo de herramientas para transformar el paquete rígido del currículo en un tejido de significados que realmente responda a su ser histórico. Esta inmersión en la realidad del otro es lo que permite pasar de una instrucción mecánica a una pedagogía de la presencia donde el maestro actúa como un guía que sabe exactamente qué cuerdas tocar para encender el asombro. Solo a través de este conocimiento situado el docente puede validar el testimonio de sus estudiantes y construir una escuela que sea un sitio deseable un refugio de posibilidades que combata la apatía con la fuerza del reconocimiento mutuo.

Referencias Bibliográficas

Ball, S. J. (1989). La micropolítica de la escuela: Hacia una teoría de la organización escolar. Paidós.

Cornieles, I. (2026). ¿Es el aula de clase, metafóricamente, un hervidero? [Manuscrito no publicado]. Escuela de Educación, Universidad Central de Venezuela.

Márquez, R., y Díaz, J. (2020). Sociología del espacio escolar: Geografías de la interacción en el aula. Editorial Universitaria.

Perrenoud, P. (2006). El oficio de alumno y el sentido del trabajo escolar. Popular.

Tardif, M. (2004). Los saberes del docente y su desarrollo profesional. Narcea Ediciones.

 


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