sábado, 7 de marzo de 2026

 

Prólogo

La literatura pedagógica suele escribirse desde la distancia del escritorio, en la asepsia de los laboratorios teóricos donde los niños son variables y el aprendizaje es una curva estadística. Se nos ha intentado convencer de que el aula es un espacio cuadriculado, un sistema de engranajes donde, si el docente aplica la fórmula correcta, el resultado es un alumno procesado con éxito. Pero quienes hemos habitado el salón de clases sabemos que esa es la mayor de las ficciones. Este libro, "¿Es el aula de clase metafóricamente un hervidero pedagógico?", nace de la necesidad de devolverle a la educación su carácter orgánico, caótico y profundamente humano. A través de las páginas de mi propia experiencia, recopiladas en momentos de introspección como docente, intento desmantelar la idea de la "clase perfecta" para mostrar la "clase viva". Desde mis inicios como maestra  llevé por escrito todo lo que me ocurría. No tenía intenciones de escribir sobre ello, sino de ver si releyendo los problemas que confrontaba en el aula de clase les podía encontrar solución.  Habiendo nacido  en un hogar humilde pero con valores y principios, no me imaginaba nunca que vería en un salón de clases tantas cosas. Fui maestra durante 8 años, dos de los cuales, de pura suplencias, hasta alcanzar la mayoría de edad. Durante ese primer lapso atendí desde primero hasta cuarto grado. A nivel de tercer grado, tuve un primer impacto. Los niños tendrían entre 9 y 10 años. El salón quedaba bastante cerca de la  dirección del plantel.  Una niña como de 9 años  me llamó y me dijo Seño: estas dos están  haciendo groserías.  Yo no veía que estaban haciendo, y la niña repitió, si allí tienen una grosería.  _Bueno, muéstreme que es lo que tienen.  Las dos niñas estaban pálidas. Sacaron dos muñequitos hechos de papel. El varón tenía  una especie de torchito en la parte genital y la hembra un huequito, el juego consistía meter el torchito dentro del huequito. Antes de que yo hablara llegó la Directora,  una mujer extraordinaria  y seguidorá de los principios de los principios de la Escuela Nueva.  Tomó los muñequitos, los miró   dijo, no hay nada de grosería , son dos muñequitos, no recuerdo si se los entregó a las niñas.

Yo estaba tan pálida como las niñas,  no abrí mi boca, pero sentí mucha pena, vergüenza. No sé, pienso que la Directora me quiso decir _así es como deben actuar.

Tenía  16 años. Eras casi una adolescente frente a un grupo de niños de 9 o 10 años. No solo era una docente en formación; era  una joven enfrentando la complejidad de la vida adulta y la responsabilidad de guiar a otros .

A los 16 años, la "palidez" que sentí no era solo pudor, era vértigo. Estabas en una posición de autoridad para la que la biología y la experiencia social aún no me  habían  preparado.

A esa edad, uno todavía está lidiando con sus propios tabúes y el despertar de la propia identidad. Ver que a estas niñas que  "jugaban" con la sexualidad de forma tan explícita (aunque fuera en papel) disparó mis  propios mecanismos de defensa.

La Sombra del "Deber Ser": Mi  reacción (el silencio, la vergüenza) fue la respuesta lógica de alguien que ha sido educada en una sociedad conservadora. Sentí que debía escandalizarme, no lo sé, si eso era lo que se esperaba de una "señorita maestra".

Mi  silencio no fue falta de carácter, fue desconcierto. Sin embargo, en el aula, el silencio del maestro a veces se interpreta como una confirmación del "pecado". Al no decir nada, dejé que el miedo de las niñas creciera. Ese silencio también fue sabio. Al no gritar ni castigar por impulso, permití que llegara una voz con más experiencia (la Directora) a resolver el conflicto sin causar un trauma.

Eras casi una adolescente frente a un grupo de niños de 9 o 10 años. No solo eras una docente en formación; eras una joven enfrentando la complejidad de la vida adulta y la responsabilidad de guiar a otros cuando  misma no había terminado de crecer.

La Directora no solo fue extraordinaria con las niñas; fue extraordinaria conmigo. Ella era  profesora de Educación Superior  y tendría como 35 años. La extraordinaria profesora Ninfa Molina de Ortíz. Jamás olvidé su lección.

Ella no me dijo nada  frente a las alumnas por no saber actuar. Ella me dio una clase magistral silenciosa. Al decir "no hay nada de grosería", me liberó  también de mi  propia vergüenza. Me estaba diciendo: "Idalia, respira, esto es parte de la vida, no del escándalo".

El aula no es un receptáculo de conocimientos; es, en su definición más pura, un hervidero. Es un espacio donde las conexiones no solo son digitales o intelectuales, sino vibracionales. Es un ecosistema cruzado por hilos invisibles de poder, por la resistencia de quien se siente ignorado, por el deseo de quien descubre un mundo nuevo y por la vulnerabilidad de un maestro que, a veces, se encuentra frente a un mundo  bien  complejo. Frente  a una  "jauría" sin más arma que su propia humanidad. En estas páginas no encontrarán recetas mágicas. Encontrarán, en cambio, la crónica de una transformación: de la maestra que aprendió que un corazón de res sobre el escritorio enseña más que cien láminas de botánica; de la profesional que entendió que mover los pupitres para bailar con las matemáticas no es perder el control, sino ganar la atención del alma.

Invito al lector —sea docente, estudiante o curioso de la vida— a sumergirse en este hervidero. A reconocer que la escuela es el sistema de relaciones humanas más complejo que existe y que, solo aceptando su naturaleza impura, política y emocional, podremos transitar de una educación que instruye a una pedagogía que libera.

Bienvenidos a la realidad sin filtros del salón de clases. Bienvenidos al hervidero.

Idalia Cornieles Díaz Año 2026

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