Prólogo
La
literatura pedagógica suele escribirse desde la distancia del escritorio, en la
asepsia de los laboratorios teóricos donde los niños son variables y el
aprendizaje es una curva estadística. Se nos ha intentado convencer de que el
aula es un espacio cuadriculado, un sistema de engranajes donde, si el docente
aplica la fórmula correcta, el resultado es un alumno procesado con éxito. Pero
quienes hemos habitado el salón de clases sabemos que esa es la mayor de las ficciones.
Este libro, "¿Es el aula de clase metafóricamente un hervidero
pedagógico?", nace de la necesidad de devolverle a la educación su
carácter orgánico, caótico y profundamente humano. A través de las páginas de
mi propia experiencia, recopiladas en momentos de introspección como docente,
intento desmantelar la idea de la "clase perfecta" para mostrar la
"clase viva". Desde mis inicios como maestra llevé por escrito todo lo que me ocurría. No
tenía intenciones de escribir sobre ello, sino de ver si releyendo los
problemas que confrontaba en el aula de clase les podía encontrar solución. Habiendo nacido en un hogar humilde pero con valores y
principios, no me imaginaba nunca que vería en un salón de clases tantas cosas.
Fui maestra durante 8 años, dos de los cuales, de pura suplencias, hasta
alcanzar la mayoría de edad. Durante ese primer lapso atendí desde primero
hasta cuarto grado. A nivel de tercer grado, tuve un primer impacto. Los niños
tendrían entre 9 y 10 años. El salón quedaba bastante cerca de la dirección del plantel. Una niña como de 9 años me llamó y me dijo Seño: estas dos
están haciendo groserías. Yo no veía que estaban haciendo, y la niña
repitió, si allí tienen una grosería.
_Bueno, muéstreme que es lo que tienen.
Las dos niñas estaban pálidas. Sacaron dos muñequitos hechos de papel. El
varón tenía una especie de torchito en
la parte genital y la hembra un huequito, el juego consistía meter el torchito
dentro del huequito. Antes de que yo hablara llegó la Directora, una mujer extraordinaria y seguidorá de los principios de los
principios de la Escuela Nueva. Tomó los
muñequitos, los miró dijo, no hay nada de
grosería , son dos muñequitos, no recuerdo si se los entregó a las niñas.
Yo estaba
tan pálida como las niñas, no abrí mi
boca, pero sentí mucha pena, vergüenza. No sé, pienso que la Directora me quiso
decir _así es como deben actuar.
Tenía 16 años. Eras casi una adolescente frente a un
grupo de niños de 9 o 10 años. No solo era una docente en formación; era una joven enfrentando la complejidad de la
vida adulta y la responsabilidad de guiar a otros .
A los 16 años, la
"palidez" que sentí no era solo pudor, era vértigo. Estabas en una
posición de autoridad para la que la biología y la experiencia social aún no me
habían preparado.
A esa edad, uno
todavía está lidiando con sus propios tabúes y el despertar de la propia
identidad. Ver que a estas niñas que "jugaban" con la sexualidad de forma
tan explícita (aunque fuera en papel) disparó mis propios mecanismos de defensa.
La Sombra del
"Deber Ser": Mi reacción (el
silencio, la vergüenza) fue la respuesta lógica de alguien que ha sido educada
en una sociedad conservadora. Sentí que debía escandalizarme, no lo sé, si eso
era lo que se esperaba de una "señorita maestra".
Mi silencio no fue falta de carácter, fue desconcierto.
Sin embargo, en el aula, el silencio del maestro a veces se interpreta como una
confirmación del "pecado". Al no decir nada, dejé que el miedo de las
niñas creciera. Ese silencio también fue sabio. Al no gritar ni castigar por
impulso, permití que llegara una voz con más experiencia (la Directora) a resolver
el conflicto sin causar un trauma.
Eras casi una
adolescente frente a un grupo de niños de 9 o 10 años. No solo eras una docente
en formación; eras una joven enfrentando la complejidad de la vida adulta y la
responsabilidad de guiar a otros cuando misma no había terminado de crecer.
La Directora no
solo fue extraordinaria con las niñas; fue extraordinaria conmigo. Ella
era profesora de Educación Superior y tendría como 35 años. La extraordinaria
profesora Ninfa Molina de Ortíz. Jamás olvidé su lección.
Ella no me dijo
nada frente a las alumnas por no saber
actuar. Ella me dio una clase magistral silenciosa. Al decir "no hay nada
de grosería", me liberó también de mi
propia vergüenza. Me estaba diciendo: "Idalia,
respira, esto es parte de la vida, no del escándalo".
El aula no es un
receptáculo de conocimientos; es, en su definición más pura, un hervidero. Es
un espacio donde las conexiones no solo son digitales o intelectuales, sino
vibracionales. Es un ecosistema cruzado por hilos invisibles de poder, por la
resistencia de quien se siente ignorado, por el deseo de quien descubre un
mundo nuevo y por la vulnerabilidad de un maestro que, a veces, se encuentra
frente a un mundo
bien complejo. Frente a una "jauría" sin más arma que su propia
humanidad. En estas páginas no encontrarán recetas mágicas. Encontrarán, en
cambio, la crónica de una transformación: de la maestra que aprendió que un
corazón de res sobre el escritorio enseña más que cien láminas de botánica; de la profesional que entendió que mover los
pupitres para bailar con las matemáticas no es perder el control, sino ganar la
atención del alma.
Invito al
lector —sea docente, estudiante o curioso de la vida— a sumergirse en este
hervidero. A reconocer que la escuela es el sistema de relaciones humanas más
complejo que existe y que, solo aceptando su naturaleza impura, política y
emocional, podremos transitar de una educación que instruye a una pedagogía que
libera.
Bienvenidos
a la realidad sin filtros del salón de clases. Bienvenidos al hervidero.
Idalia
Cornieles Díaz Año
2026
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