Prof. Idalia Cornieles D.UCV
De la Tabula Rasa a la Acción Comunicativa: El Autogobierno como
Praxis Emancipadora en el Hervidero Pedagógico.
En el presente texto se analiza la transición
ontológica y epistemológica entre la pedagogía tradicional de corte mecanicista
y la propuesta democrática de la Escuela Nueva. En un primer momento, se
examinan las raíces del autoritarismo escolar sustentado en la concepción de John
Locke sobre la tabula rasa, la cual reduce al estudiante a un sujeto
pasivo justificación de una disciplina
coercitiva basada en el reforzamiento negativo y la "anatomía política del
detalle" (Foucault). A través del análisis de prácticas punitivas como el
dictado extenuante, se caracteriza la "educación bancaria" (Freire)
como un proceso de adiestramiento que anula el deseo de aprender en favor de la
mecanización motriz. Frente a este modelo, se antepuso el autogobierno
escolar no como un recurso administrativo, sino como una estructura de
resistencia y libertad. Apoyándose en el pensamiento de pedagogos como
Rousseau, Dewey y Freinet, y en experiencias venezolanas vanguardistas como las
de Belén San Juan, y el pensamiento pedagógico de Prieto Figueroa, se fundamentó este estudio,
sobre la autonomía estudiantil a través
de la Teoría de la Acción Comunicativa de Jürgen Habermas. Como
conclusión se asume que el aula,
concebida como una "esfera pública micro", debe transitar del poder
burocrático hacia un poder comunicativo, donde el consenso y la "fuerza
del mejor argumento" conviertan la convivencia escolar en un laboratorio
de ética deliberativa y soberanía intelectual.
Palabras clave: Autogobierno escolar, Acción comunicativa, Pedagogía
crítica, Escuela Nueva, Educación bancaria, Soberanía pedagógica
La idea del autogobierno escolar no surge como
un simple recurso administrativo, sino como una profunda respuesta filosófica e
ideológica a la educación autoritaria tradicional. Sus raíces se encuentran en la
convicción de que la democracia no puede enseñarse mediante el discurso
teórico, sino que debe vivirse como una práctica cotidiana dentro de la
institución educativa. Para comprender el origen de la pedagogía tradicional y
su enfoque coercitivo, es necesario analizar las raíces filosóficas y
psicológicas que sustentaron la visión del niño como un recipiente vacío y la
disciplina como un ejercicio de dolor.
1. El Niño como "Tabula Rasa"
La base epistemológica de este modelo reside en el
concepto de la Tabula Rasa, popularizado por John Locke (1690) en su Ensayo
sobre el entendimiento humano. Locke sostenía que la mente del niño, al
nacer, es como un papel en blanco o una pizarra limpia (del latín tabula
rasa) carente de ideas innatas. Bajo esta premisa, el maestro adquiere un
poder absoluto, pues es quien posee el saber y tiene la responsabilidad de
"llenar" ese vacío. Esta visión reduce al estudiante a un sujeto
pasivo, cuya única función es la recepción y el almacenamiento de información
externa.
2. El Autoritarismo y la Disciplina Coercitiva Ese
es un ejemplo clásico y contundente de lo que en pedagogía y sociología de la
educación se denomina Pedagogía Tradicional Mecanicista o, en términos más
críticos, Educación Bancaria. La visión del estudiante como una "tabula
rasa" encuentra su ejecución más severa en métodos de enseñanza basados en
la repetición extenuante y la vigilancia punitiva. Un ejemplo emblemático de
esta práctica es la dinámica del dictado donde el docente, tras la finalización
del ejercicio, delega la corrección entre los pares bajo la premisa de una
infalibilidad absoluta. En este escenario, el maestro transcribe el "texto
correcto" en la pizarra no como una referencia de aprendizaje, sino como
un molde inflexible. Cualquier desviación, por mínima que sea, es tratada como
una falta que debe ser borrada mediante la repetición infinita del texto
"hasta que no quede ningún error".
Este procedimiento constituye una manifestación
física de la "educación bancaria" denunciada por Paulo Freire (1970).
Aquí, el conocimiento no es un proceso de construcción de sentido, sino un
depósito de información que el alumno debe devolver intacto. El error no se
habita como una oportunidad pedagógica, sino que se castiga como un defecto de
almacenamiento. Como analiza Michel Foucault (1975) en Vigilar y castigar,
estas prácticas implementan una "anatomía política del detalle",
donde el cuerpo y el tiempo del niño son sometidos a una microfísica del poder.
La manipulación del tiempo escolar en esta dinámica
es reveladora: al condicionar la hora de salida (las 5:30 PM para quienes
logran la exactitud frente a las 6 PM para quienes yerran), el docente transforma
el tiempo de vida en una herramienta de coacción. Esta estrategia logra
convencer incluso al entorno familiar, bajo la idea de que el agotamiento es el
precio necesario para la corrección ortográfica. Sin embargo, desde la
perspectiva de la Escuela Nueva, este método no es educación, sino
adiestramiento. Al despojar al lenguaje de su función comunicativa y reducirlo
a una tarea motriz punitiva, se genera una aversión profunda hacia el saber,
sustituyendo el deseo de aprender por el miedo al encierro.
Este método específico puede identificarse bajo los
siguientes conceptos técnicos:
1. Pedagogía de la
Enmienda y el Castigo Productivo
Este enfoque se basa en la premisa de que el error
es una falta que debe ser "borrada" a través de la repetición. No se
busca que el niño comprenda la estructura de la palabra, sino que mecanice el
movimiento y la forma. Como señala Foucault (1975) en Vigilar y castigar,
este es un ejercicio de "normalización", donde el tiempo escolar se
utiliza como una herramienta de presión: quien no se ajusta a la norma (la
ortografía perfecta), es "sancionado" con la pérdida de su tiempo
libre (salir más tarde).
2. Educación
Bancaria (Paulo Freire)
Desde la perspectiva de Paulo Freire (1970), este
es un caso puro de concepción bancaria de la educación. El maestro
"deposita" un texto correcto en los alumnos y estos deben devolverlo
intacto. No hay espacio para la reflexión, la creatividad o el aprendizaje
significativo; el alumno es un recipiente que debe ser llenado con la "verdad"
del maestro, y cualquier desviación se considera un defecto de almacenamiento
que debe corregirse mediante la repetición extenuante.
3. Conductismo
Radical: Refuerzo Negativo y Condicionamiento
Psicológicamente, este método utiliza el refuerzo
negativo (Skinner, 1953). Salir temprano (4:30 PM) funciona como una
"recompensa" por la exactitud, mientras que quedarse hasta las 5:45
PM es la consecuencia negativa del error. Esto genera una motivación basada en
la evitación del castigo y no en el interés por el saber. Los padres, bajo esta
lógica, son convencidos de que la "letra con sangre entra" (o en este
caso, con cansancio y repetición), confundiendo el adiestramiento ortográfico
con la formación integral.
4. La
"Mecanización" del Aprendizaje
Bajo la óptica de la Escuela Nueva, esto se
denomina aprendizaje memorístico-mecánico. Autores como Dewey (1916)
criticarían este sistema argumentando que mata el interés natural del niño. Al
obligar a repetir un texto "hasta que no quede ningún error", se
despoja al lenguaje de su función comunicativa y se le convierte en una tarea
motriz vacía de sentido. Aversión a la escritura: El niño termina asociando el
acto de escribir con el encierro y la fatiga.
- : Se premia la falta de errores sobre la generación de ideas.
- Se valida el autoritarismo: Los padres y alumnos aceptan que el
control del tiempo y el cuerpo es una vía legítima para el
"perfeccionamiento" humano.
5. La Crítica desde la Escuela Nueva
El modelo de la pedagogía tradicional,
caracterizado por una disciplina coercitiva y la anulación de la subjetividad,
comenzó a ser desplazado por el movimiento de la Escuela Nueva a principios del
siglo XX. Autores fundamentales como John Dewey (1916) criticaron la visión de
la educación como una "preparación" impuesta desde fuera,
argumentando que el niño ya es un ser completo con intereses propios. En su
obra Democracia y Educación, Dewey sostiene que si la educación es vida,
esta debe poseer su propio carácter desde el principio (p. 63), denunciando que
ignorar la psicología del desarrollo convierte el aprendizaje en un proceso
alienante. En sintonía con esto, Célestin Freinet (1964) advirtió en sus
técnicas de la escuela moderna que el autoritarismo escolar no forma
ciudadanos, sino súbditos (pp. 12-15), perpetuando estructuras de dominación a
través de la sumisión. Asumimos esta generalización necesaria para adentrarnos
en la problemática del autogobierno escolar.
El origen moderno de esta autonomía se articula con
el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau, quien en Emilio, o De la educación
(1762) sentó las bases de la independencia infantil al proponer que el niño
debe ser guiado por la "necesidad de las cosas" y no por la voluntad
caprichosa del adulto (ed. 2011, pp. 92-95). No obstante, es con la Escuela
Nueva donde el autogobierno se formaliza como estructura. Para Dewey (1916), la
escuela debe ser una "comunidad embrionaria" (pp. 22-26) donde los
estudiantes participen en la toma de decisiones, pues solo a través de la
experiencia directa se desarrolla el juicio crítico necesario para la vida
democrática. Este giro ideológico rompe la verticalidad pedagógica y desplaza
la soberanía del maestro hacia la colectividad.
A nivel internacional, esta implementación encontró
su máxima expresión en la "asamblea de clase" de Freinet (1964),
concebida como el órgano soberano donde los niños organizan su trabajo y
resuelven conflictos (pp. 35-48). Para el pedagogo francés, el autogobierno es
una herramienta de emancipación que transforma la disciplina impuesta en una
disciplina consentida y funcional. Este camino hacia la libertad radical fue
profundizado por Alexander Neill (1960) en Summerhill, donde postulaba que la
felicidad se alcanza solo si el niño posee el mismo poder de voto que el adulto
en las asambleas (pp. 54-57). En una línea complementaria, aunque enfocada en
la cohesión social, Anton Makárenko (1935) utilizó en su Poema pedagógico
el autogobierno no solo como libertad individual, sino como una forma de
responsabilidad compartida donde el "consejo de comandantes" formaba
la conciencia del ciudadano comprometido (ed. 1977, pp. 210-225).
La Escuela como Comunidad Discursiva
El autogobierno escolar, lejos de ser una simple
estructura administrativa de participación, se podía fundamentar en lo que Habermas
(1987) define como acción comunicativa. En este sentido, el
reglamento de convivencia no debe imponerse como un imperativo burocrático,
sino que debe emerger de una "situación ideal de habla" (p.
143), donde tanto estudiantes como docentes reconozcan recíprocamente sus
pretensiones de validez. Bajo este enfoque, el autogobierno se convierte en el
mecanismo para evitar la "colonización del mundo de la vida" escolar
por parte de lógicas puramente instrumentales o autoritarias. Como señala
Habermas en Facticidad y Validez:"La legitimidad de las normas
depende del asentimiento de todos los que puedan verse afectados por ellas, en
tanto que participantes en discursos racionales" (Habermas, 1998, p.
172).
Al aplicar este principio al
ámbito educativo, el autogobierno escolar se valida como un ejercicio de democracia
deliberativa. Aquí, el consenso alcanzado en las asambleas o consejos
escolares no es una simple suma de votos, sino el resultado de un proceso de
entendimiento mutuo donde el único poder legítimo es el "fuerza del mejor
argumento". De este modo, la escuela deja de ser un espacio de instrucción
vertical para transformarse en una esfera pública donde el estudiante se
constituye como un sujeto político capaz de autorregularse, de participar y
considerar importante dicha participación.
El pilar
fundamental se halla en la distinción que hace Habermas entre la acción
estratégica (orientada al éxito individual) y la acción comunicativa
(orientada al entendimiento). En el contexto escolar, el autogobierno se activa
cuando los actores —estudiantes, docentes y directivos— buscan coordinar sus
planes de acción mediante el acuerdo. Como señala Habermas:
"La acción
comunicativa se basa en el proceso cooperativo de interpretación en el que los
participantes se refieren simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el
mundo social y en el mundo subjetivo" (Habermas, Teoría de la acción comunicativa,
1981).
Bajo esta premisa,
el autogobierno escolar se convierte en una praxis donde la validez de las
normas de convivencia no emana de la autoridad del director, sino del
reconocimiento intersubjetivo de las pretensiones de validez (verdad, rectitud
y veracidad) que se ponen en juego en las asambleas y consejos. Donde el cuerpo
directivo y los docentes constituyen el Poder Moral.
La Escuela como
Esfera Pública y Espacio Deliberativo
Habermas propone que la legitimidad política
depende de un proceso de formación de la voluntad que sea deliberativo. Al
trasladar esto al autogobierno escolar, la institución se transforma en una
"esfera pública micro". Aquí, el concepto de política deliberativa es
clave para entender que el autogobierno requiere condiciones procedimentales
que garanticen que todos los interesados tengan voz. Al respecto, el autor
sostiene: "El procedimiento democrático debe crear una conexión
comunicativa entre la formación de la voluntad política y la movilización de
contra-poderes sociales, de modo que el poder administrativo sea transformado
en poder comunicativo" (Habermas, Facticidad y Validez, 1992).
En la escuela, esto implica que las decisiones
tomadas en los órganos de autogobierno (como el consejo estudiantil) deben ser
el resultado de un debate libre de coacción, donde prevalezca el "fuerza
del mejor argumento" y no la presión de las calificaciones o la disciplina
punitiva.
Finalmente, se puede concluir que el autogobierno es el laboratorio para la
ética del discurso. Para Habermas, una norma solo es válida si todos los que
pueden verse afectados por ella pueden aceptar las consecuencias de su
cumplimiento general. En el autogobierno escolar, esto fomenta la autonomía
moral de los estudiantes, pues pasan de ser receptores de reglas a ser
legisladores de su propia convivencia. El principio fundamental que respalda
esta idea es:
"Únicamente pueden pretender validez aquellas
normas que pudiesen contar con el asentimiento de todos los afectados en cuanto
participantes en un discurso práctico" (Habermas, Conciencia moral y
acción comunicativa, 1983).
En resumen, los soportes de Habermas permiten ver
el autogobierno escolar no como un simulacro de votación, sino como un ejercicio
de racionalidad comunicativa que busca democratizar la escuela mediante
el diálogo, transformando el poder burocrático en una voluntad común construida
colectivamente. Estos principios
fueron desarrollados y practicados en la Escuela Nacional América
de Catia, fundamentalmente y el Instituto de Educación Integral fundado por
Belén San Juan.. Lamentamos no conocer
la experiencia de la experimental Venezuela
y la de otras instituciones
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Fernández Heres, R. (1997). La educación venezolana bajo el
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Grisanti, Á. (1933). La instrucción pública en Venezuela:
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Olaizola, S. (1935). La Escuela Nueva en el Uruguay.
Montevideo.
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Rodríguez-De Mayo, R. D. (2024). Corriente pedagógica del
gobierno de Eleazar López Contreras y la Escuela Experimental de Sabas Olaizola.
Revista Investigación y Postgrado, UPEL.
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