sábado, 1 de agosto de 2026

 


EL DOCENTE COMO FACILITADOR

IDALIA CORNEIELES  DIAZ

Considerar al docente como un mero «facilitador del aprendizaje» constituye una de las formulaciones más dañinas y reduccionistas de la pedagogía contemporánea, la cual, bajo una apariencia de modernización y democratización del aula, esconde una renuncia explícita a la responsabilidad educativa, vacía de contenido la enseñanza y profundiza la desigualdad social. En primer lugar, esta postura provoca un grave vaciamiento del contenido y una desvalorización del saber acumulado, al desplazar el foco de atención desde la enseñanza activa y el conocimiento estructurado hacia la mera actividad autoguiada del estudiante. Cuando el docente se limita a facilitar, el conocimiento corre el riesgo de reducirse a una construcción subjetiva donde todo saber parece valer lo mismo, lo que conduce a la pérdida del acceso al «conocimiento poderoso» (Young, 2016) —ciencia, historia y arte— que los alumnos jamás podrían descubrir por sí solos. De este modo, se trivializa el proceso educativo al convertir el aula en un espacio de mero entretenimiento o gestión emocional, lo que Gert Biesta (2017) denomina el fenómeno de la «aprendificación», en detrimento del rigor conceptual, la instrucción y el pensamiento crítico profundo.

Asimismo, la noción del facilitador incrementa de forma alarmante las brechas de desigualdad social. Este enfoque asume falsamente que todos los estudiantes parten de las mismas condiciones de motivación y capital cultural para autodirigir su formación. La realidad demuestra que los sectores más desfavorecidos son los que más sufren este abandono pedagógico, pues no necesitan un orientador que se mantenga al margen, sino una instrucción directa, explícita y estructurada. Al delegar la responsabilidad en el imperativo de «aprender a aprender», la escuela pública renuncia a su función democratizadora del conocimiento formal y reproduce las desigualdades de clase originarias (Bourdieu & Passeron, 1996), favoreciendo únicamente a quienes ya cuentan con un entorno sociocultural privilegiado fuera de la institución.

Por otro lado, esta ideología busca la abolición de la autoridad pedagógica y de la asimetría necesaria que vertebra toda relación educativa. Toda enseñanza es intrínsecamente asimétrica porque el docente domina un saber que el estudiante aún desconoce, teniendo la responsabilidad ética y profesional de introducirlo en ese universo sin caer en la tentación de moldearlo a su antojo o abandonar su mediación (Meirieu, 1998). Confundir la autoridad del profesor con el autoritarismo priva al alumno de un referente adulto capacitado para corregir y exigir, al tiempo que reduce al maestro a un objeto prescindible que fácilmente podría ser sustituido por herramientas tecnológicas. Finalmente, esta visión degrada la profesión docente al responder a una lógica neoliberal que subordina la escuela a las exigencias del mercado (Laval, 2004), convirtiendo al maestro de una disciplina en un simple animador socioeducativo o gestor logístico desprovisto de su dimensión filosófica, académica y política. En síntesis, enseñar no es facilitar el camino que el alumno ya quiere recorrer, sino desafiarlo a descubrir mundos y conceptos a los que jamás habría accedido sin la mediación experta de un verdadero maestro.

Referencias bibliográficas

  • Biesta, G. (2017). El redescubrimiento de la enseñanza. Federación Española de Religiosos de la Enseñanza-Titulares de Centros Católicos (FERE-CECA).
  • Bourdieu, P., & Passeron, J. C. (1996). La reproducción: Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Fontamara.
  • Laval, C. (2004). La escuela no es una empresa: El ataque neoliberal a la enseñanza pública. Paidós.
  • Meirieu, P. (1998). Frankenstein educador. Laertes.
  • Young, M. (2016). Por qué el conocimiento importa en las escuelas del siglo XXI. Cadernos de Pesquisa, 46(159), 18-37.

 

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