PRÓLOGO
La verdad es que hacer un texto que haga las veces de prólogo según se encomienda
no tiene aquí mucho sentido, porque la tarea ya está hecha en el arranque mismo
del libro bajo el título de Invitación.
Donde la propia Idalia hace el reclamo para la lectura del texto, informando del provecho que puede suponer su
lectura de estudio. Alimento conceptual
para quien desee conocer de las posibilidades pedagógicas que ofrece un aula de
clase excitada por el vigor creativo de sus participantes.
En contrario a lo que ha sido norma en nuestro
medio al adormecerlo por razones estrictamente
burocráticas. Idalia hace una invitación a la lectura que arriesga todo,
contradiciendo lo que recomiendan los libros y actitudes habituales para
la escuela de siempre. Proclama la idea de que es bueno calentar más aun el
salón de clases, para facilitar la
explosiva creatividad que puede haber en cuatro paredes dentro de una escuela
habitual. Hasta un punto en que sugiere
el aumento de los decibeles del ruido creativo que puede hacerse cuando
se excita la libertad de los participantes del núcleo fundamental de
la escolaridad: el aula de clases. Tal es lo que la propia Idalia predica en su
invitación, a lo cual buscamos agregar
algunas ideas que pueden ayudar a entender la dirección y sentido de esa predica.
Eso si este texto nos sale como quisiéramos después de la lectura del que
propone esta inquieta maestra y profesora universitaria.
A contracorriente de lo que pueden denominarse las
reglas establecidas para el sosiego escolar,
decimos nosotros que todo el libro constituye la racionalidad de una
experiencia docente que se rebela contra la pasividad que adormece el potencial
que tiene el aula para albergar experiencias excitantes para la vida activa a
que refiere Hannah Arendt. Vita Activa que según nos contesta la IA de GOOGLE al interrogarla sobre lo más básico de la
noción, refiere a una estructura
fundamental de las actividades humanas que configuran nuestra existencia en la
Tierra, según se detalla en su libro fundamental La condición humana.
Donde Arendt propone tres formas de actividad que no sé si fue por azar o
simple coincidencia con el importante movimiento intelectual que hay en la
Facultad de Humanidades y Educación de la UCV,
suponemos inspiró a Idalia en su atrevido reclamo a definir el aula de
clase idealmente como un hervidero.
En nuestra Facultad y en particular en nuestra
Escuela de Educación, desde hace
mucho, se explora y proponen iniciativas
respecto a la posibilidad de desarrollar los ideales del Movimiento de la Escuela Activa que se levantó en los años
iniciales de nuestra construcción democrática de país. Movimiento histórico que
insurgía contra la tradición filosófico-pedagógica clásica que históricamente
priorizó la vida contemplativa (el pensamiento abstracto) tal cual se exige
enfáticamente también en la producción de la muy laicamente judía Annah Arendt.
Cuando reclama la separación radical entre la religión y la política, que deben
mantenerse completamente distantes, sin desmerecer el respeto irrestricto a los
valores tradicionales de su judaidad, pues tal separación protege la libertad política (y pedagógica agregamos
nosotros) de los dogmas religiosos o
verdades absolutas, que limitan la pluralidad y el debate necesarios para que
fluya la energía que debe sostener la convivencia social.
Idalia se atreve a tensar hacia el extremo algo que
pudiese resentir la tolerancia institucional al ruido y al desasosiego, cuando
propone una pedagógica que busca excitar la espontanea energía de niños y
jóvenes. En un recinto que suele estar cerrado. Pero no lo hace a la loca, por
capricho de enfant terrible de la pedagogía venezolana. Lo hace más bien al
estilo de la muy serena democratización del progreso humano como es la escritora que nos inspira este prólogo,
cuando interpretamos pone en juego a
“los tres pilares de la Vita Activa” que propone Arendt, según recordamos de la
lectura a su portentosa “Condición Humana”. El primero de los cuales es la
LABOR, que provee a la vida misma del consumo necesario para vivir, que no
sobrevivir. Condición humana relativa a las actividades típicas de la
supervivencia biológica que no debe coaccionarse dentro del ambiente escolar para que mejore
el metabolismo humano característico de sociedades averiadas como la nuestra.
Luego el principio y propósito de Vita Activa refiere al TRABAJO, a la
inversión de energía humana en la
creación y uso de artificios que mejoran el confort humano dentro de los
diferentes espacios donde se expresa la
condición humana. Y la escuela y sus salones de clase son los que se
privilegia en el texto objeto de este prologo.
Y en tercer lugar, la ACCION,
íntima de la condición humana que debe estimularse en la vida política
democrática y en la escolaridad bajo ambiente democrático, como se aspira masivamente luego de vivir
bajo la sombra del autoritarismo que atenaza nuestro sistema educativo escolara
por ya casi treinta años. La acción en el aula es lo que la calienta hasta el
hervor al rimo bravío de la LABOR y el TRABAJO pedagógicamente orientados,
desechando los prejuicios burocráticos que supone una escuela calladita y
ordenada según las asépticas reglas del orden autoritario.
La propia médula de lo que escribe Idalia Cornieles
con un rapto de subjetividad comprensible en tanto que acompaña la vida misma de la autora, tributo
afanoso a los modos de pedagogía
íntimamente comprometidos con la libertad de enseñanza. Cuya expresión más clara en este libro es la
idea fuerza de lo que se quiere remachar, una y otra vez, sobre las distintas variantes de respuesta
que pueden plantearse del interrogante: “¿Es el aula de clase metafóricamente
un hervidero pedagógico?". Respuestas que teórica y propositivamente
alertan contra los purismos
burocráticos, a partir del reconocimiento
de que en la institución llamada Escuela debe reconocerse y aceptarse el hecho
de que su núcleo de relaciones humanas fundamental, como es el aula de clases es “el escenario del sistema de
relaciones humanas más complejo que existe y que, solo aceptando su naturaleza
impura, política y emocional, podremos transitar de una educación que instruye
a una pedagogía que libera”. Un tanto exagerada la sentencia, pero entendible cuando vivimos el intenso
desprecio que abunda en nuestra sociedad actual por el acontecer real en el
aula de clases. Cuando se busca a todo riesgo entender la complejidad humana
del aula de clase promedio, para
mejorarla con los pies en la tierra, pues
hay que entender que su ruidosa e incontrolada actividad no es signo de
deterior institucional y mucho menos de la falta de control pedagógico de los
docentes. Todo lo contrario clama una y
otra vez la autora a todo lo largo del texto desde dedicatoria misma, donde dice: “que el aula no es un recinto de
paredes estáticas, sino un flujo constante de humanidad, un hervidero donde la
vida se manifiesta en su estado más puro y vibrante”.
Tales serían los
motivos y la hipótesis de trabajo aproximadas de un trabajo que se inspira en
la más castiza tradición anarco sindicalista de la España agobiada por el
autoritarismo que inundaba su desempeño histórico ante de la democracia a la
española que hoy disfruta. Eso sí, en términos escrupulosamente académicos, al estilo de los que se hacen en nuestras instituciones
de formación docente. Porque este es un trabajo erudito que quiere combinar los
formalismos de la academia pedagógica venezolana actual con una sentida puesta
en movimiento creador de la experiencia vivida ejerciendo la docencia como
apasionado oficio de quien apuesta la vida misma para que haya condiciones de avance del buen aprendizaje. Sin abandonar
la actitud crítica que también abunda en nuestro medio, al desnudar sin filtros las realidades del
que nos han dejado los años oscuros de la COVID 19 y el amargo retroceso a etapas que creíamos superadas de un sistema
educativo escolar colapsado.
Retrocesos del modo en
que se producen las interacciones físicas y espirituales en el aula de
clase, que la autora supone pueden
superarse mediante los siete niveles del hervidero de interacción horizontal,
que podrían constituir la columna vertebral de la escuela básica. Bajo forma "fuentes de calor" que
pueden mantener el sistema en ebullición constante. Cuya racionalidad
adecuadamente interpretada (visualizada y sistematizada) como se sugiere en los capítulos que van del
2 al 5 podría ayudar a mejorar la autonomía de la interacción de elementos
humanos o no que conviven en un ecosistema pedagógico como son la aulas vivas.
Todo lo cual se expone junto a la noción de INTERSTICIO como contribución al
reconocimiento del qué y como del
trabajo teórico documentado que supone entender lo que pasa en el aula. Lo que
ocurre que suele identificarse como inconveniente pero que la autora
metafóricamente sostiene debería calentarse más para que el hervidero que el
aula de clase sean el mejor lugar del que puede disponer la gente a aprender y
enseñar a vivir y a reconocerse en el entramado de relaciones que ese vivir
supone.
Finalmente y discúlpesenos lo largo de esta
presentación de un decir académico que quiere demarcar el espacio conceptual
que define un deber ser para la
existencia pedagógica (ontológicamente vista) que debería signar la vida
material y espiritual de la docencia viva en nuestro país. Fuera de los
caprichos de la moda pedagógica y del quedar
bien con las autoridades del momento,
cuando buscamos colocar a Idalia y su importante acervo de lecturas y
experiencias en la búsqueda infinita de los cambios pedagógicos que reclama
nuestra malhajada escuela. Ojalá acertemos al hacerle una caricia potable a
tan magna y complicada pretensión.
Dr. Luis Bravo Jauregui
UNA INVITACIÓN
La
literatura pedagógica suele escribirse desde la distancia del escritorio, en la
asepsia de los laboratorios teóricos donde los niños son variables y el
aprendizaje es una curva estadística. Se nos ha intentado convencer de que el
aula es un espacio cuadriculado, un sistema de engranajes donde, si el docente
aplica la fórmula correcta, el resultado es un alumno procesado con éxito. Pero
quienes hemos habitado el salón de clases sabemos que esa es la mayor de las
ficciones. Este libro, "¿Es el aula de clase metafóricamente un
hervidero pedagógico?", nace de mi necesidad de devolverle a la
educación su carácter orgánico, caótico y profundamente humano. A través de las
páginas de mi propia experiencia, recopiladas en momentos de introspección como
docente, por ello , intento desmantelar la idea de la "clase
perfecta" para mostrar la "clase viva". Desde mis inicios como
maestra llevé por escrito todo lo que me
ocurría. No tenía intenciones de escribir sobre ello, sino de ver si releyendo
los problemas que confrontaba en el aula de clase les podía encontrar
solución. Habiendo nacido en un hogar humilde pero con valores y
principios, no me imaginaba nunca que vería en un salón de clases tantas cosas,
que me obligaran a reflexionar, sobre ese mundo y dónde me había metido. Fui
maestra durante 8 años, dos de los cuales, de pura suplencias, hasta alcanzar
la mayoría de edad. Durante ese primer lapso atendí un tercer grado y tuve un primer impacto. Los niños tendrían
entre 9 y 10 años. El salón quedaba bastante cerca de la dirección del plantel. Una niña como de 9 años me llamó y me dijo Seño: ”estas dos
están haciendo groserías”. Yo no veía que estaban haciendo_ las
veía una al lado de la otra. Y la niña
me repitió,_ sí, allí tienen una
grosería. _Bueno, muéstreme que es lo
que tienen. _Exigí . Las dos niñas
estaban pálidas. Sacaron dos muñequitos hechos de papel. El varón tenía una especie de torchito en la parte genital y
la hembra un huequito, el juego consistía meter el torchito dentro del
huequito. Antes de que yo hablara llegó la Directora, una mujer extraordinaria y seguidora de los principios de la Escuela
Nueva. Tomó los muñequitos, los
miró dijo, no hay nada de grosería ,
son dos muñequitos, no recuerdo si se los entregó a las niñas.
Yo estaba
tan pálida como las niñas, no abrí mi
boca, pero sentí mucha pena, vergüenza. No sé_, pienso que la Directora me
quiso decir _así es como debes actuar. Tenía 16 años, era casi una adolescente frente a un
grupo de niños de 9 o 10 años. No solo era una docente en formación; era una joven enfrentando la complejidad de la
vida adulta y la responsabilidad de guiar a otros . La "palidez" , no era solo pudor, era
vértigo. Estaba en una posición de autoridad para la que la biología y la
experiencia social aún no me habían preparado. A esa edad, aún lidiaba con
mis propios tabúes y el despertar de la
propia identidad. Ver que estas niñas
"jugaban" con la sexualidad de forma tan explícita (aunque
fuera en papel) disparó mis propios
mecanismos de defensa. La Sombra del "Deber Ser": Mi reacción (el silencio, la vergüenza) fue la
respuesta lógica de alguien que ha sido educada en una sociedad conservadora.
Donde mis intereses era competir como atleta,
hacer deportes, formar parte de
un grupo de compañeros amantes de la música y
de la poesía. Competíamos sobre quien había leído más. Nuestras fiestas
eran para bailar, cantar, en una Venezuela donde había harta seguridad. ¿Sentí
que debía escandalizarme? No lo sé, si eso era lo que se esperaba de una
"señorita y ... maestra”.
Mi silencio
no fue falta de carácter, fue desconcierto, aturdimiento. Sin embargo, en el
aula, el silencio del maestro a veces se interpreta como una confirmación del
"pecado". Al no decir nada, dejé que el miedo de las niñas creciera. Ese
silencio también fue sabio. Al no gritar ni castigar por impulso, permití que
llegara una voz con más experiencia (la Directora) a resolver el conflicto sin
causar un trauma
La Directora no solo fue extraordinaria con las
niñas; fue extraordinaria conmigo. Ella era
profesora de Educación Superior y
tendría como 35 años. La extraordinaria profesora Ninfa Molina de Ortíz. Jamás
olvidé su lección. Ella no me dijo nada
frente a las alumnas por no saber actuar. Ella me dio una clase
magistral silenciosa. Al decir "no hay nada de grosería", me
liberó también de mi propia vergüenza. Me estaba diciendo:
"Idalia, respira, esto es parte de la vida, no del escándalo".
El aula, me pareció entonces, no un receptáculo de conocimientos. Es, en su
definición más pura, un hervidero. Es un espacio donde las conexiones no solo
son digitales o intelectuales, sino vibracionales y emocionales. Es un
ecosistema cruzado por hilos invisibles de poder, por la resistencia de quien
se siente ignorado, por el deseo de quien descubre un mundo nuevo y por la
vulnerabilidad de un maestro que, a veces, se encuentra frente a un mundo bien
complejo. Frente a un "grupo" sin más arma que su
propia humanidad. En estas páginas no encontrarán recetas mágicas. Encontrarán,
en cambio, la crónica de una transformación: de la maestra que aprendió que un
corazón de res sobre el escritorio enseña más que cien láminas de botánica; de la profesional que entendió que mover los
pupitres para bailar con las matemáticas no es perder el control, sino ganar la
atención del alma. Que acercarse al alumno es una necesidad. Que superar
conflicto y saberes es prioritario.
Invito al
lector —sea docente, estudiante o curioso de la vida— a sumergirse en este
hervidero. A reconocer que la escuela es el sistema de relaciones humanas más
complejo que existe y que, solo aceptando su naturaleza impura, política y
emocional, podremos transitar de una educación que instruye a una pedagogía que
libera. Bienvenidos a la realidad sin filtros del salón de clases. Bienvenidos
al hervidero.
"A
quienes comprenden que el aula no es un recinto de paredes estáticas, sino un
flujo constante de humanidad, un hervidero donde la vida se manifiesta en su
estado más puro y vibrante. Esta obra está dedicada a mis compañeros de oficio,
artesanos de lo invisible, que cada mañana aceptan el desafío de transformar la
incertidumbre en asombro. A ustedes, que saben que educar es un acto de
presencia absoluta, una entrega que no conoce pausas y que se teje en la
mirada, en el gesto y en la palabra compartida. Que estas páginas sean un
espejo de nuestras batallas silenciosas y un tributo a la esperanza que
renovamos en cada encuentro, porque mientras haya una pregunta en el aire,
nuestro trabajo seguirá siendo el motor que hace girar el mundo."
Idalia
INDICE
Justificación: Hacia una Nueva Ontología Pedagógica
1. EL AULA COMO TERRITORIO DE CONTINGENCIA: EL AULA COMO UN
HERVIDERO PEDAGÓGICO
1.1 El Aula como Estructura
Disipativa: Un Hervidero de Complejidad
1.2. El Encuentro Humano Volcánico
y la Fenomenología del Flujo
1.3. Tensiones Supranacionales, la Resistencia Venezolana y el
Pensamiento Complejo
1.4 Los Siete
Niveles del Hervidero
EL
ESTADO-PATRONO Y LA SOLEDAD DEL DOCENTE
1. El aula como territorio de supervivencia
2. El Estado y la cultura de la performatividad
3. El "Precariado
intelectual" y la desalarización
4. Marcos Regulatorios y
Normativas en Tensión
5. Resistencia y el rol del
intelectual transformativo
El acto administrativo como
Defensa Ontológica
INTERACCIÓN
ENTRE EL DOCENTE Y SUS COMPAÑEROS, UN SEGUNDO NIVEL DEL HERVIDERO
La comprensión
del aula como un sistema vivo
INTERACCIÓN
MAESTRO- ALUMNO: TERCER NIVEL
Cuadro 1.
Elementos de la Praxis en el Nivel 3
INTERACCIÓN
ALUMNO/ALUMNO. CUARTO NIVEL
Ocurre "de
tú a tú". La subjetividad
colectiva.}Hemos tarzado como objetivos de este capitulo
El Aula como
Nodo de Saberes (Más allá de la nota)
La Gestión de la
Incertidumbre (Contención compartida)
Autocuidado
Colectivo: El "Hervidero" es para todos
La
"Pedagogía de la Puerta Abierta"
La Participación
en la "Trayectoria" (El proyecto SINTEIS)
La
responsabilidad es compartida
La
Reconfiguración del Vínculo Educativo
Ejes de Acción
para una Soberanía Pedagógica
Reflexión sobre
la Ética del Cuidado
HACIA UNA
ONTOLOGÍA DEL AULA EXPANDIDA:
Conclusiones: La Resistencia
Ontológica
EL CULTIVO PERSONAL COMO EJE DE LA FORMACIÓN DOCENTE. NIVEL VII
Referencias
Bibliográficas Generales
INTRODUCCIÓN
La educación de nuestro tiempo se debate en
una profunda crisis de propósito, donde el afán burocrático pretende domar la
complejidad mediante la estandarización. Retomando a Morin (1990), la
coexistencia entre orden y desorden es ineludible; por tanto, cualquier intento
de diseccionar variables dentro de un entorno artificialmente aséptico deriva,
inevitablemente, en una ceguera institucional. Al integrar la tesis de las
estructuras disipativas de Prigogine (1997), definimos el salón de clases como
un sistema forzosamente alejado del equilibrio: un espacio donde la fricción
entre subjetividades produce la energía térmica indispensable para alcanzar un
aprendizaje auténtico.
Al desplazar el foco desde el contenedor hacia el proceso, las
repercusiones pedagógicas se vuelven contundentes, en este caso:
·
La legitimidad de la entropía: Mientras la administración exige una optimización
rígida, la termodinámica nos enseña que el equilibrio absoluto es sinónimo de
estancamiento. Un esquema educativo previsible clausura la posibilidad del
intercambio real. El conocimiento genuino demanda ese "desgaste"
energético que surge del debate, la incertidumbre y la colisión de ideas.
·
La superación de la métrica ciega: El miedo al caos motiva el exceso de rúbricas
inflexibles. No obstante, una formación alineada con la complejidad no busca la
certidumbre estadística, sino la capacidad de navegar la fluctuación. La
escuela debe dejar de ser una fábrica de resultados para transformarse en un
laboratorio de resiliencia frente a lo imprevisto.
·
El docente como catalizador: Bajo este enfoque, el profesor trasciende su rol
tradicional de transmisor para actuar como un gestor de autoorganización. Su
función es inyectar la intensidad necesaria para que el grupo, a través de sus
propias tensiones, logre estructurar nuevos niveles de comprensión. El aula se
convierte, entonces, en un ecosistema que se autorregula mediante el roce
constante de sus integrantes.
La disyuntiva entre domesticación y pensamiento vivo
Existe una contradicción evidente: a mayor interconexión global, más se
aferran las estructuras académicas a modelos lineales y arcaicos. Esta
tendencia a "domesticar" la realidad se manifiesta mediante la
fragmentación del saber, que impide aprehender la totalidad de los problemas
actuales, y la ilusión tecnocrática, que ignora que la técnica es apenas un
vehículo y nunca el eje articulador del intelecto. A nuestro entender, el
conocimiento no es un stock acumulable; es un acto de reconstrucción perpetua
nacido del encuentro con el otro. Si la enseñanza persiste en erradicar el
"ruido" —entendido como toda voz divergente o irrupción espontánea—,
terminará por silenciar la señal del pensamiento profundo. Todo sistema que
proscriba el caos está claudicando en su deber fundamental de nutrir la
inventiva.
Esta investigación se inscribe en un enfoque cualitativo bajo un
paradigma sociocrítico-dialéctico, situando el hecho educativo en su contexto
sociopolítico. Como investigadora con cincuenta años de trayectoria, utilizo mi
experiencia no como fuente de datos, sino como filtro reflexivo, aplicando la
Époche (Husserl, 1970) para suspender juicios y permitir que la voz de los
colaboradores resuene en su pureza original. El propósito fundamental de este
estudio es formalizar la teoría del "Aula como Hervidero" para
desentrañar la crisis ontológica de la educación venezolana. Esta labor es
imperativa ante la creciente brecha entre las exigencias de una burocracia,
tanto nacional como internacional, y la realidad vivida en el espacio áulico.
Los objetivos trazados apuntan hacia
un Esta investigación se inscribe
en un enfoque cualitativo bajo un paradigma sociocrítico-dialéctico, situando
el hecho educativo en su contexto sociopolítico. Como investigadora con
cincuenta años de trayectoria, utilizo mi experiencia no como fuente de datos,
sino como filtro reflexivo, aplicando la Époche (Husserl, 1970) para suspender
juicios y permitir que la voz de los colaboradores resuene en su pureza
original. El propósito fundamental de este estudio es formalizar la teoría del
"Aula como Hervidero" para desentrañar la crisis ontológica de la
educación venezolana. Esta labor es imperativa ante la creciente brecha entre
las exigencias de una burocracia, tanto nacional como internacional, y la
realidad vivida en el espacio áulico.
Planteamos el siguiente procedimiento
Estaciones
del Procedimiento Analítico
Cuadro 1
|
Instancia Empírica |
Fase 1: Reducción (Époche) |
Fase 2: Codificación |
Fase 3: Categorización |
Fase 4: Teorización |
|
Relatos (2024-2026) |
Suspensión del juicio
(Van Manen) |
Identificación de
Unidades de Significado |
Triangulación vs.
Normativa legal |
Estructura conceptual de
los 7 Niveles |
- Reducción
Fenomenológica: Despojo consciente de certezas previas para observar el fenómeno
sin el filtro de la autoridad docente.
- Codificación Abierta: Desglose línea a línea. El
lenguaje vernáculo del docente caraqueño se convierte en unidad de
análisis (ej. "la burocracia como simulacro").
- Categorización Axial: Triangulación entre la voz
autobiográfica, el relato de los colaboradores y la normativa legal (CRBV,
LOE). La norma se revela aquí como el "techo de cristal".
- Teorización y Modelado: Integración de la
termodinámica de Prigogine con la pedagogía crítica de Giroux,
consolidando el modelo del "Aula como Hervidero".
Criterios
de Rigor Científico
Para blindar la solidez del estudio, se han aplicado los criterios de Lincoln
y Guba (1985):
- Credibilidad: Garantizada mediante triangulación
y member checking.
- Transferibilidad: Lograda a través de una
descripción densa del contexto caraqueño.
- Conformabilidad: Asegurada mediante el
diario de campo, que documenta la evolución analítica y minimiza sesgos.
El cierre de la investigación se determina por la saturación
categórica: el punto en que los nuevos datos dejan de aportar dimensiones
inéditas, confirmando que la arquitectura del "Aula como Hervidero"
ha alcanzado su punto de equilibrio explicativo.
El texto está dividido por
capítulos
Capítulo II: Marco Teórico-Referencial
Este apartado fundamenta la tesis en la intersección del pensamiento complejo
de Morin y las estructuras disipativas de Prigogine. Se articula la
"proletarización del magisterio" de Giroux para explicar la
domesticación del docente como técnico. Se teoriza la "territorialidad
volcánica" como base para entender el aula como un sistema alejado del
equilibrio. Este marco consolida los lentes conceptuales necesarios para
validar la metáfora del "Hervidero" ante la academia.
Capítulo III: El Estado-Patrono y la
soledad del docente Se analiza la tensión dialéctica entre las demandas de
la burocracia escolar y la resistencia ética del magisterio. Se visibiliza la
soledad del docente como síntoma de un sistema que prioriza la estadística
sobre el sujeto educativo. Se explora cómo la performatividad administrativa
intenta convertir la vocación en un simulacro burocrático. Este nivel establece
el conflicto ontológico fundamental entre el control institucional y la
autonomía docente.
Capítulo IV: Interacción docente-docente
(Segundo Nivel) Se examina la relación entre pares como un espacio vital de
contención frente a la fragmentación del conocimiento. Se teoriza sobre cómo el
tejido de apoyo entre docentes actúa como un filtro ante la presión del
sistema. Este nivel revela la potencialidad de la "Docencia
Compartida" como mecanismo de autoorganización colectiva. La interacción
entre colegas se posiciona como una barrera ética contra la domesticación
institucional.
Capítulo V: Interacción maestro-alumno
(Tercer Nivel) Se explora el vínculo pedagógico como el epicentro volcánico
donde la subjetividad se transforma a través del roce constante. Se interpreta
la relación docente-estudiante no como un flujo lineal de información, sino
como un intercambio de alta temperatura emocional. Se analiza cómo la pedagogía
del afecto y el compromiso ético desafían las estructuras rígidas del modelo
educativo tradicional. Este encuentro define la esencia de la formación humana
en el "Hervidero".
Capítulo VI: Interacción alumno-alumno
(Cuarto Nivel) Se analiza la horizontalidad y el tejido de poder que surge
naturalmente entre los estudiantes en el espacio áulico. Se observa el aula
como un laboratorio de ciudadanía donde se negocian significados, jerarquías y
solidaridades. La dinámica entre alumnos se identifica como un agente clave que
altera la entropía del sistema pedagógico general. Es aquí donde la identidad
formativa se moldea mediante el reconocimiento del "otro" como par.
Capítulo VII: La relación maestro-padres
(Quinto Nivel) Se aborda la tensión y las alianzas necesarias entre la
comunidad educativa y el núcleo familiar del estudiante. Se examina cómo la
irrupción del hogar en el aula rompe la ilusión de una escuela como ente
aislado. Se reflexiona sobre los límites y las convergencias entre la formación
institucional y los valores del entorno familiar. Este nivel reconoce la
complejidad de la comunidad extendida en el proceso de enseñanza.
Séptimo nivel
. En el marco del "hervidero pedagógico”, el
docente culto o cultivado se define como un intelectual transdisciplinario cuya
formación trasciende la instrucción técnica para alcanzar una unidad de sentido.
No es aquel que posee una vasta erudición enciclopédica, sino quien ha logrado
"cultivar" su propio espíritu para convertirse en un mediador capaz
de leer las huellas del ser en los intersticios del aula.
Limitaciones de la Investigación:
Esta investigación, al centrarse en el contexto venezolano, posee una
delimitación geográfica que, aunque densa en significación, no pretende una
generalización universal. La subjetividad del investigador, a pesar del uso de
la Époche, es un filtro permanente que condiciona la interpretación de
los relatos. La saturación categórica, si bien rigorosa, encuentra su límite en
la constante mutación de las normativas legales venezolanas. Asimismo, el Nivel
VI (IA) se analiza como una variable emergente, limitada por la velocidad de
obsolescencia tecnológica.
·
Recomendaciones para futuros investigadores:
Se invita a ampliar esta cartografía hacia otras latitudes regionales para
contrastar el fenómeno de la "ebullición". Se recomienda profundizar
en el impacto longitudinal de la Inteligencia Artificial no solo como factor de
entropía, sino como herramienta de mediación cognitiva. Es imperativo que
futuros estudios incorporen la voz de los estudiantes como sujetos activos en
la codificación de la experiencia. Finalmente, sugiero explorar la aplicación
de este modelo en entornos educativos no convencionales, más allá de la
estructura tradicional del aula física.
Por último, este glosario de términos constituye la columna vertebral de
este texto . Se define aquí el lenguaje técnico-metafórico utilizado para
evitar interpretaciones reduccionistas o puramente administrativas.
1. El Aula-Hervidero (Categoría Ontológica)
No es un espacio físico, sino un ecosistema termodinámico de
subjetividades. Se define como un sistema abierto y complejo donde el orden y
el desorden coexisten. La "ebullición" no es caos; es la energía
vital generada por el roce de realidades (sociales, económicas, afectivas) que
permite que el aprendizaje deje de ser instrucción técnica para convertirse en
acontecimiento humano.
2. Intersticios (Territorios de Penetración)
Son las grietas, pliegues y espacios vacíos que existen entre la
estructura formal de la escuela (currículo, horarios, normas) y la vida
palpitante del estudiante. Se clasifican en cinco dimensiones: tiempo no útil,
corporalidad, discurso paralelo, arquitectura inerte y secreto social. Son los
puntos de mayor potencial para la transformación ontológica donde el docente
investigador actúa como un "cartógrafo de lo invisible".
3. Penetración Pedagógica
Acto ético y estético mediante el cual el docente trasciende la
vigilancia administrativa para atender al ser. Es el movimiento de la
"materia" (la rigidez del aula-depósito) hacia la "onda"
(el potencial expansivo del alumno).
4. Docente Investigador e Interdisciplinario
Sujeto que rechaza la "proletarización intelectual" (Giroux).
Es un profesional cultivado —más que erudito— que utiliza las ciencias
(entropía, mecánica de fluidos, complejidad) como metáforas epistemológicas
para procesar el caos del aula. Su visión es hologrammático: entiende que el
todo (la crisis social) está en la parte (el niño que llega sin comer).
5. Maquillaje Docente (Resistencia Micropolítica)
Respuesta defensiva del maestro frente a la presión del Nivel I
(Burocracia). Es la fabricación de evidencias administrativas para satisfacer
al sistema, mientras la verdadera praxis ocurre "en las sombras" o en
los intersticios, protegiendo la autenticidad del encuentro pedagógico del frío
gerencialismo.
6. Encuentro Humano Volcánico
Unidad dialéctica de la praxis en contextos de alta vulnerabilidad. Es
una colisión de realidades donde el afecto y el conflicto actúan como
reguladores térmicos. En este encuentro, el conocimiento se reconstruye a
través del roce de las subjetividades, no de la transferencia lineal de datos.
7. Soberanía Pedagógica
Estado de autonomía profesional donde el docente recupera su estatus de
intelectual crítico. Es la capacidad de decidir, frente a la incertidumbre del
hervidero, qué tensiones disipar y cuáles potenciar, basándose en la
"supervisión clínica y pedagógica" de su propia práctica y no en la
vigilancia punitiva.
Síntesis Teórica (Bibliografía de Soporte al Marco)
Para que nadie altere este pensamiento, nos apoyamos en los siguientes
pilares:
Complejidad: Morin (1990) – El aula como tejido de heterogéneos.
Termodinámica Social: Prigogine (1997) – El orden que nace del caos.
Humanismo Integral: Maritain (1943) – La formación del hombre realmente
humano.
Micropolítica: Ball (1989) – La lucha de poder en los pliegues
escolares.
Emancipación: Freire (1997) – La educación como práctica de la libertad.
8. Docente Culto o Cultivado: Definición Ontológica y
Praxeológica
Esta categoría se despliega en tres dimensiones fundamentales:
La Interdisciplinariedad como Sensibilidad: El
docente cultivado es aquel que, inspirado en la Education at the Crossroads de
Maritain, busca la unidad de la persona. Es el maestro de ciencias que reconoce
la armonía estética en una ley física y el maestro de artes que comprende la
estructura lógica del espíritu. Su cultura le permite utilizar la ciencia como
una lente de realidad y no solo como un paquete de contenidos.
El Cartógrafo de lo Invisible: Al poseer una visión
amplia del mundo, este docente desarrolla una agudeza fenomenológica. Su
"cultivo" personal le otorga la capacidad de decodificar el gesto, el
silencio y el secreto social. Es culto porque sabe que el "ruido" del
hervidero es, en realidad, un lenguaje de necesidades ontológicas que solo una
mente abierta a la complejidad puede interpretar.
Soberanía e Identidad Crítica: El docente cultivado
es el antídoto a la "proletarización intelectual" (Giroux). Su
formación de alto nivel le otorga la soberanía pedagógica necesaria para no ser
devorado por la burocracia del Nivel I. Al estar habitado por las artes, las
ciencias y la ética, posee la energía térmica necesaria para transformar el
conflicto en aprendizaje, actuando como el guardián del fuego en el hervidero
sin quemarse en el proceso.
·
En esencia, el docente cultivado es un artesano de la humanidad que
utiliza su saber interdisciplinario para sanar las fracturas del cuerpo social,
garantizando que el aula sea un espacio de cuidado donde el conocimiento se
convierta en sabiduría liberadora.
CAPÍTULO I
PROBLEMA DE ESTUDIIO
El Problema
Objeto de Estudio plantea formalmente la crisis ontológica de la
educación venezolana, la tensión entre la burocracia internacional/nacional y
la realidad concreta, formulando las preguntas de investigación y los objetivos
(general y específicos) del presente
texto. La educación venezolana atraviesa una fractura ontológica profunda.
Existe una disociación estructural entre el deber ser —proyectado por las
políticas públicas nacionales y las exigencias de estandarización
internacional— y el ser real que habita el espacio escolar. La burocracia, con
su afán de control, segmentación y homogeneización, intenta imponer una
estructura lineal sobre un tejido social que, por su propia naturaleza, es
inestable, caótico y profundamente dinámico. Esta investigación sostiene que el
aula venezolana no es un contenedor pasivo de conocimientos, sino un Hervidero
Pedagógico: un espacio-tiempo de interacciones termodinámicas donde la energía,
la incertidumbre y la creatividad de los sujetos colisionan constantemente. La
crisis no reside en la falta de recursos, sino en la ceguera institucional ante
esta realidad: el sistema pretende gobernar un "sistema disipativo"
(en términos prigoginianos) mediante leyes de equilibrio estático que, al
ignorar el hervidero, terminan por sofocar la praxis educativa. Él conflicto
central se manifiesta en la tensión entre:
·
La Logística Institucional: Que busca la previsibilidad, el cumplimiento
burocrático y la fragmentación del saber en indicadores medibles.
·
La Realidad Áulica: El "Hervidero", donde el hecho educativo
es impredecible, contingente y ocurre en el margen de la interacción humana
directa.
La burocracia intenta "enfriar" el hervidero para controlarlo,
pero al hacerlo, anula la complejidad que hace posible el aprendizaje genuino.
El problema de investigación, por tanto, se centra en cómo la pedagogía puede
recuperar su esencia al reconocerse como un proceso de transformación constante
y no como un trámite administrativo.
La pregunta que subyace es ¿De qué manera la conceptualización del aula
como un Hervidero Pedagógico permite resignificar la práctica docente y superar
la crisis ontológica de la educación venezolana frente a la presión
burocrática?
Preguntas Específicas:
1. ¿Cuáles son las estructuras burocráticas que invisibilizan
la naturaleza dinámica y compleja del aula venezolana contemporánea?
El
objetivo General nos lleva a desarrollar
una propuesta teórica que, bajo la metáfora del Hervidero Pedagógico,
reubique el sentido de la educación venezolana como un sistema complejo,
superando la tensión entre la burocracia institucional y la vitalidad de la
realidad áulica.
Objetivos Específicos:
- Analizar la disonancia entre las políticas de estandarización y las
dinámicas cotidianas del aula en el contexto actual venezolano.
- Caracterizar el fenómeno del Hervidero Pedagógico mediante
el uso de conceptos de la física de sistemas complejos aplicados a la
interacción áulica.
- Proponer lineamientos de una praxis pedagógica que valore la
incertidumbre y la interacción intersubjetiva como motores del proceso
educativo.
La "Pedagogía de la Continuidad" no busca restaurar un orden
perdido, sino sostener el flujo vital del aprendizaje en medio de la crisis. Si
el aula es un hervidero —un espacio donde las interacciones son
constantes, energéticas y a menudo disruptivas—, la continuidad educativa no
puede basarse en la rigidez de una planificación burocrática lineal. Por el
contrario, debe entenderse como la capacidad de mantener el "hervor"
(la actividad intelectual y humana) activo, incluso cuando las estructuras
externas del sistema educativo intentan imponer una calma artificial o un vacío
administrativo.
Esta investigación propone que la verdadera continuidad reside en la
autoorganización de los sujetos. Al igual que en las estructuras disipativas de
Ilya Prigogine, el hervidero educativo se nutre de la energía que
proviene de la incertidumbre, el intercambio intersubjetivo y la colaboración.
La burocracia, al fragmentar el conocimiento, intenta apagar este hervidero; la
Pedagogía de la Continuidad, en cambio, propone que el docente actúe como un
catalizador que permite que el aula se autorregule y evolucione a pesar de las
presiones del entorno.
Justificación: Hacia
una Nueva Ontología Pedagógica
La urgencia de este estudio radica en tres dimensiones críticas:
- Dimensión Epistemológica: Superar la visión tradicional que divide
el saber en disciplinas aisladas, una fragmentación que ya no responde a
la complejidad del mundo actual. El hervidero exige una mirada
transdisciplinar que vincule, por ejemplo, la lógica, las ciencias
naturales (física y termodinámica) y la pedagogía, tal como se ha
explorado en trabajos previos sobre el aula como sistema complejo.
- Dimensión Ético-Política: Visibilizar lo que ha sido
sistemáticamente ocultado por la burocracia. Existe una
"invisibilidad" institucional, especialmente preocupante en el
caso de los adolescentes entre 13 y 17 años, quienes son a menudo
ignorados por las estadísticas oficiales mientras sus realidades áulicas
hierven de necesidades y potencialidades no registradas. Este estudio
busca transformar esa invisibilidad en un objeto de reflexión pedagógica.
- Dimensión Praxis: Fomentar la Docencia Compartida como la
estructura operativa del hervidero. Si el aula es un espacio de alta
complejidad, ningún docente puede pretender dominarlo en solitario. La
co-docencia permite gestionar el flujo del "hervor" de manera
colaborativa, distribuyendo la carga de la incertidumbre y enriqueciendo
la propuesta pedagógica a través de la diversidad de miradas y
experticias.
Este estudio se circunscribe al contexto educativo venezolano,
reconociendo la especificidad de las tensiones actuales entre la precariedad de
las condiciones y la vitalidad del espíritu académico y docente. Se aborda no
como una descripción estadística, sino como una ontología de la emergencia: el
estudio de lo que surge, de lo que hierve, y de cómo la educación sobrevive y
se reinventa a través de la continuidad relacional, incluso cuando el sistema
institucional parece fragmentarse.
CAPÍTULO II:
MARCO TEÓRICO-REFERENCIAL:
1.
EL AULA COMO TERRITORIO DE
CONTINGENCIA: EL AULA COMO UN HERVIDERO PEDAGÓGICO
Nuestro planteamiento considera que las discusiones sobre el Pensamiento Complejo
(Morin), las Estructuras Disipativas (Prigogine), la Territorialidad Volcánica
y la Proletarización del Magisterio (Giroux) deben consolidarse en este
apartado como los antecedentes y las bases teóricas que sostienen el diseño.
1.1 El Aula como Estructura
Disipativa: Un Hervidero de Complejidad
Destacamos que la educación contemporánea atraviesa una crisis de
sentido donde la estandarización y la burocracia intentan, de manera
infructuosa, domesticar la naturaleza intrínsecamente compleja del hecho
educativo. Esta tendencia hacia la simplificación tecnocrática ignora
deliberadamente que el aula no es un espacio aséptico de instrucción, sino una
ontología en ebullición. Bajo el lente del pensamiento complejo de Edgar Morin,
debemos comprender el aula como un tejido de constituyentes heterogéneos
inseparablemente asociados (Morin, 1990, p. 32), donde la realidad educativa no
puede ser fragmentada sin destruir su esencia viva.
En nuestra tesis el aula es, en esencia, un sistema abierto: una
estructura disipativa que, lejos de ser un receptáculo pasivo, es un
"hervidero pedagógico" donde la fricción de saberes, emociones y
contextos genera la energía necesaria para el aprendizaje auténtico. Aquí, la
contingencia —aquello que puede o no suceder— justifica por qué el manual
técnico está condenado al fracaso. Mientras la norma asume la predictibilidad,
la praxis docente abraza lo inesperado. Como bien señala Morin (1999), debemos
aprender a "navegar en un océano de incertidumbres a través de
archipiélagos de certezas"; en Venezuela, el magisterio habita este océano
de precariedad, convirtiendo cada interacción pedagógica en un archipiélago de
resistencia ética y soberanía intelectual.
Esta perspectiva se sustenta en la física del no-equilibrio de Ilya
Prigogine (1997), quien demuestra que son los sistemas alejados del equilibrio
—como las sociedades y las aulas vivas— los que permiten la emergencia de lo
nuevo. El aula-hervidero es, por tanto, una aplicación directa del principio
dialógico moriniano: la coexistencia del orden (la estructura del sistema) y el
desorden (la ebullición, el conflicto creativo) como fuerzas que se necesitan
mutuamente para producir conocimiento. Morin (2001) nos recuerda que "el
orden y el desorden son nociones que necesitan de tres nociones mediadoras: la
idea de interacción, la idea de transformación y la idea de organización"
(p. 100). En nuestra propuesta, el "hervidero" es ese espacio donde
el conflicto cognitivo no es un fallo, sino el mecanismo organizador que
permite el salto hacia niveles superiores de autoconciencia.
Además, el aula opera bajo el bucle recursivo: los actores educativos
—docentes y alumnos— son simultáneamente productos y productores del sistema.
Como afirma Morin (1999), un proceso recursivo es aquel en el que "los
productos y los efectos son al mismo tiempo causas y productores de aquello que
los produce" (p. 95). Esta recursividad es la que otorga al magisterio su
fuerza transformadora; el docente no es un técnico especializado en una cadena
de producción (Giroux, 1990), sino un "intelectual transformativo"
que, al habitar los intersticios de la norma, altera la naturaleza misma del
sistema educativo venezolano desde adentro.
El aula-hervidero, por tanto, desarticula la mirada instrumental del
evaluador burocrático, demostrando que la ebullición de las ideas y la
irrupción del conflicto son signos inequívocos de vitalidad. No buscamos
enfriar el hervor para satisfacer las agendas de control; buscamos empoderar al
maestro como el "operador térmico" de su propia praxis. Al reconocer
el aula como un sistema acentuado, no jerárquico y rizomático (Deleuze &
Guattari, 2002), el docente transforma la precariedad institucional en una oportunidad
para la emergencia de un saber situado, capaz de resguardar la dignidad humana
ante la incertidumbre. En el cruce entre la física de lo irreversible de
Prigogine y la complejidad integradora de Morin, la educación se redefine: ya
no es la simple transmisión de datos, sino la generación de una llama que, una
vez encendida, hace irreversible la emancipación del sujeto.
Son objetivos primordiales en este capítulo fundamentar el
"Hervidero Pedagógico" como una categoría epistemológica y
transdisciplinaria crítica, a través de la transposición de la física del
no-equilibrio, la geografía de los volcanes y el pensamiento complejo, para
resignificar el aula contemporánea como una estructura disipativa y un espacio
de resistencia ética frente a la estandarización tecnocrática y burocrática en
el contexto venezolano.
Ø Proponer la Metodología de los Intersticios y la
Pedagogía de la Continuidad como herramientas tácticas y fenomenológicas para
el docente-investigador, orientadas a sistematizar las interacciones complejas
en los siete niveles del ecosistema áulico y a transformar el conflicto social
y cognitivo en un aprendizaje significativo e irreversible.
Ø Desarmar la mirada instrumental de las agendas
educativas supranacionales y la burocracia estatal mediante la teorización del
aula como un sistema abierto, rizomático y vivo, reivindicando el saber
pedagógico situado del magisterio venezolano como un acto de soberanía,
resiliencia y resguardo de la dignidad humana ante la precariedad institucional
En el marco de esta elucidación, la transposición didáctica de nuestra teoría sobre el aula se sostiene sobre tres elementos
cardinales:
Ø
El Aula como Sistema Abierto: El ecosistema áulico intercambia energía
de manera constante con su entorno a través de flujos de información, tensiones
sociopolíticas y afectos.
Ø
La Bifurcación: El "hervidero" o conflicto cognitivo en los
estudiantes representa el punto de bifurcación donde las estructuras previas
del conocimiento se rompen para dar paso a un orden superior (el aprendizaje).
Ø La Irreversibilidad: Una vez que el estudiante
alcanza una nueva comprensión y autoconciencia a través de este caos
constructivo, el proceso se torna irreversible; el sujeto no puede retornar al
estado de ignorancia anterior. Lo que en términos de Prigogine se define
técnicamente como "estructuras disipativas" —donde el desorden actúa
como el precursor de un orden más sofisticado y dinámico (la "flecha del
tiempo" constructiva)— halla su correlato en diferentes dimensiones de la
realidad material y social, como se ilustra a continuación:
Cuadro 1: Ejemplos de Estructuras
Disipativas en Diferentes Campos del Saber
|
Campo |
Ejemplo de Estructura Disipativa |
|
Física |
Células de Bénard: Patrones hexagonales que forma un líquido al
calentarse uniformemente desde abajo. |
|
Química |
Reacciones oscilantes: Mezclas que cambian de color rítmicamente (como
la reacción Belousov-Zhabotinsky). |
|
Biología |
El cuerpo humano: Organismo que consume nutrientes y oxígeno de forma
continua para mantener su estructura celular viva. |
|
Meteorología |
Huracanes: Fenómenos atmosféricos que se alimentan del calor del
océano y mantienen una forma organizada mientras haya transferencia de
energía. |
Fuente: Cornieles (2026).
1.2. El Encuentro Humano Volcánico y la Fenomenología del Flujo
La ebullición teórica del aula encuentra su
correlato fenomenológico en lo que definimos como el encuentro humano volcánico.
Para la comprensión de esta categoría, es necesaria una articulación
interdisciplinaria. Cuestión en la cual venimos insistiendo en diferentes escenarios. La aparente distancia entre la
termodinámica de las estructuras disipativas de Prigogine, la territorialidad
volcánica de las geografías críticas y las interacciones sociales en el aula se
disuelve cuando comprendemos que todos estos fenómenos comparten la misma
ontología del flujo y la energía. Así como las moléculas en condiciones de
no-equilibrio se autoorganizan en formas superiores, y las comunidades al pie
del volcán configuran dinámicas culturales únicas desafiando la inestabilidad
del terreno, el aula de clase experimenta una homología perfecta: el caos
aparente de las pasiones, las carencias sociales y los roces humanos no son
elementos destructivos, sino la manifestación de una energía vital en
ebullición que, mediada por la praxis pedagógica, disipa la alienación y
produce un nuevo orden sociocognitivo liberador. Bajo esta perspectiva las
investigaciones de Amy Donovan (2017) en el campo de la geografía de los
volcanes revelan cómo el volcán deja de ser un mero accidente geográfico para
convertirse en un actor político y social de primer orden, afirmando que "la
identidad de los pueblos faldas abajo está indisolublemente ligada al
comportamiento del magma" (p. 42). El encuentro en el aula no es un
evento de desastre o una catástrofe irreversible, sino el motor mismo de la
investigación. En contextos de alta complejidad se gestan "culturas de
resiliencia" donde, como señalan John Grattan y Robin Torrence (2007) en
su estudio sobre las respuestas culturales a las erupciones, se genera una paradoja
de "abundancia y amenaza": el suelo volcánico nutre y permite el
florecimiento de civilizaciones complejas que deben, simultáneamente, aceptar
la posibilidad de su propia disolución (p. 158).
Desde la fenomenología, este encuentro representa un choque de
temporalidades entre la escala humana y la escala geológica (o institucional).
Susanna Jenkins (2012) destaca que el lazo comunitario se fractura cuando la
ciencia positivista intenta imponer una rígida "lógica de evacuación"
sobre una profunda "lógica de pertenencia" o territorialidad
volcánica (p. 304). Trasladado a la escuela, el peligro no reside en el volcán
mismo —el conflicto áulico— sino, como indicaría Greg Bankoff (2003), en la "incapacidad
de las estructuras humanas para adaptarse a su ritmo natural" (p.
182). El docente crítico interpreta estas erupciones no como indisciplina o
quiebre del orden, sino como la manifestación genuina de las subjetividades que
emergen del conflicto.
1.3. Tensiones
Supranacionales, la Resistencia Venezolana y el Pensamiento Complejo
Esta vitalidad del hervidero pedagógico no ocurre en el vacío, sino que
se encuentra bajo el asedio constante de pautas internacionales y lógicas
globales de mercado. Instituciones de carácter supranacional como la UNESCO, a
través de las metas de inclusión del ODS 4, y la OCDE, mediante el Programa
PISA, operan bajo agendas que pretenden definir la "calidad"
educativa en términos de competencias estandarizadas y resultados medibles.
Asimismo, entes de financiamiento como el Banco Interamericano de Desarrollo
(BID, 2023) y el Banco Mundial vinculan de manera explícita la inversión
educativa a la productividad macroeconómica. Frente a estas presiones que
buscan lo que Henry Giroux (1990) denomina la proletarización del magisterio
—reduciendo al docente a un "técnico especializado dentro de la cadena de
producción" (p. 177) y asfixiando la praxis mediante la gestión por
resultados—, el aula en el constituyente venezolano emerge como la última
frontera de resistencia ética y social frente a la precariedad extrema y la
desarticulación institucional.
En Venezuela, la fricción de contextos se traduce en el choque cotidiano
entre la voluntad pedagógica del docente —quien sostiene heroicamente el
sistema desde la precariedad salarial y la falta de escucha a su voz— y la dura
realidad de un estudiante cuya "Invisibilidad Multidimensional" es
alimentada por la desatención estatal. Mientras la agenda global exige de
manera abstracta entornos estables y seguros, la realidad local impone una
ebullición nacida de la carencia. Esta disonancia adquiere una densidad
dramática: el docente, amparado teóricamente por marcos internacionales como
las Recomendaciones de la OIT y la UNESCO relativas a la situación del personal
docente (1966) en cuanto a su autonomía profesional, se ve compelido a operar
en un vacío material que contraviene el espíritu del Pacto Internacional de
Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC) y de marcos de integración
regional como el Convenio Andrés Bello[1]
Esta disonancia obliga a analizar la escuela bajo el prisma del
pensamiento complejo de Edgar Morin (1990), donde la complejidad es definida
como un "tejido de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados"
(p. 32). El orden burocrático y el desorden creativo coexisten en un bucle
recursivo y dialógico: la burocracia estatal impone una normalidad
administrativa mediante el "afeite" o maquillaje de cifras, lo que
produce una respuesta táctica en el docente. Esta respuesta, lejos de ser
negligencia, permite que el sistema siga funcionando sobre evidencias
fabricadas, demostrando una relación dialógica donde lo excluyente y lo
complementario coexisten.
Frente a la descalificación intelectual tecnocrática, es imperativo
reivindicar, en la línea de Maurice Tardif (2004), que el saber docente es
plural, social, histórico y situado, irreductible a cualquier manual de
procedimientos. El aula se configura así como una red sociológica compleja
(Márquez et al., 2020) que se autoorganiza en el caos a través de dinámicas de
carácter rizomático. Como sostienen Gilles Deleuze y Félix Guattari (2002):
...Un rizoma no empieza ni acaba, siempre está en el medio, entre las
cosas, Inter ser, intermezzo (...) A diferencia de los sistemas centrados
(incluso policentrados), de comunicación jerárquica y de enlaces
preestablecidos, el rizoma es un sistema acentuado, no jerárquico y no
significante (...) No hay unidad que sirva de pivote en el objeto, o que se
prolongue en el sujeto... una multiplicidad no tiene ni sujeto ni objeto, sino
únicamente determinaciones, magnitudes, dimensiones que no pueden aumentar sin
que ella cambie de naturaleza.» (pp. 9-13).Cuando hablamos del aula como un
hervidero , cualquier situación conflictiva rompe la linealidad del
"modelo árbol" jerárquico, estalla y crea líneas de fuga hacia nuevos
saberes que se propagan a través de "mesetas" de intensidad donde lo
académico y la micropolítica de supervivencia se entrelazan de forma heterogénea.
1.4 Los Siete Niveles del
Hervidero
Para
visibilizar y sistematizar lo que la burocracia estatal ignora, organizamos
este ecosistema pedagógico en siete niveles o estratos de interacción
horizontal, que constituyen la columna vertebral de la escuela básica y operan
como "fuentes de calor" que mantienen el sistema en ebullición
constante:
Nivel
I: El estado-patrono y la soledad del docente
La
tensión entre la performatividad y la resistencia ética
El
Estado y la Supervisión (La Dimensión Normativa): Caracterizado por la relación
jerárquica vertical que a menudo deriva en el aislamiento y la soledad del
docente frente a las demandas institucionales.
Nivel
II: Interacción entre el docente y sus compañeros, un segundo nivel del hervidero
El Docente y sus Pares (La Dimensión Gremial):
Espacio donde se gestiona la micropolítica, la colaboración profesional y las
estrategias colectivas de resistencia.
Nivel
III: Interacción maestro- alumno: tercer nivel
- El Docente y los Alumnos (El
Núcleo Pedagógico): El centro del hervidero donde toma lugar la
transposición didáctica y el acto relacional directo.
- Nivel IV: Interacción alumno / alumno (la dimensión
horizontal): Red de interacciones entre pares donde se construyen las
identidades, códigos y subjetividades de los estudiantes.
- Nivel V: Interacción
maestro, padres y comunidad (la dimensión sociológica): apertura del aula
hacia el entorno inmediato, integrando las realidades familiares en el
proceso educativo.
- Nivel VI: Interacción maestro y tecnología (la ontología
del aula expandida): la inmersión en un espacio de aprendizaje expandido
mediado por las herramientas tecnológicas y la inteligencia artificial.
- Nivel VII: Interacción el
maestro y su formación (la dimensión autopoiética): el proceso permanente
de autoformación del docente como intelectual transformativo e
investigador de su propia práctica.
De igual forma asumimos el concepto de intersticio.
1.5.Los Intersticios
Como cierre en este aspecto se establece una propuesta metodológica y
categorial original: la Metodología de los Intersticios y la Pedagogía de la
Continuidad. Nuestra perspectiva redefine el intersticio no como un simple
vacío o grieta inerte, sino como la sustancia misma que viabiliza la
continuidad educativa, explicando que el acto pedagógico debe comprenderse como
un flujo constante y no como una fragmentación de contenidos curriculares. El
aprendizaje auténtico no ocurre exclusivamente en el impacto sólido con el
contenido factual, sino en el espacio intersticial que separa el saber previo
de la nueva información.
Haciendo una analogía con la física cuántica, donde el vacío no es la
ausencia absoluta de materia sino un estado de energía mínima saturado de
fluctuaciones, el intersticio pedagógico representa un vacío fértil: un espacio
de incertidumbre donde el estudiante habita la duda legítima antes de colapsar
la función de onda en una nueva síntesis cognitiva. El currículo actúa aquí
como la "partícula" (el dato tangible), mientras que el proceso de
aprendizaje es la "onda" (el flujo intangible). Habitar el
intersticio significa permitir el "salto cuántico" del entendimiento,
donde la comprensión no es una acumulación mecánica de pasos, sino una
transición súbita de nivel de conciencia. En nuestra tesis central, postulamos
que el intersticio encarna el margen de libertad y autonomía del magisterio. Es
en esa fisura de la norma donde el maestro deja de ser un ejecutor pasivo de
programas para convertirse en un investigador de la existencia humana. Esta
categoría dialoga con la noción de saberes plurales de Tardif (2004) y el
análisis de las trayectorias escolares de Flavia Terigi (2010), reconociendo
que lo que acaece en los márgenes de la instrucción formal es determinante para
el sujeto.
Sin
embargo, la originalidad de este planteamiento radica en la metáfora del
"hervidero", donde el intersticio funciona como el campo de energía
que transforma el conocimiento en experiencia vital y situada, rescatando la
dualidad del ser para integrarla en sistemas de seguimiento
científico-pedagógicos como el SINTEIS (Cornieles, 2025-2026). En este
sistema integral, el intersticio garantiza que la trayectoria del niño, desde
la etapa prenatal hasta la adolescencia, no se fragmente administrativamente,
sino que sea respetada como una unidad biográfica e histórica indisoluble.
Finalmente, esta metodología se operativiza a través de tres acciones
tácticas fundamentales:
- La Doble Acción Ontológica: Consiste en ejecutar el
"acto" administrativo como una protección táctica para liberar
soberanía y autonomía real en el aula. Es fundamental precisar que este acto
docente o administrativo no constituye bajo ninguna circunstancia un acto
de negligencia ni una falta a la ética profesional. Por el contrario, se erige
como una estrategia de resguardo de la autonomía pedagógica y una
respuesta táctica de supervivencia frente a la asfixia burocrática
institucional. El docente se ve compelido a formalizar los requerimientos
estandarizados del sistema formal —el "deber ser" normativo—
para, simultáneamente, proteger y garantizar el verdadero espacio de
libertad, humanización y aprendizaje significativo que ocurre en la
clandestinidad del aula-hervidero.
- La Sistematización del
Acontecimiento: Registrar de manera rigurosa los puntos de ebullición y conflicto
dentro del aula como datos fenomenológicos primarios para la investigación
educativa autónoma.
- La Ocupación de las Grietas: Insertar de forma
estratégica una currícula situada, contextualizada y viva que responda de
manera inmediata a la urgencia y realidad del niño venezolano.
A través de esta propuesta, no se busca enfriar el
hervor del aula para complacer las demandas de control de la burocracia; se
persigue que el maestro se reconozca y se empodere como el operador térmico de
su propia praxis, comprendiendo de forma definitiva que la verdadera eficacia
de la escuela se mide en su capacidad de mantener viva la llama de la dignidad
humana en medio de la incertidumbre. Ante ello formulamos la interrogante.
¿Cómo
transformar la ebullición producida por las tensiones burocráticas, sociales y
tecnológicas en un proceso de aprendizaje significativo?
CAPITULO III
NIVEL I
EL ESTADO-PATRONO Y LA SOLEDAD DEL DOCENTE
LA TENSIÓN ENTRE LA PERFORMATIVIDAD Y LA
RESISTENCIA ÉTICA
1.
El aula como territorio de supervivencia
El aula de educación primaria en la Venezuela de
2026 no es un espacio neutro de instrucción; es un "hervidero" donde
colisionan la normativa administrativa y la realidad humana. Un ejemplo
revelador de esta resistencia ocurrió a la autora a mediados de los años 60-70
(Cornieles, 2026). Un docente de 18 años enfrentó un grupo de 63 alumnos, donde
el 67% de los estudiantes presentaba sobreedad (14-16 años). Aquella aula,
diseñada como un depósito de los alumnos expulsados de otras instituciones,
aplazados, indisciplinados y todos aquellos que nadie quería, buscaba mantener
el estatus de un "Grupo Escolar de Primera". Este microcosmos de
exclusión, donde la estética burocrática chocaba con la realidad volcánica de
sujetos etiquetados como "desecho", obligó al docente a navegar en el
mar de la incertidumbre, transformando el aula en un territorio de resistencia
donde la supervivencia mutua fue la base de un aprendizaje situado.
Hoy, este escenario se repite: el docente se
encuentra atrapado en una dialéctica asfixiante. Por un lado, un Estado-Patrono
que, a través de una cadena de mando tecnocrática, le exige la producción de
datos y registros que simulen una normalidad inexistente; por otro, una
"realidad volcánica" marcada por la precariedad económica y la
desatención emocional de un estudiantado vulnerable. Este capítulo analiza cómo
el docente, lejos de ser un simple técnico de la educación, se convierte en un
"precariado intelectual" que habita la anomia. Sostenemos que la
verdadera resistencia docente no radica en la desobediencia ciega, sino en la
reivindicación de su rol como intelectual transformativo, capaz de convertir el
aula en un laboratorio donde, a pesar de la erosión material, se gesta una
pedagogía de la posibilidad y la soberanía del pensamiento.
2. El Estado y la cultura de la performatividad
El primer nivel de interacción define una relación
vertical rígida entre el Estado —representado por la cadena del Nivel Central
(Ministerio del Poder Popular para la Educación - MPPE)— y la escuela. El
Ministerio descentraliza su gestión a través de los Centros de Desarrollo de la
Calidad Educativa (CDCE), estructuras que supervisan, coordinan y controlan la
gestión educativa en cada territorio. En el nivel institucional, la Dirección
del Plantel y los Consejos Educativos integran la última cadena de mando.
Esta estructura operativa enfatiza el concepto de
"corresponsabilidad," buscando que el hecho educativo no solo dependa
de la jerarquía vertical, sino que se articule con las organizaciones
comunitarias y el Poder Popular. Sin embargo, en esta estructura surge un
aislamiento profesional y emocional profundo cuando la gestión administrativa
prioriza la rendición de cuentas sobre el acompañamiento humano. Bajo este
planteamiento, el docente experimenta lo que Stephen Ball (2003) define como
"performatividad": una gestión donde el valor del educador se reduce
a su capacidad para producir datos y llenar formatos. Esta presión genera la
"estética del maquillaje": un mecanismo de defensa ontológica. Al
fabricar registros impecables, el docente crea una zona de exclusión donde
puede ejercer su verdadera praxis a salvo del escrutinio burocrático.
3. El "Precariado intelectual" y la
desalarización
Como señala Guy Standing (2011, 2013), el docente
habita la incertidumbre, convirtiéndose en un "precariado
intelectual" marcado por la anomia. En Venezuela, la asimetría trasciende
lo material para herir lo ontológico: con una Canasta Básica que en febrero de
2026 superaba los 645 USD, el ingreso del docente —que a menudo oscila entre 2
y 10 dólares mensuales— es una herramienta de control que asfixia el tiempo
para la reflexión crítica. La situación salarial de los docentes de primaria se
caracteriza por una marcada disparidad entre las expectativas gremiales y la
realidad percibida.
Este fenómeno se agrava con el pluriempleo,
convirtiendo al maestro en un profesional "taxi" (Oliveira, 2006;
Morduchowicz, 2019). Esta precariedad ha forzado una supervivencia que drena la
energía necesaria para la creatividad pedagógica. El asedio a la vitalidad del
aula se evidencia en el vaciamiento de las instituciones formadoras: una caída
del 76% en la matrícula de educación entre 2008 y 2022 (El Nacional, 2025),
proyectando un déficit de 12,000 profesionales para 2032 (Epsir, 2025). La
falta de una "narrativa de carrera profesional" despoja al docente de
su autoridad simbólica. Sin estabilidad, el docente se convierte en un
"ejecutor de instrucciones" externo, perdiendo su capacidad de ser el
autor de su propia pedagogía.
4. Marcos Regulatorios y Normativas en Tensión
En el contexto venezolano, el sustento de estas
reformas se encuentra en una interpretación administrativa de la Ley Orgánica
de Educación (LOE, 2009). La promoción automática o el paso por promedio son
medidas de contingencia que encubren el déficit y validan la falta de instrucción
y Marcos Regulatorios y Normativas en
Tensión
Cuadro
2 Marcos Regulatorios y Normativas en Tensión
|
Aspecto |
Base Legal / Referencia |
Estado Actual (2026) |
|
Promoción Automática |
Reglamento LOE Art. 197 |
Aplicada en Primaria
como norma de continuidad; desvirtuada como mandato sin mediación. |
|
Pasar por Promedio |
Resoluciones MPPE |
Medida de contingencia
que encubre el déficit y valida la falta de instrucción. |
|
Carga de Notas |
Sistema SIGE |
Habilitaciones
especiales que permiten el flujo administrativo ignorando el rezago. |
|
Reincorporación |
Res. Min. (Oct 2024) |
Intento por cubrir
vacantes y frenar la promoción sin contenido. |
Fuente:
Cornieles (2026).
- Jubilados: Se busca que
regresen a las aulas sin perder su jubilación para frenar la práctica de
aprobar alumnos sin ver la materia por falta de personal.
- Horario Mosaico: Aunque no
es legal según la LOE (que exige 180 días hábiles de clase), se ha
implementado de facto en muchas instituciones públicas, reduciendo los
días de asistencia, lo que indirectamente flexibiliza los criterios de
evaluación y promoción.
- Prosecución Escolar: El
Estado venezolano prioriza el derecho a la educación sobre el rigor
administrativo a través del principio de prosecución. Esto significa que
el sistema busca los mecanismos (trabajos especiales, evaluaciones de
suficiencia o promedios) para que el alumno no se detenga.
5. Resistencia y el rol del intelectual
transformativo
El aula es un microsistema social dinámico (Márquez
y Díaz, 2020) y un "campo" de fuerzas donde la subjetividad del
docente actúa como el principal mediador de la política educativa. Siguiendo a
Henry Giroux (1990), dignificar al docente implica reconocerlo como un
intelectual transformativo: "Los profesores deben ser capaces de
reflexionar sobre su propia práctica para empoderar a los estudiantes como
ciudadanos críticos" (pp. 176-177). La resistencia en este nivel no es
desobediencia ciega, sino el ejercicio de una instrucción de la posibilidad.
Dignificar al docente implica reconocerlo como un sujeto epistémico capaz de
producir la teoría pedagógica que el sistema ignora.
Esta labor de resistencia se manifiesta en tres
ejes:
Primero
Contextualización del "Paquete Rígido": Transformar la
geometría abstracta o el currículo cerrado en una vivencia territorial (medir
sombras, simetría natural).
Segundo
Gestión de la "Realidad Volcánica": Validar el silencio
emocional o transformar el conflicto en un laboratorio de convivencia y
análisis crítico.
Instrucción de la Posibilidad: Fomentar la pregunta
autónoma sobre la repetición del libro, legitimando el error como parte del
proceso de investigación-acción.
En última instancia, el "hervidero" es la
manifestación visible de una red viva donde la subjetividad es el eje que
sostiene la arquitectura institucional. La soledad del docente es el resultado
de una gestión que fomenta el individualismo, convirtiendo su práctica en una
prueba de resistencia solitaria. Al desmoronarse el acto administrativo frente
a la cruda realidad del aula, surge el encuentro humano, obligando al maestro a
abandonar el rol de técnico para asumir el de investigador. No habrá futuro
posible mientras el murmullo del aula no se convierta en la voz soberana que
defina el destino de nuestra educación, permitiendo que el docente deje de
habitar la soledad para convertirse en el arquitecto de una pedagogía de la
soberanía.
Tercero
- Ingresos promedio: Diversos informes del gremio docente y
organizaciones como la FVM indican que el ingreso promedio de un maestro
en el sector público ha oscilado, en términos prácticos, en niveles
extremadamente bajos, a menudo situándose cerca de los 2 a 10 dólares
mensuales en casos de trabajadores activos.
- Poder adquisitivo: Los datos de febrero de 2026 señalaron que el
salario docente apenas cubría una fracción mínima (aproximadamente el
0,3%) de la canasta alimentaria familiar, la cual se valoró en unos 645
dólares para ese mes.
- Congelamiento salarial: Se ha reportado una situación de
estancamiento salarial prolongado desde años anteriores, lo que ha
generado una constante presión por parte de los sindicatos hacia las
autoridades competentes.
Este fenómeno se agrava con el pluriempleo, convirtiendo al maestro en
un profesional "taxi" (Oliveira, 2006; Morduchowicz, 2019). Esta
precariedad ha forzado una supervivencia que drena la energía necesaria para la
creatividad pedagógica. El asedio a la vitalidad del aula se evidencia en el
vaciamiento de las instituciones formadoras de docentes: una caída del 76% en
la matrícula de educación entre 2008 y 2022 (El Nacional, 2025), proyectando un
déficit de 12,000 profesionales para 2032 (Epsir, 2025).
La tensión entre autonomía y control alcanza su
punto máximo en la cultura de la performatividad, donde el docente elabora la
"estética del maquillaje" (Ball, 2003). Lejos de ser un simple acto administrativo,
funciona como un mecanismo de defensa ontológica: al fabricar registros
impecables, el docente crea una zona de exclusión donde puede ejercer su
verdadera praxis a salvo del escrutinio burocrático.
Sin embargo, la fragilidad de esta acción se pone
de manifiesto cuando se impone la realidad cruda. En este estrato, se rompe
violentamente el acto administrativo. Es aquí donde el "hervidero"
reclama su verdad: frente al hambre o el conflicto emocional, la planificación
impecable pierde su barniz. Este colapso, aunque traumático, es la condición de
posibilidad para una praxis auténtica. Al desmoronarse el acto administrativo,
surge el encuentro humano, obligando al maestro a abandonar el rol de técnico
para asumir el de investigador en el aula. En este Capítulo analizamos desde
nuestra óptica la tensión dialéctica
entre la estructura administrativa del Estado y la praxis pedagógica en el
"hervidero" del aula, con el fin de reivindicar la figura del docente
como un intelectual transformativo y sujeto epistémico frente a las políticas
de precarización y simulación educativa. Este primer nivel de interacción
define la relación vertical entre el Estado —representado por la cadena de
mando de supervisores y directivos— y el docente, constituyendo la estructura
más rígida del hervidero pedagógico. Es en esta tensión donde se gesta una
profunda soledad, un aislamiento profesional y emocional que surge cuando la
gestión administrativa se impone sobre la labor pedagógica, priorizando la
rendición de cuentas sobre el acompañamiento humano. En este estrato, el
maestro experimenta lo que Stephen Ball (2003) define como
"performatividad": un régimen de gestión donde el valor del educador
se reduce a su capacidad para producir datos y llenar formatos que ignoran la
realidad palpitante del aula. Esta presión burocrática genera una ruptura del
tejido profesional; como señala Tenti Fanfani (2007), la condición de
aislamiento se agrava cuando el Estado delega responsabilidades críticas sin
ofrecer recursos ni legitimidad, convirtiendo la práctica en una prueba de
resistencia solitaria.
Como plantea Henry Giroux (1990), estas reformas despojan
al maestro de su juicio profesional, tratándolo como un técnico de bajo nivel.
La resistencia en este nivel no es desobediencia ciega, sino el ejercicio de
una instrucción de la posibilidad. Dignificar al docente implica reconocerlo
como un sujeto epistémico capaz de producir la teoría pedagógica que el sistema
ignora.
Para entender el "hervidero", hay que
mirar más allá de la transmisión de datos. El docente actúa como un regulador
de entropía y un tejedor de significados a través de:
- La contextualización del
"Paquete Rígido": Transformando la geometría abstracta en una
vivencia territorial (medir sombras, simetría en la naturaleza).
- La Gestión de la
"Realidad Volcánica": Validando el silencio del estudiante o
transformando el conflicto en un laboratorio de convivencia.
- El Fomento de la Pregunta:
Premiando la duda autonomía de pensamiento sobre la repetición del libro.
·
Siguiendo a Henry Giroux (1990), dignificar al docente implica
reconocerlo como un intelectual transformativo capaz de producir teoría
pedagógica propia. "Los profesores deben ser capaces de reflexionar sobre
su propia práctica para empoderar a los estudiantes como ciudadanos
críticos". La soledad del docente es el resultado de una gestión que
fomenta el individualismo y la competencia por el cumplimiento de indicadores,
drenando la energía que debería destinarse a la creatividad.
. Al adentrarnos en la relación entre docentes y
autoridades, reconocemos que la primera gran lucha ocurre antes de entrar al
aula: allí donde la norma intenta domesticar el espíritu creativo. Bajo esta
lente, el aula trasciende su limitación física para constituirse en un microsistema
social dinámico y en un "campo" de fuerzas en términos bourdieuanos.
Según Márquez y Díaz (2020), la subjetividad del docente actúa como el
principal mediador de la política educativa, transformando la labor de
instrucción en una gestión de micropolíticas escolares.
El acto administrativo como Defensa Ontológica
La tensión entre autonomía y control alcanza su punto máximo en la
cultura de la performatividad, donde el docente elabora la "el acto
administrativo" (Ball, 2003). Lejos de ser un simple engaño
administrativo, este maquillaje funciona como un mecanismo de defensa
ontológica: al fabricar registros impecables, el docente crea una zona de
exclusión donde puede ejercer su verdadera praxis a salvo del escrutinio
burocrático.
Sin embargo, la fragilidad de esta cosmética se pone de manifiesto
cuando se impone la realidad cruda. En este estrato, la acción
administrativa-docente se rompe
violentamente; los niños con problemas y dificultades derivadas de diferente
situaciones; el adolescente, atravesado por su propia invisibilidad y las
urgencias de un entorno en crisis, no reconoce los formatos vacíos. Es aquí
donde el "hervidero" reclama su verdad: frente al hambre o el
conflicto emocional, la planificación impecable pierde su barniz. Este colapso,
aunque traumático, es la condición de posibilidad para una praxis auténtica. Al
desmoronarse el la acción administrativa, surge el encuentro humano, obligando
al maestro a abandonar el rol de técnico para asumir el de investigador en el
aula.
En el ecosistema escolar, esta figura del
"precariado intelectual" que describe Standing se manifiesta con una
crudeza particular. El aula deja de ser un espacio de serenidad para el
pensamiento y se convierte en el escenario donde el docente habita la incertidumbre.
Esta expropiación de la estabilidad vital no solo afecta la psique del
educador, sino que altera la naturaleza misma del acto pedagógico: un sujeto
cuya seguridad ha sido vulnerada difícilmente puede sostener la continuidad que
el desarrollo del estudiante requiere.
Como bien señala Standing (2014), la falta de una "narrativa de
carrera profesional" (p. 31) despoja al docente de su autoridad simbólica,
reduciendo su labor a una serie de tareas administrativas y operativas
fragmentadas. En este contexto, el aula se transforma en un hervidero de
tensiones donde la precariedad del instructor choca con la necesidad de arraigo
del alumno. La autonomía pedagógica, fundamental para una enseñanza situada y
crítica, se ve asfixiada por un sistema que impone la flexibilidad laboral como
norma, impidiendo que el docente eche raíces en su propia práctica y en su
comunidad educativa. Por lo tanto, la estabilidad no debe entenderse solo como
un derecho laboral, sino como un requisito pedagógico esencial. sin estabilidad,
el docente se convierte en un "ejecutor de instrucciones" externo,
perdiendo su capacidad de ser el autor de su propia pedagogía.
Al respecto, Standing (2013) advierte que el precariado vive en una
"anomia" constante; trasladado al aula, esto significa que la
incertidumbre del docente se filtra en el currículo, debilitando el vínculo
educativo y convirtiendo la enseñanza en un ejercicio de supervivencia
profesional en lugar de un proceso de liberación intelectual.
No habrá futuro posible mientras el murmullo del aula no se convierta en
la voz a quien sostiene la esperanza de la nación en sus manos y reconocer que
el maestro es un sujeto político capaz de entender, mejor que nadie, la
realidad volcánica de la juventud que respira el polvo de la tiza y el rumor
del aula cada día.
4. Resistencia y el rol del intelectual
transformativo
El aula, entendida como un microsistema social
dinámico (Márquez y Díaz, 2020), es donde el docente despliega su subjetividad
como mediador político. Para entender este "hervidero", debemos mirar
más allá de la transmisión de datos. Siguiendo a Giroux (1990), dignificar al
docente implica reconocerlo como un intelectual transformativo capaz de
producir teoría pedagógica propia.
Aquí la Promoción Automática funciona como una válvula
de escape artificial. Al eliminar la posibilidad de la permanencia del alumno
en un grado, el sistema "enfría" el conflicto estadístico de la
repitencia, pero calienta el conflicto pedagógico en el grado superior, donde
el docente recibe a estudiantes con vacíos cognitivos profundos sin las
herramientas para nivelarlos.
Como señala Henry Giroux (1990), estas reformas despojan al maestro de
su juicio profesional, tratándolo como un técnico especializado de bajo nivel.
El docente, atrapado entre la normativa nacional (que exige números) y su ética
profesional (que observa la carencia), habita una contradicción insostenible.
La resistencia en este nivel no es desobediencia ciega, sino el ejercicio de
una pedagogía de la posibilidad, donde el maestro utiliza los intersticios de
la ley para devolverle al currículo su carácter humano, transformando el
paquete rígido en un tejido de significados que responda a la realidad
volcánica de sus estudiantes.
El "hervidero" es, en última
instancia, la manifestación visible de una red viva donde la subjetividad no es
un accesorio, sino el eje que sostiene la arquitectura institucional, exigiendo
una acción de la supervivencia que
transforme la incertidumbre en una potencia vital para la escuela. Para
entender lo que ocurre en ese "hervidero" que es el aula, hay que
mirar más allá de la transmisión de datos. El docente no solo dicta una
lección; actúa como un regulador de entropía, un tejedor de significados y,
sobre todo, como un intelectual que resiste la tecnificación.
Aquí describimos algunos ejemplos
concretos de esa labor, divididos por la naturaleza de la acción:
Ø
La Transformación del "Paquete Rígido" (Curricular)
Ø
El programa oficial suele ser una estructura fría, pero el docente lo
dota de vida mediante la contextualización: El puente con la realidad: Si el
currículo exige enseñar geometría, el docente no se queda en el tablero; invita
a los estudiantes a medir las sombras del patio o a entender la simetría en las
hojas de los árboles del entorno, convirtiendo el concepto abstracto en una
vivencia territorial.
Ø
La ocupación de los intersticios: Ante una normativa que exige cumplir
con una lista de temas, el docente aprovecha una noticia de última hora o un
conflicto en la comunidad para suspender la "planificación lineal" y
generar un debate ético, devolviéndole a la escuela su función crítica.
Ø
La Gestión de la "Realidad Volcánica" (Socio-emocional)
Ø
En el aula, las emociones son partículas en constante movimiento. El
docente actúa aquí como un catalizador:
Ø
Lectura de la mirada: Antes de iniciar la clase, el docente identifica
que un estudiante tiene los hombros caídos o la mirada perdida. Se acerca,
valida su silencio y ajusta el tono de la jornada. Sabe que sin equilibrio
emocional, no hay sinapsis posible.
Ø
Mediación de conflictos como aprendizaje: En lugar de simplemente
sancionar una pelea, el docente la transforma en una asamblea donde se analiza
el poder, la palabra y la alteridad, convirtiendo la crisis en un
"laboratorio de convivencia".
Ø
El Ejercicio de la "instrucción de la Posibilidad"
Esto es lo que Giroux define como la labor del intelectual
transformativo:
La idea central sobre el papel de los profesores como intelectuales
transformativos y la necesidad de que estos recuperen el control reflexivo sobre
su labor se desarrolla principalmente en el Capítulo 9 de su libro. Para este
autor "Los profesores deben ser
capaces de reflexionar sobre su propia práctica para empoderar a los
estudiantes como ciudadanos críticos" (Giroux, 1990, págs. 176 ,177).Asimismo discute la "proletarización del
magisterio", advirtiendo que a los profesores se les suele tratar como
técnicos encargados de ejecutar planes diseñados por otros, ignorando su
capacidad intelectual desarrolla explícitamente la categoría de intelectuales
transformativos y enfatiza que la reflexión sobre la propia práctica es lo que
permite vincular la pedagogía con la política y la justicia social.
Ø El Fomento de la pregunta sobre la respuesta: El
docente no premia a quien repite el libro, sino a quien cuestiona la fuente.
Crea situaciones donde el estudiante debe dudar de lo establecido, fomentando
la autonomía de pensamiento.
Ø El testimonio como saber: El docente comparte su
propia incertidumbre. Cuando un experimento falla o un análisis literario se vuelve
complejo, el maestro no finge infalibilidad; muestra cómo el error es parte del
proceso de investigación-acción, legitimando el camino del alumno.
En otras palabras, para dignificar al docente es fundamental dejar de
verlo como un ejecutor de órdenes y empezar a reconocerlo como un intelectual
de la educación porque lo que realmente necesitamos es pasar de una pedagogía
de la obediencia a una pedagogía de la soberanía donde quien habita el aula
tiene el derecho y el deber ético de diseñar el rumbo del sistema educativo. La
verdadera dignificación no se agota en el reconocimiento salarial o el aplauso
social sino que se consolida cuando el maestro es reconocido como un sujeto
político y epistémico capaz de entender mejor que nadie la realidad volcánica
de la juventud que respira el polvo de la tiza y el rumor del aula cada día.
Participar en las grandes directrices de la educación de un país no es una
concesión que el Estado hace al magisterio es una necesidad técnica y humana ya
que cuando las leyes educativas se redactan en oficinas climatizadas lejos del
hervidero pedagógico suelen nacer muertas sin el saber situado de quien posee
un conocimiento que ningún consultor internacional tiene. Cada aula debe ser
entendida como un laboratorio de investigación donde el maestro que sistematiza
su práctica produce la teoría pedagógica que debería ser el cimiento de
cualquier reforma nacional rompiendo con la estructura jerárquica que trata al
profesor como un menor de edad intelectual. La participación real implica estar
en las mesas de diseño curricular como autor principal y poseer una autonomía
de cátedra donde el juicio profesional sea la brújula final porque no puede
haber transformación educativa si el maestro sigue siendo un espectador de las
leyes que lo rigen. Dignificar es devolverle la palabra a quien sostiene la
esperanza de la nación en sus manos y reconocer que no habrá futuro posible
mientras el murmullo del aula no se convierta en la voz soberana que defina el
destino de nuestra educación y que permita
al docente no sentirse solo.
Ø
jubilados regresar a las aulas sin perder su jubilación, buscando
precisamente frenar la práctica de aprobar alumnos sin ver la materia por falta
de personal.
Ø
Horario Mosaico: Aunque no es legal según la LOE (que exige 180 días
hábiles de clase), se ha implementado de facto en muchas instituciones
públicas, reduciendo los días de asistencia, lo que indirectamente flexibiliza
los criterios de evaluación y promoción.
. El Concepto de "Prosecución Escolar"
Ø
El Estado venezolano prioriza el derecho a la educación sobre el rigor
administrativo a través del principio de prosecución. Esto significa que el
sistema debe buscar los mecanismos (trabajos especiales, evaluaciones de
suficiencia o promedios) para que el alumno no se detenga.
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la escuela: Hacia una teoría de la organización escolar. Paidós.
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CAPITULO IV
INTERACCIÓN ENTRE EL DOCENTE Y SUS COMPAÑEROS, UN SEGUNDO NIVEL DEL HERVIDERO
El objetivo que se persigue con el siguiente nivel
es configurar el aula como un espacio de investigación-acción y mediación
dialógica, donde la interacción entre el capital cultural y el capital simbólico
permita subvertir las estructuras de poder tradicionales y transformar la
incertidumbre en procesos de auto-organización y resistencia ética. El maestro
no encuentra "alumnos estándar", sino historias de vida atravesadas
por fracturas que desafían la pedagogía tradicional. En este escenario, el
aula/hervidero actúa como un sistema termodinámico social de alta entropía,
donde la incertidumbre de las subjetividades (trauma, neurodiversidad, entre
otras) se convierte en la energía necesaria para la auto-organización docente.
Esto vincula de manera directa la física cuántica y la entropía con la
pedagogía, otorgándole un peso científico que impide descartar la propuesta
como "simple poesía".
La cotidianidad escolar
En la cotidianidad escolar,
la irrupción de problemas psicológicos y sociales actúa como un ruido constante
que desestabiliza la instrucción técnica. El niño maltratado, por ejemplo, no
solo porta huellas físicas, sino que habita un estado de alerta permanente que
bloquea sus procesos ejecutivos. Como bien señala Cyrulnik (2013), en sus
estudios sobre la resiliencia, el aula puede transformarse en un "tutor de
resiliencia", pero solo si el maestro comprende que la apatía o la
agresión del estudiante son, en realidad, mecanismos de defensa ante un entorno
hostil. Aquí, la gestión de la transferencia se vuelve vital: el docente debe
evitar reaccionar al síntoma (la conducta disruptiva) para atender la causa (el
trauma), transformando el espacio educativo en un refugio de seguridad
afectiva. Este entramado amalgama la teoría de la modernidad líquida, la crisis
ontológica y el hervidero, visibilizando los rostros más vulnerables del
sistema escolar.
La crisis del ser docente y la despersonalización
del alumno no ocurren en un vacío, sino en un tejido social profundamente
desgarrado. En la modernidad líquida, la educación se enfrenta al desafío de
recibir sujetos cuya existencia está marcada por la itinerancia y el desamparo,
realidades que la escuela suele omitir al reducir el proceso de enseñanza a una
mera administración de contenidos. La invisibilidad multidimensional (Díaz,
2026b) se manifiesta con crudeza en aquellos niños y adolescentes que habitan
el aula, pero cuyas historias de vida son ignoradas por el sistema.
Hablamos de los niños de la calle que, en un acto
de resistencia heroica, logran asistir a la escuela buscando un fragmento de
solidez en medio de la intemperie. Para ellos, la escuela no es solo un lugar
de aprendizaje, sino un refugio contra la desolación. Sin embargo, el sistema a
menudo los percibe como entes disruptivos, ignorando la angustia del ser
(Heidegger, 2009) que cargan al no poseer un anclaje familiar estable. A este
escenario se suman los niños institucionalizados en internados, víctimas
colaterales de una justicia que juzga a sus padres y los condena a ellos a una
soledad administrativa. En estos casos, el aula corre el riesgo de convertirse
en un "no-lugar" (Augé, 2000), un espacio de anonimato donde el niño
está presente como "materia", pero su "onda" —sus sueños,
miedos y contexto judicial— permanece silenciada.
La problemática se extiende a los niños huérfanos,
trabajadores o abandonados; a aquellos cuyas madres, en la lucha por la
supervivencia, laboran en oficios nocturnos, dejando al infante en una deriva
de cuidados; y a los niños enfermos que asisten al aula sin atención médica,
cargando con el dolor físico como una barrera invisible. Reconocer estas
realidades no implica desconocer la existencia de hogares bien constituidos,
sino denunciar que el sistema educativo no puede seguir siendo ciego ante la
herida social. El error de la escuela tradicional es tratar estos casos como
simples "problemas de aprendizaje", cuando en realidad constituyen
crisis de reconocimiento humano.
Superar esta alienación exige que el aula sea,
efectivamente, un hervidero (Díaz, 2026a). Esta pedagogía del hervor propone
que el docente recupere su rol como investigador y guía intelectual para
transformar ese estado de ebullición social en energía transformadora. No se
trata de convertir al maestro en un asistente social, sino en un profesional
con la autonomía necesaria (Giroux, 1990) para que la producción de textos y el
conocimiento sirvan como herramientas de subjetivación. Solo al romper la
liquidez de los vínculos superficiales y construir un lazo sólido y ético, la
escuela podrá validar al adolescente como un sujeto histórico, devolviéndole la
palabra a quien la calle, la orfandad o la justicia han intentado silenciar. A
esta realidad se suma el desafío de la neurodiversidad, específicamente con la
presencia de niños en el Espectro Autista (TEA). Bajo la lógica de una
educación situada, el autismo no debe verse como una patología que
"interrumpe" la clase, sino como una forma distinta de procesar la
realidad que exige una reconfiguración del entorno. Aplicando los principios
del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), el maestro investigador diseña
apoyos visuales y rutinas predecibles que no solo benefician al niño con TEA,
sino que estabilizan la carga cognitiva de todo el grupo. El aula se convierte
así en un campo de experimentación donde la diferencia es la norma y no la
excepción.
Las conductas disruptivas
Las conductas disruptivas se revelan entonces como
respuestas funcionales y reversibles al entorno, y no como carencias
biológicas; fenómenos que frecuentemente son exacerbados por la desnutrición y
la precariedad económica. Cuando el niño llega al aula con un capital cultural
(Bourdieu) drásticamente alejado de las exigencias del grado, se siente un
extranjero en su propia lengua. La falta de bases en lectoescritura o lógica
matemática no es una incapacidad intrínseca, sino el resultado de una brecha
social que la escuela, a menudo, profundiza mediante la estandarización. Para
el docente-investigador, integrar a estos niños implica una pedagogía del
acompañamiento basada en un Diagnóstico Holístico. Esto significa reconocer que
un trastorno de aprendizaje puede estar enmascarando un problema de visión, una
crisis de identidad o un entorno de violencia doméstica. Implica proveer el
andamiaje necesario para que el niño maltratado o el estudiante con
dificultades recupere la confianza en su propia capacidad de conocer,
integrando los códigos de su entorno social como puentes hacia el conocimiento
académico, evitando que la escuela sea percibida como un espacio de
juzgamiento.
En última instancia, el maestro que opera en este
hervidero comprende que su labor es una forma de clínica pedagógica. No busca
uniformar a los estudiantes, sino armonizar sus disonancias. Al reconocer al
niño autista, al maltratado y al que lucha con el rezago académico como sujetos
de derecho, el docente transforma la resistencia en resiliencia y la
incertidumbre en una ética de la hospitalidad, donde el aula es, finalmente, el
lugar donde todos tienen derecho a existir y aprender.
No obstante, la comprensión del aula como un campo
de fuerzas resulta fundamental en las perspectivas de Pierre Bourdieu y Michel
Foucault. Para Bourdieu, el aula constituye un campo donde se dirimen tensiones
entre el capital cultural del docente y el habitus del estudiante; la
transparencia de la realidad en este nivel permite que la autoridad pedagógica
no sea una imposición arbitraria, sino un reconocimiento mutuo. Por su parte,
Foucault nos recuerda que el poder es una red capilar que atraviesa todo el
cuerpo social; en la praxis educativa, esto se traduce en una microfísica donde
el afecto y el interés no son ajenos a la norma, sino elementos que circulan y
se transforman. Al integrar la "pedagogía de la escucha", el docente
renuncia a la posición de vigilancia jerárquica para habilitar una subjetividad
compartida.
La comprensión del aula como un
sistema vivo
La comprensión del aula como un sistema vivo exige
trascender la visión técnica de la enseñanza para reconocerla como un
territorio donde la autoridad pedagógica puede actuar como un mecanismo de
reproducción de lo arbitrario cultural (Bourdieu y Passeron, 1977, p. 103), a
menos que el docente-investigador asuma su rol como un agente capaz de
subvertir estas estructuras de poder. Esta dinámica se profundiza al aplicar el
principio hologrammático de Edgar Morin (1990, p. 107), bajo cuya lógica el
aula deja de ser una unidad aislada para convertirse en un microcosmos donde se
reflejan y operan todas las tensiones, crisis y potencialidades de la sociedad.
En el caso concreto de la sociedad venezolana, el aula funciona como un
holograma social donde lo macro se manifiesta en la singularidad del encuentro
educativo.
Es precisamente en esta intersección donde el
concepto de "hervidero pedagógico" cobra su mayor potencia teórica:
el aula es un campo de lucha por el capital simbólico que, al ser abordado
desde la complejidad, permite que la incertidumbre y el desorden se transformen
en una fuente de auto-organización y autonomía para el docente. Así, el
investigador en situación no solo observa el fenómeno, sino que interviene en
él, reconociendo que cada acción en este hervidero tiene el potencial de
resonar en la totalidad del sistema educativo, convirtiendo la práctica
cotidiana en un ejercicio ético de transformación y resistencia frente a la
fragmentación del saber. Este nivel es el núcleo de la praxis. A diferencia de
los anteriores, aquí la realidad es transparente; es el espacio donde se
negocia el poder, el interés y el afecto. Siguiendo a Paulo Freire (1997),
transitamos hacia una educación dialógica basada en la "pedagogía de la
escucha", donde el maestro construye conocimiento junto con el alumno.
Cuadro
1. Elementos de la Praxis en el Nivel 3
|
Dimensión |
Enfoque Tradicional |
Enfoque en el
"Hervidero" |
|
El Alumno |
Receptor de información. |
Sujeto activo de su
aprendizaje. |
|
El Maestro |
Poseedor de la verdad absoluta. |
Mediador y facilitador
de procesos. |
|
|
|
|
|
El Contenido |
Programa rígido y
descontextualizado. |
Conocimiento vinculado a
la realidad. |
|
El Error |
Motivo de castigo o
tacha. |
Oportunidad de reflexión
y mejora. |
Fuente: Cornieles (2026).
No se trata de sobrecargar al docente con funciones
que no le corresponden, sino de elevar la ambición institucional del sistema.
La propuesta requiere trascender la escuela como un simple depósito de personas
para convertirla en un espacio de dignidad, donde la arquitectura y los
recursos actúen como un soporte material para la expansión del ser. Esta visión
de la "Escuela Deseable" se conecta de forma directa con la necesidad
de superar la precariedad de la modernidad líquida, erigiéndose como el soporte
material de la dignidad humana.
Para que el aula se convierta efectivamente en un
hervidero pedagógico, la ambición del sistema educativo debe ir más allá de la
reforma curricular; debe apuntar a la creación de un entorno que valide la
existencia del niño en su sentido más amplio. No se pretende convertir al
docente en un "todero" que asuma individualmente las carencias
ajenas, sino en un intelectual que opere dentro de un verdadero centro
educacional: un espacio que, por su propia infraestructura y oferta cultural,
sea un sitio de deseo y pertenencia.
Frente a la desidia de espacios sombríos y pupitres
deteriorados, la escuela debe ofrecer aulas ventiladas y bien iluminadas. Esta
no es una demanda estética, sino ontológica. Un espacio digno le dice al niño —especialmente
al que viene de la calle o de la precariedad del internado— que él es
importante; el entorno físico es la primera señal de que el sistema lo
"ve". En términos de Heidegger (2009), se trata de proporcionar un
"morar" seguro donde el ser-en-el-mundo pueda desarrollarse sin la
opresión de la carencia material.
Entender la escuela como un ecosistema cultural
total, dotado con laboratorios, bibliotecas, comedores y áreas de formación
integral (música, teatro, manualidades, deportes y educación física), rompe con
la educación líquida que solo busca la eficiencia administrativa. Los
laboratorios y las bibliotecas constituyen los espacios de la curiosidad y la
investigación, donde el docente y el alumno ejercen su autonomía como creadores
de conocimiento (Stenhouse, 1987). Por su parte, el comedor garantiza el
derecho fundamental a la nutrición, permitiendo que la "materia" (el
cuerpo) esté en condiciones de convertirse en "onda" (pensamiento y
creatividad).
Asimismo, las artes y el deporte no son accesorios;
son lenguajes que permiten al adolescente salir de su invisibilidad
multidimensional. A través del cuerpo y el arte, el joven que se siente perdido
en la fluidez social encuentra una forma de expresión sólida y trascendente.
Esta adición es el pilar que cierra el círculo de la atención integral: no
puede existir un "hervidero" de conocimiento si el soporte biológico
del estudiante —su salud— se encuentra en precariedad. La escuela debe ser el
primer frente de salud pública para garantizar que el cuerpo del niño no sea un
impedimento para su aprendizaje.
En la visión de una escuela deseable, la salud no
puede ser un elemento externo o una responsabilidad delegada exclusivamente a
las familias, muchas de las cuales viven en contextos de vulnerabilidad extrema.
Un verdadero centro educacional debe contar con servicios médicos y
odontológicos permanentes como precondición del ser. Si asumimos al estudiante
desde esta dualidad de materia y onda, es imperativo reconocer que un niño con
dolor dental, problemas de visión no diagnosticados o desnutrición no puede
alcanzar el estado de ebullición creativa que propone la pedagogía del hervor.
La presencia de un médico y un odontólogo en la escuela transforma la
institución en un espacio de cuidado real, donde la invisibilidad
multidimensional se combate desde el diagnóstico temprano. El niño deja de ser
un número en una lista para convertirse en un sujeto cuya salud importa a la
comunidad educativa.
Esta atención médica y nutricional permanente,
vinculada estrechamente al comedor escolar, permite detectar a tiempo
patologías que a menudo se confunden con apatía o falta de inteligencia,
asegurando que el aula sea un sitio de vida y no de padecimiento silencioso. A
su vez, el servicio odontológico dignifica la sonrisa y la autoestima del
adolescente, factores clave para su integración social.
Esta propuesta refuerza la idea de que el docente
no es un "todero", sino un profesional inserto en una estructura
capaz de garantizar salud, alimentación, artes y deportes en un mismo recinto,
convirtiendo a la escuela en el centro de gravedad de la comunidad. Es aquí
donde la educación recupera su sentido ético: una institución sólida que abraza
la complejidad del ser y proporciona las condiciones materiales para que el
niño pueda, finalmente, ser visto y atendido en su totalidad. De esta manera,
la escuela deja de ser un lugar de paso para convertirse en el sitio deseable
por excelencia: aquel donde el estudiante sabe que su cuerpo será cuidado, su
hambre saciada y su intelecto desafiado.
Esta escuela ambiciosa es la respuesta política a
la despersonalización. Cuando la institución garantiza la integralidad de sus
procesos, el docente deja de ser un mero gestor de crisis para transformarse en
un guía dentro de un ecosistema de posibilidades. La lucha por el hervidero es,
en esencia, la lucha por una escuela que no solo instruya sino que cultive, y
que no se limite a recibir al niño sino que lo atienda en la totalidad de su
ser histórico y social. Al transformar la escuela en un sitio deseable,
combatimos la apatía y la resistencia, devolviendo a la educación su poder de
transformación real a través de un compromiso ético que reconoce la complejidad
de cada vida que habita el aula. En este espacio vibrante, la labor del maestro
se dignifica al trascender la instrucción mecánica, permitiéndole habitar los
intersticios de la práctica para crear un tejido de significados que responda
con justicia a la realidad de sus estudiantes. Es en esta escuela donde el
saber situado y la autonomía docente se convierten en los motores de una
pedagogía de la posibilidad que no se rinde ante la burocracia, sino que
florece en la riqueza del encuentro humano y el reconocimiento del otro.
Planteamos como objetivo de este capítulo
identificar la relación del docente con sus colegas, la cual apreciamos como un
arma de doble filo. En el tejido escolar se vislumbran momentos de profunda
soledad profesional, donde el aula se convierte en una "isla"
autárquica. Por otro lado, el maestro se ve impelido a desarrollar experiencias
de innovación colectivas donde el intercambio de saberes permita transformar la
praxis. El incidente crítico surge cuando el celo profesional o el miedo a la
crítica impiden compartir fracasos y éxitos; la sala de profesores puede ser un
espacio de desahogo o un lugar donde la apatía "enfría" la
motivación. Lamentablemente, al contrastar esta premisa con la realidad del
magisterio, se evidencia que los espacios tradicionales, como las reuniones de
maestros, no están funcionando como fuentes reales de planificación ni de
articulación del trabajo escolar.
Para integrar la soledad del docente como un
continuo pedagógico, debemos entenderla no como un estado estático de
aislamiento, sino como un proceso que oscila entre la clausura administrativa y
la potencia creativa. En este flujo, el profesor transita desde la soledad
impuesta por la estructura escolar hasta la soledad necesaria para la reflexión
profunda sobre su propia práctica. El ejercicio docente se manifiesta así en un
continuo que atraviesa diversas dimensiones. En un extremo hallamos la soledad
celular, definida por la estructura física y organizativa de la escuela;
como señala Lortie (1975), el profesorado suele trabajar en una suerte de
"caja de huevos", donde el aislamiento intramuros impide el
intercambio genuino de saberes. A medida que avanzamos, ante la crisis del
sistema, emerge la soledad de gestión: frente a la falta de recursos, la
ausencia de colegas por vacantes no cubiertas o la imposición de promociones
automáticas, el profesor se vuelve el único responsable de la prosecución
escolar, debiendo tomar decisiones éticas en un vacío institucional que,
paradójicamente, le exige resultados cuantitativos sobre procesos cualitativos.
Sin embargo, el continuo alcanza su punto más alto cuando la soledad se
convierte en un espacio de investigación. Para que el aula sea un verdadero
"hervidero" de saberes, el docente debe habitar una soledad
reflexiva. Según Stenhouse (1987), el profesor no es un simple instructor,
sino un investigador que, en su diálogo interno con la realidad del estudiante,
reconstruye el currículo. La soledad, entonces, ya no es una carencia, sino la
condición de posibilidad para la autonomía profesional y el territorio
conquistado para recuperar la voz propia frente a la marea burocrática.
Esta condición, lejos de ser un mero aislamiento
físico, constituye el reto invisible más punzante del magisterio contemporáneo.
Como se rescata desde la perspectiva de Space39A (2023) y Neto (2015), la
"soledad del aula" opera como una paradoja habitada: el maestro pasa
el día rodeado de estudiantes, pero carece de un espejo profesional, de un par
simétrico que valide su praxis. Esta fragmentación ha encontrado un nuevo
catalizador en la virtualidad. El tránsito hacia la enseñanza digital no
difuminó los muros de la escuela, sino que los estatizó a través de la
pantalla. Investigaciones sobre la soledad docente en la Educación Básica
online (ResearchGate, 2024) revelan que el entorno virtual exacerba la
percepción de distancia emocional y abandono institucional. Detrás del monitor,
el profesor no solo debe autogestionar su formación técnica, sino que se
enfrenta a una interacción atomizada y limitada a canales formales y fríos,
privando al maestro del soporte afectivo indispensable para prevenir el
agotamiento profesional o burnout. La superación de este estado requiere
derribar los obstáculos de la burocracia y diseñar tiempos específicos para el
intercambio de buenas prácticas.
La vitalidad del aula, entendida como ese
"hervidero" de subjetividades en constante autoorganización, enfrenta
hoy un proceso de erosión que trasciende lo pedagógico para convertirse en una
crisis ontológica. No se trata de una simple falla de métodos, sino de una
fractura en el ser mismo del docente y del estudiante, donde el propósito vital
de transformar al otro desaparece. En la modernidad líquida de Zygmunt Bauman,
caracterizada por la precariedad de las estructuras y la disolución de los
compromisos a largo plazo, la escuela se ha vuelto fluida y mudable. Bajo esta
marea de inmediatez, el alumno habita el aula desde una invisibilidad
multidimensional: su ser —compuesto por angustias, contextos sociales y deseos
profundos— no es "visto" por un sistema que prioriza la
estandarización. El joven se encuentra con un "Yo" líquido, una
identidad flexible adaptada a los estímulos digitales pero carente de
referentes sólidos, transformando la educación en un proceso efímero donde la
información caduca con la misma rapidez con la que se consume.
Esta crisis se comprende mejor a través del quiebre
de la dualidad pedagógica, una metáfora inspirada en la física cuántica.
El estudiante es, simultáneamente, materia (su presencia física en el pupitre,
su registro de asistencia) y onda (su potencial creativo, su pensamiento
expansivo y la entropía de su aprendizaje). El sistema educativo tradicional
comete el error de atender exclusivamente a la materia, ignorando la naturaleza
ondulatoria y vibrante del desarrollo humano. Cuando la escuela solo se enfoca
en el examen y el cumplimiento administrativo, rompe la armonía del ser y
reduce la relación educativa a una simple "conexión" superficial,
similar a la de las redes sociales, en lugar de construir un vínculo profundo y
ético.
En Venezuela, esta tendencia alcanza niveles
críticos de "vulnerabilidad biológica". Factores históricos
recientes, como el confinamiento por la pandemia y las severas dificultades
económicas, han resquebrajado el acompañamiento entre pares. La
"desalarización" extrema y la pérdida de conquistas fundamentales
como los servicios médicos y la capacidad de ahorro han forzado a los
académicos a una diversificación de actividades que pone en riesgo la columna
vertebral del sistema (El Carabobeño, 2024; El Clarín, 2024). En este contexto,
el docente debe priorizar la subsistencia sobre la planificación pedagógica. La
crisis ontológica se manifiesta así como una fractura en el tejido mismo del
"ser" educativo, donde el aula, despojada de su naturaleza como
hervidero de subjetividades (Cornieles, 2023), degenera en un vacío
existencial. Al imponerse normativas de promoción automática o soluciones
burocráticas ante la falta de profesores, la figura del maestro es desplazada
por un promedio aritmético, convirtiendo su ausencia en una política de Estado
y su identidad en una pieza prescindible.
Este quiebre se extiende hacia la subjetividad del
estudiante, quien se ve obligado a habitar un simulacro de realidad. Cuando el
sistema valida un saber no acontecido mediante una nota impuesta, rompe el
principio ontológico de causalidad y de verdad; el joven ya no "es" a
través del conocimiento, sino que simplemente "está" en un registro
estadístico. Esta dinámica transforma el aula en un no-lugar, un espacio
de tránsito donde la vitalidad —que requiere de la tensión e interacción de
fuerzas— se disipa en un estado de entropía máxima, donde la institución
sobrevive como un cadáver burocrático. La consecuencia más alarmante es el
quiebre del estatus docente como referente de movilidad social, provocando un
vaciamiento de las instituciones formadoras. Cifras recientes indican que la
matrícula en carreras de educación en el país ha sufrido una caída de hasta un
76% en la última década (El Nacional, 2025). En instituciones como la UPEL, la
escasez de generación de relevo es dramática en áreas críticas como
matemáticas, física y química, insuficientes para cubrir un déficit nacional
que los gremios estiman en más de 250,000 docentes (Provea, 2025; Epsir, 2025).
El "hervidero" corre el riesgo de extinguirse si no se recupera la
autoridad social del maestro, quien hoy enfrenta la paradoja de ser el pilar de
la sociedad mientras habita en la periferia del reconocimiento económico.
Frente a este aislamiento multidimensional, la
lucha del docente se erige como un acto de resistencia ética y creativa. El
educador no solo combate la apatía externa, sino también su propia alienación,
buscando transformar el aula en un espacio de vida a través de la sensibilidad,
el arte, la narrativa o la lúdica. Para revertir esta tendencia, es imperativo
transitar hacia modelos de trabajo colaborativo que transformen la labor
docente en una tarea colectiva y multidisciplinaria, puesto que existe una
correlación directa entre el intercambio de experiencias entre pares y el
rendimiento académico de los estudiantes (OCDE, 2020).
En el hervidero pedagógico, la interacción entre
compañeros no ocurre de forma lineal ni burocrática, sino que se manifiesta
como un entrelazamiento de saberes y energías que transforman el ambiente
escolar. Un ejemplo claro es la planificación compartida, entendida no como el
llenado de un formulario, sino como una asamblea de ideas donde un docente de
ciencias y uno de literatura encuentran un lenguaje común para abordar un
fenómeno social, permitiendo que sus disciplinas se hibriden en beneficio del
estudiante. También se observa en el acompañamiento solidario frente a la
contradicción normativa, cuando los maestros se reúnen en los pasillos o en la
sala de profesores para intercambiar testimonios sobre lo que realmente
funciona en el aula, validando mutuamente sus juicios profesionales por encima
de las exigencias técnicas.
Otra forma de interacción vital es la observación
de pares desde la admiración y no desde la supervisión, donde un docente entra
al aula de otro para aprender de su gesto, de su palabra o de su manejo del
conflicto volcánico, convirtiendo la práctica diaria en una
investigación-acción colectiva. Planteándonos la docencia compartida.
(Cornieles y Afar 2018) Asimismo, el intercambio de recursos y estrategias
situadas actúa como una transferencia de energía constante, donde se comparten
desde materiales didácticos creados en la carencia hasta métodos de lectura de
la mirada del alumno, fortaleciendo una red de resistencia ética. Es necesario
que las instituciones formadoras asuman la urgencia de estos intercambios a
través de visitas, pasantías, jornadas y congresillos, donde los maestros
expongan sus actividades, sus progresos y las soluciones dadas a sus problemas
de aula. Estas interacciones crean una inteligencia colectiva que permite a los
docentes recuperar su autonomía y sentirse parte de un cuerpo intelectual
soberano, sosteniendo la esperanza educativa incluso cuando las directrices
oficiales parecen ignorar la realidad del aula. Habitar el espacio escolar bajo
el paradigma de la complejidad implica reconocer que el docente no lucha solo
en su aula, sino contra un sistema que invisibiliza su crisis; por ello, la reconstrucción
de la educación requiere pasar de la estética del maquillaje administrativo a
una verdadera política del cuidado docente, donde el encuentro entre
subjetividades vuelva a ser el centro de la esperanza nacional. Bauman, Z.
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CAPITULO V
INTERACCIÓN MAESTRO- ALUMNO: TERCER NIVEL
El objetivo que se persigue con el siguiente nivel es configurar el aula
como un espacio de investigación-acción y mediación dialógica, donde la
interacción entre el capital cultural y el capital simbólico permita subvertir
las estructuras de poder tradicionales y transformar la incertidumbre en
procesos de auto-organización y resistencia ética. El maestro no encuentra
"alumnos estándar", sino historias de vida atravesadas por fracturas
que desafían la pedagogía tradicional. En este escenario, el aula/hervidero
actúa como un sistema termodinámico social de alta entropía, donde la incertidumbre
de las subjetividades (trauma, neurodiversidad, entre otras) se convierte en la
energía necesaria para la auto-organización docente. Esto vincula de manera
directa la física cuántica y la entropía con la pedagogía, otorgándole un peso
científico que impide descartar la propuesta como "simple poesía".
En la cotidianidad escolar, la irrupción de problemas psicológicos y
sociales actúa como un ruido constante que desestabiliza la instrucción
técnica. El niño maltratado, por ejemplo, no solo porta huellas físicas, sino
que habita un estado de alerta permanente que bloquea sus procesos ejecutivos.
Como bien señala Cyrulnik (2013), en sus estudios sobre la resiliencia, el aula
puede transformarse en un "tutor de resiliencia", pero solo si el maestro
comprende que la apatía o la agresión del estudiante son, en realidad,
mecanismos de defensa ante un entorno hostil. Aquí, la gestión de la
transferencia se vuelve vital: el docente debe evitar reaccionar al síntoma (la
conducta disruptiva) para atender la causa (el trauma), transformando el
espacio educativo en un refugio de seguridad afectiva. Este entramado amalgama
la teoría de la modernidad líquida, la crisis ontológica y el hervidero,
visibilizando los rostros más vulnerables del sistema escolar.
La crisis del ser docente y la despersonalización del alumno no ocurren
en un vacío, sino en un tejido social profundamente desgarrado. En la
modernidad líquida, la educación se enfrenta al desafío de recibir sujetos cuya
existencia está marcada por la itinerancia y el desamparo, realidades que la
escuela suele omitir al reducir el proceso de enseñanza a una mera
administración de contenidos. La invisibilidad multidimensional (Díaz, 2026b)
se manifiesta con crudeza en aquellos niños y adolescentes que habitan el aula,
pero cuyas historias de vida son ignoradas por el sistema.
Hablamos de los niños de la calle que, en un acto de resistencia
heroica, logran asistir a la escuela buscando un fragmento de solidez en medio
de la intemperie. Para ellos, la escuela no es solo un lugar de aprendizaje,
sino un refugio contra la desolación. Sin embargo, el sistema a menudo los
percibe como entes disruptivos, ignorando la angustia del ser (Heidegger, 2009)
que cargan al no poseer un anclaje familiar estable. A este escenario se suman
los niños institucionalizados en internados, víctimas colaterales de una
justicia que juzga a sus padres y los condena a ellos a una soledad
administrativa. En estos casos, el aula corre el riesgo de convertirse en un
"no-lugar" (Augé, 2000), un espacio de anonimato donde el niño está
presente como "materia", pero su "onda" —sus sueños, miedos
y contexto judicial— permanece silenciada.
La problemática se extiende a los niños huérfanos, trabajadores o
abandonados; a aquellos cuyas madres, en la lucha por la supervivencia, laboran
en oficios nocturnos, dejando al infante en una deriva de cuidados; y a los
niños enfermos que asisten al aula sin atención médica, cargando con el dolor
físico como una barrera invisible. Reconocer estas realidades no implica desconocer
la existencia de hogares bien constituidos, sino denunciar que el sistema
educativo no puede seguir siendo ciego ante la herida social. El error de la
escuela tradicional es tratar estos casos como simples "problemas de
aprendizaje", cuando en realidad constituyen crisis de reconocimiento
humano.
Superar esta alienación exige que el aula sea, efectivamente, un
hervidero (Díaz, 2026a). Esta pedagogía del hervor propone que el docente
recupere su rol como investigador y guía intelectual para transformar ese
estado de ebullición social en energía transformadora. No se trata de convertir
al maestro en un asistente social, sino en un profesional con la autonomía
necesaria (Giroux, 1990) para que la producción de textos y el conocimiento
sirvan como herramientas de subjetivación. Solo al romper la liquidez de los
vínculos superficiales y construir un lazo sólido y ético, la escuela podrá
validar al adolescente como un sujeto histórico, devolviéndole la palabra a
quien la calle, la orfandad o la justicia han intentado silenciar.
A esta realidad se suma el desafío de la neurodiversidad,
específicamente con la presencia de niños en el Espectro Autista (TEA). Bajo la
lógica de una educación situada, el autismo no debe verse como una patología
que "interrumpe" la clase, sino como una forma distinta de procesar
la realidad que exige una reconfiguración del entorno. Aplicando los principios
del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), el maestro investigador diseña
apoyos visuales y rutinas predecibles que no solo benefician al niño con TEA,
sino que estabilizan la carga cognitiva de todo el grupo. El aula se convierte
así en un campo de experimentación donde la diferencia es la norma y no la
excepción.
Las conductas disruptivas se revelan entonces como respuestas
funcionales y reversibles al entorno, y no como carencias biológicas; fenómenos
que frecuentemente son exacerbados por la desnutrición y la precariedad
económica. Cuando el niño llega al aula con un capital cultural (Bourdieu)
drásticamente alejado de las exigencias del grado, se siente un extranjero en
su propia lengua. La falta de bases en lectoescritura o lógica matemática no es
una incapacidad intrínseca, sino el resultado de una brecha social que la
escuela, a menudo, profundiza mediante la estandarización. Para el
docente-investigador, integrar a estos niños implica una pedagogía del
acompañamiento basada en un Diagnóstico Holístico. Esto significa reconocer que
un trastorno de aprendizaje puede estar enmascarando un problema de visión, una
crisis de identidad o un entorno de violencia doméstica. Implica proveer el
andamiaje necesario para que el niño maltratado o el estudiante con
dificultades recupere la confianza en su propia capacidad de conocer,
integrando los códigos de su entorno social como puentes hacia el conocimiento
académico, evitando que la escuela sea percibida como un espacio de
juzgamiento.
En última instancia, el maestro que opera en este hervidero comprende
que su labor es una forma de clínica pedagógica. No busca uniformar a los estudiantes,
sino armonizar sus disonancias. Al reconocer al niño autista, al maltratado y
al que lucha con el rezago académico como sujetos de derecho, el docente
transforma la resistencia en resiliencia y la incertidumbre en una ética de la
hospitalidad, donde el aula es, finalmente, el lugar donde todos tienen derecho
a existir y aprender.
No obstante, la comprensión del aula como un campo de fuerzas resulta
fundamental en las perspectivas de Pierre Bourdieu y Michel Foucault. Para
Bourdieu, el aula constituye un campo donde se dirimen tensiones entre el
capital cultural del docente y el habitus del estudiante; la
transparencia de la realidad en este nivel permite que la autoridad pedagógica
no sea una imposición arbitraria, sino un reconocimiento mutuo. Por su parte,
Foucault nos recuerda que el poder es una red capilar que atraviesa todo el
cuerpo social; en la praxis educativa, esto se traduce en una microfísica donde
el afecto y el interés no son ajenos a la norma, sino elementos que circulan y
se transforman. Al integrar la "pedagogía de la escucha", el docente
renuncia a la posición de vigilancia jerárquica para habilitar una subjetividad
compartida.
La comprensión del aula como un sistema vivo exige trascender la visión
técnica de la enseñanza para reconocerla como un territorio donde la autoridad
pedagógica puede actuar como un mecanismo de reproducción de lo arbitrario
cultural (Bourdieu y Passeron, 1977, p. 103), a menos que el
docente-investigador asuma su rol como un agente capaz de subvertir estas estructuras
de poder. Esta dinámica se profundiza al aplicar el principio hologrammático de
Edgar Morin (1990, p. 107), bajo cuya lógica el aula deja de ser una unidad
aislada para convertirse en un microcosmos donde se reflejan y operan todas las
tensiones, crisis y potencialidades de la sociedad. En el caso concreto de la
sociedad venezolana, el aula funciona como un holograma social donde lo macro
se manifiesta en la singularidad del encuentro educativo.
Es precisamente en esta intersección donde el concepto de
"hervidero pedagógico" cobra su mayor potencia teórica: el aula es un
campo de lucha por el capital simbólico que, al ser abordado desde la
complejidad, permite que la incertidumbre y el desorden se transformen en una
fuente de auto-organización y autonomía para el docente. Así, el investigador
en situación no solo observa el fenómeno, sino que interviene en él,
reconociendo que cada acción en este hervidero tiene el potencial de resonar en
la totalidad del sistema educativo, convirtiendo la práctica cotidiana en un
ejercicio ético de transformación y resistencia frente a la fragmentación del
saber. Este nivel es el núcleo de la praxis. A diferencia de los anteriores,
aquí la realidad es transparente; es el espacio donde se negocia el poder, el
interés y el afecto. Siguiendo a Paulo Freire (1997), transitamos hacia una
educación dialógica basada en la "pedagogía de la escucha", donde el
maestro construye conocimiento junto con el alumno.
Cuadro 1.
Elementos de la Praxis en el Nivel 3
|
Dimensión |
Enfoque Tradicional |
Enfoque en el "Hervidero" |
|
El Alumno |
Receptor de información. |
Sujeto activo de su aprendizaje. |
|
El Maestro |
Poseedor de la verdad absoluta. |
Mediador y facilitador de procesos. |
|
El Contenido |
Programa rígido y descontextualizado. |
Conocimiento vinculado a la realidad. |
|
El Error |
Motivo de castigo o tacha. |
Oportunidad de reflexión y mejora. |
Fuente: Cornieles (2026).
No se trata de sobrecargar al docente con funciones que no le
corresponden, sino de elevar la ambición institucional del sistema. La
propuesta requiere trascender la escuela como un simple depósito de personas
para convertirla en un espacio de dignidad, donde la arquitectura y los
recursos actúen como un soporte material para la expansión del ser. Esta visión
de la "Escuela Deseable" se conecta de forma directa con la necesidad
de superar la precariedad de la modernidad líquida, erigiéndose como el soporte
material de la dignidad humana.
Para que el aula se convierta efectivamente en un hervidero pedagógico,
la ambición del sistema educativo debe ir más allá de la reforma curricular;
debe apuntar a la creación de un entorno que valide la existencia del niño en
su sentido más amplio. No se pretende convertir al docente en un
"todero" que asuma individualmente las carencias ajenas, sino en un
intelectual que opere dentro de un verdadero centro educacional: un espacio
que, por su propia infraestructura y oferta cultural, sea un sitio de deseo y
pertenencia.
Frente a la desidia de espacios sombríos y pupitres deteriorados, la
escuela debe ofrecer aulas ventiladas y bien iluminadas. Esta no es una demanda
estética, sino ontológica. Un espacio digno le dice al niño —especialmente al
que viene de la calle o de la precariedad del internado— que él es importante; el
entorno físico es la primera señal de que el sistema lo "ve". En
términos de Heidegger (2009), se trata de proporcionar un "morar"
seguro donde el ser-en-el-mundo pueda desarrollarse sin la opresión de la
carencia material.
Entender la escuela como un ecosistema cultural total, dotado con
laboratorios, bibliotecas, comedores y áreas de formación integral (música,
teatro, manualidades, deportes y educación física), rompe con la educación
líquida que solo busca la eficiencia administrativa. Los laboratorios y las
bibliotecas constituyen los espacios de la curiosidad y la investigación, donde
el docente y el alumno ejercen su autonomía como creadores de conocimiento
(Stenhouse, 1987). Por su parte, el comedor garantiza el derecho fundamental a
la nutrición, permitiendo que la "materia" (el cuerpo) esté en
condiciones de convertirse en "onda" (pensamiento y creatividad).
Asimismo, las artes y el deporte no son accesorios; son lenguajes que
permiten al adolescente salir de su invisibilidad multidimensional. A través
del cuerpo y el arte, el joven que se siente perdido en la fluidez social
encuentra una forma de expresión sólida y trascendente. Esta adición es el
pilar que cierra el círculo de la atención integral: no puede existir un
"hervidero" de conocimiento si el soporte biológico del estudiante
—su salud— se encuentra en precariedad. La escuela debe ser el primer frente de
salud pública para garantizar que el cuerpo del niño no sea un impedimento para
su aprendizaje.
En la visión de una escuela deseable, la salud no puede ser un elemento
externo o una responsabilidad delegada exclusivamente a las familias, muchas de
las cuales viven en contextos de vulnerabilidad extrema. Un verdadero centro
educacional debe contar con servicios médicos y odontológicos permanentes como
precondición del ser. Si asumimos al estudiante desde esta dualidad de materia
y onda, es imperativo reconocer que un niño con dolor dental, problemas de
visión no diagnosticados o desnutrición no puede alcanzar el estado de
ebullición creativa que propone la pedagogía del hervor. La presencia de un
médico y un odontólogo en la escuela transforma la institución en un espacio de
cuidado real, donde la invisibilidad multidimensional se combate desde el
diagnóstico temprano. El niño deja de ser un número en una lista para
convertirse en un sujeto cuya salud importa a la comunidad educativa.
Esta atención médica y nutricional permanente, vinculada estrechamente
al comedor escolar, permite detectar a tiempo patologías que a menudo se
confunden con apatía o falta de inteligencia, asegurando que el aula sea un
sitio de vida y no de padecimiento silencioso. A su vez, el servicio
odontológico dignifica la sonrisa y la autoestima del adolescente, factores
clave para su integración social.
Esta propuesta refuerza la idea de que el docente no es un
"todero", sino un profesional inserto en una estructura capaz de
garantizar salud, alimentación, artes y deportes en un mismo recinto,
convirtiendo a la escuela en el centro de gravedad de la comunidad. Es aquí
donde la educación recupera su sentido ético: una institución sólida que abraza
la complejidad del ser y proporciona las condiciones materiales para que el
niño pueda, finalmente, ser visto y atendido en su totalidad. De esta manera,
la escuela deja de ser un lugar de paso para convertirse en el sitio deseable
por excelencia: aquel donde el estudiante sabe que su cuerpo será cuidado, su
hambre saciada y su intelecto desafiado.
Esta escuela ambiciosa es la respuesta política a la despersonalización.
Cuando la institución garantiza la integralidad de sus procesos, el docente
deja de ser un mero gestor de crisis para transformarse en un guía dentro de un
ecosistema de posibilidades. La lucha por el hervidero es, en esencia, la lucha
por una escuela que no solo instruya sino que cultive, y que no se limite a
recibir al niño sino que lo atienda en la totalidad de su ser histórico y
social. Al transformar la escuela en un sitio deseable, combatimos la apatía y
la resistencia, devolviendo a la educación su poder de transformación real a
través de un compromiso ético que reconoce la complejidad de cada vida que
habita el aula. En este espacio vibrante, la labor del maestro se dignifica al
trascender la instrucción mecánica, permitiéndole habitar los intersticios de
la práctica para crear un tejido de significados que responda con justicia a la
realidad de sus estudiantes. Es en esta escuela donde el saber situado y la
autonomía docente se convierten en los motores de una pedagogía de la
posibilidad que no se rinde ante la burocracia, sino que la escuela, lejos de ser un receptáculo estático,
debe configurarse como una heterotopía en el sentido foucaultiano
(Foucault, 1966). Como espacio que existe fuera de todos los lugares, aunque
sea localizable, el aula/hervidero permite al estudiante suspender las
jerarquías y las violencias de su entorno externo para ensayar una nueva forma
de ser. Al proporcionar un 'morar' digno, la infraestructura no es solo un
soporte material, sino el umbral necesario para que el sujeto desdoblado —aquel
cuya 'materia' es herida por la calle y cuya 'onda' está bloqueada por el
trauma— pueda finalmente reconocerse en un espacio que, por fin, lo
legitima."
Augé, M. (2000). Los no lugares:
Espacios del anonimato. Una antropología de la sobre modernidad. Gedisa.
Bourdieu, P., y Passeron, J. C. (1977).
La reproducción: Elementos para una teoría del sistema de enseñanza.
Laia.
Cornieles, I. (2026). Elementos de
la Praxis en el Nivel 3 [Cuadro 1].
Cyrulnik, B. (2013). La
resiliencia. Gedisa.
Díaz, I. (2026a). El hervidero
pedagógico. [Referencia citada en el texto].
Díaz, I. (2026b). La invisibilidad
multidimensional. [Referencia citada en el texto].
Foucault, M. (1966). De los
espacios otros (Heterotopías). [Referencia citada en el texto].
Freire, P. (1997). Pedagogía de la
autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI.
Giroux, H. A. (1990). Los
profesores como intelectuales: Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje.
Paidós.
Heidegger, M. (2009). Construir,
habitar, pensar. La Oficina Ediciones.
Morin, E. (1990). Introducción al
pensamiento complejo. Gedisa.
Stenhouse, L. (1987). La
investigación como base de la enseñanza. Morata.
CAPITULO V
INTERACCIÓN ALUMNO/ALUMNO. CUARTO NIVEL
Ocurre "de tú a tú".
La subjetividad colectiva.}Hemos tarzado como objetivos de este capitulo
Ocurre "de tú a tú". Es la subjetividad
colectiva.
Hemos trazado como objetivos de este capítulo:
- Analizar
la micropolítica del aula y la geografía de la invisibilidad para
transformar las dinámicas espontáneas del grupo en un ecosistema de
aprendizaje colaborativo y cuidado mutuo, mediante la validación de la
subjetividad colectiva del estudiante.
- Comprender
la configuración social y espacial del aula como una red de significados,
a fin de desarrollar una pedagogía de la presencia que permita transitar
del "hervidero" espontáneo hacia una topografía del
reconocimiento humano y la responsabilidad compartida.
Entender el salón de clases como un espacio vivo requiere ir más allá de
lo evidente; no hay en nuestro concepto una distribución física azarosa: es la
geografía de la invisibilidad. Los alumnos proyectan sus necesidades
ontológicas y sociales en el espacio que ocupan. Como plantean Tardif (2004) y
Márquez y Díaz (2020), la red sociológica del aula posee elementos "no
visibles" que subyacen a la distribución de los cuerpos. El frente, el
fondo y los umbrales de las puertas narran historias que el sistema
administrativo se niega a leer.
En el frente se establece, a menudo, "el pacto" o la zona de
seguridad; allí se ubica el alumno que busca desesperadamente ser visto para
compensar la invisibilidad que padece en su entorno familiar, o aquel que
utiliza la cercanía del docente como un muro de contención ante el caos de su
contexto para asimilar, al máximo, la clase. Generalmente, son los estudiantes
con mayor rendimiento académico.
Por el contrario, el fondo del salón se erige como el territorio de la
resistencia o la "onda libre". Inspirada en la dualidad de la física
cuántica, esta zona permite que la identidad se expanda fuera del control
normativo. Para el adolescente que sufre maltrato o habita la precariedad, el
fondo es un anonimato protector, un espacio de vigilancia silenciosa donde
puede procesar su angustia sin ser interrogado. Asimismo, quienes se ubican cerca
de la puerta habitan el "umbral de la fuga": sujetos cuya materia
está en el pupitre, pero cuya mente se encuentra en el exterior, urgidos de
libertad o atados a las cargas de un trabajo infantil que los obliga a estar
siempre listos para partir. En el centro, el "hervidero" se
manifiesta en su máxima expresión a través de la autoorganización y las
alianzas entre pares, desafiando la verticalidad docente mediante una
distribución lateral de la información.
Sin embargo, esta dinámica está atravesada por elementos que la
burocracia escolar ignora sistemáticamente, convirtiendo el aula en un espacio
de exclusión. La carga térmica y lumínica, por ejemplo, no es un detalle
técnico, sino una barrera de dignidad material: un niño en un rincón oscuro o
mal ventilado no padece un déficit de atención, sino una agresión física que
agota su ser. A esto se suma la "falla geológica" de las tensiones
sociales y el silencio del hambre y la enfermedad, donde el alumno busca apoyo
en las paredes no por apatía, sino por un ahorro crítico de energía vital.
Superar esta realidad implica transitar del aula-depósito al hervidero
pedagógico consciente. Esta transformación surge de una ambición
institucional que convierta la escuela en un sitio deseable. El docente, como
investigador de la micropolítica escolar (Ball, 1989), requiere el respaldo de
un sistema que garantice servicios médicos y odontológicos permanentes. Solo
cuando el pupitre sea un objeto deseable y el espacio ofrezca laboratorios,
bibliotecas, comedores y artes, la geografía de la invisibilidad podrá
transformarse en una topografía del reconocimiento. Al atender la salud y el
bienestar material, la escuela deja de ser un "no-lugar" de tránsito
anónimo para convertirse en un centro donde el vínculo ocurre "de tú a
tú".
Aquí se gestan amistades, pero también dinámicas de poder (sobrenombres,
burlas, exclusión). Perrenoud (2006) describe el "oficio del alumno"
como el conjunto de estrategias de supervivencia y resistencia para protegerse
de la autoridad. El uso del sobrenombre es una forma de marcar territorio en un
sistema que los invisibiliza. En este espacio de horizontalidad absoluta, el
grupo se autoorganiza creando lealtades que actúan como escudo protector, pero
que pueden derivar en procesos de exclusión si el sistema pierde su equilibrio.
Para el docente-investigador, comprender este nivel implica transitar hacia una
ética del cuidado: la intervención no busca sofocar el hervor, sino orientar
esa energía hacia el reconocimiento del otro.
Cuadro 2. Elementos de Observación entre Pares
|
Elemento |
Manifestación |
Impacto |
|
Liderazgos
Informales |
Alumnos que
dictan la conducta. |
Aliados o
saboteadores. |
|
Códigos de
Silencio |
Lealtad
grupal ante incidentes. |
Protegen
identidad grupal. |
|
Exclusión
Social |
Estudiantes
que trabajan solos. |
Bloqueos
emocionales. |
|
Aprendizaje
Colaborativo |
Intercambio
espontáneo de dudas. |
Acelera la
comprensión. |
Fuente:
Cornieles (2026).
En conclusión, la interacción en el hervidero del aula es una red de
tensiones y afectos donde el aprendizaje ocurre de forma horizontal. Un ejemplo
contundente es el momento en que un estudiante explica a otro un concepto
complejo usando sus propios códigos y metáforas territoriales, logrando una
"traducción" que el discurso técnico a veces no alcanza. Para
orquestar esta energía volcánica, es imperativo que el docente trascienda las
paredes institucionales y se sumerja en la cartografía vital de sus estudiantes
mediante la visita a sus hogares. Al entrar en el espacio doméstico, el maestro
deja de ser una autoridad distante para comprender las dinámicas del sustento,
la carencia y los lenguajes del afecto que moldean la subjetividad del niño.
Solo a través de este conocimiento situado el docente puede validar el
testimonio de sus estudiantes y construir una escuela que sea un refugio de
posibilidades. Y que sea
- Refuerzo
Teórico sobre el Espacio: Considerando
el argumento con la noción de "Heterotopía" de Michel
Foucault (El cuerpo utópico, 1966). Foucault describe espacios que
tienen la particularidad de estar fuera de todos los lugares, aunque sean
localizables; esto encaja perfectamente con tu visión del aula como un
lugar que, aunque físico, está "desconectado" por las realidades
sociales de los alumnos.
- Una
acción que valore la " la
Presencia": Tu enfoque dialoga muy bien con la "Pedagogía del
Oprimido" de Paulo Freire, específicamente en lo que respecta a la
lectura del mundo antes que la lectura de la palabra. la "visita
domiciliaria", enfatizando que el maestro no llega a enseñar, sino a aprender
el contexto para poder enseñar.
- Cohesión:
El texto es potente. El uso de las metáforas (falla geológica, hervidero,
umbral de fuga) son las que le dan la carga emocional y científica (a
través de la física y la geología) a la presente investigación.
Analizar la micropolítica del aula y la geografía de la invisibilidad
para transformar las dinámicas espontáneas del grupo en un ecosistema de
aprendizaje colaborativo y cuidado mutuo, mediante la validación de la
subjetividad colectiva del estudiante."
Comprender la configuración social y espacial del aula como una red de
significados, a fin de desarrollar una pedagogía de la presencia que permita transitar
del 'hervidero' espontáneo hacia una topografía del reconocimiento humano y la
responsabilidad compartida.
Entender el salón de clases como un espacio vivo
requiere ir más allá de lo evidente, no hay en nuestro concepto una distribución física azarosa; es la geografía
de la invisibilidad. Los alumnos proyectan sus necesidades ontológicas y
sociales en el espacio que ocupan.
Autores como Tardif (2004) y Márquez y Díaz (2020)plantean
que sobre la red sociológica existen elementos "no visibles" que están
presentes en esa distribución: que solo registra la presencia física de los
cuerpos. La distribución de los alumnos en el aula no es azarosa; constituye
una verdadera geografía de la invisibilidad donde los sujetos proyectan sus
necesidades ontológicas, sociales y afectivas en el espacio que habitan. Como
plantean Tardif (2004) y Márquez y Díaz (2020), el aula es una red sociológica
donde el frente, el fondo y los umbrales de las puertas narran historias que el
sistema administrativo se niega a leer. En el frente, se establece a menudo
"el pacto" o la zona de seguridad; allí se ubica el alumno que busca
desesperadamente ser visto para compensar la invisibilidad que padece en su
entorno familiar, o aquel que utiliza la cercanía del docente como un muro de
contención ante el caos ruidoso de su contexto, a fin de poder asimilar al
máximo sus clase. Generalmente son los
mejores alumnos.
Por el contrario, el fondo del
salón se erige como el territorio de la resistencia o la "onda"
libre. Inspirada en la dualidad de la física cuántica, esta zona permite que la
identidad se expanda fuera del control normativo del sistema. Para el
adolescente que sufre maltrato o que habita la precariedad de la calle, el
fondo es un anonimato protector, un espacio de vigilancia silenciosa donde
puede procesar su angustia sin ser interrogado. O quienes se ubican cerca de la puerta,
habitando el umbral de la fuga: sujetos cuya presencia física (materia) puede
estar en el pupitre, pero cuya mente se
encuentra en el exterior debido a la urgencia de libertad o a las cargas de un
trabajo infantil que los obliga a estar siempre listos para partir. En el
centro, el "hervidero" se manifiesta en su máxima expresión a través
de la autoorganización y las alianzas entre pares, desafiando la verticalidad
del docente mediante una distribución lateral de la información.
Sin embargo, esta dinámica está
atravesada por elementos "no visibles" que la burocracia escolar
ignora sistemáticamente, convirtiendo el aula en un espacio de exclusión. La
carga térmica y lumínica, por ejemplo, no es un detalle técnico, sino una
barrera de dignidad material; un niño en un rincón oscuro o mal ventilado no
padece un déficit de atención, sino una agresión física que agota su ser. A
esto se suma la "falla geológica" de las tensiones sociales y el
silencio ensordecedor del hambre y la enfermedad, donde el alumno busca apoyo
en las paredes no por apatía, sino por un ahorro crítico de energía vital.
Superar esta realidad implica
transitar del aula-depósito al hervidero pedagógico consciente. Esta
transformación no surge espontáneamente, sino de una ambición institucional que
convierta la escuela en un sitio deseable. El docente, actuando como un
investigador de la micropolítica escolar (Ball, 1989), debe contar con el
respaldo de un sistema que garantice servicios médicos y odontológicos
permanentes dentro del plantel. Solo cuando el pupitre sea un objeto deseable y
el espacio ofrezca laboratorios, bibliotecas, comedores, enseñanza musical y
artes, la geografía de la invisibilidad podrá transformarse en una topografía
del reconocimiento. Al atender la salud y el bienestar material del estudiante,
la escuela deja de ser un "no-lugar" de tránsito anónimo para
convertirse en un verdadero centro educacional donde el vínculo ocurre "de
tú a tú" y la subjetividad colectiva permite que cada niño, sin importar
su ubicación física, sea plenamente atendido en su más amplio sentido humano.
Aquí se gestan amistades, pero también
dinámicas de poder (sobrenombres, burlas, exclusión). Perrenoud (2006) describe
el "oficio del alumno": aprender a sobrevivir al sistema y protegerse
de la autoridad. El uso del sobrenombre es una forma de "marcar
territorio" en un sistema que los invisibiliza. Fragua
la subjetividad colectiva que da vida al aula más allá de la instrucción
formal. En este espacio de horizontalidad absoluta, el estudiante despliega lo
que Philippe Perrenoud define como el "oficio del alumno", un
conjunto de estrategias de supervivencia y resistencia mediante las cuales
aprende a protegerse de la mirada fiscalizadora de la autoridad y a navegar los
códigos invisibles del sistema (Perrenoud, 2006). Esta dinámica se manifiesta
con fuerza en el uso del sobrenombre y la marcación de territorio simbólico; no
como simples actos de indisciplina, sino como mecanismos de autoafirmación
frente a una institución que a menudo tiende a la Invisibilización del ser. Es
aquí, en el flujo de liderazgos informales y códigos de silencio, donde el
sistema educativo revela su naturaleza compleja: el grupo se autoorganiza
creando lealtades que actúan como un escudo protector, pero que también pueden
derivar en procesos de exclusión social y bloqueos emocionales si el sistema
pierde su equilibrio. Por tanto, el aprendizaje colaborativo que emerge de
forma espontánea entre pares no es solo un acelerador de la comprensión
cognitiva, sino la expresión más pura de una inteligencia colectiva que demanda
ser reconocida. Para el docente-investigador, comprender este nivel de
interacción implica transitar hacia una ética del cuidado, donde la
intervención no busca sofocar el hervor de las relaciones entre iguales, sino
orientar esa energía hacia el reconocimiento del otro. Al validar estas
subjetividades, el hervidero deja de ser un espacio de conflicto potencial para
transformarse en un ecosistema de cuidado mutuo, donde la lealtad grupal
evoluciona hacia una responsabilidad compartida por el bienestar y el
crecimiento del prójimo. Elementos
representativos de esta relación.
Cuadro 2. Elementos de Observación
entre Pares
|
Elemento |
Manifestación |
Impacto |
|
Liderazgos
Informales |
Alumnos que dictan la conducta. |
Aliados o saboteadores. |
|
Códigos de
Silencio |
Lealtad grupal ante incidentes. |
Protegen identidad grupal. |
|
Exclusión
Social |
Estudiantes que trabajan solos. |
Bloqueos emocionales. |
|
Aprender
Colaborativo |
Intercambio espontáneo de dudas. |
Acelera la comprensión. |
|
|
|
Fuente: Cornieles (2026
En conclusión, la interacción
entre los alumnos dentro del hervidero del aula se manifiesta como una red de
tensiones y afectos donde el aprendizaje ocurre de forma horizontal mediante el
conflicto y la colaboración espontánea. Un ejemplo contundente es el momento en
que un estudiante explica a otro un concepto complejo utilizando sus propios
códigos lingüísticos y metáforas territoriales logrando una traducción que el
discurso técnico del docente a veces no alcanza. En estos intercambios se
producen negociaciones de poder y gestos de solidaridad profunda donde los
niños aprenden a leer las emociones del par antes que las letras del libro
convirtiendo el salón en un laboratorio vivo de convivencia y resistencia
social. Para que el docente pueda orquestar esta energía volcánica es
imperativo que trascienda las paredes de la institución y se sumerja en la
cartografía vital de sus estudiantes mediante la visita a sus hogares. Al
entrar en el espacio doméstico el maestro deja de ser una figura de autoridad
distante para comprender las dinámicas del sustento la carencia y los lenguajes
del afecto que moldean la subjetividad del niño. Conocer sus redes de
socialización en el barrio o en la comunidad permite al docente identificar los
saberes previos y las heridas que cada alumno carga en su mochila invisible
dotándolo de herramientas para transformar el paquete rígido del currículo en
un tejido de significados que realmente responda a su ser histórico. Esta
inmersión en la realidad del otro es lo que permite pasar de una instrucción
mecánica a una pedagogía de la presencia donde el maestro actúa como un guía
que sabe exactamente qué cuerdas tocar para encender el asombro. Solo a través
de este conocimiento situado el docente puede validar el testimonio de sus
estudiantes y construir una escuela que sea un sitio deseable un refugio de
posibilidades que combata la apatía con la fuerza del reconocimiento mutuo.
Aquí detallamos cómo se articula
el cumplimiento de ese objetivo .
El texto no se queda solo en la descripción del caos o la bulla (el
hervor); tratamos de explicar que esa energía es "inteligencia
colectiva que demanda ser reconocida". Al proponer que el docente use
códigos lingüísticos de los alumnos y valide sus liderazgos, el escrito muestra
cómo pasar de una reacción natural a un diseño pedagógico de cuidado mutuo.
. El escrito justifica por qué el maestro debe ser un investigador:
- Hacia adentro: Debe leer la "geografía de la invisibilidad" (quién se
sienta dónde y por qué).
- Hacia afuera: Debe realizar la visita domiciliaria para entender la
"cartografía vital" (heridas, redes de apoyo y carencias).
- Esto
cumple con la premisa de no ser una autoridad distante, sino un "guía
que sabe qué cuerdas tocar".
El texto cumple este objetivo al "despatologizar" al alumno.
Por ejemplo:
- El
que está en el fondo no es necesariamente apático, está en "anonimato
protector".
- El
que no atiende no siempre tiene un déficit, quizás padece una "agresión
física" por la mala iluminación o el hambre.
- Al
entender estas razones, el docente valida el ser histórico del
estudiante en lugar de simplemente calificar su conducta.
Es la intención demostrar que el aprendizaje real ocurre en la
horizontalidad. El ejemplo de la "traducción de conceptos"
entre pares (cuando un alumno le explica a otro con sus propias metáforas) es
la prueba máxima de que la subjetividad colectiva potencia el aprendizaje más
que el discurso técnico vertical.
En conclusión: El texto no solo enuncia el objetivo, sino que lo operacionaliza.
Define el "qué" (el ecosistema de aprendizaje), el "cómo"
(investigación micropolítica y visitas al hogar) y el "para qué"
(transformar el aula en un sitio deseable y de reconocimiento mutuo).
Es un cierre coherente que amarra la teoría sociológica (Tardif,
Perrenoud, Ball) con la realidad cruda y esperanzadora del aula venezolana.
Para organizar tu bibliografía bajo las normas APA
(7.ª edición), he tomado las referencias mencionadas en tu texto.
Aquí tienes la lista organizada alfabéticamente y
formateada correctamente:
Ball, S. J. (1989). Micro-politics of the
school: Towards a theory of school organization. Routledge.
Cornieles, [Inicial del nombre]. (2026). Título
de tu obra/investigación o artículo [Tesis de doctorado/Manuscrito
inédito/etc.]. Institución.
Foucault, M. (1966/1984). El cuerpo utópico. En Heterotopías
(pp. 1-15). Ediciones Nueva Visión. (Obra original publicada en 1966).
Márquez, [Inicial del nombre]., y Díaz, [Inicial
del nombre]. (2020). Título del libro o artículo relacionado. Editorial
o Nombre de la revista.
Perrenoud, P. (2006). El oficio de alumno y el
sentido del trabajo escolar. Editorial Popular.
Tardif, M. (2004). Los saberes del docente y su
desarrollo profesional. Narcea Ediciones.
CAPITULO VI
LA RELACIÓN MAESTRO/PADRES
Para
profundizar en la relación entre padres y maestros dentro de la visión del hervidero pedagógico debemos
entender este vínculo no como un trámite administrativo o una entrega de
boletas sino como un acto de elevado nivel ético y una alianza de confianza
mutua que sostiene la formación integral del niño. Esta relación debe superar
la etapa de la mutua recriminación donde el hogar culpa a la escuela por la
falta de disciplina y la escuela culpa al hogar por la carencia de hábitos para
transformarse en una comunidad de cuidado donde ambos actores se reconozcan
como coinvestigadores de la vida del estudiante. Superar la desconfianza
implica abandonar la cultura de la queja y el juicio sumario sobre las familias
desbordadas para pasar a una etapa de amorosidad política donde el docente actúa como un puente
que ayuda a los padres a procesar sus propias angustias de supervivencia
permitiendo que el hogar se convierta en el primer aliado del proceso
educativo. La profundización de este vínculo exige que el maestro entre en la
cartografía familiar mediante la escucha activa y la visita pedagógica no para
fiscalizar sino para comprender el entorno primario y validar los saberes
domésticos como parte del currículo vivo. Es necesario superar la visión del
representante como un espectador pasivo y elevarlo al rango de colaborador estratégico
que junto al docente protege la subjetividad del niño frente a la irrupción
violenta de la realidad externa y la frialdad de los algoritmos digitales. Al
consolidar esta red de apoyo emocional y profesional se mitiga la soledad del
docente y se reconstruye el tejido social fracturado asegurando que el calor
generado en el aula sea un motor de sanación colectiva que trascienda los muros
de la escuela. Solo cuando el padre y el maestro se miran de hombro a hombro
reconociendo la humanidad del otro la educación deja de ser un servicio
burocrático para convertirse en un ejercicio de soberanía pedagógica y un
refugio de esperanza para la nación.
. Las paredes del aula presentan intersticios, aquí entran en juego expectativas, carencias y
mandatos culturales. El aula es receptora de las crisis estructurales del
hogar. El docente no solo enseña contenidos, sino que "contiene"
realidades ante la delegación de responsabilidades de familias desbordadas.
Cuando el hambre, la inseguridad o la precariedad de servicios básicos entran
al salón, el programa oficial se vuelve irrelevante. El docente debe decidir: o
intenta una "asepsia" imposible o habita el hervidero, transformando
tensiones sociales en currículo vivo.
La autonomía y el afecto emergen como los reguladores fundamentales para
transformar la ebullición del aula en un proceso de crecimiento. Por una parte,
el maestro se enfrenta a los niveles anteriores, a la gestión administrativa a
una cultura de apariencias que drena la energía creativa; a la brecha entre la planificación oficial y la
realidad educativa, por otra parte , en el aula los roces
de las subjetividades generan calor, y donde el docente acepta que su
mayor herramienta es su propia humanidad.
Este nivel transforma el hecho educativo en un ejercicio de resistencia
humana, donde el docente se ve obligado a gestionar no solo el conocimiento,
sino las fracturas profundas que los niños arrastran desde sus hogares. La
pobreza y la miseria dejan de ser estadísticas externas para encarnar problemas
del alumno ( hambre, hacinamiento, divorcios y carencias de la agenda del día,
volviendo estéril cualquier planificación que ignore la urgencia del cuerpo ).
Para Tenti Fanfani ( 2007). El aula se convierte así en el espejo de núcleos
familiares fragmentados por el abandono o por divorcios conflictivos que, ante
la falta de redes de apoyo, terminan delegando en la escuela la contención de
una angustia que los padres, desbordados por sus propias luchas de
supervivencia, ya no pueden procesar (, p. 89). Esta transferencia de
responsabilidades genera una conducta en el niño que oscila entre la apatía
defensiva y la irrupción violenta, reflejando fielmente la inestabilidad de un
entorno primario donde la precariedad de los servicios básicos y la inseguridad
han erosionado la paz necesaria para el aprendizaje. Ante este panorama, el
educador se enfrenta al dilema ético de intentar una asepsia pedagógica, que
solo profundizaría la herida de la Invisibilización, o habitar plenamente el
"hervidero", reconociendo que los problemas de conducta son, en
realidad, gritos de auxilio de una subjetividad herida que requiere lo que
Freire (1997, p. 28) denomina amorosidad como herramienta de lucha política. El
programa oficial se vuelve irrelevante cuando la prioridad es reconstruir el
tejido emocional de quien llega al salón cargando el peso de un hogar en
crisis, obligando al docente a desarrollar un "oficio de alumno"
paralelo que le permita sobrevivir a la burocracia mientras protege la
humanidad de sus estudiantes (Perrenoud, 2006, p. 115). Mientras la gestión
administrativa persista en una cultura de apariencias y en el llenado de
formatos que ignoran estas realidades sangrantes, la brecha entre la escuela
ideal y el hervidero real seguirá ensanchándose, dejando al descubierto que la
verdadera educación ocurre únicamente cuando el docente acepta que su mayor
recurso no es el manual de estrategias, sino su capacidad de ser y estar con el
otro en medio de la incertidumbre (Morin, 1999, p. 22).
Superar la desconfianza implica abandonar la
cultura de la queja sobre las familias desbordadas para pasar a una etapa de amorosidad
política, donde el docente actúa como un puente que ayuda a los padres a
procesar sus propias angustias de supervivencia. Al integrar la pedagogía de
la ternura, el afecto deja de ser un sentimiento blando para convertirse en
una estructura de poder pedagógico capaz de transformar la realidad y validar
los saberes domésticos como parte del currículo vivo.
El aula como centro de
resiliencia colectiva
Las paredes del aula presentan intersticios donde
entran las crisis estructurales del hogar. Cuando el hambre, la inseguridad o
la precariedad de los servicios básicos atraviesan el salón, el programa
oficial se vuelve irrelevante. En este escenario, el docente no solo enseña,
sino que se convierte en un tutor de resiliencia que, junto a los
padres, protege la subjetividad del niño frente a la irrupción violenta de la
realidad.
El aula se convierte así en el espejo de núcleos
familiares fragmentados por el abandono o el conflicto. Ante la falta de redes
de apoyo, el docente asume la tarea de contener una angustia que las familias,
desbordadas por sus propias luchas de supervivencia, ya no pueden procesar.
Como bien señala Freire (1997), esta amorosidad es una herramienta de
lucha política que impide que la "Invisibilización" del alumno se
consume.
Soberanía pedagógica y
autocuidado
Es imperativo reconocer que,
para sostener este "hervidero", el docente también debe ejercer la ética
del cuidado hacia sí mismo. Al consolidar esta red de apoyo, se mitiga la
soledad del docente y se reconstruye el tejido social fracturado, asegurando
que el calor generado en el aula sea un motor de sanación colectiva que
trascienda los muros de la escuela. Es importante que el padre sea un compañero del docente, que
encuentre en él, la persona que ha asumido la responsabilidad de ayudarlo a
formar a su representado. Para que el "hervidero pedagógico"
no sea solo una metáfora académica, sino una experiencia vivencial, la
participación de los padres y representantes debe abandonar el rol de
espectadores o receptores de quejas y convertirse en co-habitantes del
espacio educativo.
Si entendemos el aula como ese espacio de alta
temperatura, donde la incertidumbre y el aprendizaje conviven, el padre no es
quien "envía" al niño al colegio para ser "procesado", sino
quien comparte la construcción del entorno de aprendizaje.
Proponemos ejemplos concretos de cómo esta alianza puede
materializarse, rompiendo la barrera de lo burocrático:
El Aula como Nodo de Saberes (Más allá de la nota)
El padre debe dejar de preguntar "¿qué nota
sacó mi hijo?" para pasar a preguntar "¿qué está viviendo mi hijo en
este hervidero?".
- Ejemplo: En lugar de reuniones solo para entregar boletas, organizar "Círculos
de Saberes". Un padre que es carpintero, médico, artista o
comerciante puede entrar al aula para conectar el contenido geométrico o
histórico con la vida real, convirtiéndose en un co-docente
circunstancial. Esto demuestra al estudiante que el conocimiento no
está aislado, sino que es un tejido que une a la comunidad.
La Gestión de la Incertidumbre (Contención compartida)
Cuando ocurre una crisis en el aula o en la vida
del estudiante, la burocracia escolar suele "etiquetar" y
"clasificar". La soberanía pedagógica propone que, ante la
incertidumbre, el maestro y el padre se sienten a observar la realidad juntos.
- Ejemplo: Si un niño presenta un cambio de comportamiento, el padre y el
docente establecen una Bitácora de Encuentro. No es un formato de
control, sino un espacio donde ambos anotan observaciones sobre el
bienestar emocional del estudiante, intercambiando estrategias de
acompañamiento en casa y en la escuela. El objetivo es sanar, no
sancionar.
Autocuidado Colectivo: El "Hervidero" es para todos
Si el docente debe cuidarse para sostener el
hervidero, los padres también deben ser parte de ese ecosistema de cuidado.
- Ejemplo: Crear "Comités de Bienestar" entre docentes y
representantes. Estos grupos no se dedican a la infraestructura o a
recolectar fondos, sino a organizar espacios de reflexión sobre la crianza
y la enseñanza. Cuando el padre comprende la carga del maestro y el
maestro entiende las angustias del hogar, se reduce la presión burocrática
y surge un refugio de esperanza mutuo.
La "Pedagogía de la Puerta Abierta"
La burocracia impone horarios rígidos para la
atención al representante. La soberanía pedagógica invita a flexibilizar este
acceso.
- Ejemplo: Establecer "Cafés Pedagógicos" mensuales donde el
maestro y los representantes conversan, sin la mediación de formatos,
sobre las dinámicas que están "hirviendo" en el aula. Esto
humaniza el vínculo: el padre empieza a ver al maestro como una persona
que siente y se agota, y el maestro ve en el padre a un aliado
indispensable para descifrar las necesidades del adolescente o niño.
La Participación en la "Trayectoria" (El proyecto SINTEIS)
Dado EL enfoque que damos en el SINTEIS, los
representantes deben ser los guardianes de la trayectoria.
- Ejemplo: Los padres pueden participar activamente en la construcción de los
"Mapas de Trayectoria" de sus hijos, aportando
información que los registros administrativos suelen ignorar (intereses
extraescolares, talentos no académicos, contextos de vida). Esto hace que
el padre sea un arquitecto, junto al maestro, del futuro del representado.
La responsabilidad es compartida
Para que esto no se quede en teoría, debemos
entender que:
- El Padre: Debe dejar de ser el "cliente" que exige resultados y
convertirse en el "acompañante" que reconoce la labor del
otro y se hace corresponsable del ambiente emocional del niño.
- El Docente: Debe abrir las puertas de su "hervidero" sin miedo al
juicio, confiando en que al mostrar su humanidad, ganará aliados en lugar
de adversarios.
Cuando el padre y el maestro se miran de hombro a
hombro, el centro del proceso educativo deja de ser el "programa
escolar" para convertirse en el "proyecto de vida" del
estudiante.
Mientras la gestión administrativa persista en la
cultura de formatos que ignoran estas realidades sangrantes, la brecha seguirá
ensanchándose. La verdadera educación ocurre únicamente cuando el docente
acepta que su mayor recurso no es el manual de estrategias, sino su capacidad
de ser y estar con el otro en medio de la incertidumbre. Solo cuando el padre y
el maestro se miran de hombro a hombro, reconociendo la humanidad del otro, la
educación deja de ser un servicio burocrático para convertirse en un ejercicio
de soberanía pedagógica y un refugio de esperanza para la nación.
En conclusión
se asume
La Reconfiguración del Vínculo Educativo
|
Dimensión |
Visión Burocrática (Tradicional) |
Visión del "Hervidero Pedagógico" |
|
El Padre |
Cliente/Espectador pasivo. |
Colaborador
estratégico/Co-arquitecto. |
|
El Maestro |
Ejecutor de
contenidos/Funcionario. |
Puente/Tutor de
resiliencia/Co-investigador. |
|
La Relación |
Trámite administrativo/Queja. |
Alianza ética/Comunidad de
cuidado. |
|
El Aula |
Espacio de instrucción. |
Refugio/Nodo de
saberes/Hervidero vivo. |
Ejes de Acción para una
Soberanía Pedagógica
Para materializar esta visión, se sugiere transitar de lo teórico a lo vivencial
mediante acciones concretas que rompen las estructuras rígidas:
- De la Nota al Proyecto de Vida: El enfoque se desplaza de la evaluación
cuantitativa (la calificación) hacia la comprensión del desarrollo
emocional y humano del estudiante.
- Saberes Integrados: La democratización del conocimiento al permitir que los padres,
desde sus diversas profesiones y oficios, aporten al aula, conectando la
teoría con la realidad.
- Bitácoras de Encuentro: Sustituir los formatos de sanción por
instrumentos de seguimiento emocional compartidos, donde el objetivo es el
acompañamiento y no el juicio.
- Pedagogía de la Puerta Abierta: La humanización del vínculo a través de
espacios de encuentro (Cafés Pedagógicos) que reducen la brecha jerárquica
y permiten el desahogo mutuo.
- Autocuidado Compartido: La creación de Comités de Bienestar reconoce
que la carga de la "realidad sangrante" es compartida y que, si
el docente se agota, el tejido social que sostiene al niño se desmorona.
Reflexión sobre la Ética del Cuidado
El elemento más potente es la validación de la "amorosidad"
no como un sentimiento blando, sino como una estructura de poder político.
Al integrar la pedagogía de la ternura y la resiliencia (Cyrulnik, 2002), el
aula deja de ser un espacio de invisibilización para transformarse en un motor
de sanación colectiva. Esta visión es fundamental, especialmente en contextos
de crisis, donde el docente es a menudo la única figura de estabilidad en la
vida del estudiante.
"La educación deja de ser un servicio
burocrático para convertirse en un ejercicio de soberanía pedagógica y un
refugio de esperanza para la nación."
Esta frase sintetiza nuestro planteamiento , en
tanto el docente que habita el hervidero
no es un superhéroe, sino un profesional que, en medio de la incertidumbre,
elige la presencia humana sobre el formato administrativo.
Referencias
Bibliográficas
Cyrulnik,
B. (2002). Los patitos feos: La resiliencia: una infancia feliz no determina
la vida. Gedisa.
Freire,
P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica
educativa. Siglo XXI Editores.
Morin,
E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.
UNESCO.
Perrenoud,
P. (2006). La escuela y el aprendizaje: El oficio de alumno y el sentido del
trabajo escolar. Editorial Brujas.
Tenti
Fanfani, E. (2007). La escuela y la cuestión social: Ensayos de sociología
de la educación. Siglo XXI Editores.
CAPITULO VII
HACIA UNA ONTOLOGÍA DEL AULA EXPANDIDA:
EL DOCENTE COMO INTELECTUAL
SEXTO NIVEL
Es
objetivo de este capítulo analizar el rol del docente como intelectual
crítico frente a la ubicuidad digital y la cultura administrativa de la
"asepsia pedagógica", con el fin de proponer un modelo de supervisión
clínica y acompañamiento institucional que dignifique la labor educativa y
humanice la integración de la Inteligencia Artificial en el aula.
Al integrar esta perspectiva, planteamos que el "hervidero" ha
desbordado sus límites físicos. Estamos ante un Aula Líquida: el celular
actúa como un portal que permea la escuela, haciendo que la ebullición sea
multidireccional. En este escenario, la Inteligencia Artificial (IA) no es una
herramienta accesoria, sino un lenguaje mediador que exige repensar la
arquitectura del conocimiento.
La pedagogía en este nivel no es técnica, sino ética. El desafío reside
en evitar que la mediación tecnológica sustituya el vínculo humano. El
"hervidero" solo es fértil si el calor generado surge del roce entre
conciencias, y no del procesamiento de silicio. Si la Escuela Nueva situó al
niño en el centro del aprendizaje, el Nivel VI nos revela que ese centro habita
ahora en una red de arquitecturas invisibles.
El docente del siglo XXI debe posicionarse como un intelectual
crítico (Giroux, 1990). Frente a la IA, no puede adoptar una postura de
censura ni de sumisión instrumental. Debe ser un mediador que interroga el
algoritmo, revelando sus sesgos y recuperando el valor de la subjetividad. Como
sostiene Giroux, los profesores deben ejercer activamente la responsabilidad de
cuestionar los fines de la educación; la tecnología, entonces, se transforma de
un fin alienante en un pretexto para la soberanía intelectual.
La verdadera labor docente consiste en asegurar que el algoritmo no se
convierta en el nuevo carcelero del espíritu. No obstante, este ejercicio se ve
obstaculizado por lo que Ball (2003) denomina "asepsia pedagógica":
un modo de regulación donde el educador dedica más energía a satisfacer la
burocracia que a ejercer la pedagogía. Ball subraya que “la performatividad es
una cultura y un modo de regulación que requiere que los individuos se
organicen a sí mismos como sujetos responsables de su propio rendimiento” (p.
216). Esta cultura administrativa intenta enfriar el hervidero, ignorando que
el roce humano es el único motor del aprendizaje real.
En este contexto, la Pedagogía de la Indignación de Freire (1997)
nos recuerda que la educación es un acto político y amoroso. El docente no es
neutral ante la miseria o el abandono; su humanidad es la brújula que permite
transformar la información técnica en sabiduría compartida. Siguiendo a Morin
(1999), debemos entender el aula como un holograma social donde el
principio hologramático se cumple: la crisis nacional (el todo) está presente
en cada pupitre (la parte). El maestro no debe buscar soluciones lineales a
problemas complejos, sino aprender a habitar la incertidumbre con una ética del
cuidado.
Conclusiones: La
Resistencia Ontológica
La crisis educativa en Venezuela, documentada por medios como El
Clarín (2024) y Efecto Cocuyo (2025), no es solo material; es una
prueba de resistencia ontológica. Las carencias económicas y la fragmentación
social permean las paredes del aula, exigiendo un docente que trascienda la
técnica. Mientras la gestión administrativa persista en el gerencialismo, la
brecha entre el currículo y la realidad se ensanchará, agotando a nuestra
generación de relevo (Epsir, 2025).
Por tanto, urge una política pública que abandone la asepsia
administrativa y dignifique al maestro. Esto incluye salarios justos que
erradiquen el multiempleo y un respaldo estatal que reconozca la labor docente
como una función de estado estratégico. Solo mediante la validación de los
saberes emergentes "de hombro a hombro", la escuela dejará de ser un
espacio de supervivencia para convertirse en el motor de una transformación
social que nace del centro mismo del hervidero pedagógico.
Ball, S. J. (2003). The teacher's soul and the terrors of
performativity. Journal of Education Policy, 18(2), 215-228.
Burbules, N. C. (2012).
Ubiquitous learning and the future of teaching. Encounters
/ Encuentros / Rencontres on Education, 13, 3-14.
Epsir. (2025). Informe sobre la deserción
docente y el impacto en la generación de relevo en Venezuela. [Informe técnico].
Freire, P. (1997). Pedagogía de la indignación:
Cartas pedagógicas en un mundo revuelto. Siglo XXI Editores.
Giroux, H. A. (1990). Los profesores como
intelectuales: Hacia una pedagogía crítica del aprendizaje. Paidós.
Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios
para la educación del futuro. UNESCO.
CAPITULO VIII
EL CULTIVO PERSONAL COMO EJE DE LA
FORMACIÓN DOCENTE. NIVEL VII
El Nivel VII del "aula/hervidero" nos sitúa frente a
una premisa ineludible: la formación del docente de escuela básica no puede
agotarse en el dominio técnico de su disciplina. Un docente —incluso aquel
centrado en el deporte y la actividad física— requiere de un proceso constante
de "cultivarse" a sí mismo. No hablamos aquí de una erudición
académica pesada o de una formación enciclopédica distante, sino de una
amplitud de mundo que le permita ser un extraordinario mediador cultural. El
docente que baila, que sabe apreciar una melodía, que visita museos y que
habita la literatura, no lo hace para ostentar un saber, sino para ofrecer a
sus alumnos ventanas abiertas a la realidad. Como señala Elliot Eisner (2002)
en su análisis sobre las artes y la mente, esta sensibilidad estética es la que
permite al maestro transformar el aprendizaje mecánico en una experiencia de
significados profundos, enseñando al niño que el mundo puede ser interpretado
desde múltiples ángulos.
En la escuela primaria, esta formación amplia se convierte en una
herramienta de transposición didáctica sin precedentes. El docente culto posee
un vocabulario y una capacidad de analogía que le permiten conectar el ritmo de
un movimiento deportivo con la estructura de una pieza musical o la estrategia
de un juego con la lógica de una narrativa. Cumple así con lo que Philippe
Meirieu (1998) describe como la misión esencial del educador: presentar al niño
un mundo lo suficientemente rico y diverso como para que este sienta el deseo
de explorarlo. Es el "maestro investigador" de su propia práctica,
quien, siguiendo la línea de Lawrence Stenhouse (1987), utiliza su acervo
personal como un laboratorio vivo para enriquecer el currículo, convirtiendo
cada clase en un acto de indagación constante. Este docente de formación
cultivado, es el antídoto contra la fragmentación del conocimiento. En un
entorno donde a menudo se separa lo físico de lo intelectual, el docente que se
cultiva demuestra que el ser humano es una unidad indisoluble. Siguiendo a
Edgar Morin (1999), la educación debe ser, ante todo, una enseñanza de la
"condición humana", y solo un maestro que ha nutrido su propio
espíritu con las bellas artes y el pensamiento crítico puede acompañar al niño
en esa travesía. Como bien afirmaba Paulo Freire, la educación es una práctica
de la libertad; por lo tanto, un docente con una cultura amplia no solo
instruye, sino que emancipa, contagiando a sus estudiantes la pasión por
descubrir que el conocimiento no tiene fronteras. La superación de la crisis educativa actual exige que el sistema
reconozca la necesidad de una formación docente que priorice la salud emocional
y la autonomía del investigador, permitiéndole habitar el hervidero sin
consumirse en él. Ello amerita, en primer lugar, el diseño de programas de
acompañamiento institucional que sustituyan la vigilancia administrativa del
Nivel I por una supervisión clínica y pedagógica, orientada a mitigar la
soledad del docente documentada por Tenti Fanfani (2007). Es imperativo
fomentar una cultura de autocuidado y gestión de la incertidumbre (Morin, 1990)
que brinde al maestro herramientas para procesar las demandas desbordadas de
las familias y las carencias del hogar que permean el aula. Asimismo, se
propone que la integración de la Inteligencia Artificial y las tecnologías
digitales en el aula sea abordada desde una actitud crítica, donde el docente
funcione como un curador ético que reta al algoritmo y preserva el calor de la
subjetividad humana. En conclusión, es fundamental que el Estado y las
instituciones universitarias garanticen condiciones laborales y salariales
dignas que frenen el éxodo de la generación de relevo (Epsir, 2025),
permitiendo que la docencia recupere su estatus de intelectualidad crítica
(Giroux, 1990).
Para profundizar en la necesidad
de un maestro cultivado debemos entender que la formación de un hombre
realmente humano no depende de la acumulación de datos enciclopédicos sino de
la sensibilidad del docente para actuar como un espejo de la belleza y la
verdad. Siguiendo el pensamiento de Jacques Maritain en su visión de una
educación integral el maestro no debe ser un simple distribuidor de
conocimientos técnicos sino un despertador de la inteligencia y la libertad que
reconoce en el niño una persona con un destino espiritual y social único. Un
docente culto a diferencia del erudito distante es aquel que ha permitido que
las artes la música y la literatura permeen su propia existencia convirtiéndose
en un testimonio vivo de lo que significa estar despierto ante el mundo. Esta
cultura personal no es un adorno académico es una herramienta de amorosidad que
le permite al maestro presentar el saber como una invitación al asombro y no
como una imposición burocrática. Cuando el docente es un hombre sensible ante
las artes posee la capacidad de transmitir no solo el contenido de una
disciplina sino el sentimiento de humanidad que la sustenta permitiendo que el
alumno descubra en la armonía de una melodía o en la fuerza de un verso la
clave para entender sus propias emociones y su lugar en la historia. Como
sostiene Maritain la educación debe dirigirse a la liberación de la persona
humana mediante el conocimiento y la sabiduría por lo que un maestro que no
cultiva su propio espíritu corre el riesgo de convertir el aula en un espacio
estéril de mera instrucción mecánica. En el hervidero pedagógico la cultura del
docente actúa como el regulador del calor humano transformando la ebullición de
las carencias y las tensiones en un proceso de crecimiento donde lo físico y lo
intelectual se funden en una unidad indisoluble. Este maestro mediador es quien
garantiza que el niño no sea reducido a un recurso humano para el mercado sino
que sea formado como un ser con capacidad crítica ética y estética capaz de
indignarse ante la injusticia y de conmoverse ante lo bello. Al habitar la literatura
y las artes el docente expande su propio horizonte y con ello el de sus
estudiantes demostrando que la verdadera pedagogía es un ejercicio de presencia
donde la mayor herramienta de transformación es la propia humanidad del maestro
puesta al servicio del encuentro. Es en este intercambio de sensibilidades
donde la escuela recupera su función más sagrada que es la de cultivar el alma
y proteger el fuego del espíritu humano frente a la despersonalización y la
frialdad de los tiempos modernos asegurando que el conocimiento se convierta
finalmente en sabiduría compartida para la libertad.
Esta obra nace del reconocimiento
profundo de que el aula no es un contenedor estanco sino un hervidero donde las
paredes presentan intersticios por los que se cuelan las crisis estructurales
del hogar y las fracturas de una sociedad herida. Dedico estas páginas a los
intelectuales de la educación que frente a la delegación de responsabilidades
de familias desbordadas y la precariedad de los servicios básicos han decidido
no practicar una asepsia pedagógica imposible sino habitar plenamente la
ebullición del salón transformando el hambre y la inseguridad en un ejercicio
de resistencia humana donde el afecto emerge como el regulador fundamental del
crecimiento. Este libro es para ti maestro que comprendes que el programa
oficial se vuelve irrelevante cuando la urgencia del cuerpo entra al aula y que
has aceptado que tu mayor herramienta no es un manual de estrategias sino tu
propia capacidad de ser y estar con el otro en medio de la incertidumbre.
Reclamo aquí la necesidad de un maestro cultivado más que de un erudito un
hombre sensible ante las artes y la cultura en general que actúe como un
extraordinario mediador capaz de transmitir el sentimiento hacia la formación
de un hombre realmente humano. Siguiendo la visión de Jacques Maritain
entendemos que la educación debe ser un despertar de la inteligencia y la
libertad donde el docente no es un técnico de bajo nivel sino un testimonio
vivo de humanidad que utiliza la literatura la música y la sensibilidad
estética para ofrecer ventanas abiertas a la realidad. En este escenario del
siglo veintiuno donde la inteligencia artificial y el algoritmo amenazan con la
despersonalización el docente crítico se alza como el único regulador capaz de
humanizar la técnica asegurando que el calor generado en el aula sea producto
del roce entre conciencias y no solo del procesamiento de silicio. La verdadera
labor docente hoy consiste en garantizar que esta ebullición sea un puente
hacia una democratización real del conocimiento donde la esencia humana del
encuentro siga siendo el único ingrediente capaz de transformar la información
en sabiduría. Por ello es imperativo que el Estado y las instituciones
garanticen condiciones dignas que frenen el éxodo de nuestra generación de
relevo permitiendo que la docencia recupere su estatus de intelectualidad
crítica y que el maestro fortalezca su propio ser para poder contener el de sus
estudiantes. Solo a través del reconocimiento de la subjetividad colectiva y la
validación de los saberes que emergen de hombro a hombro será posible que la
escuela deje de ser un espacio de mera supervivencia y se convierta en el motor
de una transformación social que nazca desde el centro mismo del hervor
pedagógico donde la propia Es necesario entonces: maestro sea la brújula que
oriente el crecimiento del otro hacia la libertad absoluta. Es necesario
entonces
1. El Intelectual Transdisciplinario
A diferencia del especialista fragmentado, el
maestro culto posee una mirada que conecta los saberes. Su formación no es un
cúmulo de información técnica, sino una trama de conocimientos donde la
ciencia, el arte, la filosofía y la experiencia humana convergen. Entiende que
el conocimiento no es un compartimento estanco, sino una red viva que explica
el mundo.
2. La "Cultivación" del Espíritu
Ser culto, en este contexto, es un proceso de
autotransformación constante.
- Ética de la introspección: Antes de enseñar, el maestro se ha
examinado a sí mismo. Su autoridad no proviene de su cargo, sino de la
coherencia entre su vida y su pensamiento.
- Sensibilidad estética y humana: Posee la capacidad de conmoverse
ante la complejidad de la condición humana, lo que le permite desarrollar
una empatía pedagógica profunda.
3. El Mediador de lo Invisible
El aula, para este docente, no es solo un espacio
físico de instrucción, sino un terreno de significados.
- Lectura de los intersticios: Tiene la agudeza necesaria para
percibir lo que ocurre "entre líneas": las dudas no expresadas,
los silencios de los estudiantes, las tensiones sociales y los destellos
de curiosidad.
- Intérprete de las "huellas del ser": Es capaz de
identificar en los estudiantes no solo a alumnos, sino a sujetos en
proceso de devenir. Su labor es ayudarles a encontrar el rastro de su
propia identidad y propósito en medio de la vorágine de la información.
4. Más allá de la Erudición
El maestro culto se distingue por lo que hace con
su saber:
- Humildad intelectual: Sabe que el conocimiento es inabarcable y se
posiciona como un aprendiz eterno.
- Capacidad dialógica: Su erudición no es un muro para impresionar,
sino un puente para dialogar. Utiliza su cultura para abrir puertas en la
mente del otro, no para cerrarlas con tecnicismos.
- Presencia encarnada: Es una figura que "habita" el aula
con plenitud. Su sola presencia invita a la reflexión, al cuestionamiento
y al asombro, convirtiendo el aprendizaje en un acto de vida.
En síntesis: El maestro culto es un artesano del
pensamiento que, al trabajar sobre sí mismo, se convierte en un instrumento
capaz de despertar la chispa del otro. Su éxito no se mide por cuánto
aprendieron los alumnos de su memoria, sino por cuánto han logrado despertar,
comprender y "cultivar" los estudiantes en su propio espíritu a partir
de su mediación.
La necesidad de un docente culto, bajo la
concepción del "hervidero pedagógico", no es un ideal romántico ni un
lujo intelectual; es una urgencia estratégica para rescatar la educación de la
crisis de sentido en la que se encuentra inmersa la universidad y la sociedad
actual.
Esta necesidad se fundamenta en las siguientes
razones críticas:
o El antídoto contra la fragmentación del saber
ü Vivimos en una era de hiperespecialización donde el
conocimiento se presenta como piezas aisladas de un rompecabezas que nadie
parece saber armar. El docente culto es necesario porque:
ü Reconecta los saberes: Al poseer una visión
transdisciplinaria, permite que el estudiante vea el "bosque" detrás
de los "árboles" (la materia técnica).
ü Combate la visión utilitarista: Evita que el
estudiante vea su formación solo como un medio para obtener un título,
dotándolo de una visión humanista que da propósito a su profesión.
o La mediación ante la saturación de información
ü Hoy, el problema no es la falta de información,
sino el exceso. Ante el ruido digital, el docente culto actúa como un filtro
ético y cognitivo:
ü Discernimiento: Su formación le permite enseñar a
los estudiantes no solo a "buscar", sino a "comprender" y
"criticar" la información, diferenciando el dato superficial de la
verdad profunda.
ü Lectura del contexto: Solo un docente que ha
cultivado su espíritu es capaz de leer las "huellas del ser" en sus
alumnos, captando la angustia, la desorientación o el potencial escondido que
una máquina o un instructor técnico jamás detectarían.
3. La restauración del vínculo pedagógico
ü El proceso educativo es, en esencia, un encuentro
entre dos subjetividades. En una época de distanciamiento y automatización:
ü La presencia como pedagogía: El docente culto hace
del aula un lugar donde ocurre la cultura. Su capacidad de asombro y su
profundidad de pensamiento contagian al estudiante, convirtiendo la clase en un
espacio de búsqueda común.
ü El ejemplo como método: La "cultivación"
del espíritu es la lección más potente que un maestro puede ofrecer. El
estudiante aprende a ser sujeto cuando observa a un docente que, de manera
coherente, vive desde la reflexión, la ética y la pasión por el conocimiento.
4. La respuesta a la deshumanización adolescente
En el contexto de esta investigación sobre la invisibilidad de
los adolescentes (13-17 años), la figura del maestro culto se vuelve vital:
- Visibilidad humana: Este docente es quien logra "ver" al
adolescente detrás de la frialdad de los resultados académicos o los
problemas institucionales. Su bagaje cultural le otorga las herramientas
hermenéuticas para interpretar las crisis de crecimiento como parte de un
proceso vital, no solo como un problema de conducta o rendimiento.
5. La reinvención del "Hervidero": El
aula como sistema dinámico
Un sistema complejo (como el aula) no puede ser
gestionado por un técnico que solo sigue manuales. Requiere de alguien capaz
de:
- Improvisar con sabiduría: El docente culto sabe leer el
"clima" del aula en tiempo real. Si el grupo está tenso, si hay
un silencio revelador o una curiosidad emergente, él tiene la versatilidad
de cambiar el rumbo, utilizando su cultura para articular una respuesta
que despierte la inteligencia colectiva.
Conclusión: La necesidad del docente culto radica
en que él es el único capaz de transformar la instrucción (que es finita y
caduca) en educación (que es permanente y constructora de identidad). Sin este
perfil, el aula se convierte en un centro de datos; con él, el aula se
convierte en un "hervidero" donde se cocina, cotidianamente, la
posibilidad de ser humano en toda su plenitud.
APRECIACIONES FINALES
Esta obra concluye con la convicción de que
la excelencia pedagógica no es un destino burocrático, sino un estado de
ebullición constante que exige una transformación ontológica del ser docente.
Para habitar con éxito los intersticios del aula y convertir las grietas del
sistema en territorios de esperanza, es imperativo que el maestro de escuela
básica asuma una formación interdisciplinaria de alto nivel, donde las ciencias
y las humanidades dejen de ser compartimientos estancos para fundirse en una
visión integral de la vida. Esta necesidad de un maestro cultivado —ese hombre
realmente humano que invocaba Maritain— reclama una preparación que trascienda la
técnica y abrace la complejidad, entendiendo la ciencia no solo como contenido,
sino como una lente de realidad. El docente del siglo XXI debe ser un polímata
de su propia práctica, capaz de integrar la lógica de las ciencias puras con la
sensibilidad de las artes, utilizando la entropía para explicar el desorden
creativo del salón o la mecánica de fluidos para comprender la dinámica de las
subjetividades en movimiento.
Solo una visión interdisciplinaria profunda
permite que el maestro actúe como un curador ético de la realidad, alguien que
encuentra poesía en una ecuación y geometría en el espíritu humano, rompiendo
la fragmentación del conocimiento que tanto daño hace a la comprensión del
mundo. La excelencia reside en esa capacidad de transposición didáctica donde
el docente, fortalecido por una cultura amplia y sensible, logra que el niño
descubra en la armonía de una melodía o en el rigor de una ley física la clave
para entender su propia humanidad. En este escenario, la interdisciplinariedad
se convierte en el combustible que mantiene el hervor pedagógico sin consumir
al maestro, otorgándole la soberanía intelectual necesaria para mirar de hombro
a hombro al Estado y a la familia. Al final del camino, la verdadera reforma
educativa nace de este docente-investigador que, al cultivar su propio
espíritu, garantiza que el aula sea un espacio de cuidado y transformación
donde la ciencia y el afecto se unan para sanar las fracturas del cuerpo
social. Cerramos este manifiesto con la certeza de que el conocimiento solo se
convierte en sabiduría cuando es mediado por un ser humano íntegro, cuya
brújula sea la am0rosidad y cuya meta sea la formación del ser humano.
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Para que ningún lector o
evaluador distorsione el sentido profundo del planteamiento, se estructura este
Marco Conceptual de la Cartografía del Hervidero. Aquí se definen la categorías
originales, protegiendo esa transición que se hace entre la termodinámica, la
sociología y la ontología.
Idalia Cornieles Díaz
Profesora de la Universidad Central de Venezuela
(UCV), investigadora autora venezolana. Su trayectoria es un tejido donde la
academia y la vida se funden: desde sus inicios a los 16 años como maestra de
aula en contextos de alta vulnerabilidad, hasta su consolidación como una voz
referente en la Pedagogía Crítica y la Escuela Nueva. Ha dedicado su labor profesional a desentrañar la
complejidad del hecho educativo, proponiendo la metáfora del "hervidero
pedagógico" como una respuesta ontológica a la crisis del sistema escolar
actual. Como novelista y poeta —autora de obras como La Rendija y El eco de los
secretos—, Trato de integrar la
sensibilidad de las artes con el rigor de las ciencias, utilizando conceptos de
la física y la termodinámica para explicar las interacciones humanas. Actualmente
coordino proyectos interdisciplinarios
en salud y educación, defendiendo la soberanía intelectual del magisterio y la
validación del testimonio docente como fuente legítima de conocimiento. En este
texto pretendo ofrecer una cartografía
de la supervivencia y la libertad en el corazón de la escuela venezolana.
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Observaciones y Recomendaciones
formuladas por algunos docentes
1. Consistencia entre la Metáfora y el Método:
o
La "Metodología de los
Intersticios" es un hallazgo excelente. Asegúrate de que, en los próximos
capítulos, esta no solo se explique, sino que se ejemplifique. Sería muy
potente incluir en la investigación "casos de estudio" o
"diarios de campo" donde el docente, tras la "Doble Acción
Ontológica", haya logrado efectivamente convertir un espacio burocrático
en un foco de aprendizaje complejo.
Ante esta
recomendación citaremos un caso bien
interesante
Siendo maestra de sexto grado nos llegó a la
Escuela José Gervasio Artigas una disposición, donde los maestros de sexto
grado deberíamos trabajar por ambientes de aprendizaje. No recibimos mayor
orientación y las maestras decidimos alejarnos del modelo de la
"fábrica" industrial para transformar el salón en un ecosistema de complejidad y vimos
nuestro único espacio de aprendizaje como s un nodo dentro de una red de
interacciones. Planteamos al Supervisor la posibilidad de cierta
descentralización, libertad para trabajar el programa escolar, organizar el
salón de acuerdo a la conducta de
entrada de los estudiantes. Observar ciertos "intersticios": en la
comunidad, en la interacción tecnológica y en la comunidad y en el aprendizaje,
que sin llegar a entrar en conflicto con
las normas establecidas nos permitiera actuar y trabajar con cierta y flexibilidad, que el espacio físico se adaptara al
"hervor" de la jornada, pues si la energía pedagógica requiere movimiento,
debate o silencio, el espacio se reconfiREgura instantáneamente. La rigidez
espacial desaparece en favor de la fluidez funcional. El supervisor de la Zona educativa aceptó, siempre y cuando
se cumpliera el programa escolar.[2]
2. Profundización del "Precariado
Intelectual":
o
Has conectado muy bien la precariedad material (el salario) con la
herida ontológica. Podrías fortalecer el argumento analizando cómo la IA y la
tecnología (Nivel VI), lejos de ser solo una herramienta pedagógica, podrían
funcionar como una "prótesis" para este docente precarizado,
ayudándole a gestionar la carga administrativa para que pueda volver a ser el
"operador térmico" del aula.
El "precariado intelectual" no solo sufre la carencia de
recursos materiales, sino la expropiación de su tiempo creativo. Cuando el
docente dedica el 80% de su jornada a la gestión administrativa, la evaluación
mecánica y la burocracia institucional, su capacidad de ser un "operador
térmico" —aquel que regula la intensidad, la pasión y el clima emocional
del aula— se atrofia.
Aquí es donde la IA puede funcionar como una prótesis necesaria:
La IA debe actuar como un exoesqueleto que absorba las tareas de bajo
valor añadido pero alta demanda cognitiva (diseño de rúbricas, sistematización
de asistencias, corrección de pruebas estandarizadas, gestión de informes).
- El
objetivo: Liberar la "ancho de banda" mental del docente.
- El
resultado: La tecnología asume la función del "escribano"
administrativo para que el docente pueda ejercer la función del
"artesano" del vínculo.
El docente precarizado, a menudo desbordado por ratios elevados, se ve
obligado a una "pedagogía de la media", donde los extremos (los
alumnos que necesitan apoyo y los que necesitan desafío) quedan desatendidos.
- La
IA permite micro-diagnósticos en tiempo real.
- Funciona
como una extensión de la mirada del docente, ofreciendo alertas tempranas
sobre riesgos de deserción o bloqueos conceptuales.
- Al
delegar la tarea de personalización algorítmica a la IA, el docente puede
dedicar su tiempo presencial a conectar, en lugar de a gestionar.
El concepto de "operador térmico" es vital porque el
aprendizaje, en su raíz, es un evento biológico y emocional. La información
está disponible en todas partes; lo que es escaso es el entusiasmo, la guía
ética y el acompañamiento humano.
- Al
utilizar la IA para automatizar la transmisión de información (el
"qué" y el "cómo técnico"), el docente recupera su
lugar como el calibrador del aula.
- Puede
volver a enfocarse en la hermenéutica de la experiencia: preguntar,
provocar, validar el error, gestionar la frustración y tejer los
significados sociales del conocimiento.
La "prótesis" tecnológica solo tendrá éxito si el docente no
es visto como un usuario, sino como un arquitecto de su propia herramienta. La
precariedad a menudo viene acompañada de una imposición de herramientas
externas. Para que esta prótesis funcione, el docente debe mantener la
autonomía pedagógica sobre la IA, asegurándose de que la máquina siempre esté
subordinada al proyecto ético y humano del aula.
[1] El Convenio Andrés Bello (CAB) nació el 31 de enero
de 1970 en Bogotá, Colombia, como una respuesta estratégica de las naciones
andinas para consolidar un espacio común de integración que trascendiera lo
económico. Esta organización intergubernamental, cuya estructura fue
modernizada mediante el Tratado de Madrid en 1990, está integrada actualmente
por doce naciones: Bolivia, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, España, México,
Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana y Venezuela. Su denominación rinde
homenaje al sabio humanista Andrés Bello, cuya vida y obra simbolizan el ideal
de unidad cultural y educativa del continente. La razón fundamental de su
creación radica en la convicción de que el desarrollo de los pueblos no depende
exclusivamente del comercio, sino de la fortaleza de su capital humano y su
identidad compartida. El convenio se estableció para armonizar los sistemas
educativos, permitiendo la movilidad de estudiantes a través de tablas de
equivalencia que facilitan el reconocimiento de estudios básicos y medios entre
los países miembros. Asimismo, busca potenciar el desarrollo científico y
tecnológico mediante el intercambio de conocimientos, fomentar políticas
culturales que protejan el patrimonio común y generar proyectos de comunicación
en un marco de solidaridad y cooperación técnica.
[2]
Corieeles I y Haffar ,E. 2018, La Escuela Básica del Futuro. Saber UCV.