viernes, 1 de mayo de 2026

 

El aula de clase como subsistema abierto: Una metáfora del hervidero pedagógico y la autonomía

Resumen


Idalia Cornieles

Resumen El presente artículo analiza el aula de clase desde la perspectiva de los sistemas complejos, proponiendo la metáfora del "hervidero" para describir la dinámica de un subsistema social abierto de bordes difusos. A través de una metodología cualitativa de corte interpretativo, se examina la metódica EAP-CDI (Enseñanza, Aula de clase, Problematización, Interdisciplinariedad y Docencia Compartida). Los hallazgos sugieren que el aula, lejos de ser un recinto estático, opera bajo principios de termodinámica social y caos organizado, donde la autonomía docente actúa como el regulador crítico de la entropía. Se concluye que la docencia compartida y la problematización del saber situado permiten habitar los intersticios del sistema educativo formal, transformando el espacio escolar en un escenario de resistencia ética y producción de conocimiento transdisciplinario.

Palabras clave: Hervidero pedagógico, Autonomía docente, Sistemas complejos, Metódica EAP-CDI, Interdisciplinariedad.

 

Introducción

La educación contemporánea enfrenta el reto de superar la visión fragmentada y técnica del proceso de enseñanza-aprendizaje. El aula de clase, tradicionalmente concebida como un receptáculo pasivo de información, requiere ser reinventada bajo la óptica de las ciencias de la complejidad. Esta investigación propone que el aula constituye un subsistema abierto, un "hervidero" donde la interacción constante de voluntades, saberes y contextos genera una energía transformadora.

Referentes Teóricos: Del Caos al Orden Pedagógico

La fundamentación de esta propuesta se nutre de la Teoría General de los Sistemas de Bertalanffy y los principios de la termodinámica. Al entender el aula como un sistema con bordes difusos, se reconoce que los eventos externos —sociales, políticos y económicos— permean la frontera escolar, generando lo que denominamos "efecto mariposa" pedagógico. En este marco, autores como Simón Rodríguez y Paulo Freire aportan la base crítica para entender que la educación es, ante todo, un acto de libertad política.

Metodología: La Metódica EAP-CDI

El estudio se basó en la implementación de la metódica EAP-CDI, aplicada originalmente en contextos universitarios de ingeniería. Esta estructura se define por cuatro pilares:

  1. Problematización: Partir de la realidad tangible del estudiante.
  2. Interdisciplinariedad: Cruce de fronteras entre áreas del saber.
  3. Docencia Compartida: Superación del aislamiento del profesor mediante la colaboración en tiempo real.
  4. Autonomía Intelectual: El ejercicio del criterio propio frente a la norma rígida.

Resultados y Discusión: El Intersticio como Espacio de Acción

El análisis de la práctica docente revela la existencia de "intersticios": espacios no regulados dentro del sistema donde el docente puede ejercer su autonomía. El "hervidero" no es desorden; es una forma de auto-organización donde la docencia compartida reduce la entropía negativa (desgaste) y potencia la creatividad colectiva. Los resultados en la Facultad de Ingeniería (2015) demostraron que los estudiantes desarrollan una mayor conciencia ética cuando el aula se abre a la problematización social.

Conclusiones

La metáfora del hervidero permite al docente reconocerse como un intelectual transformativo y no como un operario. La autonomía docente no es una concesión del sistema, sino una conquista que se ejerce en la cotidianidad del aula. Para que la educación sea verdaderamente emancipadora, debe aceptar su naturaleza compleja, caótica y profundamente humana.

 

Bibliografía Bertalanffy, L. (1989). Teoría General de los Sistemas. Alianza Editorial.

  • Cornieles, I. (2026). ¿Es el aula de clase, metafóricamente, un hervidero? (Manuscrito en preparación).
  • Freire, P. (2005). Pedagogía de la autonomía. Siglo XXI.
  • Rodríguez, S. (2004). Inventamos o erramos. Monte Ávila Editores.

 

miércoles, 29 de abril de 2026

 

Universidad Central de Venezuela

Facultad de humanidades y Educación

Escuela  de Educación

Dra Idalia Cornieles Díaz

 

 

EDUCACIÓN E INSTRUCCIÓN UN BINOMIO INSEPARABLE

EDUCATION AND INSTRUCTION: AN INSEPARABLE DUO

Resumen

El presente trabajo reflexiona sobre la indisoluble relación entre educación e instrucción, reivindicando el testimonio docente como una forma de conocimiento situado y legítimo. El objetivo es desplazar la figura del maestro como un operario técnico ("esclavo hábil") para reconocerlo como un investigador que produce teoría desde la vivencia del aula. Bajo una metodología de análisis cualitativo y reflexivo, se dialoga con referentes de la pedagogía crítica (Freire, Larrosa, Skliar) y autores clásicos, contrastándolos con la práctica educativa real. Los resultados subrayan que, mientras la instrucción transmite saberes universales, la educación humaniza dicho saber en contextos de tensión política y social. Se concluye que el testimonio docente es una "investigación en acción" que otorga sentido a las trayectorias educativas y de salud entre los 0 y 13 años. Esta integración permite entender el aprendizaje no como un proceso genérico, sino como una biografía compartida donde el vínculo ético y el bienestar integral son las bases de una verdadera transformación pedagógica.

Palabras clave: Conocimiento situado, Testimonio docente, Educación e Instrucción,

 

El valor del testimonio docente como conocimiento situado

La práctica educativa, acumulada a lo largo de los años, no necesariamente otorga autoridad académica en el sentido tradicional, pero sí confiere legitimidad para narrar y analizar experiencias que enriquecen el campo pedagógico. El testimonio docente constituye una forma de conocimiento situado que complementa la teoría y aporta soluciones prácticas a los problemas educativos y mucho de eso hacen los maestros.

 La instrucción suele ser un saber "desanclado"; una fórmula matemática o una regla gramatical funcionan igual en Londres que en una escuela rural de los Andes venezolanos. Sin embargo, la educación ocurre en un contexto de tensiones políticas, sociales y emocionales. Cada Estado o gobierno fija  sus objetivos con respecto a la formación de sus ciudadanos, y ello se observa en las leyes y reglamentos educativos de cada país o nación. No obstante , valdría la pena preguntarse ¿Quién educa y quien instruye?

El conocimiento situado es el que reconoce que no se enseña a un "alumno genérico", sino a un sujeto con historia, a una persona, a un ser humano. En consecuencia el testimonio del docente es el registro de cómo ese saber universal se encarna en una realidad particular. Es la diferencia entre leer sobre la exclusión y narrar cómo un niño específico recuperó su voz en el aula. Al validar su testimonio, el maestro deja de ser un operario del programa (el "esclavo hábil" que mencionaba Rodríguez) para convertirse en un investigador. Cuando un docente  observa

Y no solo da clase, aguzar los sentidos  y  determina muchas veces cómo el conocimiento transforma o choca con la realidad de sus alumnos. De tal manera   que al escribir deja constancia documenta lo que sucede en el aula, el docente genera una "teoría desde abajo" que la burocracia no puede ignorar porque tiene el peso de la vivencia. El conocimiento situado entiende que no hay aprendizaje sin vínculo. El testimonio docente pone de relieve las "micro decisiones" éticas que toma un maestro cada cinco minutos:

¿Cuándo dejar de lado el programa para atender una crisis emocional?

¿Cómo traducir un contenido abstracto en algo significativo para una comunidad vulnerable?

Esa "traducción" es un acto de conocimiento profundo que ningún manual de instrucciones puede prever.

Este concepto amarra mi propuesta:

Con Arendt: El testimonio es el registro del "acto de amor" por el mundo; es la crónica de cómo recibimos a los nuevos.

Con Simón Rodríguez: Es el "inventamos o erramos" puesto en marcha. El testimonio es la prueba de la invención pedagógica diaria.

Con la Escuela Nueva: Es la base de la experiencia. No hay experiencia real si no hay un sujeto que la narre y la reflexione.

Reivindicar el testimonio docente es reconocer que el aula no es un espacio de aplicación técnica, sino un territorio de conocimiento situado. Allí, el maestro no es un eco de manuales, sino un testigo que produce saber desde la urgencia de la realidad. Validar su palabra es entender que la verdadera pedagogía no nace en los despachos ministeriales, sino en la lectura ética y sensible que el docente hace de los ojos de sus alumnos, transformando la anécdota en categoría política y la instrucción en biografía compartida.

Ese  testimonio no  pertenece a un autor histórico o a un libro publicado, sino que es una reflexión que ha circulado ampliamente en ámbitos académicos y redes sociales de formación docente en los últimos años. Se  atribuye frecuentemente a corrientes de la pedagogía crítica latinoamericana, muy en la línea de autores como Jorge Larrosa, Carlos Skliar o incluso ecos de Paulo Freire. Sin embargo, la redacción específica parece ser una síntesis contemporánea sobre la "epistemología de la práctica docente".

La idea es defender

  1. El aula como territorio: El rechazo a la idea de que el docente es solo un técnico que "aplica" contenidos.
  2. El saber situado: La idea de que el conocimiento real se construye según el contexto social y humano.
  3. La dimensión política: Transformar la "anécdota" (lo que pasa en el día a día) en una postura política ante la vida.

"Reivindicar el aula como un territorio de saber situado implica, en palabras de Larrosa (2019), entender al docente como un testigo de la experiencia y no como un técnico. Esta mirada se complementa con la perspectiva ética de Skliar (2017) sobre la sensibilidad ante el alumno, alejándose de la instrucción mecánica para convertir la enseñanza en una producción de posibilidades, tal como propone Freire (1997) en su pedagogía de la autonomía. “que la investigación educativa no debe entenderse como un ámbito exclusivo de los teóricos, sino como un espacio donde la práctica docente se convierte en investigación en acción. Sánchez Mojica (2020) subraya que el docente-investigador puede superar la dicotomía entre intervención e investigación, reconociendo la práctica como fuente legítima de saber. En la misma línea, Vega Ramírez (2023) destaca que los maestros enfrentan tensiones del aprendizaje mediante ensayo y error, generando conocimiento técnico y experiencial que rara vez se documenta, pero que resulta esencial para el desarrollo educativo.

Además, Perines y Vega-López (2024) muestran que los futuros profesores valoran la investigación educativa en la medida en que se vincula con la práctica, reconociendo el valor de las experiencias de aula como insumo indispensable para la formación inicial y la actualización profesional.

En síntesis, el testimonio docente no pretende competir con la teoría, sino complementarla. Al narrar experiencias y soluciones prácticas, los maestros aportan un conocimiento que humaniza la investigación educativa, genera memoria pedagógica colectiva y ofrece evidencia contextualizada para adaptar teorías a realidades diversas. Se es el objetivo del presente

.   Muchos son los conceptos  sobre tal disciplina,  muchas nuestras dudas y nuestras inquietudes. Observamos entre otras cosas las  discusiones sobre educar  e instruir.  Para explorar los conceptos de educación e instrucción  se pueden leer   obras clásicas como "Emilio o De la educación" de Jean-Jacques Rousseau y textos de Paulo Freire como "Pedagogía del oprimido" y "Pedagogía de la autonomía", que abordan la educación como un proceso transformador o los textos de  John Dewey “Experiencia y educación” .

Tratamos de  entender la instrucción, práctica que se centra en la transmisión de conocimientos para muchas personas, y  a  menudo oímos discusiones sobre educar  e instruir. Igualmente se discute si es la Educación  una  disciplina científica. Es decir, si es una rama del saber científico que busca comprender, explicar o transformar aspectos de la realidad mediante el uso del método científico. Se plantea como sus características que  tiene  un

Objeto de estudio definido: cada disciplina se enfoca en un aspecto particular de la realidad (por ejemplo, la biología estudia los seres vivos; la sociología, las relaciones sociales).

Método científico: utiliza observación, hipótesis, experimentación, análisis y validación y muchos métodos más, no tiene un método específico, y ello hace el planteamiento mucho más complejo.

Lenguaje técnico: desarrolla un vocabulario propio para describir fenómenos con precisión.

Cuerpo teórico acumulativo: construye conocimientos que se amplían y refinan con el tiempo.

Comunidad académica: investigadores, revistas científicas, congresos y centros de estudio que validan y difunden el saber.

Muchos autores esbozan  que la  educación es una disciplina científica, aunque su estatus ha sido objeto de debate. Se reconoce como un campo de estudio con métodos propios, teorías, y una comunidad académica que investiga, reflexiona y transforma la práctica educativa.

Para  dichos autores la  educación

Tiene un objeto de estudio definido: los procesos de enseñanza-aprendizaje, la formación humana, la cultura escolar, entre otros.

Desarrolla teorías y marcos conceptuales: como las pedagogías críticas, constructivistas, humanistas, etc.

Utiliza métodos científicos: tanto cualitativos como cuantitativos, para investigar fenómenos educativos.

Posee una comunidad académica activa: universidades, revistas científicas, congresos y redes de investigación.

Interdisciplinariedad: dialoga con la psicología, la sociología, la filosofía, la antropología y la neurociencia, lo que enriquece su carácter científico.

Muchos son los debates sobre la misma, para unos la Ciencia es la Pedagogía siendo su objeto la Educación. Andrés Lasheras .1987

Algunos autores prefieren hablar de “ciencias de la educación” en plural, para reflejar su carácter complejo, plural y multidimensional. Otros defienden el uso en singular, como una disciplina integradora que articula saberes diversos bajo una misma finalidad: comprender y transformar la educación.

Un campo específico del conocimiento que se organiza alrededor de un objeto de estudio, un conjunto de métodos, principios teóricos y una comunidad de investigadores que lo desarrollan y validan. No sé  si mis trabajos  se inscriben dentro de esta conceptualización  como un campo ético, riguroso y humanizaste, especialmente a través de mis escritos amplío esta posición como en La Escuela del Futuro (2018) SISTEI, La ciudad Pedagógicas  (2020) o Distanciamiento social sin distanciamiento educativo. que integran teoría, práctica y comunidad. La Disciplina o Ciencia donde   he tratado de cultivarme es muy compleja. Peor cuando se encienden  las discusiones sobre si la escuela o el hogar es quien educa,  y cuál de ellas instruye

Todo ello me  lleva  a trabajar esos conceptos.

¿Qué es educar?, ¿Qué es instruir?

Conceptos de “educar” según distintos autores

Educación como proceso de formación integral

“Educar es formar integralmente al ser humano, desarrollando sus capacidades cognitivas, afectivas, éticas y sociales en interacción con su entorno”
(Morin, 2001)

“Educar es un acto de amor, de coraje; es una práctica de libertad dirigida a transformar la realidad”
(Freire, 1970)

“Educar es transmitir la cultura acumulada por la humanidad, permitiendo que cada generación la apropie, la cuestione y la transforme”
(Durkheim, 1922)

“Educar es ayudar a construir sentido en la experiencia humana, orientando la acción hacia valores compartidos”
(Ortega y Gasset, 1930)

Educar es preparar al individuo para pensar por sí mismo, tomar decisiones responsables y participar activamente en la vida democrática”
(Kant, 1803)

“Instruir es transmitir a las nuevas generaciones el conjunto de conocimientos y normas que la sociedad considera esenciales para su funcionamiento”:
Durkheim, E. (1922).

 

“Instruir no es imponer saberes, sino facilitar el acceso a herramientas que permitan al niño construir su propio conocimiento”

Freinet, C. (1964). La educación del trabajo. Editorial Laia.

“Instruir es proporcionar al ser humano los conocimientos necesarios para ejercer su libertad con responsabilidad”
Kant, I. (1803).

“Instruir es organizar situaciones que favorezcan el desarrollo de estructuras cognitivas, no simplemente transmitir información”

Piaget, J. (1970). La psicología y la pedagogía. Ariel.

“Instruir consiste en diseñar ambientes de aprendizaje que refuercen conductas deseadas mediante estímulos y recompensas”
Skinner, B. F. (1954).

 

En general, Touriñán López ( 2018  )

toda definición puede verificarse de una doble manera: como definición nominal o como definición real, según se centre, respectivamente, en la palabra o nombre con que designamos a una cosa, o en los rasgos y caracteres peculiares de la cosa nombrada. La definición nominal ofrece, pues, la significación de una palabra; la definición real es expresiva de los caracteres distintivos y singulares de la cosa que se pretende definir y considerar la significación de la palabra con la cual la nombramos. El estudio de la palabra se ha especificado en la definición de dos maneras: atendiendo al origen y a su sinonimia. La definición nominal tiene dos modalidades: definición etimológica y definición sinonímica; en el primer caso, el método del que nos valemos para manifestar la significación de un término es el recurso a su origen; en el segundo caso, llegamos al significado buscando su aclaración por medio de otras voces más conocidas y de pareja significación. P.17

Desde la perspectiva de la definición nominal y de la finalidad, vinculada a las actividades, ‘educar’ es, básicamente, adquirir en el proceso de intervención un conjunto de conductas que capacitan al educando para decidir y realizar su proyecto personal de vida y construirse a sí mismo, utilizando la experiencia axiológica para dar respuesta, de acuerdo con la oportunidades, a las exigencias que se plantean en cada situación; se trata de que el educando adquiera conocimientos, actitudes y destrezas-habilidades-hábitos que lo capacitan, desde cada actividad interna: pensar, sentir afectivamente, querer, elegir-hacer (operar), decidir-actuar (proyectar) y crear (construir simbolizando), y desde cada actividad externa (juego, trabajo, estudio, profesión, investigación y relación), para elegir, comprometerse, decidir y realizar sus proyectos, dando respuesta de acuerdo con las oportunidades a las exigencias que se plantean en cada situación (Touriñán, 2014ª p18).

Para el autor antes citado

El concepto de educación se vincula nominalmente a criterios de uso común del término Hoy es frecuente escuchar frases que reflejan los usos más comunes de educación: ¿Se ha pasado de moda la buena educación?; ¿Dónde está el civismo?; ¿Dónde está la cortesía?; ¿Tiene alguna utilidad respetar las normas sociales?; La amabilidad no se premia y no es habitual; ahora, más que nunca, la ignorancia es muy osada y se disculpa, como si fuera ingenuidad; no parece que esté formado; hay que darle un barniz, hay que perfeccionarlo; este chico está malcriado”. Todas esas frases inciden en las manifestaciones más tradicionales del uso común de ‘educado’.(p.18)

En esta temática que planteo ahora,  me he centrado desde mis tiempos de maestra en la  Educación primaria. Mis experiencias  me obligaban a pensar  en esta dicotomía  de educar e instruir, y las mismas experiencias me obligan a realizar  el planteamiento a lo largo del este texto. Muchas interrogantes , si mi trabajo debería ir más allá de dar clases de Historia, Geografía, Lenguaje, Ciencias Naturales, Matemáticas, entre otros contenidos. Si debía  obedecer ciegamente a un programa, o si tenía la oportunidad de hacer otras cosas. De encontrar  maneras de trabajar en un salón de clase que no fuera seguir fielmente una balanza que podría volcarse en cualquier momento.  Si la idea es seguir  en la línea de lo que han hecho nuestros predecesores, no hay problemas. Eso es  fácil, pero si solo una idea nos aturde, una idea nos hace pensar diferente,  la situación se complejiza. Entrar a un salón de clases ver  muchas caritas diferentes, muchas formas de ver  aquello que llamamos realidad. Realidad palabra que me  ha acompañado toda la vida,  y no puedo darle respuesta.

¿Qué s la realidad? Y en este caso  la realidad del aula. ¿Es que acaso esa realidad se muestra tal como es, cómo creo yo qué es , o es algo que está fuera de mi alcance? 

En el aula, esa pregunta se multiplica, porque no hay una sola realidad, sino un entramado de realidades que se cruzan, se contradice y se enriquecen mutuamente.

La realidad como construcción compartida

  • La realidad no es un espejo que simplemente refleja lo que “es”. En el aula, cada estudiante trae consigo su historia, su cultura, sus emociones, y esas miradas configuran un mosaico.
  • Lo que tú percibes como “realidad” es ya una interpretación, un recorte de lo que ves y sientes. El aula se convierte en un espacio donde esas interpretaciones se encuentran y dialogan.

Tres dimensiones de la realidad del aula

  1. La realidad objetiva: los hechos concretos —los pupitres, los libros, las voces, los cuerpos presentes.
  2. La realidad subjetiva: cómo cada estudiante y cada docente interpreta esos hechos, desde su biografía y su sensibilidad.
  3. La realidad intersubjetiva: lo que se construye colectivamente, el consenso, las normas compartidas, los significados que se negocian día a día.

Filosofía y pedagogía en diálogo

  • Para Platón, la realidad era aquello que está más allá de las apariencias: las ideas. En el aula, podríamos decir que la “realidad” es también lo que buscamos detrás de las conductas: las motivaciones, los sueños, los miedos.
  • Para Paulo Freire, la realidad educativa es siempre histórica y transformable. No es algo dado, sino algo que se problematiza y se reconstruye con los estudiantes.
  • Desde la fenomenología, la realidad del aula es lo que se manifiesta en la experiencia vivida: cómo se siente estar allí, cómo se perciben los otros, cómo se encarna el aprendizaje.

¿Está fuera de mi alcance?

La realidad nunca se muestra “tal como es”, porque siempre pasa por filtros: percepción, lenguaje, cultura. Pero eso no significa que esté fuera de mi  alcance. Más bien, mi tarea como docente, pienso en voz alta,  es abrir rendijas para que cada estudiante pueda mostrar su propia versión de la realidad y, en ese encuentro, construir algo más amplio que ninguna mirada aislada podría lograr.

La realidad del aula no es un objeto fijo ni una verdad absoluta. Es un espacio vivo de interpretaciones, donde tu mirada se entrelaza con la de los estudiantes. Lo que parece inalcanzable no es la realidad misma, sino la ilusión de que existe una sola y definitiva. En cambio, lo que sí está a tu alcance es acompañar la pluralidad de realidades y convertirlas en aprendizaje compartido.

Ni idea sobre   la rendija pedagógica , sobre el enfoque de la  misma en el acto pedagógico ya apunta a esto: la realidad no se impone, se abre en intersticios, en grietas donde las diferencias se dignifican y se transforman en conocimiento. Me he preguntado mil veces, si esas reflexiones me pueden llevar por algún camino o me llevaron como maestra por algún camino. Mis reflexiones , no podían competir on los teóricos, con los grandes educadores, así que o reflexionaba y actuaba por mi cuenta o me olvidaba de la misma. Debía  tomar una decisión, asumí que  podía ir por un camino que sin estorbar a otros  pudiera seguirlo. Tomé la decisión de escribir todo lo que hacía.

 

El testimonio docente como conocimiento situado

La experiencia acumulada en la práctica educativa no pretende disputar la autoridad de los teóricos, sino complementar la reflexión pedagógica con saberes situados. Desde Rousseau (1762) y Kant (1803), la educación se ha concebido como un proceso que exige tanto teoría como práctica. Dewey (1938) insistió en que la experiencia es el núcleo de la educación, mientras que Freinet (1964) y Freire (1970, 1997) reivindicaron el papel del maestro como sujeto activo que transforma la realidad desde su práctica cotidiana.

Autores clásicos como Durkheim (1922), Piaget (1970) y Skinner (1954) aportaron marcos teóricos fundamentales, pero es en la práctica docente donde esas teorías se ponen a prueba y se resignifican. Morin (2001) y Ortega y Gasset (1930) recordaron que la educación debe responder a los desafíos del futuro y a la misión social de la universidad, lo cual solo puede lograrse si se reconoce la voz de quienes están en el aula.

En el ámbito contemporáneo, Sánchez Mojica (2020) plantea que el docente-investigador supera la dicotomía entre intervención e investigación, legitimando la práctica como fuente de conocimiento. Vega Ramírez (2023) subraya que los maestros generan saber técnico y experiencial mediante ensayo y error, mientras que Perines y Vega-López (2024) destacan que los futuros profesores valoran la investigación en la medida en que se vincula con la práctica.

La producción local también aporta a esta visión: Cornieles Díaz y Haffar (2018, 2020), junto con Rodríguez M (2020), han mostrado cómo la escuela del futuro, la ciudad pedagógica y el SISTEI se fundamentan en experiencias concretas de aula y comunidad. Estos trabajos evidencian que el testimonio docente no es anecdótico, sino un insumo para la innovación y la transformación educativa.

En síntesis, el testimonio docente constituye una forma de investigación en acción: cada problema afrontado y resuelto en el aula se convierte en un aporte legítimo al saber pedagógico, humanizando la teoría y generando memoria colectiva para la profesión.

Relacionar el acto de educar e instruir con las trayectorias de salud y educativa del niño entre los 0 y 13 años exige una mirada integral que comprenda al sujeto como una biografía en constante movimiento y no como un receptor pasivo de intervenciones técnicas. Durante la primera infancia, que abarca de los 0 a los 5 años, la distinción entre estas dimensiones es casi invisible, pues la trayectoria de salud —marcada por el crecimiento físico, la maduración neurobiológica y el esquema de vacunación— se entrelaza con la educativa a través del cuidado. Aquí, instruir se manifiesta en la adquisición de hábitos básicos y pautas de autocuidado, mientras que educar reside en el sostenimiento afectivo y el lenguaje que el adulto ofrece para que el niño comience a simbolizar su propio cuerpo. En este tramo, un déficit en la salud o una falla en el apego impactan directamente en la capacidad futura de aprendizaje, demostrando que la trayectoria educativa se cimienta sobre el bienestar biológico y emocional. Al ingresar en la etapa escolar, entre los 6 y 11 años, la instrucción cobra un protagonismo institucional a través de la alfabetización y la incorporación de contenidos curriculares formales; sin embargo, esta trayectoria pedagógica se ve condicionada por la salud del niño en términos de nutrición, visión, audición y desarrollo psicomotor. Educar en este periodo trasciende la mera transmisión de datos para convertirse en la formación de un sentido de pertenencia y ciudadanía, donde el docente y el agente de salud deben realizar una lectura ética de la realidad del alumno. Finalmente, al alcanzar la preadolescencia, entre los 12 y 13 años, las trayectorias convergen en la construcción de la identidad. La instrucción se vuelca hacia la educación sexual integral y el conocimiento biológico de los cambios hormonales, pero el acto de educar se vuelve una urgencia política y subjetiva: es el momento donde el saber técnico debe dar paso al acompañamiento de la crisis vital. En definitiva, entender estas trayectorias implica reconocer que el éxito en la instrucción escolar y el cumplimiento de los hitos médicos son apenas la superficie de un proceso mucho más profundo, donde educar es validar la palabra del niño y transformar su paso por las instituciones en una biografía compartida que garantice su derecho al desarrollo pleno y a la salud integral.

 

 

 

Referencias

Andrés, J. L. (1987). Pedagogía y ciencias de la educación. Editorial Síntesis.

Cornieles Díaz, I. (2020). SISTEI. Edición propia.

Cornieles Díaz, I., & Haffar, E. (2018). La escuela del futuro. Edición propia.

Cornieles Díaz, I., & Haffar, E. (2020). La ciudad pedagógica. Edición propia.

Cornieles Díaz, I., Haffar, E., & Rodríguez, M. J. (2020). Distanciamiento social sin distanciamiento educativo. Edición propia.

Dewey, J. (1938). Experiencia y educación. Paidós.

Durkheim, É. (1922). Educación y sociología. Editorial Trotta.

Freinet, C. (1964). La educación del trabajo. Editorial Laia.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores.

Kant, I. (1803). Sobre pedagogía. Akal.

Morin, E. (2001). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.

Ortega y Gasset, J. (1930). Misión de la universidad. Revista de Occidente.

Perines, H., & Vega-López, R. (2024). Los futuros profesores y su vinculación con la investigación educativa: de la teoría a la práctica. Revista de Investigación Educativa, 42(1), 45-62.

Piaget, J. (1970). La psicología y la pedagogía. Ariel.

Rousseau, J.-J. (1762). Emilio o De la educación. Alianza Editorial.

Sánchez Mojica, J. F. (2020). El docente y la investigación educativa: una dicotomía entre intervención e investigación. Revista Colombiana de Educación, (79), 123-140.

Skinner, B. F. (1954). Science and human behavior. Macmillan.

Touriñán López, J. M. (2014). Educación y valores: Fundamentos de la intervención educativa. Netbiblo.

Touriñán López, J. M. (2018). La educación como actividad de intervención. Netbiblo.

Vega Ramírez, J. F. A. (2023). Investigación Educativa como área de desarrollo docente. Educación y Pedagogía, 35(2), 89-105.

 

 

miércoles, 25 de marzo de 2026

 Del pupitre al territorio: La ecología de saberes como soberanía pedagógica

Resumen
El presente artículo analiza la crisis estructural de la escuela primaria contemporánea, entendida no solo como un recinto arquitectónico, sino como un aparato de captura heredero de la modernidad industrial y el pensamiento eurocéntrico. A través de una perspectiva genealógica fundamentada en los planteamientos de Foucault, Varela y Andrés Lasheras, se examina cómo el pupitre, la fragmentación del saber en parcelas y la evaluación punitiva han configurado una "arquitectura de la domesticación" que anula la subjetividad del niño. Frente a esta inercia, se propone la categoría del "Hervidero Pedagógico" y la "Escuela de la Soberanía" como rutas de descolonización educativa. Inspirada en la Educación Social de Simón Rodríguez y las pedagogías decoloniales de Walsh y Dussel, la propuesta aboga por un tránsito epistémico: del pupitre al territorio, de la obediencia al autogobierno y de la instrucción a la formación integral. Se concluye que la transformación educativa en el contexto actual exige romper los muros simbólicos del aula para dar paso a una ecología de saberes que dignifique tanto al niño como al docente, convirtiendo la escuela en el epicentro de la soberanía cognitiva y el Buen Vivir.
Palabras clave: Aparato de captura, Hervidero pedagógico, Soberanía cognitiva, Simón Rodríguez, Autogobierno escolar, Descolonialidad.
Abstract
This article analyzes the structural crisis of the contemporary primary school, understood not merely as an architectural enclosure but as a capture apparatus inherited from industrial modernity and Eurocentric thought. Through a genealogical perspective based on the approaches of Foucault, Varela, and Andrés Lasheras, it examines how the school desk, the fragmentation of knowledge into plots, and punitive evaluation have configured an "architecture of domestication" that nullifies the child's subjectivity. Faced with this inertia, the categories of the "Pedagogical Swarm" (Hervidero) and the "School of Sovereignty" are proposed as routes for educational decolonization. Inspired by Simón Rodríguez's Social Education and the decolonial pedagogies of Walsh and Dussel, the proposal advocates for an epistemic transition: from the desk to the territory, from obedience to self-government, and from instruction to integral formation. It is concluded that educational transformation in the current context requires breaking the symbolic walls of the classroom to give way to an ecology of knowledge that dignifies both the child and the teacher, turning the school into the epicenter of cognitive sovereignty and "Buen Vivir" (Good Living).
Keywords: Capture apparatus, Pedagogical swarm, Cognitive sovereignty, Simón Rodríguez, School self-government, Decoloniality.
Planteamiento
En nuestro concepto trabajar este planteamiento implica concebir la escuela no como un simple recinto arquitectónico, como un edificio con salones destinados a las diversas actividades escolares, sino como un proceso histórico de tensión dialéctica entre el control y la libertad. Desde una perspectiva genealógica, y basados en los análisis de Michel Foucault (2002) y Julia Varela (1991), la escuela primaria, elemental o básica, como queramos llamarla, se erigió esencialmente como un aparato de captura diseñado para moldear la subjetividad moderna bajo tres ejes determinantes. En primer lugar, operó mediante el disciplinamiento del cuerpo, donde el pupitre funcionó como una "cámara" mínima que garantizaba la inmovilidad y la docilidad, transformando la energía vital en fuerza de trabajo controlable. Muchas veces el alumno erigió el lugar donde quería sentarse, pero otras, el maestro lo impuso, como puesto fijo. En mi carácter de docente, la primera vez que formalmente atendí un salón de clases, impuse el puesto fijo, como una forma de disciplinar a un grupo de alumnos, casi mi edad, que carecían de todo sentido del respeto hacia ellos mismos. Si ello se convierte en una práctica negamos al niño, a su libre desarrollo, lo atamos a un pupitre.
En segundo lugar, se configuró como un mecanismo para homogeneizar el pensamiento, imponiendo una identidad nacional única que buscaba anular las particularidades locales y territoriales en favor de una narrativa estatal uniforme. Una clase igual para todos, se ayuda al que no entiende, pero no hay variación en la forma de transmitir el mensaje pedagógico. El docente prepara la clase y así es ejecutada. El alumno aprende o aprende, y si no a repetir el grado, o a pasar por asistencia.
En tercer lugar, la institución se enfocó en instruir para la utilidad, configurando una pedagogía que separó drásticamente el "saber" del "hacer". Este modelo no buscaba la emancipación intelectual, sino la formación de operarios eficientes, capaces de descifrar órdenes, respetar jerarquías y cumplir horarios estrictos, consolidando así una estructura social donde el conocimiento queda supeditado a la productividad del sistema.
La escuela como aparato de captura, tuvo mecanismos históricos de control que se manifestaron en la cotidianidad del aula, transformando al niño en un objeto de estudio y vigilancia. "La disciplina organiza un espacio analítico [...] El espacio de las instituciones disciplinarias es a la vez mixto y artificial. Es el espacio de la clausura, pero también de la subdivisión." (Foucault, 2002, p. 145). Y Varela plantea
"La escuela primaria se constituyó como un espacio de moralización de las masas, donde el maestro, más que un transmisor de cultura, funcionaba como un oficial de la higiene y el orden social." (Varela & Alvarez-Uria, 1991, p. 52).
Andrés Lasheras (2004) sobre la Ilustración y el sujeto moderno con la visión de la escuela como aparato de captura, concibe la escuela no como un simple edificio, sino como un proceso histórico de tensión dialéctica entre el control y la libertad. Desde una perspectiva genealógica, la escuela primaria se erigió como un aparato de captura diseñado para moldear la subjetividad bajo parámetros de utilidad y disciplina. Como señala Andrés Lasheras (2004), este fenómeno es hijo de la Ilustración, un periodo donde la sociedad, al buscar una nueva identidad, deja de ver al individuo como un ser terminado para entenderlo como un "individuo por hacer" (p. 40). En este contexto, la escuela surge para disciplinar el cuerpo, utilizando el pupitre como una celda de inmovilidad; para homogeneizar el pensamiento, borrando las diferencias territoriales en favor de una identidad nacional única; y para instruir para la utilidad, separando drásticamente el "saber" del "hacer". Esta transformación convirtió una práctica educativa anteriormente "rutinaria y realizada por maestros incultos" en una disciplina de una "trascendencia social incalculable" (Andrés Lasheras, 2004, p. 40), donde el objetivo final era la creación del ciudadano frente al súbdito. Así, la escuela elemental se consolidó como una maquinaria de saber-poder que, bajo la promesa de civilizar, garantizó la formación de operarios dóciles capaces de cumplir horarios y descifrar órdenes, asegurando que el sujeto moderno fuera, ante todo, un engranaje funcional al sistema productivo.
Visto de esta manera la escuela no solo encierra, sino que cuadricula. Cada niño tiene un lugar asignado (el pupitre) que permite al docente una vigilancia jerárquica constante y evitar las coaliciones, los juegos y el "hervidero" espontáneo. La soledad en medio de la multitud garantiza que el niño sea visto, pero que no vea ni interactúe con sus pares de forma soberana Inclusive a través del horario mosaico la fragmentación del tiempo en horas exactas, marcada por campanas o timbres, emula la línea de montaje de la fábrica y establece ritmos biológicos y mentales artificiales. Se estima horas para cada disciplina: matemática. Lengua, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales, deporte, educación física, música, laboratorio biblioteca, religión, entre otras.
El niño aprende que su actividad escolar termina cuando suena el timbre, supeditando su curiosidad al cronograma institucional. Sumemos la creación de manuales y libros de texto estandarizados extrae el saber del mundo real y lo convierte en un "objeto" consumible. Las llamadas enciclopedias, que “todo lo traen servido” .El conocimiento que no está en el programa o en la enciclopedia no existe. Esto genera la tabula rasa donde el docente deposita información, desconectando al niño de su territorio y de su propia experiencia vital. Y a través de la calificación y el reporte de conducta, se establece qué es un "buen alumno" (dócil) y un "mal alumno" (rebelde) el niño termina por interiorizar la mirada del maestro, ajustando su cuerpo y sus palabras para encajar en el molde de la normalidad eurocéntrica. Planteamos entonces que la escuela es un espacio de contradicciones y se encuentra atrapada entre dos siglos.
Ello permite formular la siguiente interrogante
¿Es la Escuela Primaria Hoy: Una Institución en Crisis, o en decadencia?
En la actualidad, la escuela primaria se manifiesta como un escenario de profundas contradicciones, atrapada en una inercia estructural que colisiona con las demandas de la sociedad contemporánea. No solo está en crisis la institución como todo lo que incluye el personal involucrado en ello. Supervisores, directivos, maestros, secretarios, padres, obreros, representantes, comunidad en general. Esta institución mantiene, en su núcleo, la herencia del siglo XIX, donde el pupitre, la evaluación punitiva y la fragmentación del conocimiento en "parcelas" o asignaturas aisladas siguen siendo los pilares de la instrucción. Y lo más grave, no es una condición de la escuela primaria, sino de todo el sistema educativo.
Esta estructura mantiene, en su núcleo, la herencia del siglo XIX, donde el pupitre, la evaluación punitiva y la fragmentación del conocimiento en "parcelas" o asignaturas aisladas siguen siendo los pilares de la instrucción. Lo que Andrés Lasheras describe como la transición hacia una práctica de control social terminó por cristalizar en una rigidez que atraviesa hoy todo el sistema educativo. En el bachillerato, esta herencia se traduce en un currículo de materias atomizadas, donde la física no dialoga con la historia ni la literatura con la biología, impidiendo que el estudiante construya una visión de totalidad. Esta arquitectura pedagógica reproduce lo que Varela y Álvarez-Uría (1991) denominan la "codificación de los saberes escolares", transformando la curiosidad en una mecánica de cumplimiento de tareas. Al llegar a la educación superior, la situación se vuelve paradójica: si bien en los marcos de fundamentación de las carreras se exalta la interdisciplinariedad como una competencia vital, en la práctica docente esta brilla por su ausencia. La universidad opera bajo la lógica de la "parcela" académica, donde facultades e institutos funcionan como feudos cerrados. Esta ausencia de transversalidad no es una omisión accidental, sino la culminación de un sistema que, siguiendo la lógica de la utilidad industrial, prefiere al experto funcional y compartimentado antes que al ciudadano capaz de articular un pensamiento integrador y transformador sobre su realidad. Como señala Foucault (20.02), esta distribución espacial y administrativa no es ingenua; responde a una "localización elemental o división en compartimentos" (p. 147) diseñada para garantizar una vigilancia global y detallada, transformando el aula en un dispositivo de normalización que aún hoy se resiste a desaparecer.
El pensamiento de Simón Rodríguez surge no solo como una alternativa pedagógica, sino como una ruptura política radical a través de su concepto de Educación Social. Para Rodríguez, la escuela no debía ser un instrumento de "captura" o de formación de operarios dóciles, sino el espacio de fundación de la República. Como bien señala en su obra, "instruir no es educar", denunciando así que la acumulación de conocimientos en "parcelas" aisladas —lo que hoy vemos en el bachillerato y la universidad— es insuficiente para formar ciudadanos.
Su propuesta de Educación Social rompe con la estructura de la escuela tradicional al proponer una integración orgánica entre el pensar y el hacer, entre la academia y el taller. Mientras que la maquinaria escolar descrita por Varela y Álvarez-Uría (1991) busca la homogeneización y la utilidad técnica, Rodríguez aboga por una educación que reconozca la interdependencia de los saberes: "entre la escuela y el taller no debe haber separación". En su visión, la interdisciplinariedad que hoy "brilla por su ausencia" en los marcos universitarios era, para él, la base misma del aprendizaje; el estudiante no debía ser un receptor de datos inconexos, sino un sujeto capaz de comprender la totalidad de su contexto para transformarlo.
Por lo tanto, la Educación Social de Rodríguez se presenta como la antítesis de la "parcela" académica. Es una invitación a derribar los muros de los feudos universitarios y los horarios fragmentados del bachillerato para dar paso a una formación donde el conocimiento se construye en comunidad y para el beneficio común. Al rescatar esta visión, se propone una pedagogía de la resistencia que, en lugar de fabricar individuos funcionales al sistema de mercado, cultive seres sociales capaces de articular la razón con la técnica y la libertad con la responsabilidad colectiva.
Frente a esta inercia, la escuela intenta responder a los desafíos del siglo XXI, tales como la diversidad y el auge tecnológico, pero a menudo lo hace de manera puramente cosmética. La introducción de herramientas digitales en un entorno arquitectónicamente rígido, decadente y sin recursos no altera la lógica del encierro. Varela y Alvarez-Uria (1991) advierten que este "aislamiento de la infancia" en espacios especializados de visibilidad constante (p. 52) impide que la tecnología sea una herramienta de liberación, convirtiéndola, por el contrario, en un nuevo mecanismo de control dentro de la misma estructura de la tabula rasa. Se evidencia así un simulacro de modernización que no cuestiona la base disciplinaria de la institución. Se trabaja con instrumentos y tecnologías para los cuales los docentes no han sido preparados, y menos con posibilidad de tener y dominar instrumentos modernos de tecnologías. La escuela carece de ellos y por consiguiente el maestro y el hogar menos lo pueden tener.
Finalmente, la escuela de hoy se presenta como un "hervidero" contenido. La realidad social —la crisis, las tensiones del barrio y la efervescencia de la calle— penetra los muros escolares a la fuerza, rompiendo la pretendida asepsia del aula. Sin embargo, la estructura institucional reacciona intentando "enfriar" ese hervor mediante la burocracia y el control punitivo. Esta tensión refleja lo que Dussel (2016) denomina la "clausura del saber" de la modernidad eurocéntrica (p. 92), que niega la exterioridad y lo que sucede en el territorio. El problema radica en que, al intentar contener la potencia vital de lo que surge en la comunidad, la escuela desaprovecha la oportunidad de transformarse en una auténtica ecología de saberes, persistiendo en ser un aparato de captura que posterga la soberanía pedagógica del estudiante.
La Escuela de la Soberanía: Hacia una Metamorfosis Epistémica y Política
La transformación de la institución escolar no debe ser entendida como un simple ajuste tecnológico o una modernización de fachada, sino como una mutación epistémica y política profunda que rompa con el dispositivo de captura heredado de la modernidad. Siguiendo las huellas de Enrique Dussel, Catherine Walsh y la experiencia acumulada en el territorio, la escuela debe transitar hacia un modelo de soberanía cognitiva que se fundamente en cuatro dimensiones disruptivas. En primer lugar, es imperativo el tránsito de la instrucción a la educación, asumiendo este binomio como inseparable. (Cornieles 2026) .Esto implica superar la simple transmisión de datos para alcanzar una formación integral; no se trata de "llenar el envase" bajo la lógica de la tabula rasa, sino de encender el fuego del pensamiento crítico que permita al estudiante reconocerse como sujeto histórico. En segundo lugar, la propuesta exige un desplazamiento del pupitre al territorio, promoviendo lo que Bonaventura de Sousa Santos (2010) denomina una ecología de saberes. La escuela debe derribar sus muros simbólicos para que el conocimiento académico dialogue de forma horizontal con el saber popular, convirtiendo la calle, la vereda y el barrio en el texto principal de aprendizaje. La ciudad pase a ser una ciudad pedagógica y no una utopía.
Estos cambios son el paso de la obediencia al autogobierno escolar , donde el aula se transforma en una "Micro-República". En este espacio, la asamblea no es una actividad extra o periférica, sino el corazón mismo del currículo; es allí donde el niño aprende a ser soberano, a deliberar y a construir comunidad desde la práctica política cotidiana. Es allí donde el niño aprende a ser ciudadano. No es una escuela primaria plena de asignaturas que a veces le cusan cansancio y fastidio. Un modelo que rompe con la "escuela-cuartel" para dar paso a una escuela de vida. En este espacio, el niño deja de ser un número en una lista o un cuerpo invisible en un pupitre para convertirse en el protagonista de su propio proceso de formación. Esta transformación debe conducirnos hacia una institución donde el respeto, la dignidad del niño y la valoración del docente sean el fundamento de cada jornada. La escuela de la soberanía no es un búnker de contenidos aislados, sino un espacio donde el niño deja de ser invisible para ser reconocido en su totalidad. Se trata de una enseñanza para el Buen Vivir, donde el estudiante aprende a conducirse con integridad en la calle, en la casa, en el juego y en el deporte, entendiendo que la ética no es una asignatura, sino una práctica cotidiana. En lugar de una formación que genera cansancio y fastidio, se propone un entorno donde el niño disfrute su niñez mientras se enamora de la complejidad y la sencillez de la vida, de las ciencias y del arte. Al superar la evaluación punitiva y la fragmentación del saber, logramos que el estudiante, en lugar de odiar lo que estudia, desarrolle un deseo genuino de seguir aprendiendo. Es una escuela que cultiva el respeto profundo hacia sus semejantes, hacia sus pares y hacia sus maestros, no por imposición o temor, sino por el reconocimiento mutuo de su dignidad. Como plantea Walsh (2013) en sus pedagogías insurgentes, el aprendizaje debe ser un acto de "re-existencia", donde el conocimiento se adquiere con alegría y sentido, preparando al ser humano para habitar el mundo con responsabilidad, curiosidad y amor por el saber.
Finalmente, la propuesta aboga por una transición de la parcela a la interdisciplinariedad, rompiendo las divisiones artificiales entre matemáticas, lengua y arte. Un ejemplo tangible de esta integración es el uso del origami como estrategia pedagógica, donde la geometría se vuelve arte, el arte se transforma en motricidad y la motricidad se decodifica en pensamiento lógico-matemático.
En conclusión, la escuela primaria del futuro no puede seguir siendo el búnker de la modernidad industrial. Debe transformarse en un hervidero pedagógico donde la transformación exija pasar de un espacio que "domestica" cuerpos a un espacio que "libera" conciencias a través del autogobierno. Solo mediante esta ruptura con la arquitectura de la domesticación, la escuela dejará de ser una institución de encierro para convertirse en el epicentro de la soberanía cognitiva y ciudadana, permitiendo que la potencia vital del territorio sature y dé sentido al hecho educativo.
Referencias Bibliográficas
Andrés Lasheras, J. (2004). La educación en la Ilustración [Documento de trabajo]. (pp. 35-40).
Ariès, P. (1987). El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Taurus. (Obra original publicada en 1960).
De Sousa Santos, B. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Ediciones Trilce.
Dussel, E. (2016). Filosofías del Sur: Descolonización y transmodernidad. Akal.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Rodríguez, S. (2001). Sociedades Americanas. Biblioteca Ayacucho.
Varela, J., y Álvarez-Uría, F. (1991). Arqueología de la escuela. Ediciones de la Piqueta.
Walsh, C. (2013). Pedagogías decoloniales: Prácticas insurgentes de resistir, (re)existir y (re)vivir. Abya-Yala.