jueves, 19 de marzo de 2026

 

EL AULA COMO TERRITORIO DE CONTINGENCIA :EL AULA COMO UN HERVIDERO PEDAGÓGICO.

La educación contemporánea atraviesa una crisis de sentido donde la estandarización y la burocracia intentan, de manera infructuosa, domesticar la naturaleza intrínsecamente compleja del hecho educativo. Esta tendencia hacia la simplificación ignora que el aula no es un sistema cerrado, sino un escenario de incertidumbres donde confluyen  una serie de confrontaciones. Dichas confrontaciones generan conflictos,  interacciones, ebulliciones, que hacen que el aula se  comporta como un ecosistema termodinámico de subjetividades. La ebullición no es un fallo del sistema, es su estado natural de vitalidad.  Este capítulo trabaja el ámbito de la pedagogía crítica y la ontología del aula, abordando la educación básica no como un espacio aséptico de instrucción técnica, sino como un "hervidero de situaciones pedagógicas" donde convergen una serie de hechos reales,  la subjetividad, el conflicto y constituye una metáfora epistemológica potente, donde el espacio educativo se desplaza de la rigidez del orden hacia la riqueza del caos constructivo. En este flujo continuo, el aula no es un contenedor de individuos, sino un campo de fuerzas en ebullición donde la fricción de saberes, emociones y contextos genera la energía necesaria para el aprendizaje auténtico.

El Continuum del Hervidero Pedagógico

El aula se define como un escenario de complejidad viva donde el conflicto no es un accidente, sino la condición ontológica del encuentro humano. En este "hervidero", las situaciones conflictivas actúan como catalizadores que rompen la inercia de la instrucción tradicional. La resolución de estas tensiones no busca el silencio o la sumisión, sino la alquimia pedagógica: transformar la confrontación en conocimiento situado.

Este proceso fluye a través de la interacción  que opera de manera interconectada, donde  la Incertidumbre, plantea la ebullición de ideas y de  personalidades crea un estado de alerta intelectual y se  transita hacia el Reconocimiento del Otro, validando la diversidad como fuente de riqueza, y se eleva mediante la Problematización, donde el conflicto se convierte en una pregunta de investigación compartida. La dinámica continúa con la Mediación Dialógica, utilizando la palabra como puente, y se expande en la Experimentación Creativa, donde el juego, el arte y la lógica permiten ensayar nuevas realidades. Finalmente, el ciclo se consolida en la Reflexión Crítica, analizando el rastro dejado por la experiencia, para culminar en la Transformación Autónoma, donde tanto el docente como el estudiante , los padres  y la comunidad emergen como sujetos capaces de investigar y reinventar su propia práctica social y académica.

La pregunta que emerge es  ¿Cómo transformar la ebullición producida por las tensiones burocráticas, sociales y tecnológicas en un proceso de aprendizaje significativo en el contexto actual?

Aquí se generan  una serie de confrontaciones  que consideran desde la normativa y reglamentaciones de carácter nacional hasta las  internacionales.  En consecuencia, el hervidero pedagógico no solo se ve afectado por las crisis locales, sino que está profundamente influenciado por las pautas de organismos internacionales que dictan la agenda educativa a escala global. La UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) se erige como el principal referente, estableciendo a través de sus informes mundiales y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS 4) la meta de una educación inclusiva, equitativa y de calidad para todos. Por otro lado, la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) ejerce una presión técnica significativa mediante el Programa PISA, el cual define la "calidad" educativa en términos de competencias estandarizadas y resultados medibles, influyendo directamente en las políticas de supervisión de lo que  se analizará como Nivel I del  hervidero.

 En el contexto regional, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial operan como financistas y asesores estratégicos, vinculando la inversión educativa con el capital humano y en la productividad económica (BID, 2023). Asimismo, la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos) trabaja en la armonización de las políticas docentes en la región, buscando fortalecer la profesionalización en escenarios de alta vulnerabilidad. El docente crítico debe, por tanto, reconocer que el diseño del currículo oficial a menudo responde a estas directrices supranacionales, las cuales a veces entran en conflicto con la realidad subjetiva y situada del aula , en este caso la venezolana.

Esta dinámica de ebullición adquiere una densidad dramática y específica en el contexto de la Educación Básica venezolana. En nuestro territorio, el aula no solo enfrenta la crisis de sentido global, sino que se convierte en la última frontera de resistencia frente a un entorno marcado por la precariedad extrema y la desarticulación institucional. Aquí, la 'fricción de contextos' no es un ejercicio retórico; es el choque cotidiano entre la voluntad pedagógica del docente —quien sostiene el sistema desde la precariedad salarial— y la realidad de un estudiante cuya 'invisibilidad' es alimentada por la deserción y la desatención estatal. En Venezuela, el hervidero pedagógico se transforma en un acto de soberanía: mientras la burocracia oficial intenta imponer una 'normalidad' administrativa a través del maquillaje de cifras y la promoción automática, el aula real se autoorganiza en el caos, demostrando que donde hay ebullición, hay una vida educativa que se niega a extinguirse.

El Hervidero pedagógico de Venezuela   bajo  la Normativa Internacional

La concepción del aula como un hervidero de situaciones conflictivas encuentra en el marco internacional un espejo de sus propias tensiones. Mientras que la Agenda 2030 (UNESCO) y su ODS 4 exigen un entorno de aprendizaje seguro, no violento e inclusivo, la realidad venezolana impone un nivel de ebullición donde el conflicto surge de la carencia material y la "Invisibilidad Multidimensional del Adolescente". En este sentido, la normativa internacional actúa como una presión externa que, al no cumplirse, aumenta la temperatura del "hervidero". El docente, amparado teóricamente por las Recomendaciones de la OIT y la UNESCO (1966) sobre su autonomía e integridad profesional, se ve forzado a operar en un vacío legal y económico que contraviene el espíritu del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC).

Esta disonancia transforma los siete niveles  que se proponen  con respecto al hervidero pedagógico, en un acto complejo  y de investigación-acción constante. Cuando el maestro intenta alcanzar el nivel de la Transformación Autónoma, no solo está resolviendo un problema didáctico, sino que está ejerciendo una soberanía pedagógica frente al incumplimiento de los estándares del Convenio Andrés Bello y otros marcos de integración regional. Así, el aula venezolana se convierte en un laboratorio donde se redefine la calidad educativa: ya no como el cumplimiento de indicadores estadísticos internacionales, sino como la capacidad del docente investigador para procesar el caos y otorgar visibilidad a un adolescente que, ante la ley internacional es un sujeto de derechos pleno, pero que en la práctica escolar diaria lucha por ser reconocido en medio de la ebullición social.

En este sentido, la escuela debe ser analizada bajo el paradigma del pensamiento complejo, reconociendo que cualquier intento por aislar las variables pedagógicas en un entorno "aséptico" solo conduce a una ceguera institucional. La educación, por tanto, se manifiesta como un fenómeno donde el orden y el desorden coexisten, exigiendo una mirada que trascienda el reduccionismo técnico.

 Desde la perspectiva  de Morin (1990), la complejidad no es una complicación, sino un "tejido de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados" (p. 32). La complejidad nos obliga a abandonar la visión lineal para comprender que en el microsistema escolar el todo es más que la suma de las partes, pero también que la parte está en el todo. Bajo esta premisa, las dimensiones de análisis no actúan como entes externos que simplemente "presionan", sino como componentes de un bucle recursivo donde la burocracia produce una respuesta de "maquillaje" en el docente, y esta respuesta, a su vez, permite que el sistema administrativo siga funcionando sobre una base de evidencias fabricadas. Esta interdependencia demuestra que el orden burocrático y el desorden creativo del aula mantienen una relación dialógica  excluyente y  complementaria a la vez.

. El docente actúa como un mediador que invita a navegar en un mar de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas, permitiendo que el aula como  “hervidero “ deje de ser vista como una falla para ser comprendida como la condición necesaria de una praxis que acepta la multidimensionalidad del ser humano, sobre la cual es posible actuar y tomar decisiones. Cuando hablamos de la "Ontología del Aula",  no hablamos de salones de cuatro paredes, sino de encuentros humanos volcánicos.

El Encuentro Humano Volcánico: Una Definición Pedagógica

El encuentro humano volcánico podríamos definirlo como  como la unidad dialéctica de la praxis docente en contextos de alta complejidad, donde la interacción entre sujetos (docente-estudiante, padres, comunidad ) trasciende la mera transferencia de información para convertirse en una colisión de realidades ontológicas. En el marco del "aula como hervidero", este encuentro representa el punto de ebullición máxima: una erupción de subjetivad pedagógica de tensiones sociales y necesidades afectivas que permanecen "invisibles" hasta que el conflicto las hace emerger.

Lejos de ser un evento destructivo, este fenómeno es el motor de la investigación educativa autónoma. Al reconocer que el aula está habitada por seres en constante devenir, el docente interpreta estas erupciones no como indisciplina, sino como manifestaciones de la "Invisibilidad Multidimensional del Adolescente". La resolución de estos encuentros, a través de los siete niveles de mediación, permite que la energía volcánica se transforme en un suelo fértil para el pensamiento crítico y la reconstrucción del tejido social, cumpliendo así con el mandato ético de educar para la libertad en tiempos de incertidumbre.

Esta naturaleza vibrante permite al autor  comprender el aula, metafóricamente, como un "hervidero de situaciones" . Lejos de ser un estado de caos negativo, esta ebullición se asemeja a las "estructuras disipativas" propuestas por Prigogine (1997), donde los sistemas alejados del equilibrio son capaces de generar autoorganización; en sus propias palabras: "la irreversibilidad es una fuente de orden" (p. 18). Al aplicar esta noción al ámbito escolar, el "hervidero" representa ese punto crítico donde el roce de las subjetividades genera el calor necesario para que emerja el aprendizaje significativo. Y se aprovechen los intersticios, los cuales se asumen en este trabajo como los poros entre la ley que no se cumple y la realidad que nos desborda y nos obliga a penetrarlos. Es ahí donde ocurre la verdadera realidad docente y del aula.

No obstante, esta vitalidad se encuentra bajo asedio, el cual Giroux (1990) denomina la proletarización del magisterio, un proceso que implica una descalificación intelectual del docente, reducido a un "técnico especializado dentro de la cadena de producción" (p. 177). La visión tecnocrática intenta convertir el currículo en un paquete instruccional "a prueba de profesores", ignorando la realidad fenoménica del aula y asfixiando la praxis mediante una gestión por resultados de carácter clasificatorio. La proletarización despoja al maestro de su autonomía y de su función como intelectual transformativo, intentando convertir el "hervidero" en una línea de montaje predecible. Como señalan Silva et al. (2016) al analizar las implicaciones de marcos regulatorios como la Base Nacional Comum Curricular (BNCC), existe un riesgo latente de que la educación se reduzca a un carácter "clasificatorio y no formativo" (p. 153), donde la gestión por resultados asfixia la praxis. Esta ruptura radical con las visiones estáticas exige reconocer, como sostiene Maurice Tardif (2004), que el saber docente es un saber plural y situado que "se manifiesta en una relación dialógica con la situación" (p. 190). El aula es el lugar donde convergen multiplicidad de tensiones: la presión de los entes de supervisión, la soledad frente a los colegas y las demandas de una comunidad desbordada... el saber docente es un saber social, tejido en la urgencia de la situación, lo que lo hace irreductible a cualquier manual de procedimientos. El aula, deja de ser un espacio meramente físico para convertirse en un campo de fuerzas sociológicas donde confluyen multiplicidad de situaciones y actores: supervisores, directivos, docentes, padres, representantes, alumnos y la comunidad misma. Según Pérez et al. (2020), la escuela es una red sociológica compleja donde "la subjetividad del docente actúa como el principal mediador de la política educativa" (p. 5). La Dimensión Sociológica del Aula se convierte en un Ecosistema de Tensiones y de acuerdo con Márquez et al. (2020), el aula debería ser comprendida como una red de interacciones donde la subjetividad no es un accesorio, sino el eje que sostiene la institución. En este escenario, la labor docente no se limita a la instrucción, sino que se transforma en una gestión de micropolíticas escolares (p. 5). Esta red sociológica implica que lo que sucede dentro del salón de clases es un reflejo de las tensiones estructurales del entorno, haciendo que las paredes de la escuela sean, en realidad, " intersticios” que  pueden ser penetrables, en aras de una mejor  praxis educacional.

La comprensión del sistema escolar moderno exige trascender la visión técnica y administrativa para adentrarse en la dimensión de las micropolíticas escolares. Este concepto se define como el conjunto de dinámicas de poder, intereses y estrategias que los actores educativos (docentes, directivos, estudiantes y representantes) despliegan en la cotidianeidad para influir en las decisiones y proteger sus esferas de autonomía. En el contexto del aula como un hervidero, la micropolítica constituye la energía cinética que mantiene la ebullición; es el "lado oculto" de la organización donde se negocian los conflictos que las macro políticas estatales no alcanzan a resolver.

Desde esta perspectiva, las instituciones no son espacios de consenso pasivo, sino campos de lucha donde los encuentros humanos volcánicos son manifestaciones de tensiones micropolíticas no resueltas. El docente, al actuar como un investigador autónomo, debe ser capaz de leer estas corrientes subterráneas de poder para transformar la confrontación en acuerdos pedagógicos. Esta gestión micropolítica es esencial para que la estructura del aula no colapse ante la presión externa, permitiendo que el sistema escolar funcione como un organismo vivo y autopoiético que se reinventa a través de la resolución de sus propias contradicciones internas

Al respecto, la investigación en sociología educativa sugiere que el aula funciona como un microsistema social donde se negocian constantemente el poder y el afecto. Como señalan los autores en la Revista Espacios, el éxito de la praxis pedagógica depende de la capacidad del docente para navegar estas redes de interacción, reconociendo que cada acto educativo es, en esencia, un acto social de resistencia frente a la deshumanización del sistema (Márquez et al., 2020). Por tanto,  dentro de esta perspectiva el "hervidero" es la manifestación visible de esta red viva, donde el roce de las diversas subjetividades es lo que realmente permite la construcción de un conocimiento situado y con sentido hacia una Cartografía de la Praxis. Por tanto, ese hervidero se muestra en  Niveles o estratos del “ Hervidero” . Esta organización responde a una necesidad de ordenamiento metodológico para visibilizar lo que la burocracia educativa suele ignorar: la micropolítica de la vida cotidiana. Cada Nivel representa una frontera donde se negocian capitales, afectos y resistencias, y que es posible penetrar. Desde   la normativa administrativa hasta la irrupción de la Inteligencia Artificial, el docente transita estos estratos no como un técnico que aplica recetas, sino como un habitante de la contingencia que debe decidir, en cada segundo, qué tensiones disipar y cuáles potenciar para que el proceso de aprendizaje no se enfríe bajo la estandarización. Antes de diseccionar cada uno de los Niveles que conforman la estructura del aula , como hervidero, y concretamente en la escuela básica, es imperativo comprender que estos no operan como compartimentos aislados, sino como estratos interdependientes de una misma arquitectura, donde la formación del docente juega un papel fundamental.

Si aceptamos que el aula traspasa las barreras de sus paredes  y va más allá de lo que históricamente  se conoce como salón de clases, se identifican  dentro del hervidero  siete Niveles a estudiar,  los cuales  constituyen las diferentes fuentes de calor y presión que mantienen el sistema en un estado de ebullición constante.

La interacción del hervidero con sus niveles ( en la escuela) no es lineal; es un fenómeno rizomático que sucede en la relación jerárquica. Es una forma  metafórica de apreciar  las relaciones que se operan en el aula y que  trasciende las paredes del salón. El fenómeno rizomático, como categoría filosófica y pedagógica, permite comprender el aula-hervidero como una estructura de conocimiento no lineal y descentrada. A diferencia del modelo arbóreo tradicional, que impone una jerarquía rígida y una raíz única de autoridad, el rizoma propone una red de conexiones horizontales donde cualquier punto puede, y debe, conectarse con otro. En este sentido, la ebullición de situaciones conflictivas en el aula no sigue una trayectoria predecible; más bien, se propaga a través de "mesetas" de intensidad donde los saberes académicos, las vivencias del alumno y las tensiones micropolíticas se entrelazan de forma heterogénea. Esta visión rizomática es la que dota de sentido a los encuentros humanos volcánicos, pues reconoce que el aprendizaje no es un calco de la realidad, sino un mapa que se construye y se desvía constantemente, permitiendo que la ruptura en un punto del sistema pedagógico genere la apertura hacia nuevas líneas de fuga y transformaciones autónomas. El fenómeno rizomático, concepto desarrollado por los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari, propone un modelo de organización del conocimiento y de las relaciones que rompe con la estructura jerárquica tradicional (el modelo "árbol"). Mientras que el árbol tiene un centro, un tronco y ramas que dependen de una raíz única, el rizoma funciona como un tallo subterráneo que se extiende horizontalmente, sin centro, donde cualquier punto puede conectarse con otro.

En este planteamiento  sobre el aula como un hervidero, el pensamiento rizomático es fundamental para entender cómo las situaciones conflictivas y los encuentros volcánicos se propagan: no siguen una línea recta, sino que estallan y se conectan de formas inesperadas.

Este análisis constituye un mapa de la supervivencia y la transformación del llamado hervidero. No se busca simplemente describir quién interactúa con quién, sino revelar cómo el roce de estas subjetividades —atravesadas por la crisis social, la precariedad económica y la mediación tecnológica— genera la energía necesaria para que la escuela, sitio del hervidero,  siga siendo un nodo de sentido.

En este "hervidero", los que lo conforman no solo intercambian información, sino que disputan poder. Como sostiene Pierre Bourdieu (1984). Es  un espacio de juego social donde se manifiestan las tensiones de clase y las expectativas culturales que los actores traen consigo, a menudo resultando en una violencia simbólica cuando el sistema intenta imponer un capital único como legítimo, ignorando la riqueza del "habitus" del estudiante. Esta lucha se vuelve aún más compleja al considerar lo que Bernstein (1990) define como el dispositivo pedagógico. El aula/hervidero es el escenario donde el discurso oficial se recontextualiza; es decir, el docente, atrapado entre su deber ser administrativo y la realidad efervescente de sus alumnos, debe decidir qué capitales validar. El docente no es un mero transmisor, es un árbitro de tensiones en un escenario donde el éxito educativo se mide por la capacidad de transformar el conflicto de capitales en una síntesis de conocimiento compartido. Por tanto, el aula/hervidero es un ecosistema de fronteras porosas y volcánicas, que también llamaremos intersticios. Como sostiene la perspectiva sociológica crítica, el docente actúa como un mediador en una trama de significados que son, en última instancia, los que determinan el destino de la praxis. La ebullición no es un accidente; es el roce entre diferentes mundos sociales que intentan coexistir en  el aula/hervidero, abandonando la idea de un espacio de "clases" y considerándola en cambio como una estructura disipativa. La tesis central sostiene que el orden burocrático es una ilusión, mientras que la realidad representa un caos creativo. Se aprecia el aula/hervidero no como un recipiente que hierve, sino como un ecosistema termodinámico donde la ebullición es una manifestación de la vitalidad de la escuela. Es esta vitalidad que la dinamiza  y que la mantiene activa. Y exige trascender la visión del aula como un recinto de instrucción para concebirla como una ontología en ebullición. No es un espacio estático; es un nodo poroso donde el roce de las subjetividades, las urgencias sociales y las mediaciones tecnológicas generan una energía constante .

Como cierre de esta cartografía inicial, se establece la Hoja de Ruta de la Resistencia Intelectual. La operatividad de este trabajo reside en la activación de una metodología de los intersticios, traducida en tres acciones:

1.           La Doble Acción Ontológica: Ejecutar el "maquillaje" administrativo como un acto de protección táctica para liberar soberanía en el aula.

2.           La Sistematización del Acontecimiento: Registrar los puntos de ebullición donde el conflicto se transforma en dato fenomenológico.

3.           La Ocupación de las Grietas o intersticios: Insertar una currícula situada que responda a la urgencia social del  niño venezolano.

No se  busca enfriar el hervor para complacer a la burocracia; se busca que el maestro se reconozca como el operador térmico de su propia praxis, comprendiendo que la verdadera eficacia no se mide en archivos, sino en la capacidad de mantener viva la llama de la dignidad humana en medio de la incertidumbre.

Cada uno de los Niveles en estudio  representa una capa de tensión y, al mismo tiempo, una oportunidad de resistencia. Desde la rigidez del control estatal hasta la expansión digital de la mente, el docente habita estos estratos no como un técnico, sino como un funambulista, como un hombre cultivado,  que busca equilibrio en medio de la contingencia. Analizar estas dimensiones permite visibilizar las "micropolíticas de supervivencia" y reivindicar la humanidad como el único regulador capaz de transformar el caos en conocimiento situado. Habiendo establecido la ontología del aula/hervidero como un campo de fuerzas volcánicas, es necesario  analizar los siete Niveles de interacción que constituyen la columna vertebral de la escuela básica contemporánea. El  Nivel I identifica  la relación entre el Estado a través de sus supervisores y directivos, cual  repercute inevitablemente en   la soledad del docente. El Nivel II _maestro y sus pares.  Nivel III- El docente y  los  alumnos. Nivel IV ; La relación alumno/alumno ; Nivel V  La relación maestro/padres .Nivel V I  Maestro /tecnología: Hacia una Ontología del Aula Expandida:  Nivel VII El maestro y su formación.


 

 

CAPITULO II

NIVEL I

 

EL ESTADO-PATRONO Y LA SOLEDAD DEL DOCENTE

LA TENSIÓN ENTRE LA PERFORMATIVIDAD Y LA RESISTENCIA ÉTICA

 

Este primer nivel de interacción define la relación vertical entre el Estado —representado por la cadena de mando de supervisores y directivos— y el docente, constituyendo la estructura más rígida del hervidero pedagógico. Es en esta tensión donde se gesta una profunda soledad del docente, un aislamiento profesional y emocional que surge cuando la gestión administrativa se impone sobre la labor pedagógica, priorizando la rendición de cuentas sobre el acompañamiento humano. En este estrato, el maestro experimenta lo que Stephen Ball (2003) define como "performatividad": un régimen de gestión donde el valor del educador se reduce a su capacidad para producir datos y llenar formatos que ignoran la realidad palpitante del aula. Esta presión burocrática genera una ruptura del tejido profesional, pues el directivo deja de ser un par que lidera para convertirse en un fiscal de procesos, dejando al docente en una orfandad pedagógica frente a las complejidades del sistema. Como señala Tenti Fanfani (2007), esta condición de aislamiento se agrava cuando el Estado delega responsabilidades críticas sin ofrecer recursos ni legitimidad, convirtiendo la práctica docente en una prueba de resistencia solitaria frente a un engranaje que valora más la apariencia de orden que la calidad del encuentro.

. La soledad del docente es, por tanto, el resultado de una gestión que fomenta el individualismo y la competencia por el cumplimiento de indicadores, drenando la energía que debería destinarse a la creatividad y a la contención de los alumnos. En este escenario, el maestro habita un espacio de vulnerabilidad donde su única compañía es la incertidumbre, convirtiendo su práctica en una prueba de resistencia solitaria frente a un sistema que parece haber olvidado que la educación es, ante todo, una construcción colectiva y situada.

  Al adentrarnos en el primer nivel, Relación docentes autoridades educativas, lo hacemos reconociendo que la primera gran lucha del docente ocurre antes de entrar al aula: donde la norma intenta domesticar su espíritu creativo. Donde los altos niveles de la jerarquía educativa cobran fuerza. Bajo esta lente, el aula trasciende su limitación física para constituirse en  un microsistema social dinámico y, fundamentalmente, como un "campo" en términos bourdieuanos. Según Márquez y Díaz (2020), el aula de clases debe ser comprendida como una red de interacciones donde la subjetividad es el eje que sostiene la arquitectura institucional; sin embargo, esta red no es armónica, sino que está atravesada por una constante lucha de capitales. El aula deja de ser un espacio físico para convertirse en un campo de fuerzas sociológicas donde confluyen supervisores, docentes, padres , alumnos y la  sociedad. Según Márquez y Díaz (2020), la subjetividad del docente actúa como el principal mediador de la política educativa, transformando la labor de instrucción en una gestión de micropolíticas escolares. Esta red sociológica implica que el éxito de la praxis depende de la capacidad del docente para navegar estas interacciones, reconociendo que cada acto educativo es un acto social de resistencia frente a la deshumanización.
La tensión entre autonomía y control alcanza su punto máximo en la cultura de la performatividad, donde el docente elabora la "estética del maquillaje" (Ball, 2003) no como un engaño, sino como un mecanismo de defensa ontológica. Al fabricar registros impecables, el docente crea una zona de exclusión donde puede ejercer su verdadera praxis.

La fragilidad de esta cosmética institucional se pone de manifiesto cuando el docente se le impone una realidad cruda e innegociable. En este estrato, la estética del maquillaje se rompe violentamente; el adolescente, atravesado por su propia invisibilidad multidimensional y las urgencias de un entorno en crisis, no reconoce ni valida los formatos vacíos de la burocracia. Es aquí donde el "hervidero" reclama su verdad: frente al hambre, la apatía o el conflicto emocional del estudiante, la planificación impecable pierde su barniz y el docente queda expuesto en su humanidad más esencial. Este colapso de la máscara no debe entenderse como un fracaso, sino como la condición de posibilidad para una praxis auténtica. Al desmoronarse el maquillaje, surge el encuentro humano obligando al maestro a abandonar el rol de técnico de la apariencia para asumir el de investigador en el aula. La ebullición del aula, que la administración intentaba enfriar con papeles, estalla como una fuerza pedagógica que exige respuestas situadas, no procedimentales. En este roce de subjetividades sin filtros, el error y la incertidumbre dejan de ser fallas que ocultar para convertirse en la materia prima de un aprendizaje significativo, donde el docente, finalmente despojado de la cosmética, recupera su autonomía intelectual en el mismo acto de abrazar el caos creativo del aula

Podemos citar, a modo de ejemplo revelador, la configuración de un curso de cuarto grado a mediados de la década de los 60: un escenario que desafiaba cualquier lógica de estandarización pedagógica. En este contexto, un docente de apenas 18 años — se enfrentaba a un grupo donde el 67% de los estudiantes oscilaba entre los 14 y 16 años de edad. Esta brecha generacional invertida y la sobreedad no eran accidentales, sino el resultado de una decisión micropolítica institucional: el curso fue creado artificialmente para completar la matrícula exigida por el Estado, asegurando que la institución conservara su estatus de "Grupo Escolar de Primera".[1] Esta aula se convirtió en el depósito de lo que el sistema consideraba el "desecho" escolar: alumnos expulsados de otras instituciones, jóvenes etiquetados como "indisciplinados" que nadie quería recibir, y adolescentes cargados con el peso de fracasos académicos reiterados y fracturas profundas en sus hogares. Era, en esencia, un microcosmos de exclusión donde la estética del maquillaje burocrático (la conservación del estatus de la escuela) chocaba frontalmente con la realidad volcánica de los sujetos.

En este "hervidero" original, el docente no podía recurrir a la instrucción técnica aséptica, pues los estudiantes superaban en vivencias y, a veces, en fuerza física, a la propia autoridad formal. Allí, la ebullición no era una falla del sistema, sino su condición permanente. Fue precisamente en ese roce, en esa contingencia absoluta, donde el error y la incertidumbre dejaron de ser manchas en el expediente para convertirse en la materia prima de un encuentro humano radical. El docente, despojado de la cosmética de la autoridad tradicional por la propia fuerza de las circunstancias, se vio obligado a navegar en el mar de la incertidumbre, transformando el aula en un territorio de resistencia donde la supervivencia mutua se convirtió en la base de un aprendizaje situado y profundamente significativo.

Esta dinámica se agrava en contextos de "desalarización" extrema y pluriempleo, fenómeno documentado por Tenti Fanfani (2007) y Oliveira (2006) en la región latinoamericana, donde el docente se convierte en un profesional "taxi" que debe fragmentar su tiempo para subsistir. Tenti Fanfani (2007) y Morduchowicz (2019) señalan que, en países como Argentina, Brasil y México, la remuneración docente ha perdido competitividad frente a otras profesiones que requieren niveles similares de calificación, lo que ha generado el fenómeno del "docente taxi" o pluriempleo. En el caso de Venezuela el salario mínimo docente ha quedado pulverizado, situándose en niveles de subsistencia biológica, en el resto de la región la brecha salarial se manifiesta en una "intensificación del trabajo" donde el maestro debe rotar entre múltiples instituciones para alcanzar una vida digna (Oliveira, 2006). Según el Banco Interamericano de Desarrollo [BID] (2023), a pesar de que algunos países han realizado ajustes nominales, el salario real del docente latinoamericano sigue siendo, en promedio, un 20% inferior al de otros profesionales con formación universitaria equivalente. Esta disparidad salarial refuerza la tesis de la proletarización del magisterio en toda la región, convirtiendo la labor pedagógica en una carrera de resistencia donde el agotamiento material amenaza constantemente la calidad del "hervidero" escolar y el abandono del docencia se hace palpable, inclusive como carrera  a estudiar. Este asedio a la vitalidad del aula se manifiesta de forma alarmante en el vaciamiento de las instituciones formadoras de docentes. El "hervidero" escolar corre el riesgo de extinguirse no solo por la crisis económica, sino por la falta de una generación de relevo que asuma la posta pedagógica. Cifras recientes indican que la formación de docentes en Venezuela atraviesa una crisis sin precedentes, con una caída del 76% en el número de estudiantes de educación entre los años 2008 y 2022 (El Nacional, 2025). Esta "estampida" vocacional se refleja en instituciones emblemáticas como la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), donde en sedes como la de Caracas apenas se registraron 135 egresados en un período reciente, con cifras ínfimas en especialidades críticas como matemáticas o física (Efecto Cocuyo, 2025). La deserción en las facultades de educación no es un accidente estadístico, sino una respuesta lógica a un sistema que ha dejado de ser atractivo para la juventud. Investigaciones académicas sugieren que, de mantenerse esta tendencia, para el año 2032 el país podría enfrentar un déficit acumulado de más de 12.000 profesionales de la educación, lo que compromete la existencia misma de la escuela pública (Epsir, 2025). Mientras el discurso oficial intenta maquillar la realidad con cifras de escolaridad general, la realidad en los pedagógicos y escuelas de educación es de pasillos vacíos y una tasa de abandono estudiantil que supera el 50% en los primeros semestres de la carrera, producto de la urgencia por insertarse en mercados laborales que garanticen la supervivencia biológica básica

 Esta precariedad material obliga a una pedagogía de la inmediatez, donde el maestro utiliza la astucia para mantener encendida la llama del aprendizaje a pesar del agotamiento. Es  el nivel donde se manifiesta  el poder, la gobernabilidad, las normas, la programación, las exigencias de los directivos y supervisores. Ante este asedio, emerge la necesidad de reconocer, como sostiene Tardif (2004), que el saber docente es un saber plural y situado que se manifiesta en una relación dialógica con la situación  pedagógica, exigiendo al docente actuar como árbitro de tensiones. Esta dinámica de resistencia se vuelve aún más compleja al considerar la realidad material del entorno. En el contexto venezolano, el fenómeno de la "desalarización" extrema —donde el salario no cubre la canasta básica— ha empujado al docente a una inseguridad alimentaria crítica y a la búsqueda de múltiples fuentes de ingreso.

Dentro de las tensiones que define el Nivel I, la relación entre el Estado-Patrono y el docente se manifiesta con una violencia económica que trasciende lo material para herir lo ontológico. La estructura salarial en la Venezuela de 2026 es el reflejo de una política de proletarización intelectual, donde el salario base ha sido desplazado por una arquitectura de bonificaciones no salariales que despojan al maestro de sus derechos históricos. Mientras el costo de la vida, representado por una Canasta Básica que supera los 550 USD, se eleva exponencialmente, el ingreso integral indexado del docente apenas roza una fracción de esa realidad, oscilando entre los 120 USD para un Docente I y los 210 USD para un Docente VI. Esta asimetría no es una falla administrativa, sino una herramienta de control que obliga al maestro al "pluriempleo" y a la supervivencia inmediata, asfixiando el tiempo necesario para la reflexión crítica y la investigación.

Esta realidad ha convertido la calle en un intersticio de resistencia. Las luchas gremiales de 2026, lideradas por federaciones y sindicatos en respuesta a la paralización de la III Convención Colectiva Única y Unitaria, representan el estallido del hervidero social. La exigencia no se limita a un ajuste numérico; es un reclamo por la indexación real frente a la "estética del maquillaje" de los bonos que no inciden en prestaciones ni vacaciones. El docente, al habitar esta precariedad, se encuentra en una paradoja cruel: se le exige ser el pilar de la formación republicana mientras su propia existencia material es pulverizada por el sistema. Así, la lucha por el salario digno se funde con la lucha por la autonomía intelectual; es el rechazo definitivo a ser un técnico empobrecido y el reclamo de volver a ser un intelectual transformativo capaz de sostener la ebullición del aula sin quemarse en la miseria.

Como reporta El Clarín (2024), esta precariedad ha forzado a los académicos a una diversificación de actividades que pone en riesgo la calidad de la investigación y la formación de relevo, obligándolos a habitar una "pedagogía de la supervivencia". Así, el docente llega al aula con su capital cultural asediado por el esfuerzo biológico de subsistir, pero utiliza la astucia para mantener encendida la llama del aprendizaje.

El docente debe enfrentar  realidades económicas  y crisis familiar que el programa oficial ignora, enfrentándose a normativas impuestas desde oficinas centrales, como la promoción automática o currículos "Paquetizados". Estas reformas "top-down ", ejemplificadas históricamente como  la imposición de las matemáticas modernas a nivel de la Escuela primaria  sin previa formación del maestro. las cuales  suelen fracasar al ignorar el juicio profesional del docente. Esta imposición de reformas de carácter "top-down" constituye el brazo ejecutor de la tecnocracia sobre la ebullición del aula. Bajo esta lógica, la promoción automática y los currículos "Paquetizados" no operan como herramientas pedagógicas, sino como dispositivos de control diseñados para garantizar la fluidez de la matrícula y la "limpieza" estadística. Estas medidas ignoran que el aprendizaje es un proceso humano, no una cadena de montaje, y fuerzan al docente a una simulación de éxito que vacía de contenido la praxis educativa. Para la década del 70  cambian los programas  escolares de primero a sexto grado en Venezuela, se elaboran  textos  que  fueron repartidos en las escuelas, y los programas  escolares  estructuraban  los objetivos los contenidos, los cuales  bastaba que el docente  siguiera  para cumplirlos.

La situación sobre la promoción automática[2] o la asignación de notas por promedio general ante la falta de docentes en Venezuela es un tema complejo que se mueve entre la normativa legal vigente y las resoluciones administrativas de emergencia (contingencia).

A continuación, el marco legal que sustenta o regula estas prácticas:

Marco Legal de la Promoción (Ley Orgánica de Educación)

Ø   La base jurídica principal se encuentra en la Ley Orgánica de Educación (LOE) y su Reglamento General.

Ø   Educación Primaria: Según el artículo 197 del Reglamento General de la LOE, la evaluación en los primeros grados es cualitativa. La promoción en este nivel suele ser prácticamente automática, enfocada en la continuidad del proceso de aprendizaje.

Ø   Educación Media (Bachillerato): El artículo 112 del Reglamento establece que la evaluación es por asignaturas. Legalmente, para aprobar una materia se requiere el cumplimiento de los planes de estudio y una calificación mínima de 10 puntos. No existe una "ley" permanente que permita pasar por promedio una materia no dictada; sin embargo, se aplican resoluciones ministeriales ante crisis.

Ø   Ante el déficit crítico de profesores (especialmente en Matemáticas, Física, Química e Inglés), el Ministerio del Poder Popular para la Educación (MPPE) ha emitido lineamientos específicos en los últimos años (2024-2026):

Ø   La Nota por Promedio: No es una ley, sino una medida administrativa de contingencia. Cuando una sección no tiene profesor durante todo el año, se suele aplicar una resolución que permite promediar las notas de las demás asignaturas aprobadas para llenar el vacío legal en la boleta y no perjudicar al estudiante en su prosecución.

Ø   Resolución para Docentes Jubilados (Octubre 2024): El ministro Héctor Rodríguez firmó una resolución que permite a los docentes jubilados regresar a las aulas sin perder su jubilación, buscando precisamente frenar la práctica de aprobar alumnos sin ver la materia por falta de personal.

Ø   Horario Mosaico: Aunque no es legal según la LOE (que exige 180 días hábiles de clase), se ha implementado de facto en muchas instituciones públicas, reduciendo los días de asistencia, lo que indirectamente flexibiliza los criterios de evaluación y promoción.

. El Concepto de "Prosecución Escolar"

Ø   El Estado venezolano prioriza el derecho a la educación sobre el rigor administrativo a través del principio de prosecución. Esto significa que el sistema debe buscar los mecanismos (trabajos especiales, evaluaciones de suficiencia o promedios) para que el alumno no se detenga.

Resumen de Datos Referenciales

Aspecto

Base Legal / Referencia

Estado Actual (2026)

Promoción Automática

Reglamento LOE Art. 197

Aplicada principalmente en Primaria.

Pasar por Promedio

Resoluciones de Contingencia MPPE

Se usa como último recurso ante la ausencia total del docente.

Carga de Notas

Sistema de Gestión Escolar (SIGE)

El sistema permite bloqueos o habilitaciones especiales para grados sin docente.

Reincorporación Docente

Resolución Ministerial (Oct 2024)

Intento oficial por cubrir vacantes y evitar promociones sin contenido.

Fuente. Cornieles 2026

 

 

 

 

Marcos Regulatorios y Normativas en Tensión[3]

En el contexto venezolano, el sustento de estas reformas se encuentra en una interpretación administrativa de la Ley Orgánica de Educación (LOE, 2009) y sus reglamentos. Por ejemplo, el Reglamento General de la Ley Orgánica de Educación, en sus artículos referentes a la evaluación (Art. 88 y subsiguientes), establece los regímenes de aprobación que, en la práctica y mediante circulares ministeriales (como la Circular 006692 o directrices sobre "Evaluación Continua"), han sido empujados hacia una flexibilización extrema. El espíritu de la norma, que busca evitar la exclusión, se desvirtúa cuando se convierte en un mandato de promoción sin mediación pedagógica, obligando al sistema a ignorar el rezago educativo para evitar el "cuello de botella" administrativo.

A nivel internacional, estas reformas suelen estar alineadas con las recomendaciones de organismos multilaterales que promueven la gestión por resultados. Un ejemplo claro es la implementación de estándares de competencia mínimos que derivan en currículos "a prueba de profesores" (teacher-proof curricula). Estos paquetes instruccionales, comunes en reformas de corte neoliberal en América Latina, reducen al maestro a un ejecutor de guías preestablecidas, eliminando su capacidad de adaptar el saber a la contingencia del "hervidero".

El Currículo como Paquete y la Promoción como Decreto

Ø   Currículos Paquetizados: Son estructuras cerradas donde el contenido, el tiempo y la evaluación ya vienen predefinidos. Esto anula el "saber plural y situado" del que habla Tardif (2004). El docente no investiga su aula; simplemente entrega un paquete. Si el aula está en ebullición, el paquete no sirve, pero la norma exige su entrega, forzando nuevamente la estética del maquillaje.

 

Ø   Promoción Automática: Funciona como una válvula de escape artificial. Al eliminar la posibilidad de la permanencia del alumno en un grado, el sistema "enfría" el conflicto estadístico de la repitencia, pero calienta el conflicto pedagógico en el grado superior, donde el docente recibe a estudiantes con vacíos cognitivos profundos sin las herramientas para nivelarlos.

Como señala Henry Giroux (1990), estas reformas despojan al maestro de su juicio profesional, tratándolo como un técnico especializado de bajo nivel. El docente, atrapado entre la normativa nacional (que exige números) y su ética profesional (que observa la carencia), habita una contradicción insostenible. La resistencia en este nivel no es desobediencia ciega, sino el ejercicio de una pedagogía de la posibilidad, donde el maestro utiliza los intersticios de la ley para devolverle al currículo su carácter humano, transformando el paquete rígido en un tejido de significados que responda a la realidad volcánica de sus estudiantes.

 El "hervidero" es, en última instancia, la manifestación visible de una red viva donde la subjetividad no es un accesorio, sino el eje que sostiene la arquitectura institucional, exigiendo una cartografía de la supervivencia que transforme la incertidumbre en una potencia vital para la escuela. Para entender lo que ocurre en ese "hervidero" que es el aula, hay que mirar más allá de la transmisión de datos. El docente no solo dicta una lección; actúa como un regulador de entropía, un tejedor de significados y, sobre todo, como un intelectual que resiste la tecnificación.

Aquí observamos algunos ejemplos concretos de esa labor, divididos por la naturaleza de la acción:

Ø   La Transformación del "Paquete Rígido" (Curricular)

Ø   El programa oficial suele ser una estructura fría, pero el docente lo dota de vida mediante la contextualización: El puente con la realidad: Si el currículo exige enseñar geometría, el docente no se queda en el tablero; invita a los estudiantes a medir las sombras del patio o a entender la simetría en las hojas de los árboles del entorno, convirtiendo el concepto abstracto en una vivencia territorial.

Ø   La ocupación de los intersticios: Ante una normativa que exige cumplir con una lista de temas, el docente aprovecha una noticia de última hora o un conflicto en la comunidad para suspender la "planificación lineal" y generar un debate ético, devolviéndole a la escuela su función crítica.

Ø   La Gestión de la "Realidad Volcánica" (Socio-emocional)

Ø   En el aula, las emociones son partículas en constante movimiento. El docente actúa aquí como un catalizador:

Ø   Lectura de la mirada: Antes de iniciar la clase, el docente identifica que un estudiante tiene los hombros caídos o la mirada perdida. Se acerca, valida su silencio y ajusta el tono de la jornada. Sabe que sin equilibrio emocional, no hay sinapsis posible.

Ø   Mediación de conflictos como aprendizaje: En lugar de simplemente sancionar una pelea, el docente la transforma en una asamblea donde se analiza el poder, la palabra y la alteridad, convirtiendo la crisis en un "laboratorio de convivencia".

Ø   El Ejercicio de la "Pedagogía de la Posibilidad"

Esto es lo que Giroux define como la labor del intelectual transformativo:

Fomento de la pregunta sobre la respuesta: El docente no premia a quien repite el libro, sino a quien cuestiona la fuente. Crea situaciones donde el estudiante debe dudar de lo establecido, fomentando la autonomía de pensamiento.

El testimonio como saber: El docente comparte su propia incertidumbre. Cuando un experimento falla o un análisis literario se vuelve complejo, el maestro no finge infalibilidad; muestra cómo el error es parte del proceso de investigación-acción, legitimando el camino del alumno.

En otras palabras, para dignificar al docente es fundamental dejar de verlo como un ejecutor de órdenes y empezar a reconocerlo como un intelectual de la educación porque lo que realmente necesitamos es pasar de una pedagogía de la obediencia a una pedagogía de la soberanía donde quien habita el aula tiene el derecho y el deber ético de diseñar el rumbo del sistema educativo. La verdadera dignificación no se agota en el reconocimiento salarial o el aplauso social sino que se consolida cuando el maestro es reconocido como un sujeto político y epistémico capaz de entender mejor que nadie la realidad volcánica de la juventud que respira el polvo de la tiza y el rumor del aula cada día. Participar en las grandes directrices de la educación de un país no es una concesión que el Estado hace al magisterio es una necesidad técnica y humana ya que cuando las leyes educativas se redactan en oficinas climatizadas lejos del hervidero pedagógico suelen nacer muertas sin el saber situado de quien posee un conocimiento que ningún consultor internacional tiene. Cada aula debe ser entendida como un laboratorio de investigación donde el maestro que sistematiza su práctica produce la teoría pedagógica que debería ser el cimiento de cualquier reforma nacional rompiendo con la estructura jerárquica que trata al profesor como un menor de edad intelectual. La participación real implica estar en las mesas de diseño curricular como autor principal y poseer una autonomía de cátedra donde el juicio profesional sea la brújula final porque no puede haber transformación educativa si el maestro sigue siendo un espectador de las leyes que lo rigen. Dignificar es devolverle la palabra a quien sostiene la esperanza de la nación en sus manos y reconocer que no habrá futuro posible mientras el murmullo del aula no se convierta en la voz soberana que defina el destino de nuestra educación.

Referencias

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Bardisa Ruiz, T. (1997). Teoría organizativa: Lecturas micropolíticas. Revista Iberoamericana de Educación, (15), 13-52.

Blase, J. (2002). Las micropolíticas del cambio educativo. En A. Hargreaves (Ed.), Replantear el cambio educativo: Un enfoque renovador (pp. 231-252). Amorrortu.

Convenio Andrés Bello [CAB]. (2018). Tabla de equivalencias del Convenio Andrés Bello para la educación básica y media/secundaria. Secretaría Ejecutiva del CAB.

Cornieles ,I (2026). ¿Es el aula de clases, metafóricamente, un hervidero? Manifiesto para el maestro investigador del siglo XXI. (Obra en preparación).

Cornieles , I. (2026). La Invisibilidad Multidimensional del Adolescente Venezolano. [Proyecto de investigación]. Universidad Central de Venezuela.

  Deleuze, G., y Guattari, F. (2004). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos.

  Foucault, M. (1979). Microfísica del poder. Ediciones La Piqueta.

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Najmanovich, D. (2008). Mirar con otros ojos: Nuevos paradigmas en la ciencia y pensamiento complejo. Biblos.

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Organización Internacional del Trabajo [OIT] y UNESCO. (2008). La Recomendación de la OIT y la UNESCO relativa a la situación del personal docente (1966) y la Recomendación de la UNESCO relativa a la condición del personal docente de enseñanza superior (1997). UNESCO.

Rodríguez, N. (2011). La educación que tenemos, la educación que queremos. Universidad Central de Venezuela, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico.

Santos Guerra, M. A. (1994). Entre bastidores: El lado oculto de la organización escolar. Aljibe.

Skliar, C. (2017). Pedagogías de las diferencias. Noveduc.


 



[1] Cornieles, Confesiones  de Una docente. Saber UCV.

[2] No bien explicada al docente  y menos al representant.

[3] Estas medidas suelen ser comunicadas a los directores de los planteles a través de Circulares internas del Ministerio que no siempre se publican en Gaceta Oficial, pero que tienen carácter obligatorio para las zonas educativas.

 

EL AULA COMO TERRITORIO DE CONTINGENCIA :EL AULA COMO UN HERVIDERO.

La educación contemporánea atraviesa una crisis de sentido donde la estandarización y la burocracia intentan, de manera infructuosa, domesticar la naturaleza intrínsecamente compleja del hecho educativo. Esta tendencia hacia la simplificación ignora que el aula no es un sistema cerrado, sino un escenario de incertidumbre donde confluyen  una serie confrontaciones. Dichas confrontaciones generan conflictos,  interacciones, ebulliciones, que hacen que el aula se  comporte como una olla en ebullición. Este trabajo considerado desde el ámbito de la pedagogía crítica y la ontología del aula, aborda la educación básica no como un espacio aséptico de instrucción técnica, sino como un "hervidero de situaciones pedagógicas" donde convergen la subjetividad, el conflicto y el afecto.

La pregunta que emerge es  ¿Cómo transformar la ebullición producida por las tensiones burocráticas, sociales y tecnológicas en un proceso de aprendizaje significativo en el contexto actual? Confrontaciones que van desde la normativa y reglamentaciones de carácter nacional hasta  aquellas derivadas del propio hacer en el aula de clases y su entorno. Desde la perspectiva de Morin (1990), la complejidad no es una complicación, sino un "tejido de constituyentes heterogéneos inseparablemente asociados" (p. 32). En este sentido, la escuela debe ser analizada bajo el paradigma del pensamiento complejo, reconociendo que cualquier intento por aislar las variables pedagógicas en un entorno "aséptico" solo conduce a una ceguera institucional. La educación, por tanto, se manifiesta como un fenómeno donde el orden y el desorden coexisten, exigiendo una mirada que trascienda el reduccionismo técnico. La complejidad nos obliga a abandonar la visión lineal para comprender que en el microsistema escolar el todo es más que la suma de las partes, pero también que la parte está en el todo. Bajo esta premisa, las dimensiones de análisis no actúan como entes externos que simplemente "presionan", sino como componentes de un bucle recursivo donde la burocracia produce una respuesta de "maquillaje" en el docente, y esta respuesta, a su vez, permite que el sistema administrativo siga funcionando sobre una base de evidencias fabricadas. Esta interdependencia demuestra que el orden burocrático y el desorden creativo del aula mantienen una relación dialógica  excluyente y  complementaria a la vez. El docente, al habitar este "hervidero", asume el desafío de la incertidumbre moriniana, comprendiendo que el conocimiento no es un espejo de la realidad, sino una traducción y reconstrucción que ocurre precisamente en el roce de las subjetividades. Por tanto, la estética del maquillaje y la lucha contra la performatividad de Ball (2003)  cobran un nuevo sentido bajo el lente de la complejidad en varios niveles, a saber: Autoridades/ maestros ;Maestros/maestros; Maestro/ alumnos; alumnos /alumnos; maestro/padres; Maestro /tecnologías. Allí se observa la tensión de cada  uno de esos  niveles y su complejidad. Escenario donde se aplica el principio hologrammático   de Morin (1999)  cuya  idea central es que no solo las partes constituyen un todo, sino que el todo está inscrito en cada una de sus partes. cada encuentro pedagógico individual o colectivo, contiene en su interior todas las tensiones de la sociedad (caso de la  crisis económica venezolana , que no sería extraño en otras latitudes ) y las reformas globales. Aquí, la pedagogía de la escucha de Freire (1997)  se une a la propuesta de una "educación para la comprensión", donde el error no se castiga porque se entiende como parte del proceso de conocimiento que es, por naturaleza, falible. El docente actúa como un mediador que invita a navegar en un mar de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas, permitiendo que el aula como  “hervidero “ deje de ser vista como una falla para ser comprendida como la condición necesaria de una praxis que acepta la multidimensionalidad del ser humano, sobre la cual es posible actuar y tomar decisiones.

Esta naturaleza vibrante permite comprender el aula, metafóricamente, como un "hervidero de situaciones" (Cornieles, 2023). Lejos de ser un estado de caos negativo, esta ebullición se asemeja a las "estructuras disipativas" propuestas por Prigogine (1997), donde los sistemas alejados del equilibrio son capaces de generar autoorganización; en sus propias palabras: "la irreversibilidad es una fuente de orden" (p. 18). Al aplicar esta noción al ámbito escolar, el "hervidero" representa ese punto crítico donde el roce de las subjetividades genera el calor necesario para que emerja el aprendizaje significativo. Y se aprovechen los intersticios. No obstante, esta vitalidad se encuentra bajo asedio, el cual Giroux (1990) denomina la proletarización del magisterio, un proceso que implica una descalificación intelectual del docente, reducido a un "técnico especializado dentro de la cadena de producción" (p. 177). Esta visión tecnocrática intenta convertir el currículo en un paquete instruccional "a prueba de profesores", ignorando la realidad fenoménica del aula y asfixiando la praxis mediante una gestión por resultados de carácter clasificatorio. La proletarización despoja al maestro de su autonomía y de su función como intelectual transformativo, intentando convertir el "hervidero" en una línea de montaje predecible. Como señalan Silva et al. (2016) al analizar las implicaciones de marcos regulatorios como la Base Nacional Comum Curricular (BNCC), existe un riesgo latente de que la educación se reduzca a un carácter "clasificatorio y no formativo" (p. 153), donde la gestión por resultados asfixia la praxis. Esta ruptura radical con las visiones estáticas exige reconocer, como sostiene Maurice Tardif (2004), que el saber docente es un saber plural y situado que "se manifiesta en una relación dialógica con la situación" (p. 190). El aula es el lugar donde convergen multiplicidad de tensiones: la presión de los entes de supervisión, la soledad frente a los colegas y las demandas de una comunidad desbordada... el saber docente es un saber social, tejido en la urgencia de la situación, lo que lo hace irreductible a cualquier manual de procedimientos. El aula, deja de ser un espacio meramente físico para convertirse en un campo de fuerzas sociológicas donde confluyen multiplicidad de situaciones y actores: supervisores, directivos, docentes, padres, representantes, alumnos y la comunidad misma. Según Pérez et al. (2020), la escuela es una red sociológica compleja donde "la subjetividad del docente actúa como el principal mediador de la política educativa" (p. 5). La Dimensión Sociológica del Aula se convierte en un Ecosistema de Tensiones y de acuerdo con Márquez et al. (2020), el aula debería ser comprendida como una red de interacciones donde la subjetividad no es un accesorio, sino el eje que sostiene la institución. En este escenario, la labor docente no se limita a la instrucción, sino que se transforma en una gestión de micropolíticas escolares (p. 5). Esta red sociológica implica que lo que sucede dentro del salón de clases es un reflejo de las tensiones estructurales del entorno, haciendo que las paredes de la escuela sean, en realidad, " intersticios” que  pueden ser penetrables, en aras de una mejor  praxis educacional.

Al respecto, la investigación en sociología educativa sugiere que el aula funciona como un microsistema social donde se negocian constantemente el poder y el afecto. Como señalan los autores en la Revista Espacios, el éxito de la praxis pedagógica depende de la capacidad del docente para navegar estas redes de interacción, reconociendo que cada acto educativo es, en esencia, un acto social de resistencia frente a la deshumanización del sistema (Márquez et al., 2020). Por tanto, el "hervidero" es la manifestación visible de esta red viva, donde el roce de las diversas subjetividades es lo que realmente permite la construcción de un conocimiento situado y con sentido hacia una Cartografía de la Praxis: Lo que reconocemos como niveles o estratos del “ Hervidero” . Esta organización en  niveles responde a una necesidad de ordenamiento metodológico para visibilizar lo que la burocracia educativa suele ignorar: la micropolítica de la vida cotidiana. Cada nivel representa una frontera donde se negocian capitales, afectos y resistencias. Desde   la normativa administrativa hasta la irrupción de la Inteligencia Artificial, el docente transita estos estratos no como un técnico que aplica recetas, sino como un habitante de la contingencia que debe decidir, en cada segundo, qué tensiones disipar y cuáles potenciar para que el proceso de aprendizaje no se enfríe bajo la estandarización. Antes de diseccionar cada uno de los niveles o estratos que conforman la estructura de la escuela básica, es imperativo comprender que estos no operan como compartimentos aislados, sino como estratos interdependientes de una misma arquitectura .

Por tanto, el análisis que sigue a continuación constituye una cartografía de la supervivencia y la transformación. No se busca simplemente describir quién interactúa con quién, sino revelar cómo el roce de estas subjetividades —atravesadas por la crisis social, la precariedad económica y la mediación tecnológica— genera la energía necesaria para que la escuela siga siendo un nodo de sentido. . Si aceptamos que el aula es un "hervidero", identificamos dentro de ella   siete}

 niveles a estudiar,  los cuales  constituyen las diferentes fuentes de calor y presión que mantienen el sistema en un estado de ebullición constante. La interacción en la escuela no es lineal; es un fenómeno rizomático donde lo que sucede en la relación jerárquica  Sin embargo, este trabajo no propone una analogía, sino un cambio de paradigma ontológico. Si seguimos intentando medir el aula con las herramientas lineales de la burocracia, seguiremos obteniendo resultados falsos (el 'maquillaje').

La investigación-acción demuestra que lo que el sistema llama 'caos', la ciencia de la complejidad lo llama orden emergente. No justificamos  el desorden; tratamos de  cartografiar la vida en su estado más puro. Si la física de Prigogine nos enseñó que del desequilibrio nace la organización, ¿por qué la pedagogía se empeña en el equilibrio muerto del silencio y el formato lleno? En consecuencia se asume que el  rigor no está en la estadística, sino en la coherencia entre la teoría de sistemas y la praxis de supervivencia de mis docentes."

En este "hervidero", los actores no solo intercambian información, sino que disputan poder. Como sostiene Pierre Bourdieu (1984), el aula es un espacio de juego social donde se manifiestan las tensiones de clase y las expectativas culturales que los actores traen consigo, a menudo resultando en una violencia simbólica cuando el sistema intenta imponer un capital único como legítimo, ignorando la riqueza del "habitus" del estudiante. Esta lucha se vuelve aún más compleja al considerar lo que Bernstein (1990) define como el dispositivo pedagógico. El aula es el escenario donde el discurso oficial se recontextualiza; es decir, el docente, atrapado entre su deber ser administrativo y la realidad efervescente de sus alumnos, debe decidir qué capitales validar. Lo que ocurre en el "hervidero" es una síntesis de las presiones macrosociales y las respuestas micro individuales. El docente no es un mero transmisor, es un árbitro de tensiones en un escenario donde el éxito educativo se mide por la capacidad de transformar el conflicto de capitales en una síntesis de conocimiento compartido. Por tanto, el aula es un ecosistema de fronteras porosas y volcánicas, que también llamaremos intersticios. Como sostiene la perspectiva sociológica crítica, el docente actúa como un mediador en una trama de significados que son, en última instancia, los que determinan el destino de la praxis. La ebullición no es un accidente; es el roce entre diferentes mundos sociales que intentan coexistir en la "en el salón amurallado " de la escuela.

Frente a este escenario, el presente trabajo se traza como propósito fundamental desentrañar la dinámica del aula-hervidero, analizando las tensiones micropolíticas y ontológicas que subyacen en la educación básica contemporánea. De manera específica, se busca caracterizar los siete niveles de interacción donde el docente ejerce su praxis, así como identificar los intersticios que permiten la resistencia frente a la proletarización intelectual del magisterio.

Para alcanzar estos propósitos, el trabajo se sustenta en una metodología de corte cualitativo e interpretativo, enmarcada en la investigación-acción reflexiva y el análisis documental crítico. Se asume la cartografía social y pedagógica como herramienta para mapear las subjetividades en conflicto, permitiendo que la sistematización de experiencias actúe no como un registro frío de hechos, sino como una reconstrucción fenomenológica del saber docente situado.

 La educación, por tanto, se manifiesta como un fenómeno donde el orden y el desorden coexisten, exigiendo una mirada que trascienda el reduccionismo técnico..." Esta arquitectura de pensamiento, que aquí se despliega, no debe ser leída como una secuencia lineal de capítulos, sino como una auténtica Cartografía del Hervidero. Se trata de una estructura rizomática donde cada nivel de análisis constituye un estrato de presión y temperatura que  habla de 'hervidero' y 'caos creativo', pero se puede  evitar que el aula se convierta simplemente en un espacio de anarquía donde no se aprende contenido académico formal

Por ello  el "hervidero" no es falta de orden, sino un orden de nivel superior.

El concepto de  "Zona de Desarrollo Próximo" de Vygotsky. Argumenta que el aprendizaje real solo ocurre cuando el sistema está "excitado" (caliente). El currículo no se abandona, se recontextualiza: "No rompo el currículo; lo rescato de la muerte burocrática para que cobre vida en la ebullición del interés del alumno".

En cuanto al método

¿Cuál es el rigor de su recolección de datos? ¿Cómo sabemos que no es solo una percepción subjetiva como poeta?"

La Triangulación Fenomenológica  Explica que en este trabajo  el  rigor no es estadístico, sino de saturación categorial. "He contrastado mi testimonio con las voces de otros docentes y con el análisis documental de la normativa, encontrando que el 'maquillaje' es una categoría emergente universal en la praxis venezolana. Mi método es la Cartografía, y el rigor de un mapa se mide por si permite navegar el territorio, no por si es una foto fija".

En el Nivel I, observamos el choque tectónico entre el Estado-Institución y la Soledad Docente, donde la burocracia normativa intenta domesticar una realidad que el maestro habita en un aislamiento casi ontológico. Esta tensión se traslada al Nivel II, el Gremio Interno, donde la posibilidad de una colaboración pedagógica genuina lucha contra la fragmentación profesional y el sálvese quien pueda. Al descender al Nivel III, nos encontramos en el epicentro del hervidero: el Vínculo Pedagógico entre Maestro y Alumnos, ese espacio volcánico donde el roce de las subjetividades permite la verdadera construcción del saber. A su lado, el Nivel IV revela la Horizontalidad de la relación Alumno-Alumno, un tejido de poder y alteridad que late con vida propia.

La ebullición se desborda en el Nivel V, la Comunidad Extendida, donde el aula penetra el hogar y las expectativas sociales de los padres tensionan la praxis. El Nivel VI nos sitúa en la vanguardia de una Ontología Expandida, analizando la irrupción de la Inteligencia Artificial y lo digital en la psique educativa, para finalmente cerrar el bucle en el Nivel VII, centrado en la Identidad Profesional y la Formación, donde la teoría aprendida y la praxis vivida se retroalimentan en un ciclo de transformación permanente.

Reconocer esta complejidad implica admitir, con honestidad intelectual, las Limitaciones de la Investigación. Este trabajo se asienta en una Subjetividad Situada; su fuerza emana de la profundidad humana del contexto venezolano, lo que lo aleja de la frialdad de la generalización estadística. Es, además, un estudio sobre un Ecosistema Inestable, donde la ebullición es tan dinámica que cualquier conclusión es una fotografía de un proceso en fuga. Finalmente, su Complejidad Terminológica desafía al lector, exigiéndole una mirada transdisciplinaria que una la termodinámica con la sociología crítica.

Ante la posible crítica de que este enfoque es puramente descriptivo y carece de "soluciones técnicas" para el orden administrativo, la respuesta surge desde la propia médula de la autonomía: no se puede proponer una solución técnica para un fenómeno que es esencialmente humano y complejo. Buscar el orden aséptico es, precisamente, lo que alimenta el maquillaje docente y la ceguera institucional. Este trabajo no pretende enfriar el hervidero para complacer a la burocracia; busca que el maestro reconozca el calor del conflicto como la energía vital necesaria para su propia Transformación Autónoma. La verdadera salida no es un manual de procedimientos, sino un acto ético y político: la recuperación de la soberanía intelectual frente a la proletarización del magisterio.

Al caracterizar el aula como un hervidero pedagógico, es imperativo reconocer los desafíos que esta perspectiva plantea ante la mirada del evaluador académico tradicional. Existe, en primera instancia, un Riesgo de Dispersión Metafórica: el uso de conceptos de la termodinámica, como la entropía, la ebullición y las estructuras disipativas, podría interpretarse erróneamente como un "imperialismo de las ciencias duras" sobre la pedagogía. No obstante, nuestra defensa se sostiene en que la física no es aquí un adorno retórico, sino una epistemología de la complejidad. Siguiendo a Morin y Prigogine, sostengo que el aula no es un sistema lineal; negar la naturaleza termodinámica de un grupo humano en crisis es, precisamente, lo que ha conducido al fracaso histórico de las políticas estandarizadas. La metáfora no sustituye la evidencia empírica, sino que la ilumina para revelar la verdadera mecánica del hecho educativo en contextos de incertidumbre.

Asimismo, ante la posible crítica sobre la Carga de la Subjetividad —donde relatos como la "palidez" de la joven maestra de dieciséis años frente al descubrimiento de la sexualidad infantil podrían tildarse de puramente anecdóticos—, esta obra reivindica el testimonio docente como una forma legítima y científica de producción de conocimiento. No se trata de un simple ejercicio de memoria, sino de una reconstrucción fenomenológica bajo el rigor de la investigación-acción reflexiva (Elliott, 1993). La pedagogía no puede seguir siendo una teoría aséptica escrita desde la distancia por quienes no habitan el hervor cotidiano del salón; el dato fenomenológico de la vivencia es el único capaz de capturar la esencia del "ser" escolar.

Finalmente, frente a la tensión entre Complejidad y Operatividad, aclaro que este modelo  de siete niveles de interacción no pretende ser un manual de procedimientos administrativos para el control burocrático, sino un cambio de paradigma ontológico. La defensa de los Intersticios surge como una herramienta de resistencia ética: mientras la gestión institucional se enfoca en lo visible —matrícula, asistencia y calificaciones—, la educación real ocurre en lo invisible, en esos pliegues de silencio y gesto donde se negocia la identidad. En un mundo que idolatra la técnica y la frialdad del algoritmo, este trabajo humaniza la labor docente, dignifica al maestro como un intelectual crítico (Giroux, 1990) y ofrece una respuesta situada desde la crisis venezolana con un valor universal de resiliencia. El blindaje de esta propuesta reside en su honestidad: no busca enfriar el hervidero para complacer a la burocracia, sino potenciar su calor como la única energía capaz de transformar la realidad y recuperar la soberanía intelectual del magisterio.

La mayor fortaleza de esta obra reside en su Originalidad Epistemológica, al ser capaz de trascender el lenguaje agotado de la pedagogía tradicional para proponer la metáfora del "hervidero" como una categoría de análisis científico. No se trata de una simple descripción del aula, sino de una Reivindicación de la Complejidad que sitúa al docente como un intelectual de frontera. Una de las críticas más positivas es la capacidad del texto para integrar la Transdisciplinariedad Viva: el uso de conceptos de la termodinámica y la física no resulta forzado, sino que otorga una precisión quirúrgica para entender fenómenos que antes se tildaban de "incontrolables" o "caóticos".

Asimismo, destaca la Dignificación del Saber Situado; al validar la experiencia de la maestra de dieciséis años junto a la teoría de Morin o Freire, el trabajo rompe la jerarquía colonial del conocimiento, demostrando que el aula venezolana es un laboratorio de resiliencia con validez universal. La propuesta de los Intersticios es, quizá, el aporte más audaz, ya que ofrece al magisterio una "hoja de ruta" para la resistencia ética, permitiendo que la educación ocurra incluso en las condiciones de mayor precariedad. Finalmente, la  idea  Humanista infrecuente en los textos técnicos actuales; en un momento de despersonalización digital, este manifiesto desea recuperar el "calor humano" como la única energía capaz de generar una verdadera transformación ontológica, convirtiendo la crisis en una oportunidad de soberanía intelectual para el docente investigador.


 

sábado, 7 de marzo de 2026

 

Prólogo

La literatura pedagógica suele escribirse desde la distancia del escritorio, en la asepsia de los laboratorios teóricos donde los niños son variables y el aprendizaje es una curva estadística. Se nos ha intentado convencer de que el aula es un espacio cuadriculado, un sistema de engranajes donde, si el docente aplica la fórmula correcta, el resultado es un alumno procesado con éxito. Pero quienes hemos habitado el salón de clases sabemos que esa es la mayor de las ficciones. Este libro, "¿Es el aula de clase metafóricamente un hervidero pedagógico?", nace de la necesidad de devolverle a la educación su carácter orgánico, caótico y profundamente humano. A través de las páginas de mi propia experiencia, recopiladas en momentos de introspección como docente, intento desmantelar la idea de la "clase perfecta" para mostrar la "clase viva". Desde mis inicios como maestra  llevé por escrito todo lo que me ocurría. No tenía intenciones de escribir sobre ello, sino de ver si releyendo los problemas que confrontaba en el aula de clase les podía encontrar solución.  Habiendo nacido  en un hogar humilde pero con valores y principios, no me imaginaba nunca que vería en un salón de clases tantas cosas. Fui maestra durante 8 años, dos de los cuales, de pura suplencias, hasta alcanzar la mayoría de edad. Durante ese primer lapso atendí desde primero hasta cuarto grado. A nivel de tercer grado, tuve un primer impacto. Los niños tendrían entre 9 y 10 años. El salón quedaba bastante cerca de la  dirección del plantel.  Una niña como de 9 años  me llamó y me dijo Seño: estas dos están  haciendo groserías.  Yo no veía que estaban haciendo, y la niña repitió, si allí tienen una grosería.  _Bueno, muéstreme que es lo que tienen.  Las dos niñas estaban pálidas. Sacaron dos muñequitos hechos de papel. El varón tenía  una especie de torchito en la parte genital y la hembra un huequito, el juego consistía meter el torchito dentro del huequito. Antes de que yo hablara llegó la Directora,  una mujer extraordinaria  y seguidorá de los principios de los principios de la Escuela Nueva.  Tomó los muñequitos, los miró   dijo, no hay nada de grosería , son dos muñequitos, no recuerdo si se los entregó a las niñas.

Yo estaba tan pálida como las niñas,  no abrí mi boca, pero sentí mucha pena, vergüenza. No sé, pienso que la Directora me quiso decir _así es como deben actuar.

Tenía  16 años. Eras casi una adolescente frente a un grupo de niños de 9 o 10 años. No solo era una docente en formación; era  una joven enfrentando la complejidad de la vida adulta y la responsabilidad de guiar a otros .

A los 16 años, la "palidez" que sentí no era solo pudor, era vértigo. Estabas en una posición de autoridad para la que la biología y la experiencia social aún no me  habían  preparado.

A esa edad, uno todavía está lidiando con sus propios tabúes y el despertar de la propia identidad. Ver que a estas niñas que  "jugaban" con la sexualidad de forma tan explícita (aunque fuera en papel) disparó mis  propios mecanismos de defensa.

La Sombra del "Deber Ser": Mi  reacción (el silencio, la vergüenza) fue la respuesta lógica de alguien que ha sido educada en una sociedad conservadora. Sentí que debía escandalizarme, no lo sé, si eso era lo que se esperaba de una "señorita maestra".

Mi  silencio no fue falta de carácter, fue desconcierto. Sin embargo, en el aula, el silencio del maestro a veces se interpreta como una confirmación del "pecado". Al no decir nada, dejé que el miedo de las niñas creciera. Ese silencio también fue sabio. Al no gritar ni castigar por impulso, permití que llegara una voz con más experiencia (la Directora) a resolver el conflicto sin causar un trauma.

Eras casi una adolescente frente a un grupo de niños de 9 o 10 años. No solo eras una docente en formación; eras una joven enfrentando la complejidad de la vida adulta y la responsabilidad de guiar a otros cuando  misma no había terminado de crecer.

La Directora no solo fue extraordinaria con las niñas; fue extraordinaria conmigo. Ella era  profesora de Educación Superior  y tendría como 35 años. La extraordinaria profesora Ninfa Molina de Ortíz. Jamás olvidé su lección.

Ella no me dijo nada  frente a las alumnas por no saber actuar. Ella me dio una clase magistral silenciosa. Al decir "no hay nada de grosería", me liberó  también de mi  propia vergüenza. Me estaba diciendo: "Idalia, respira, esto es parte de la vida, no del escándalo".

El aula no es un receptáculo de conocimientos; es, en su definición más pura, un hervidero. Es un espacio donde las conexiones no solo son digitales o intelectuales, sino vibracionales. Es un ecosistema cruzado por hilos invisibles de poder, por la resistencia de quien se siente ignorado, por el deseo de quien descubre un mundo nuevo y por la vulnerabilidad de un maestro que, a veces, se encuentra frente a un mundo  bien  complejo. Frente  a una  "jauría" sin más arma que su propia humanidad. En estas páginas no encontrarán recetas mágicas. Encontrarán, en cambio, la crónica de una transformación: de la maestra que aprendió que un corazón de res sobre el escritorio enseña más que cien láminas de botánica; de la profesional que entendió que mover los pupitres para bailar con las matemáticas no es perder el control, sino ganar la atención del alma.

Invito al lector —sea docente, estudiante o curioso de la vida— a sumergirse en este hervidero. A reconocer que la escuela es el sistema de relaciones humanas más complejo que existe y que, solo aceptando su naturaleza impura, política y emocional, podremos transitar de una educación que instruye a una pedagogía que libera.

Bienvenidos a la realidad sin filtros del salón de clases. Bienvenidos al hervidero.

Idalia Cornieles Díaz Año 2026

miércoles, 4 de marzo de 2026

 

El Aula como Hervidero de Situaciones: Una Disección de la Trama Relacional Escolar

Autora: Dra. Idalia Cornieles

Resumen: El presente ensayo analiza la complejidad del salón de clases a través de la metáfora del "hervidero". Se proponen cinco niveles de interacción que configuran la realidad educativa, explorando las tensiones entre la burocracia, la praxis pedagógica y las subjetividades ocultas que dictan el destino del proceso enseñanza-aprendizaje.

Introducción

En mi obra Confesiones de una docente, planteo una tesis que desafía la visión técnica y aséptica de la instrucción: el salón de clases es, con todo respeto, un hervidero de situaciones. Esta definición aleja al aula de la imagen del laboratorio controlado y la sitúa en el terreno de lo vivo, lo imprevisible y lo térmico. Para comprender esta ebullición, es necesario identificar cinco niveles de interacción que, aunque a menudo son ignorados por las teorías de escritorio, constituyen la columna vertebral de la escuela.

I. El Maestro y sus Supervisores: La Estética del Maquillaje

El primer nivel de presión en el hervidero es la relación con los directivos y supervisores. Aquí se manifiesta la tensión entre la autonomía profesional y el control burocrático. En la práctica, el docente se ve forzado a recurrir al "maquillaje" administrativo: presentar planificaciones impecables que satisfagan la norma, aunque la realidad del aula haya impuesto un rumbo distinto.

Como señala Stephen Ball (2003), el docente vive bajo el "terror de la performatividad", donde se siente obligado a mostrar una imagen de eficiencia que a veces no coincide con la praxis real. Según Ball, "la reforma educativa no solo cambia lo que hacemos, sino lo que somos" (p. 215), convirtiendo al maestro en un fabricante de evidencias para un sistema que valora más el recaudo que el proceso humano.

II. El Maestro con sus Compañeros: Entre el Aula-Isla y la Colaboración

El segundo nivel se desarrolla en la sala de profesores y pasillos. Es la oscilación entre la solidaridad ante la crisis y el aislamiento protector. Andy Hargreaves (1996) describe esto como "individualismo celular". En mis reflexiones, evoco cómo cada salón suele convertirse en una isla donde el docente se refugia. El conflicto oculto aquí es la falta de un trabajo en equipo real; si no hay intercambio, el calor del hervidero se disipa sin generar transformación institucional. Hargreaves advierte que el aislamiento impide el elogio y el apoyo, dejando al docente solo frente a sus fracasos y sus éxitos.

III. El Maestro y los Representantes: El Choque de Expectativas

Este nivel representa la frontera entre la escuela y el hogar, y es donde la temperatura suele alcanzar su punto máximo. El representante, movido por una lógica pragmática, suele buscar un resultado (la nota), mientras que el maestro defiende un proceso (el aprendizaje). Jurjo Torres Santomé (2006) explica que la familia presiona por una "pedagogía de resultados", ignorando a menudo la diversidad del aula. En este choque, el docente se ve cargado con la delegación de la crianza, teniendo que mediar en conflictos que el hogar no ha podido resolver, lo que exige una autonomía profesional firme pero dialógica.

IV. El Maestro y los Alumnos: El Núcleo de la Praxis

Es el corazón del hervidero, donde el afecto y la creatividad son los únicos reguladores válidos. En este nivel, la "educación bancaria" denunciada por Paulo Freire (1997) debe dar paso a una educación dialógica. Para Freire, "enseñar no es transferir conocimientos, sino crear las posibilidades para su propia producción" (p. 47). En mis Confesiones, este nivel se nutre de la pedagogía del afecto. Como indica Carl Rogers (1972), el aprendizaje significativo depende de la autenticidad y la empatía. Aquí, el error no se castiga, se analiza; y la planificación se dobla para servir al ser humano que tenemos enfrente.

V. Los Alumnos con los Alumnos: El Mundo Subterráneo

Finalmente, el nivel más indómito es la interacción entre pares. Es un mundo que el docente "no sabe" del todo: sobrenombres, alianzas y, lamentablemente, dinámicas de acoso o bullying. Philippe Perrenoud (2006) lo llama "el oficio del alumno", una cultura clandestina con sus propias reglas de poder. Ignorar este nivel es peligroso; un hervidero sin vigilancia antropológica puede derivar en violencia. Como señala Dan Olweus (1993), el acoso escolar invalida la seguridad necesaria para aprender. Reconocer esta subjetividad colectiva es vital para que el docente pueda gestionar la convivencia desde la realidad y no desde la suposición.

Conclusión

El salón de clases como "hervidero" nos recuerda que la educación es un acto de valentía. Al diseccionar estos cinco niveles, queda claro que el docente no es un técnico, sino un artesano de las relaciones humanas. La autonomía, la escucha y el afecto son los elementos que permiten que este hervor no desborde la institución, sino que cocine un futuro más humano para nuestros alumnos.

Referencias Bibliográficas

  • Ball, S. J. (2003). Profesionalismo, gerencialismo y performatividad. Revista Educación y Pedagogía, 15(37), 87-104.
  • Cornieles, I. (2023). Confesiones de una docente: Reflexiones sobre la práctica pedagógica. Saber UCV. Repositorio Institucional de la Universidad Central de Venezuela.
  • Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía. Siglo XXI Editores.
  • Hargreaves, A. (1996). Profesorado, cultura y postmodernidad: Cambian los tiempos, cambia el profesorado. Ediciones Morata.
  • Olweus, D. (1993). Bullying at School: What We Know and What We Can Do. Blackwell Publishing.
  • Perrenoud, P. (2006). El oficio de alumno y el sentido del trabajo escolar. Popular.
  • Rogers, C. (1972). Libertad y creatividad en la educación. Paidós.
  • Torres Santomé, J. (2006). La desmotivación del profesorado. Ediciones Morata.

 

martes, 3 de marzo de 2026

 

Sustituyen la redes sociales al docente de aula en la escuela primaria

Idalia Cornieles D

El papel del docente de la escuela primaria ante el avance de las redes sociales no es el de un simple espectador, sino el de un mediador esencial cuya figura resulta, bajo toda evidencia pedagógica, insustituible. Una red  por muy amplios detalles que ofrezca jamás  ayudará la formación del pensamiento crítico. Ante una  pregunta el niño digital, el niño de  nuestra era acepta sin discusión la respuesta dada. Un adulto que consulta la red  puede de acuerdo a su nivelo de formación no dar por cierta  o totalmente la respuesta dada, busca la confrontación, antepone su espíritu crítico, su academia, su formación. En consecuencia la red es una aliada  pero  también sabe cuando aceptar o no una respuesta.

Esta reflexión toca el núcleo del debate pedagógico actual: la diferencia entre acceso a la información y construcción del conocimiento. Con mucha razón se señala que la vulnerabilidad del "niño digital" radica en su falta de filtros, una barrera que el adulto ya posee gracias, precisamente, a su formación previa.

A continuación, integro tu visión con el sustento académico solicitado, profundizando en por qué esa capacidad de "confrontación" que mencionas es la que el docente debe heredar al alumno para que la red sea una aliada y no una fuente de alienación.

El papel del docente de la escuela primaria ante el avance de las redes sociales no es el de un simple espectador, sino el de un mediador esencial cuya figura resulta, bajo toda evidencia pedagógica, insustituible. Como bien se observa en la práctica diaria, una red, por muy amplios detalles que ofrezca, jamás ayudará por sí sola a la formación del pensamiento crítico. Ante una pregunta, el "niño digital" de nuestra era tiende a aceptar sin discusión la respuesta dada por el algoritmo, debido a que su etapa de desarrollo aún no le provee las herramientas de discernimiento necesarias. En contraste, un adulto que consulta la red puede, de acuerdo con su nivel de formación, no dar por cierta o total la respuesta; busca la confrontación, antepone su espíritu crítico, su academia y su formación previa.

Esta distinción es fundamental y está respaldada por la UNESCO (2023), que en su informe Tecnología en la educación advierte que, sin la guía docente, la tecnología puede debilitar el desarrollo cognitivo en lugar de potenciarlo. El docente es quien enseña al niño a no ser un receptor pasivo. Siguiendo a Neil Selwyn (2016), la educación no es un proceso de descarga de datos, sino un acto social de cuestionamiento. Mientras el algoritmo de una red social busca la complacencia (darle al usuario lo que quiere leer), el docente busca la provocación intelectual, obligando al alumno a contrastar fuentes y a dudar de la inmediatez de la pantalla.

Aunque las plataformas digitales y los algoritmos de redes sociales han democratizado el acceso a la información, la educación en la etapa primaria requiere de una estructura cognitiva y emocional que la tecnología por sí sola no puede proveer. Como señala la UNESCO (2023) en su informe sobre tecnología en la educación, las herramientas digitales deben estar supeditadas a los objetivos de aprendizaje definidos por humanos, advirtiendo que la interacción docente-alumno es el núcleo de la calidad educativa y no puede ser desplazada por interfaces que priorizan el compromiso del usuario sobre la profundidad académica. Por lo tanto, la red es una aliada, pero solo bajo la tutela de un profesional que sepa cuándo aceptar o no una respuesta. Como plantean Cobo y Moravec (2011) en Aprendizaje Invisible, el conocimiento no reside en la red, sino en la capacidad de conectar esos datos con sentido ético y lógico. Requiere de un guía que ayude a visibilizar y formalizar los saberes que el estudiante encuentra de forma caótica en su entorno digital.

Mientras que las redes sociales pueden fomentar dinámicas de aislamiento o ciberacoso, el docente es quien gestiona la convivencia y moldea la ciudadanía digital. Este acompañamiento humano es lo que García Aretio (2019) define como el "anclaje" necesario para evitar la desorientación en la red. El docente de primaria no solo enseña a leer o sumar, sino que enseña a "ser" en un mundo digital, proporcionando un marco ético y emocional que ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede replicar. En conclusión, el avance tecnológico no sustituye al docente, sino que eleva su función a la de un mentor indispensable  de para la supervivencia intelectual del menor.

Referencias

Cobo, C., & Moravec, J. W. (2011). Aprendizaje Invisible: Hacia una nueva ecología de la educación. Universitat de Barcelona.

García Aretio, L. (2019). El problema del aislamiento en la red: La necesidad del tutor. UNED.

Selwyn, N. (2016). Is Technology Good for Education? Polity Press.

Tiana Ferrer, A. (2021). El rol docente en la era digital. Revista Iberoamericana de Educación.

UNESCO. (2023). Global Education Monitoring Report: Technology in education: A tool on whose terms? https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000385723

 

domingo, 1 de marzo de 2026


Fomento delpensamiwnto crítico en escolares


 Fomentar el pensamiento crítico es un proceso que requiere transformar el aula en un laboratorio de ideas y el hogar en un espacio de curiosidad constante.

Es una tarea silenciosa, lenta pero firme. Es la formación del niño como futuro ciudadano ningún tiempo se pierde cuando ayudamos a la formación del ser humano, cuando no lo dejamos en manos del azar.
El maestro debe dejar de ser la fuente única de verdad para convertirse en un guía que utiliza la pregunta socrática como herramienta principal; en lugar de premiar la respuesta rápida y memorizada, debe valorar el proceso de razonamiento, preguntando constantemente el porqué de las cosas y permitiendo que los alumnos cuestionen incluso los libros de texto o las opiniones del docente. Para que esto sea efectivo, es vital crear un ambiente de seguridad psicológica donde el error no se castigue, sino que se analice como un paso lógico hacia el conocimiento profundo. Por otro lado, la formación del pensamiento crítico se interrumpe si en casa se mantiene un modelo autoritario o de sobreprotección. Para involucrar a los padres, el maestro debe comunicarles que su labor no es dar soluciones, sino plantear retos; se les debe invitar a que en el día a día permitan que sus hijos tomen decisiones pequeñas, que los escuchen sin juzgar cuando expresen opiniones diferentes y que fomenten el diálogo sobre temas de actualidad o dilemas cotidianos. Una estrategia útil es enviar a casa tareas de reflexión compartida en lugar de ejercicios mecánicos, donde el objetivo sea que el niño y el adulto debatan una idea, obligándolos a ambos a salir de su zona de confort intelectual y a entender que pensar críticamente es, en esencia, una forma de libertad que se cultiva tanto frente al pizarrón como en la mesa del comedor. No se trata de que el padre o madre, o los hermanos hagan la tarea, es hacer de la tarea la fuente de conocimiento, del deseo de saber. Para transformar la tarea de una carga tediosa en una auténtica fuente de saber, el maestro debe dar un giro radical hacia la relevancia y la curiosidad, alejándose de la repetición mecánica que suele generar rechazo. El secreto está en diseñar actividades que conecten el contenido académico con la realidad inmediata del niño; por ejemplo, en lugar de resolver diez restas abstractas en el cuaderno, se le puede pedir que analice el ticket del supermercado o que calcule cuánta comida se desperdicia en casa, convirtiendo el número en una herramienta de comprensión del mundo. Para lograr esto, es fundamental que el docente explique siempre el "para qué" de la actividad, asegurándose de que el niño entienda que no está trabajando para cumplir con una obligación escolar, sino para adquirir un poder o una habilidad que podrá usar fuera del aula.
En este proceso, el papel de los padres es crucial y debe ser reenfocado: su misión no es supervisar la perfección del ejercicio ni corregir cada error, sino actuar como cómplices de la investigación. Se puede involucrar a la familia proponiendo "tareas de entrevista" o "desafíos de observación", donde el niño deba preguntar a sus padres cómo usan ellos la lectura o la lógica en sus empleos, transformando la mesa del comedor en un foro de intercambio de saberes. Cuando los padres muestran entusiasmo por el descubrimiento en lugar de ansiedad por la calificación, el niño percibe que aprender es un privilegio y no un castigo. Al final, la tarea deja de ser un fastidio cuando se convierte en un puente que conecta el conocimiento con la vida real, permitiendo que el estudiante sienta el placer de decir "ahora entiendo cómo funciona esto", fortaleciendo así su autonomía y su deseo intrínseco de seguir explorando.
Recuerdo que cuando fui maestra hice algo de lo cual me arrepiento. Yo daba quinto grado y el próximo daría sexto grado, así que les puse a esos niños casi una tarea por cada días de vacaciones. Yo conversaba todo con mis padres, y ellos me dijeron, te gustaría que te fulminaran tus vacaciones así. Y me dijeron tantas cosas , que si en esa época hubiera existido el correo electrónico o los teléfonos celulares los hubiera llamado para que no la hicieran. Eso me llevó escribir un artículo publicado en una revista del Ministerio donde me mostré contra la tarea y expliqué mis razones. Lo que si sé, que cuando llegaron los niños a mi sexto grado y cogimos confianza un alumno me dijo: Ud. me jodió las vacaciones. Así que les pedí perdón. Pero eso , hoy lo veo con sentido crítico, ellos fueron sinceros conmigo y yo entendí. Así que traté de inventar. Da la casualidad que el Director de la escuela de Educación UCV de esa época fue director de la experimental Artigas. así que en enero cuando cumplió año la Escuela Artigas de fundada(yo estudiaba Educación UCV) y llevé varios niños para que lo entrevistaran, y un padre no llevó en su carro a la UCV. Recuerdo si no se me ha olvidado que lo entrevistó Olguita Cardona. Siempre la he considerado una de mis mejores alumnas. Olguita goza hoy de un extraordinario cargo a nivel internacional.

martes, 24 de febrero de 2026

 

UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA

FACULTAD DE HUMANIDADES Y EDUCACIÓN

ESCUELA DE EDUCACIÓN

Prof. Idalia Cornieles D.

Seminario: La Ciudad Pedagógica: Intersticios para la Transformación Educativa

Metodología, evaluación y distribución horaria (20 horas en dos días

 

Los intersticios en pedagogía, tomando en cuenta tu línea de investigación (Pedagogía de la Rendija, dignificación de la diferencia, integración de teoría y práctica). Aquí tienes una propuesta organizada:

Seminario: Los Intersticios en Pedagogía: Espacios de Transformación y Rendija Creativa

Justificación

Los intersticios en pedagogía representan los espacios de apertura, fisura o rendija dentro de las estructuras educativas rígidas. Son momentos y lugares donde emergen la innovación, la crítica y la humanización del aprendizaje. Reconocerlos y trabajarlos permite transformar la escuela en un laboratorio creativo, donde la diferencia se dignifica y la práctica docente se convierte en fuente legítima de conocimiento. Este seminario busca visibilizar y sistematizar esos intersticios como claves para la construcción de una educación más inclusiva, ética y transformadora.

Objetivos

  • General: Analizar el concepto de intersticio en pedagogía como espacio de innovación y transformación educativa.
  • Específicos:
  • Identificar los fundamentos teóricos y prácticos de los intersticios en la educación.
  • Explorar experiencias docentes que revelen rendijas de creatividad y resistencia.
  • Diseñar estrategias pedagógicas que aprovechen los intersticios para la formación integral.
  • Promover la reflexión crítica sobre el papel del docente como guía ético, intelectual y afectivo.

Contenidos

  1. Marco conceptual:
    • Definición de intersticio en pedagogía.
    • Relación con la Pedagogía de la Rendija.
    • Aportes de la investigación-acción y del docente investigador.
  2. Fundamentos teóricos:
    • Paulo Freire: educación como práctica de libertad.
    • Michel de Certeau: tácticas cotidianas y espacios de resistencia.
    • Investigaciones latinoamericanas sobre innovación pedagógica.
  3. Experiencias prácticas:
    • Testimonios docentes como fuente de conocimiento.
    • Ejemplos de intersticios en la organización escolar, currículo y evaluación.
  4. Herramientas metodológicas:
    • Uso de diagnósticos y agrupamientos flexibles.
    • Estrategias interdisciplinarias y colaborativas.
    • Narrativas autobiográficas y dramatización de la experiencia docente.
  5. Proyección:
  • Intersticios como base para políticas educativas inclusivas.
  • Digitalización ética y contextualizada (SISTEI).

Actividades

  • Conversatorio inicial: lluvia de ideas sobre experiencias personales de “rendijas” en la práctica docente.
  • Lectura guiada: análisis de textos clave (Freire, Certeau, testimonios docentes).
  • Taller de dramatización: representación de situaciones escolares donde emergen intersticios.
  • Trabajo en grupos: diseño de estrategias pedagógicas que aprovechen intersticios.
  • Plenaria: construcción colectiva de un mapa conceptual sobre intersticios en pedagogía.

Bibliografía

  • Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.
  • Certeau, M. de (1980). La invención de lo cotidiano. Universidad Iberoamericana.
  • Cornieles ,I  Y Haffarf K.Elias (2018). La escuela del futuro. Caracas.
  • Cornieles Díaz, I. (inédito). Pedagogía de la Rendija: teoría y práctica de los intersticios.
  • Elliot, J. (1993). La investigación-acción en educación. Morata.
  • Carr, W. & Kemmis, S. (1988). Teoría crítica de la enseñanza. Martínez Roca.
  • Santos Guerra, M. Á. (2003). La escuela que aprende. Morata.